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LA
POESIA DE LUIS E. BELMONTE
El
alma frente al espejo
Aun cuando en
su primer libro Luis Enrique Belmonte -a juicio de Miguel Angel
de Lima- no oculta sus influencias (el Cadenas de "Fracaso"…), es
hoy día un poeta que ha logrado crear "un trazo inconfundible -a
la vez profundo y luminoso- en el ancho lienzo de la poesía venezolana
actual".
No por azar le otorgaron el Premio Paz Castillo en 1996 y el Adonais
de Poesía en Madrid, 1998.
Y su más reciente poemario, Ultimo registro, confirma ese
potencial
Si hay en nuestro medio
una voz poética en plena evolución, esa no es otra
que la de Luis Enrique Belmonte (Caracas, 1971), hasta ahora
único venezolano ganador del ilustre Premio Adonais de Poesía
(Madrid, 1988). Sígase su rastro desde su primer libro Cuando
me da por caracol (Ed. Mucuglifo, Mérida, 1996) hasta
Inútil registro (Ed. Rialp, 1999, Premio Adonais),
pasando por Cuerpo bajo lámpara (Fundación
Celarg, 1998, Premio Paz Castillo, 1996) y se podrá concluir
que, en tan breve lapso, este joven creador ha marcado un trazo
inconfundible -a la vez profundo y luminoso- en el ancho lienzo
de la poesía venezolana actual.
El marco de salida de esta fulgurante trayectoria lo conforma un
epígrafe de Cortázar, preludio a Cuando
me da por caracol, donde se rescata el valor de lo imperceptible,
del detalle, de todo lo mínimo que nos rodea sin que apenas
reparemos en ello: "No pregunto por las glorias ni las nieves
(
) adónde van las cajas de fósforos usadas (
)
Adónde van las nieblas, la borra de café
".
Desde allí comienza Belmonte a urdir una trama muy
tenue, una red diríase casi invisible, pero absolutamente
palpable, que atrapa dentro de sí todo movimiento, todo gesto,
toda respiración. No importa que se evidencien algunos de
los rasgos propios de una ópera prima, algún
salto impreciso o la pérdida ocasional del ritmo, porque
la tensión entre dos cauces, la lucha entre la voz ligera,
desenfadada, casi conversacional ("Insomnio", "Amor
ultrasónico") y la reflexión sobria y profunda
de otros textos, se resuelve clara y favorablemente en favor de
esta última, que termina por imponerse y va cobrando toda
la fuerza que se desplegará luego en Cuerpo bajo lámpara
y se definirá plenamente en su última obra publicada.
En su primer libro hay un poeta que no oculta influencias -el Cadenas
de "Fracaso", patente en "Fortuna Imperatrix Mundi"
o alguna pincelada del canto latinoamericano contemporáneo
en "El oficio del Almirante"-. Se trata de un autor joven
que canta libremente, sin reparar en falsas notas porque confía
en su fraseo y musicalidad: "Los rascacielos rasca rascas jorobados"
("Las sábanas emprendieron vuelo") o "Retum
tum tum tum tumba Estambul" ("Insomnio"). Pero también
está allí el poeta de clara imaginación, de
hallazgos de ternura y colorido: "
semáforos hábiles
son las caras de las mujeres espléndidas", y un logrado
poeta del lamento: "
la tristeza del perro en la terraza
/ cuando escucha a Debussy". Sí, ya tenemos aquí
al poeta de la música y de las lámparas, de las antenas
y de las flores, de los gatos y del amarillo en los dedos, el poeta
arriesgado del buen uso del diminutivo como arma que conmueve -pero,
cuidado, es un arma.
