LA CULTURA POPULAR VENEZOLANA ENTRE LA MODERNIDAD EXPRESIVA Y LA REAPROPIACION POLITICA

A cincuenta años de la Fiesta de la Tradición

El coloquio internacional que en fecha reciente organizara en la Sorbona (París)
el Centro de Investigaciones de los Campos Culturales de América Latina posibilitó
el que Antonio López Ortega acometiera un apretado recuento del devenir político
del país, hasta contextualizar la "Fiesta de la Tradición", hito que vino a significar,
como diría Mariano Picón Salas, "el descubrimiento emocional de Venezuela",
y que sólo podría provenir del alma de un poeta como Juan Liscano

Foto: Esso Alvarez
Para Liscano fue una "experiencia ontológica"
Foto: Archivo
Una fiesta de novela para Gallegos

En el balance histórico del siglo XX, el trienio 1945-1948 conserva para los venezolanos un aura casi mítica en cuyo análisis y significación politólogos e historiadores parecieran seguir divididos. Trienio "bisagra" (podríamos decir), trienio que divide los últimos estertores o transfiguraciones del "gomecismo" de una nueva era cuya orientación parecieran ser los principios democráticos modernos, el período marca, sin duda, el fin de un tiempo y el comienzo de otro. El siglo XX venezolano, como bien lo recordara Mariano Picón Salas, comienza en 1936, con la muerte de Juan Vicente Gómez. A partir de ese momento, los regímenes de Eleazar López Contreras e Isaías Medina Angarita tratan de desdibujar los signos represivos de la dictadura y abrirse lentamente hacia las fórmulas democráticas y la participación ciudadana. Pero la impaciencia de un país ya adulto, que había venido madurando a la sombra del régimen de facto y que respiraba los indudables aires de libre determinación del momento, se hace ya incontenible hacia 1945. Los nuevos marcos legislativos impulsados por Medina y el innegable progreso de los derechos ciudadanos no alcanzan, sin embargo, un paso que parecía decisivo: la aprobación del sufragio universal directo. Principal argumento esgrimido por el naciente partido Acción Democrática, en alianza con la autodenominada Unión Patriótica Militar -especie de logia que agrupaba a los militares de las nuevas promociones-, el golpe de Estado contra Medina se cristaliza el 18 de octubre de 1945. Dejando de lado las reivindicaciones de los llamados sectores civiles, es curioso enumerar a la luz de hoy -por lo que tienen de inmutables en el tiempo- las razones argumentadas por el sector militar: los bajos sueldos, la negación de ascensos en los niveles medios, la ausencia de equipos modernos y -ésta sí muy coyuntural- un resentimiento creciente por la reciente firma de un tratado limítrofe con Colombia.

La Junta cívico-militar que se instala entonces desde 1945, y cuya figura mayor es Rómulo Betancourt, llama a una Asamblea Constituyente en 1947, que sienta las bases para la redacción de una nueva Constitución, y convoca a elecciones a fines de ese mismo año. Con el triunfo del novelista Rómulo Gallegos el 14 de diciembre de 1947, postulado por Acción Democrática, se cierra el ejercicio de la Junta cívico-militar y se abre lo que parece ser una firme era democrática. Sin embargo, la convulsión histórica que ha dado pie en pocos años a fenómenos tan nuevos para el país como surgimiento de partidos políticos, nacimiento de sindicatos obreros, movimientos estudiantiles y libertad de prensa, pareciera no conformarse con la majestad presidencial de Gallegos -sin duda el mejor nombre que el país político del momento podía postular- y sondear horizontes más lejanos que, lamentablemente, se convirtieron en verdaderos precipicios. Habiendo asumido en febrero de 1948, la corta y muy agitada presidencia de Rómulo Gallegos no sobrevive más allá de noviembre de ese mismo año, víctima -ella también- de un nuevo golpe: este sí de carácter enteramente militar.

