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VICTORIA
DE STEFANO AL PIE DE LA LETRA
Escribir
sobre la muerte con ritmo de vida
El vacío de la
existencia que caracteriza al hombre de la modernidad que se inicia
a partir de la posguerra adquiere resonancia en la novela Historias
de la marcha a pie
de Victoria de Stefano. Un texto que, a juicio de Judit Gerendas,
se inscribe en los paradigmas filosóficos que dominan al sujeto
de la segunda mitad del siglo XX: lo absurdo de la vida,
lo contingente y la nada. Visión que lo coloca frente a la omnipresencia
de la muerte,
donde "la vida es sólo una carrera de relevos"

Foto: Lisbeth
Salas-Soto
Victoria de Stefano traza el mapa de "la
vida en su escueto devenir"
El
asedio al tema de la muerte desde el espacio de la existencia, desde
un estar en el mundo en una condición de precariedad, define
a la novela Historias de la marcha a pie, de Victoria
de Stefano. Dicho de otra manera, se trata de un texto sobre
la muerte escrito con ritmo de vida.
La marcha a
pie es la que emprende la narradora, en la primera página,
subiendo una colina, para llegar hasta el personaje masculino que
es el objeto de su deseo, y luego la que lleva a cabo bajando la
cuesta, en la última página, después de la
gran desilusión sufrida, al encontrarse con un hombre viejo
y enfermo, ya en el umbral de la muerte. Pero es también
la del ritmo de la narración, el movimiento del discurso
que se inicia con un gerundio y con una reiteración que nos
introducen en una dinámica de marcha, que es la del propio
texto: "Subiendo la cuesta voy a verlo, voy a verlo, voy a
verlo" (p. 7).
A partir de la asunción del existir como un vacío
atroz, visión con la cual la novela se sitúa dentro
de la modernidad, específicamente en la que se inicia a partir
de la posguerra, en los años cuarenta, la construcción
del discurso se hace oximorónica, al estructurarse en base
a un permanente diálogo de opuestos en el que se funden un
altivo impulso de vida, pleno de coraje, y una dura resonancia fúnebre,
que produce un vaivén existencial, un ir y venir emocional
y un oscilar permanente del texto.
Todo está
en movimiento en el mundo representado, todo se transforma, tanto
objetos como sentimientos, de acuerdo a las circunstancias y a los
estados anímicos, y lo real se convierte en apariencia y
lo aparente en realidad. El instante final del condenado a muerte,
ese filo de la navaja que separa al ser del ya no ser, es el sugestivo
y dramático leit-motiv de la obra, que se convierte,
de visión filosófica, en hecho sensible y en poesía,
a partir del minuto de sobrevida que Madame Du Barry le suplica
al verdugo, al pie del cadalso, dando la dimensión de la
grandeza trágica y, al mismo tiempo, de la miseria y de la
degradación del ser humano.
En el contexto
de esta dura visión se despliega el instinto de vivir, objeto
de esta exploración que llega hasta el hueso. La narradora
nos hace asistir a la conmovida expresión de la impotencia
de los personajes frente a la desmesurada magnitud de sus deseos
y a la maldición de la necesidad de elegir, una y otra vez,
impulsados por la angustia existencial y marcados por la fugacidad
del tiempo otorgado al ser humano, así como por su condición
de incompletitud, de ausencia y de déficit, todo lo cual
conduce a una frustración inevitable.
Desde esta
perspectiva, la existencia sería un deslizarse hacia la nada,
el tiempo de la contingencia de la condición humana, un viaje
de la criatura viviente hacia el último desamparo. La condición
trágica se expresa en la imposibilidad de cumplir los proyectos,
de ser, en su sentido ontológico, y de realizar el impulso
existencial. En el conflicto entre vida y muerte el puente entre
ambos sería la enfermedad. Bernardo está ya marcado
por esa condición, la narradora aún no. Por eso ella,
mientras escucha en silencio el discurso del otro, que luego
va a transmitir, entretejido con el suyo propio, muestra su voracidad
de volcarse al mundo, al recordar su larga marcha a pie, jalonada
de diferentes historias, esta vez como metáfora de toda su
existencia, para defenderse del discurso fúnebre emitido
por Bernardo.
El asedio continuo
al hecho existencial nos muestra a la vida en su escueto devenir
y llega a constatar la belleza del vivir, para luego, dentro de
su vaivén, explorar la abyección, la perversidad de
la condición humana y la ignominia misma. Hay una omnipresencia
de la muerte y la vida es sólo una carrera de relevos en
la que los nuevos que van llegando van suplantando a los que van
siendo desincorporados.
Ante todo este horror, está la grandeza del coraje, la capacidad
de vivir y de morir con dignidad. En el ir y venir del texto, en
su continuo oscilar, se reconoce a la muerte no sólo como
una condición de drama personal, sino como formando parte
de la existencia general. En su constante desplazarse, la muerte,
aunque no deja de ocupar todo el tiempo una posición central,
termina también ocupando un lugar devaluado.
De esta manera
se fragmentan y se dispersan los resultados del asedio múltiple
a esa muerte que es ley y ejerce su poder y que mantiene al ser
vivo como su perenne prisionero. El leit-motiv ya mencionado
se asocia también con Bernardo: "Mientras conversábamos,
de pie, junto a la puerta, recordé a Madame Du Barry, rogando
por su minuto de sobrevida: "Sólo un minuto más,
señor Verdugo". Por mi parte hubiese sido cruel no concedérselo"
(p. 142). Es la imagen que nos muestra la grandeza trágica
del ser humano y, a la vez, su degradación, su miseria.
