Ultimo Sábado

Pájaros de Saba,
pájaros de Perse

Umberto Saba, embrujado en los últimos días de su vida por esos "animales aéreos", y Saint-John Perse, traspasado de alegría al contemplar su presencia en un aguafuerte de Braque, los pájaros se tornan en celebración para estos dos poetas, y para tantos otros que, al igual que ellos -tal como señala Rafael Castillo Zapata- han reconocido en "esas cosas volantes" la "extraña afinidad que tienen con lo humano, con el humano sueño de la ingravidez y el desprendimiento…"


Víctor Hugo Irazabal / Sobre lo real, 1978

Esa cosa alta llamada pájaro
La reciente circulación en algunas librerías caraqueñas de una fábula pajarera de Ovidio, extraída de las Metamorfosis, Fábula de Ceix y Alcíone (Valencia, Pre-Textos, 1999), me ha llevado a releer los dos tomitos anteriores de la misma colección pretextual ("EL pájaro solitario"), ambos, por supuesto, dedicados a pájaros: los Pájaros de Umberto Saba (Valencia, Pre-Textos, 1995) y los Pájaros de Perse (Valencia, Pre-Textos, 1997). ¿Qué habrá movido al editor a crear una colección de estas características? Y ¿qué habrá movido a tantos poetas a fijarse en esas cosas volantes, animales aéreos que imantan la atención del vagabundo, del ocioso paseante, misteriosos animales, mediadores entre la tierra y el cielo, barcos por las nubes a sus anchas en el océano del aire? Amparándose en Lucrecio, uno podría trazar la evolución de una familia peculiar de gozosos naturalistas que, como Saba, como Perse, han reconocido en los pájaros esa extraña afinidad que tienen con lo humano, con el humano sueño de la ingravidez y el desprendimiento, de la huida en lo errabundo profundo. Por eso, poniéndose, como Ponge, de parte de las cosas, de las cosas aladas, estos dos poetas magníficos se impusieron la tarea de reinventar al pájaro en el poema, trazando sobre la página textos que duplican el prodigio de ese vuelo que para nosotros, pedestres, significa, sobre todo, libertad, el reinado, como dice Perse, de "un día más largo" que todas "nuestras tinieblas".

Los pájaros de Saba
Saba, el poeta de Trieste, el cantor sereno de la vida doméstica, el nostálgico luminoso del cuerpo del amor perdido, escribió sus Uccelli ya viejo, en el verano de 1948, durante una breve tregua que le permitió la remisión momentánea de sus achaques de poeta adolorido, nervioso; por eso le parecieron el fruto de un milagro, cuando ya había comenzado a sentirse "morir a las cosas", esas cosas que le acompañaron durante toda su vida y sin las cuales su poesía no sería lo que es: ese discreto encanto de la vida cotidiana contemplada siempre con asombro en la encarnación del más humilde ser, del más humilde enser. El hecho es que, librero de viejo, es decir, dueño de la "Librería Antiquaria Umberto Saba" de Trieste, Saba se puso a hojear por curiosidad un lote de libros sobre la caza y sobre los pájaros y quedó embrujado. Cuando ya pensaba que no escribiría más y habiendo previsto el breve conjunto de poemas que constituirían su epitafio (Epígrafe, escrito entre 1947 y este annus mirabilis de 1948), le salieron de golpe este puñado de poemas, once apenas, en donde su voz vuelve a tomar vuelo levantándonos de nuevo el alma en sus palabras. Aquí no encontrará el lector otra cosa que el Saba de siempre, acentuada su melancolía por la inminencia de la muerte, pero traspasada al mismo tiempo su mirada por la alegría crepuscular de aquel que siente que se despide bien de un mundo que lo ha tratado mal, como a tantos, descubriendo al fin de su viaje que "el único destino envidiable era el de nacer pájaro": "Sentirse ligero y volar con las propias fuerzas me pareció, en aquel último respiro que me dio la vida, el colmo de la felicidad". De esta felicidad, de "esta fiesta inesperada, y del todo intempestiva", dan testimonio poemas como el dedicado al mirlo, donde se entrevera la nostalgia del niño Saba con la veta del amor equívoco en una sabia madeja; o el titulado "El ornitólogo compasivo", donde, una vez más, la mirada sentenciosa sobre la soledad del enamorado se combina con la irónica aceptación de su infortunio; como en esa otra pieza llena de humor y de perplejidad que es "El muchacho y la urraca": "Se enamoró un muchacho de una urraca. / Encaprichado con la novedad -del cazador / oía interesadas maravillas sobre ella- / ¡cuántas promesas hizo por tenerla! // Fue suya; y al instante la olvidó. La pobre, / en su jaula colgada en la ventana, / lloraba a solas y en silencio, mirando / el lejano cielo inalcanzable. // Sólo se acordó de ella un día en que, / por aburrimiento o maldad, quiso / apretarla en la mano. La casi rapaz / le hizo daño y se escapó volando. Aquel día, // por aquel mal la amó sin ser correspondido".