Pero observemos, aunque sea brevemente, los signos mayores de esos convulsionados diez meses. En el terreno político, destaca el propio discurso del maestro novelista el día de su toma de posesión: una pieza oratoria que haría las delicias de los movimientos ecológicos actuales al postular una verdadera alerta contra la tala y la quema indiscriminada de vegetación que era del uso cotidiano de agricultores y conuqueros (el Gallegos que había diseñado, tal como lo hubiera hecho un cronista de Indias en pleno siglo XX, un verdadero inventario paisajístico y de costumbres del país, sabía de lo que estaba hablando). En el terreno legal, tres cuerpos mayores cuya vigencia en los albores del siglo XXI sigue siendo determinante: me refiero a la Ley de Reforma Agraria, a la Ley contra el Enriquecimiento Ilícito y a la popularmente conocida como Ley del "fifty-fifty", que determinaba por primera vez una repartición equilibrada de los ingresos petroleros entre las empresas concesionarias y el Estado venezolano. Esos tres cuerpos legales, repito, con sus variantes y modificaciones a lo largo de los años ulteriores, siguen siendo determinantes porque tocan aspectos claves de la historia contemporánea venezolana. En el caso de la reforma agraria, la intuición anónima de que la distribución de tierras en el país arrastra el desigual fardo de la gesta independentista del siglo XIX, cuando Bolívar se vio obligado a entregar tierras a sus generales a cambio de los servicios prestados por la causa emancipadora; en el caso del enriquecimiento ilícito, la tara cultural cuyo origen el historiador Elías Pino Iturrieta cree ubicar en tiempos de la Colonia, y que señala la incapacidad casi proverbial del gentilicio venezolano a separar el ámbito privado del público (como si ambos se confundieran o fueran la misma cosa: recordemos tan sólo las actuaciones del mismo padre de Bolívar en su hacienda de San Mateo, pasando ya que no por las armas de fuego pero sí por las de la lascivia a diecisiete siervas de su propiedad sin que ninguna de ellas osara tan sólo llevar la queja a los tribunales de la época); y en el último caso de la política fiscal petrolera, la aspiración histórica de reservar para el Estado los ingresos de la extracción de los hidrocarburos del subsuelo que cristaliza de manera definitiva con la aprobación en 1975 de la Ley de Nacionalización Petrolera.

