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Diálogo
PAULETTE
SILVA BEAUREGARD: PREMIO A LA PERSEVERANCIA
Sexualidad,
obsesiones, fantasías y crítica literaria
La entrega del
Premio de Pensamiento Latinoamericano Convenio Andrés Bello, edición
2000, a la venezolana Paulette Silva Beauregard, sirve de excusa
a Gisela Kozak Rovero para abordar a la ensayista y develar -entre
otras- su tesis frente al lugar que hoy los medios venezolanos brindan
al debate crítico y literario: "la política ocupa tanto espacio
que el periodismo estelar es el político" y difícilmente asume la
tarea literaria -responde la galardonada

Foto: Archivo
"La
crítica sufre el impacto de las modas", apunta Paulette
Silva Beauregard
Paulette
Silva Beauregard (Caracas, 1961) acaba de obtener el Premio
de Pensamiento Latinoamericano Convenio Andrés Bello, edición
2000 (Bogotá, Colombia), con su tesis para el doctorado en
Letras de la Universidad Simón Bolívar. De médicos,
idilios y otras historias: relatos sentimentales y diagnósticos
de fin de siglo logró el primer lugar en este concurso
internacional -en el que participaron cien investigadores de América
Latina y de Canadá- por decisión de un jurado compuesto
por Graciela Braslavsky (Argentina), Germán Rey
(Colombia), Rodolfo Stavenhagen (México) y Manuel
Reyes Mate (España). El libro ganador sigue la línea
abierta por el anterior trabajo de Paulette Silva Beauregard,
Una vasta morada de enmascarados (poesía, cultura y modernización
en el siglo XIX) (Caracas, Casa de Bello, 1993), en el que se
conjugan la investigación cuidadosa y detenida con una impecable
escritura ensayística y un sentido del humor casi nunca visto
en trabajos de origen académico. Paulette Silva Beauregard
ha optado por el trabajo perseverante y de largo alcance, sin preocuparse
por publicar compulsivamente. Esta actitud se ha visto recompensada
con la proyección internacional y con una futura y pronta
edición de lujo que circulará por todo el ámbito
de habla hispana. Paulette Silva Beauregard estudia el siglo
XIX desde hace trece años, primero como asistente de investigación
de Vilma Vargas (UCV) en su proyecto sobre literatura venezolana,
y luego como profesora del departamento de Lengua y Literatura de
la Universidad Simón Bolívar y alumna de la maestría
en Literatura Latinoamericana y el doctorado en Letras de esta misma
universidad. Hoy en día el siglo XIX está de moda
en los estudios literarios y culturales del continente y sobre el
continente, pero cuando Paulette Silva Beauregard se adentró
en 1987 en el análisis de la cultura venezolana decimonónica,
no era así. En este sentido, superó los prejuicios
propios de un país en el que el debate crítico y literario
ha perdido espacio en los medios de comunicación, la propia
cultura es vista -con o sin razón- con malestar y menosprecio,
se piensa que la crítica literaria venezolana no existe y
se ignoran, fuera de muy reducidos ámbitos, las polémicas
acerca del sentido y papel de las humanidades y de la literatura.
Respecto a esta situación, nos comenta:
-Entiendo a
los que piensan que no existe una crítica literaria venezolana.
Las editoriales están publicando poco y no promocionan lo
que publican, debido a la crisis económica y a los prejuicios
alrededor de la literatura y la crítica como objetos de mercadeo
y difusión. El público es muy reducido. Irónicamente,
la crítica vive su mejor momento; para muestra, el Centro
de Estudios Latinoamericanos Rómulo Gallegos, las escuelas
de Letras de la Universidad Central y de la Universidad de Los Andes,
y la propia Universidad Simón Bolívar. Carmen Bustillo,
Beatriz González, Luis Miguel Isava, Carlos Pacheco, Graciela
Montaldo, Rafael Castillo Zapata, Jorge Romero León, Márgara
Russotto, Judit Gerendas, Luis Barrera Linares, Alba Lía
Barrios, Mirla Alcibíades, Víctor Bravo y otros
más prueban lo que afirmo. Pero la crítica sufre el
impacto de las modas y las influencias internacionales y del sistema
de premiaciones que intentan aumentar el ingreso de los universitarios.
Responder a esto y mantener la independencia no es fácil.
No tenemos las ventajas de la especialización, el prestigio
y la influencia económica de la ciencia y la tecnología;
si no divulgamos nuestro trabajo en los medios, se piensa que no
existe. Los investigadores literarios tenemos que publicar para
especialistas y no disponemos de mucho tiempo para escribir en la
prensa. Leo constantemente literatura contemporánea venezolana,
latinoamericana, norteamericana, francesa, pero rara vez puedo hacer
una reseña. Estamos, por desgracia, envueltos en una dinámica
propia del conocimiento científico, lo que nos impide acercarnos
a públicos más amplios y ocuparnos de los escritores
venezolanos actuales. Hay crítica, pero ésta se ha
especializado y ha heredado un prejuicio: la literatura venezolana
es menor y mediocre (de ser así, estudiarla y conocerla es
una de las vías para mejorarla). En Letras (UCV) nos exigían
un curso obligatorio de literatura venezolana, el cual perfectamente
podía versar acerca de un solo autor. Además, el desarrollo
de la crítica y de la teoría en el siglo XX ha rebasado
el estudio de obras para convertirse en una visión global
de la cultura, irreductible a lo literario. Los que investigamos
sobre literatura venezolana respondemos a un contexto que favorece
el estudio de la cultura más que el estudio de textos o la
crítica periodística. Para colmo, los críticos
trabajamos cada uno por su lado, no hay eventos ni polémicas
en los medios de comunicación, y la política ocupa
tanto espacio que el periodismo estelar es el político y
es muy difícil que se formen periodistas especializados,
en número suficiente y bien pagados, que asuman la tarea
de leerse los libros y darle suficiente proyección a los
autores.