Los pájaros de Perse
En 1910, el joven Perse envió a su amigo Gide como regalo personal el manuscrito de un texto que llamó Cohorte, un canto a los pájaros de ultramar, esos tempranos que lo habían deslumbrado en su "reino de girantes claridades". Apresurado como siempre, Gide editó lo que no estaba destinado a ver la luz y el joven poeta pidió que el libro en cuestión no circulara. Empolvado en alguna parte, el texto reposó durante más de cincuenta años hasta que el ya maduro y encumbrado poeta, embajador de Francia en Pekín, ante la visión de unos aguafuertes de pájaros pintados por Braque, se decidió a rehacer aquellos catálogos que celebran la variopinta gama de los pájaros coloniales, y nació Pájaros. Pájaros es, ciertamente, un prodigio de la prosa descriptiva; una prosa que se nutre con el tono y la cadencia de la especulación filosófica y el condimento puntilloso que le da la simulación de una voz de especialista, eco, tal vez, de la prosa de los ornitólogos, amantes de los pájaros, incapaces de sustraer su saber al impacto que la magnificencia del animal provoca en la seriedad y en la severidad de su discurso docto. Así, Perse se deja traspasar, en su mirada primero, en su imaginación luego y en su palabra al final, por la alegría de la presencia purísima del pájaro en la página del cielo (lienzo) del aguafuerte de Braque, redoblándola, casi como si nada (¡gesto magnífico!), en el cielo de su página, calcado a pulso por el trazo de la mano. Celebrando los pájaros braquianos, Perse quiere escribir él también sobre "la constancia del pájaro", sobre aquello que hace su irrebatible pajaridad emblemática, de fauna: "Pájaros son, de verdadera fauna. Su verdad es aquella desconocida de todo ser creado. Su lealtad, bajo múltiples perfiles, fue encarnar la constancia del pájaro". Esta figuración pura del pájaro en las láminas de Braque, empuja a Perse a reflexionar sobre el arte de la poesía a la vez que ensalza el arte plástico; tal vez éstas sean sus páginas más preciosas: "Pájaros, a los que una fuerte afinidad mantiene en las fronteras de lo humano… […] En la madurez de un texto interminable, en vía siempre de formación, maduraron ellos como frutos, o mejor como palabras: de la misma savia y la misma sustancia original. […] Sobre la página en blanco de márgenes infinitos, el espacio que miden no es sino encantamiento. Son, como en métrica, cantidades silábicas. Como las palabras, proceden de remota ascendencia y pierden su sentido, como las palabras, en el límite de la felicidad".

Rafael Castillo Zapata. Ensayista y poeta

N° 59 Año III
Caracas, sábado 17 de junio de 2000
 
 
 

Creación
MARTIN CARTER TUVO UNA UNICA PRETENSION
Arrodillarse ante las aguas

(poemas)

Diálogo
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Sexualidad. obsesiones, fantasías y crítica literaria
(Gisela Kosak Rovero)
Ultimo Sábado
Pájaros de Saba, pájaros de Perse
(Rafael Castillo Zapata)

Libros, Lecturas y Lectores
LA POESIA DE LUIS E. BELMONTE
El alma frente al espejo

(Miguel Angel de Lima)

 
 
 
 
 
 

 

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