Obviamente, para balancear los logros de la presidencia galleguiana, es justo destacar también lo que los analistas coinciden en señalar como el principal error político del período: la incapacidad del partido triunfante en las elecciones de 1947, Acción Democrática, a gobernar con factores o individualidades distintos a los que provenían de sus propias filas militantes cuando los tiempos señalaban que la apertura y el consenso parecían ser buenos consejeros. Una clara señal de nuestra historia contemporánea nos indica que el sectarismo no nos conduce a nada provechoso. El aire triunfalista con el que Acción Democrática llega al poder (un dominio casi absoluto a nivel de las asambleas legislativas y una votación lograda por Gallegos que doblaba en sufragios el nivel alcanzado por quien lo secundaba) enceguece a los nuevos gobernantes y no les permite percibir los focos de resistencia que se van articulando vertiginosamente: un estamento partidista que iba desde las tesis socialcristianas de Copei hasta las claramente marxistas del PCV, el resentimiento de los viejos líderes políticos asociados al medinismo al sentirse desplazados, los grupos económicos opuestos a la Reforma Agraria y, por último -last but not least-, el tenaz ejercicio crítico que desde su columna semanal "Pizarrón", enviada a El Nacional desde su exilio neoyorquino, un dolido Arturo Uslar Pietri -flamante ex ministro de Educación de Medina- desencadenaba contra su admirado compañero de letras Rómulo Gallegos. Los hechos finales acaecen con una velocidad tal que dificulta su seguimiento. Enumeremos tan sólo que la agitación política crece (atentado contra la sede principal de Acción Democrática en Caracas, atropello policial contra Rafael Caldera a la salida del Congreso, amenaza de bombardeo de un grupo del exilio venezolano supuestamente apoyado por el gobierno norteamericano), que la huelga general de la Federación de Centros Universitarios convocada en octubre de 1947 es una estocada mortal contra la estabilidad del gobierno y que el llamado factor militar, crecido en ambiciones desde el golpe de 1945, vigilaba con excesivo celo el proceso de cambios. Una señal inequívoca de la preponderancia militar del período es que en la única ausencia al exterior que se conoce de Rómulo Gallegos -un viaje de una semana a Estados Unidos, donde se reúne con el presidente Trumman y se retrata con el narrador John Dos Passos- nuestro novelista mayor deja encargado de la Presidencia al ministro de Defensa, teniente coronel Carlos Delgado Chalbaud, y no a quien las nuevas leyes constitucionales le indicaban: Eligio Anzola como ministro de Relaciones Interiores. Es precisamente Delgado Chalbaud y es también desde el Ministerio de la Defensa, quien y desde donde se gesta el golpe definitivo. El 19 de noviembre de 1948, en visita al despacho presidencial de Gallegos, Delgado Chalbaud se hace acompañar por los tenientes coroneles Luis Llovera Páez y Marcos Pérez Jiménez para condicionar la lealtad de las fuerzas armadas a la salida del país de Rómulo Betancourt. La negativa de Gallegos precipita la suspensión de garantías al día siguiente y la renuncia de todo su gabinete ministerial el 24 de noviembre. Días después deponen a Gallegos y los tres tenientes coroneles se erigen como Junta Militar. La historia señala finalmente que el nunca aclarado asesinato de Delgado Chalbaud dio vía libre a la dictadura de Pérez Jiménez y que el convulsionado trienio que aspiraba a definir una clara senda demo-crática y de realizaciones civiles desembocaba en una década oscura-mente opresiva para el campo de las ideas y de la crítica.

Este breve y apretado recuento histórico serviría para enmarcar una de las realizaciones o eventos que no suele asociarse al balance positivo de la presidencia de Rómulo Gallegos. Me refiero a la celebración, exactamente el 17 de febrero de 1948, de la "Fiesta de la Tradición" en el Nuevo Circo de Caracas, como parte de los actos políticos asociados a la toma de posesión del novelista. La génesis de esta idea quizás se remonte al año 1936, fecha de publicación del libro Ocho poemas, primer poemario de Juan Liscano. La lectura de este libro verdaderamente iniciático por parte de Rómulo Betancourt iniciaba una correspondencia entre el hombre de letras y el ideólogo que se prolongó por muchos años. Juan Liscano, nacido en 1916 y formado en escuelas francesas y suizas, regresaba a Caracas con su título de bachiller y con un desconocimiento cabal de su realidad nacional.

Alimentado por las visiones exóticas de sus compañeros europeos, quienes admiraban el paisaje americano y le señalaban que el nuestro, a diferencia del viejo, era un continente sin guerras, Liscano se desprende de lazos familiares y amistosos, y comienza a hacer un recorrido por todas las regiones del país como una manera de reconocer las señales de ese territorio en su propio imaginario. Una primera estancia en la Colonia Tovar -zona de enclave montañoso en la que el geógrafo Agustín Codazzi quiso ubicar, a fines del siglo XIX, una colonia de pobladores alemanes provenientes de la Selva Negra-, alojado en un cuarto de caballeriza, provocó en Liscano un rapto semejante al que Fernando Pessoa describe en el momento de escribir su emblemático poema de la tabaquería, y lo llevó a completar esos ocho poemas que, ya en forma de libro, llegan meses después a las manos de Betancourt. Lo que Juan Liscano expone en esos versos de juventud, a la manera de muchos escritores hispanoamericanos que no han podido evitar el síndrome de lo que Enrique Murena llamaba la "pasión adánica" (esto es, la necesidad de irlo nombrando todo a cada paso como si este paraíso americano tuviera que ser revisitado cada vez por nuevos adanes), no difiere de esa visión telúrica, y que llega a ser hasta barroca, de descubrir en las fuerzas indómitas del paisaje y sus excrecencias (esto es, sus pobladores) la raíz genuina de un gentilicio, de una cosmovisión. Urgido de mecanismos de identificación, de necesidad de apropiación, el joven poeta le canta a la tierra, al paisaje y a los seres nativos como si un manto de inocencia y magicismo presidiera todas sus acciones. Esta visión roza los ideales políticos de Betancourt y va horadando como lenta gota que percute en la piedra de la consciencia la visión estética de Liscano tanto en sus siguientes libros como en sus actuaciones públicas.