En Cuerpo bajo lámpara Belmonte reconoce la veta en
su mina y trabaja con ahínco en la nostalgia y en la evocación,
en el llanto contenido -el rostro contraído de quien encaja
el golpe con elegancia-, "
/ la tristeza es un fantasma
atravesado que no se puede combatir". En algún momento
aparecen textos cruzados por una personalísima experiencia
cristiana y el autor pareciera sumergido en aguas místicas
donde no se le siente con tanta soltura, y cuando se acerca peligrosamente
a un punto de no retorno ("Es tarde el Sol se quiebra",
o "Llegar al territorio del blanco monótono", punto
más bajo de la inflexión señalada), se le ve
resurgir intacto y victorioso con todos sus recursos: la mirada
detallista, el humor refinado, el ritmo del jazz que tanto ama,
el sinuoso manejo del lenguaje, todo ello alternado con un tono
grave de aire filosófico, donde aparece su apuesta por temáticas
como la incertidumbre, el despojo, la muerte y su misterio. Aquí
Eliot, Sánchez Peláez y, sobre todo, Juarroz,
en quien se puede encontrar el enlace más claro de Belmonte
con algún maestro de la poesía contemporánea
en nuestro idioma. La inteligencia diríase casi pura que
sin embargo no cierra el paso a un tierno matiz emocional, el lente
a la vez omniabarcante y caleidoscópico, la precisión
de la imagen sostenida por sí misma -al mejor gusto de Huidobro-,
son algunos de los rasgos que ubican a Juarroz y a Belmonte
en el mismo territorio, poetas hermanos a través del tiempo.
Y así llegamos a Inútil registro, pequeña
masterpiece que nos obliga a leerla y releerla como contempla
el amante del oro una joya reluciente. Aquí hay un Belmonte
en plena forma, con todo el peso de su precoz madurez. Ya no hay
el cachorro asomado a la boca de la madriguera, sino un soberbio
ejemplar de una añeja raza de sólidos poetas. La gracia
de sus movimientos, lo incisivo de sus reflexiones, la audacia de
sus imágenes ("
/ un violoncelo / colgado como
una res en el patio inundado por lluvias de junio") nos impresionan
por el sonoro discurrir de tanta y tan buena poesía. Profundiza
el poeta en la temática que le es más cara, incidiendo
con fuerza en el abandono ("Se fueron marchando", "La
casa saqueada"), en lo efímero de una realidad cambiante
("La orden de partida
") y en lo patético
de un mundo incomprensible ("Los pedigüeños",
"Los cangrejos..."), todo dentro de una asombrosa exactitud:
"acariciando un puñal como acaricia un ciego su bastón
("Voz estereofónica").
Llama la atención el minucioso trabajo de reconstrucción
al que sometió varios de sus textos anteriores, que aparecen
aquí con otros nombres. Destaca esta labor en algunos poemas
("Porque la mar no soporta crímenes"), pero en
otros apenas se permitió muy leves cambios de ritmo ("La
orden de partida
"). No es fácil asumir una opinión
definitiva frente a esta decisión, pero quien opte por ser
francamente crítico hacia ella, debería recordar que
el poema nunca es una obra perfectamente acabada, y que el autor
muy bien puede regresar a él para recrearlo a su gusto. Bien
lo señalaba Borges: "el concepto del texto definitivo
no corresponde sino a la religión o al cansancio". Justamente,
no será necesario insistir demasiado para ilustrar esta idea
en Las hojas de hierba de Whitman o en las opiniones
de Reverdy al respecto.
En todo caso, destacan en el volumen que nos ocupa -dentro de tanta
excelencia-, textos como "Los resortes", de una profundidad
de alcance singular, "Pasemos revista", "Teoría
del agujero" con resonancias borgianas, "La pregunta implacable
(
)" o "My Shining Hour", donde el poeta se
atreve por vez primera con lo amoroso, de forma casi directa, señal
de la mayor confianza en sus recursos. El resultado salta a la vista:
"
/ He regresado, del Levante / y traigo un astrolabio
para tus noches". Hoy por hoy Inútil registro
tiene un peso propio en nuestras letras actuales y confirma el potencial,
ahora mismo sin techo, del autor que comentamos.
Poeta de lámparas y madrugadas, Belmonte afina una
oferta radiante para tanto vagabundo ávido de buena poesía:
ojos y espejos infinitos, plenos de sensibilidad e inteligencia,
la clarísima mirada de quien traspasó el cristal y
pudo regresar para contarlo.
Miguel
Angel de Lima. Poeta y ensayista
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N°
59 Año III
Caracas, sábado 17 de junio de 2000
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