-Tu premio
indica que Venezuela puede ser de interés para investigadores
de otros países, latinoamericanos o no. Por cierto, es lamentable
que Una vasta morada de enmascarados (poesía, cultura
y modernización en el siglo XIX) casi no haya tenido
difusión. Sé que enviaste De médicos e idilios
al premio con la idea de proyectar tus investigaciones en otros
ámbitos. Háblanos de este libro.
-Trata de la sexualidad, las fantasías y obsesiones de la
cultura de fines del siglo XIX y principios del XX, que nos hablan
también de la nación, de la mujer y de cómo
un sector de la población tenía permanentes contactos
con lo que ocurría en otros países latinoamericanos
o no, y no sólo con las ideas estéticas y políticas
sino también con el pensamiento científico de la época:
basta con leer la revista El Cojo Ilustrado. Dentro de los
proyectos de modernización y consolidación nacional,
el cuerpo, la sexualidad, la mujer y la familia se consideraban
terrenos de la lucha ideológica. En la redefinición
de las relaciones sociales, las mujeres son simbólicamente
centrales, como exponentes del ámbito de lo privado, diferenciado
del ámbito masculino de lo público, pero su importancia
es vista desde la óptica de los intereses del hombre. Sí,
la mujer escribe, pero dentro de los géneros y las ópticas
que los hombres permiten. Me distancio de perspectivas acerca de
estos intentos de las mujeres que reivindican una especie de ejercicio
consciente de emancipación, sin considerar las estrategias
que las mujeres tuvieron que emplear para conseguir autoridad en
el espacio público.
Tampoco rescato
escritores injustamente olvidados: algunos -como Díaz
Rodríguez- siguen siendo interesantes hoy en día
pero la mayoría de las obras resultan una lectura dura para
el público de hoy. No podemos plantearnos el siglo XIX desde
nuestras perspectivas estéticas; es preciso entender el imaginario
de la época y el importante papel de la literatura en el
juego social y político. Quizás no hago crítica
literaria en un sentido estricto sino que relaciono manifestaciones
como la publicidad, el melodrama, la divulgación científica,
la pintura y la fotografía para entender un proceso cultural
con características específicas como es el venezolano,
particularmente en lo que se refiere a la mujer. El latinoamericanismo,
muchas veces, ha generalizado situaciones de otros países
-México, Argentina, Brasil- y ha caído en dos posiciones
que no ayudan a entender procesos culturales complejos: una, pensar
que sólo se debe apelar en mínimo grado a los discursos
y manifestaciones del ámbito extralatinoamericano; la otra,
exactamente la contraria, es pensar que hasta principios del siglo
XX fuimos caricaturas del quehacer europeo. Creo que la modernidad
latinoamericana, y por supuesto la venezolana, compartió
obsesiones e inquietudes propias de Europa, lo cual justifica el
echar mano a los estudios sobre el siglo XIX que están haciendo
los ingleses y franceses o a manifestaciones estéticas y
literarias europeas de la época. Lo que ocurre es que los
procesos eran distintos en cada país y provocaban reacciones
y respuestas distintas.
-¿Diferencias
con Una vasta morada de enmascarados
?
-Allí analizo cómo la poesía estuvo al servicio
de causas políticas, educativas, e, incluso, combinaba el
esteticismo puro con los juegos de salón; en De médicos
e idilios
me dedico a la narrativa como el modo de acercarse
a la vida privada. Es paradójico, a la luz del presente,
cómo se planteaban los géneros literarios en esa época.
-Tus trabajos
tienen un sentido del humor que podría reñir con el
academicismo severo. El humor es una forma de tolerancia pero también
de distanciamiento respecto a lo que se estudia: ¿qué
nos queda de ese imaginario del siglo XIX?
-La obsesión por modernización, el amor como utopía
personal, la tensión entre lo extranjero y lo nacional, la
visión turística y estereotipada sobre lo popular,
el caudillismo. Incluso, cierta literatura femenina exitosa pareciera
encantada con el imaginario del XIX. Pero ya no somos los mismos.
La mujer ha cambiado y los caudillos tienen que responder a presiones
que no enfrentaban hace más de un siglo: no nos modernizamos
en balde, aunque lo hayamos hecho contradictoriamente.
Gisela
Kozak Rovero. Narradora y ensayista
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N°
59 Año III
Caracas, sábado 17 de junio de 2000
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