El diálogo en contrapunto entre Betancourt y Liscano se amplía con los años y alcanza un momento estelar de realización precisamente en 1948. Figura protagónica del momento, no hay indicios que nos permitan demostrar que la opinión del estadista pesó a la hora de que el recién elegido equipo ministerial de Gallegos decidiera llamar a Liscano y encargarle la creación del Servicio Nacional de Folklore. Las declaraciones de Liscano en todas las entrevistas que ha dado en los últimos años sólo señalan que el llamado se lo hizo Luis Beltrán Prieto Figueroa, ministro de Educación y hombre representativo del protagonismo creciente que las regiones venezolanas tenían en el nuevo diseño político. Liscano, pues, no sólo recibe el encargo de la creación del Servicio Nacional de Folklore sino que también, casi inmediatamente, se le exige concebir una gran fiesta cultural donde todas las expresiones populares tradicionales tengan cabida. El expedicionario poeta que desde la Colonia Tovar había saltado a Barlovento (probablemente la región venezolana más rica en cuanto a raíces culturales africanas) y luego a casi todas las regiones nacionales con un grabador a cuestas y forjando sin saberlo el primer archivo sonoro de la música tradicional venezolana que luego es recogido en un disco legendario por la Biblioteca del Congreso de Estados Unidos, tiene en ese encargo una manera expedita de representar en un espectáculo de dos horas lo que le había llevado diez años de investigación.

En una visión que sólo podía ser la de un poeta, Liscano imagina su propio recorrido en un solo lugar y a un mismo tiempo. En un esfuerzo titánico que recayó en un grupo organizador no mayor de diez personas, Liscano hizo recorrer el país en las semanas previas al acto de celebración, recontactó las cofradías visitadas en sus propias investigaciones, responsabilizó en cada región a los líderes locales y organizó toda la logística de transporte y alimentación que pudo trasladar a Caracas por avión, barco, camiones y hasta mulas a más de quinientos músicos, cantantes y bailarines de toda la nación. La "Fiesta de la Tradición" se erigía entonces como la celebración popular del país que se encontraba por primera vez política e históricamente. El reto consistía en concentrar en un espectáculo de dos horas del que no escaparan ni el sentido estético ni el escénico todas las manifestaciones musicales y danzarias de la tradición venezolana. Así, una audiencia fundamentalmente urbana descubría la danza goajira de la yonna, o la celebración a San Antonio a modo de tamunangue, o el canto negro a San Juan en evidente clave de sincretismo religioso. Las figuras o voces desconocidas respondían a la de un país ignorado (quizás el mismo país que Gallegos quiso inventariar en su verdadero programa novelístico), fracturado entre los valores de su ruralidad aún vigente y el gradual crecimiento de sus urbes. La "Fiesta de la Tradición", al decir de la investigadora Yolanda Salas, se convertía en una verdadera fiesta carnestolenda, donde el pueblo de creciente consciencia política se reencontraba con el pueblo de las culturas originales para celebrar el nacimiento de una nueva era y la afirmación de los valores propios.

