Creación

RAFAEL JOSE ALVAREZ ENCUENTRA HOSPEDAJE EN LOS RECUERDOS

"Bajo su amparo había novedad en los nidales"

Las puertas de la memoria se abren al acontecimiento para Rafael José Alvarez:
los días del pasado se hacen precisos en los recuerdos que despiertan y albergan
a Trina, su abuela, quien da nombre al libro inédito del cual son parte los poemas que hoy entrega. Pero Trina no es sólo la mujer que evoca el poeta en sus versos, es también una alusión a los pájaros que cantan y vuelan en torno a la casa, a "ese pájaro que se desgañita en las tejas"


Foto: Fernando Acosta

Relato

Bajo su amparo había novedad en los nidales.
El polvo festivo del sol
cubría la hojarasca reciente.
Iba por agua
y desde su relato un labio la conduce ahora
a unos viejos parajes holandeses.
Maestro Antón -ausente- le trae albóndigas
y un aspirar a oréganos.
Ella somete la pobreza al encierro de sus días.
Pero un sueño
-no se sabe-
sorprende su memoria
ahuyentando arditas al amanecer.

 

 

Confín

Se entrega a la indiferencia de un árbol
fuera de los tiempos
Aún ama su reclinatorio.
Abandona su frente
al aire de ramas olorosas.
Sus pasos me llevan a una libación
donde lo inexistente
retira las copas de la mesa.
Su corazón insiste
en ese batracio asordinado
donde se oye la noche.
Su convicción va a caer
en un lienzo de tierra parca
donde viejos amigos de cal pura
reconocen sus comercios
con luces que nadie enciende en los estantes.
¿Qué hablan?
¿En que vacío lugar ella recoge
la charla de esos huesos?

 

 

Lluvia

Con esta lluvia ese licor me apresta
a seguir su hospedaje en las maderas.
Deme resina
dice;
deme calor y lumbre
yo estoy cerca.
A veces
por mi parte
creo retenerla en esta letra
que desanda conmigo a ciencia cierta.
Yo la dejo insistente
en ese pájaro que se desgañita en las tejas.
Hacia el 12
ella me regala igual que una palmera
el brillo de un día que se queja
en aquella cigarra que está muerta.
Lluvia torpe
libérame y apréstame
a seguir su hospedaje en las maderas.

 

 

Linde

Cuando habla, alguna torcaza
busca una hendidura.
Sesga el oído hacia una S
que espanta el labio arriba.
Viene de donde hizo luz
delgada como un áspid.
Vino y dijo una botella
de cuya embriaguez
había una calle extinta
para los pasos inseguros
de Claudio De León.
Había una ventana
y era ella:
una mesa, un estante alto.
Lo que dijo me toca,
se aleja con la polvareda que levanta
su revelación en el solar.
Caen sus trenzas al aire donde estuvo.
Voy a recoger sus dolencias,
sus abrumados papeles
que persiguen los gatos.
Mi sueño se ha enmontado otra vez.

 

 

Distante

La vi caminar hacia unos alfabetos
cercados de gramíneas.
Justo allí mis hermanos sollozaban.
A distancia
el movimiento de sus labios
comenzaba a llover
sobre unos meses tristes.
Lo que dijo ilumina una mesa discreta,
perturba el ocio de las moscas.
Pero sé que me siente
desde un ramaje oculto.
Hoy consulta un ladrido en los zaguanes.
Lo que dijo toca las latas
apiladas en el fondo.
Una perdiz cae en lo que hablábamos ayer.

 

 

Sigilo

Cuando salió del año
traía un reflejo yermo en el costado.
Fue un paso fugaz.
En su meditación había una plaza
y una mujer sola conversando con los tordos.
En cambio su negación era un arbusto
que siempre estuvo en casa
y un instante y un mueble
donde dejó palabras inconclusas.
Se aposentó en su labia,
en la transparencia
de unos animales extraviados.
Jugó a divertirme en el poema
pero no lo sabía.
Ahora en la escritura escarba las paredes
y no faltan hormigas involuntariamente esquivas
cuando mi inconsciencia es mediodía.

 

 

Para ser leído

Para ser leído
ella me acerca a lo que palpa,
a los cuartos donde su desaparición
alcanza mis papeles.
En lo indecible está su lámpara,
su persignación.
En un instante árido
el brisote anima las carencias verbales.
Pero dentro
-en la hilera de vocales-
se escucha el riego de sus matas,
se percibe la nube
que ensombrece todo el patio.
Sin texto
ella escribe en lo incorpóreo,
en otros parajes.
No la recupero,
no la nombro: soy su grafía a las once.

 

 

11 pm

Nadie espera que salga de su piel
pasadas las once de la noche.
Nadie escucha sus manos de marfil
sobre la escoba
ni su ruido de dormir junto a los grumos
del almuerzo del jueves. Nadie.
Pero si permaneces en un año remoto
y decides caminar lo que te falta
para llegar a estas puertas raídas
y a estos clavos;
si vienes despacio a abrir
la sala de los cirios,
es posible que ella
-vuelta alcanfor, despiste o llave-
se amueble en tus cabales.
Mi madre entonces le ordenará las sábanas,
le traerá café, limpiará sus anteojos
y le dirá quién toca con nudillos extraños.
Ella, crujiendo al levantarse,
se acercará a los trastes arrumados,
sombreará el corredor
con sus contrariedades,
se pondrá a hilvanar hombreras viejas
interrumpidas un día del 30 con relámpagos.
Nadie la advertirá, sólo mi madre
que entenderá sus quejas
cuando temple el alambre
y no encuentre sus vestiduras apagadas.

N° 60 Aņo III
Caracas, sábado 24 de junio de 2000
 
 
SUSANA ROTKER FRENTE AL ROSTRO DEL MIEDO EN AMERICA LATINA
Escritura y violencia

(Milagros Socorro)
 

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