La perdurabilidad de la visión de Liscano, el hecho de que este evento siga siendo hoy, a sus cincuenta años, una referencia paradigmática, tiene que ver con que la concepción de Liscano fue la del espectador, fue la del estudioso. El acto cultural hubiese sido un estruendoso fracaso, hubiese sido incomprendido por las audiencias urbanas, si no se hubiera traducido en términos escénicos modernos. Liscano supo cómo enlazar una representación con la otra, cómo subrayar unos fragmentos en detrimento de otros. Fue -repito- la visión de un poeta la que permitió esa escenificación, como si los largos años de recorrido se hubieran acuñado en un sueño momentáneo capaz de concentrar siglos de abolengo en minutos intensos. La escritura de un poema viviente, podríamos decir, muy superior a cualquiera de los escritos por el poeta.

Hito iniciático de cómo fundir una apuesta cultural en un desiderátum político caracterizado por la apertura y la reconciliación, quién sabe si ese mismo espíritu, más que el del sectarismo político, le hubiera permitido a Rómulo Gallegos un desenlace distinto al del golpe de 1948. La "Fiesta de la Tradición" conserva con el tiempo el aura de majestad que ha debido provocarle a sus propios espectadores. Los planificadores culturales de los últimos cincuenta años se han esforzado en emularla de diferentes maneras sin que ese mismo espíritu de encuentro y comunión haya podido ser reproducido. Quizás porque, a diferencia de los gobiernos posteriores, el momento político de 1948 sí supo ver el hecho cultural como el principal factor de rearticulación social, de empresa colectiva.

Ya como conclusión, y con ánimo de recoger todo el espectro significativo de la "Fiesta de la Tradición", refiero una anécdota personal contada por el propio Liscano en cuanto a la participación de la cofradía de los Diablos de Yare, celebración del calendario festivo venezolano enmarcada dentro del Corpus Christi. Los diablos y su capataz, quienes nunca habían salido de su pueblo natal, transportados desde el caserío mirandino de Yare, hoy a sólo una hora de Caracas pero en tiempos de 1948 a varios días en mula, se resistieron a bailar en el Nuevo Circo bajo el argumento de que siempre lo hacían frente a la iglesia del pueblo como una manera de escenificar la sumisión demoníaca a Cristo. En otra intuición que si no era poética al menos sí imaginativa, Liscano les ofreció a cambio de esa licencia un día de playa en Macuto. Vestidos con los mismos atuendos con los que llegaron a Caracas para la representación, los diablos rojizos y enmascarados conocían una dimensión inimaginable desde Yare: el mar y su manto infinito. Como niños juguetones, los diablos y diablillos metían brazos y piernas en el agua salada sin dar crédito a la espuma de las olas ni a la lenguas traslúcidas que el mar formaba cuando moría en la arena. "El Festival fue una gran realización personal -le confesaba Liscano a Alfredo Chacón en una entrevista grabada en 1998- así como lo fue la receptividad que tuvo. Debía durar una noche y el Nuevo Circo contiene cinco mil personas repleto: pues hubo que prolongarlo cuatro noches más, es decir que veinticinco mil personas lo presenciaron. Se produjo un brote nacional de optimismo, de sentir que tenemos una cultura y ello incluso entre los mismos participantes venidos de todo el país, que no sabían de la existencia de otros, semejantes a ellos. Se creó un sentimiento nacional pero momentáneo, pues desgraciadamente no fue suficientemente aprovechado por el Gobierno. (…) Yo creo que el Festival me hizo muchísimo bien, muchísimo. Hasta entonces yo tenía el mapa de Venezuela en la cabeza pero de repente logré convertir ese mapa en figuras danzantes. Fue una gran experiencia, una experiencia ontológica".

Antonio López Ortega. Narrador y ensayista


Foto: Juan Liscano. Archivos Fundef
El tamunangue. Ensayos del Festival en Caracas. 1948

N° 59 Aņo III
Caracas, sábado 17 de junio de 2000
 
 
 

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