Todo este desgarrado
conflicto, de innegables raíces existencialistas, tanto en
cuanto a las que provienen de la filosofía de Sartre
como a las que se corresponden con las propuestas de Camus,
se materializa también en la ficcionalización del
espacio, desde el comienzo mismo, como ya hemos dicho, desde esa
colina por la cual se produce la ascensión, la marcha a pie,
y la cual, como la prodigiosa magdalena de Proust, hace emerger,
desde el recuerdo, otro espacio semejante.
El tema del
espacio ocupa un lugar central en la narración. Hay un espacio
para el descenso a los infiernos, así como uno para la náusea.
La narradora transita por itinerarios extraños y mundos exóticos
en los que se produce su estar presente. Y está también
el mundo doméstico, de lo femenino y de lo maternal, otro
espacio de la contradicción, connotando múltiples
significados, entre los cuales en algunos momentos se destaca el
de la pesadilla, el de ser un lugar desde el cual una voz ancestral
puede llegar a imprecar a Dios y exigirle el lograr salir de un
espacio tan abyecto.
La mirada construida
por Victoria de Stefano es eminentemente espacial, contempla
formas y volúmenes que, cinéticamente, se van transformando,
más allá de su solidez aparente, con lo cual la autora
avanza un paso más allá de lo que sostienen Sartre
o Lukács en relación a las formas, para quienes,
desde distinta perspectiva, lo sólido, lo mineral, lo delineado
o lo moldeado sirven de contenido ante la nada que se derrama, o
ante los impulsos ideales abstractos que necesitan encarnarse en
una materialidad modelada por la cultura humana. En cambio Victoria
de Stefano va deconstruyendo las formas, las desmitifica y las
parodia, a la vez que las coloca en una situación de devenir,
de movimiento.
El personaje
masculino, que está en proceso de perderse, borrado por la
enfermedad, se busca a sí mismo, a aquel que él fue
alguna vez y que ya ha desaparecido, en un lugar que puede estar
en un detrás, o en el horizonte, o en apenas la espiral de
una sombra; en todo caso, en algo vinculado con una figura geométrica
o con un sitio ubicable en un espacio, no dentro de la identidad
ni en lo temporal. En este eje de significados la acumulación
gradual de espacios, en el orden horizontal, culmina con el planeta
entero convertido en un espacio personal y en su imagen asociada
con la despedida del mundo.
En el ámbito de los espacios se produce el fluir de los recuerdos,
el desplazamiento de la memoria y las continuas evocaciones, con
su densa presencia. La visión poética y conceptual
se realiza en la belleza de las aliteraciones y de las imágenes,
que contribuyen a producir el efecto de movilidad de los recuerdos
y su puesta en escena interior, dentro de la subjetividad de la
narradora. Una memoria a la vez frágil y viva, dura y oscilante,
hecha sustancia y levedad al mismo tiempo, surge a partir de asociaciones
libres y llega al minimalismo del instante, a través de imágenes
visuales y de recuerdos difuminados y exquisitos, que en ciertos
momentos parecen corporeizarse, constituyendo todo ello un modo
de percepción de índole proustiana, una exploración
del proceso mismo de recordar, que va desde lo obsesivo y enloquecedor
hasta los sentimientos de placer y de felicidad, en un asedio también
esplendoroso, como lo es todo en esta novela, en relación
a los grandes temas que ficcionaliza.
La móvil
imagen proustiana del recuerdo, la belleza de su surgir, la intensidad
de su aparición y el moroso proceso por medio del cual se
recuperan apenas algunas huellas, abarca todo el discurso, a la
vez que se va plasmando, paralelamente, el hecho mismo de recordar,
la modalidad del acceso a la memoria, de esa "memoria que seguía
vibrando de estupor ante las solicitaciones no bastante olvidadas
de cuanto había olvidado" (p. 221).
Al mismo tiempo,
el momento proustiano no se queda en el recuerdo sin más,
sino que, al igual que en la obra del escritor francés, se
continúa en el desplazarse en dirección a la esencia
de los elementos, a través de su disociación, en el
recorrido que se realiza en pos de los fragmentos, de los pasos
que constituyen la marcha que a su vez constituye la novela.
En última
instancia, la marcha es lo máximo a lo que se puede aspirar
en la vida, aunque, por otra parte, tampoco permite realizar nada,
sólo, una vez más, muy proustianamente, desear y esperar,
desplazar el deseo una y otra vez, solicitar una prórroga,
un último instante final.
Historias
de la marcha a pie, entonces, aunque retoma el universal tema
de la vida y de la muerte, lo cual la coloca en el fluir perenne
del tiempo de la cultura, se ubica también dentro de la modernidad,
más específicamente dentro de la que tiene lugar en
la segunda mitad del siglo XX, con su imaginario relacionado con
la absurdidad de la existencia, lo contingente y la nada como paradigmas
filosóficos, en un claro vínculo con el existencialismo
y con las corrientes que de él se derivan. Al mismo tiempo
se trata de la voz de una mujer, una voz que expresa su voracidad
de vivir y su capacidad de marchar en el espacio de la trayectoria
entre la vida y la muerte, así como también en el
espacio del texto, con un ritmo propio y con una brillante escritura,
producto de una madura sedimentación del pensamiento filosófico
y de la expresión literaria. Ha ficcionalizado la vida y
la muerte, bellamente concentradas, fundidas, en una obra en la
que, a pesar de que se asedia permanentemente a la muerte, el intenso
fluir de la prosa, con la presencia significativa de las imágenes
y las reiteraciones, como si la novela fuera un largo poema, produce
el efecto de ritmo, de movimiento de ascenso, de tonalidad de un
cantar de los cantares, lo cual la convierte, a pesar de todo, en
un texto recorrido por una intensa pulsación de vida.
Judit
Gerendas. Ensayista
Papeles
biográficos de Alejandro Otero

Foto: Alfredo
Boulton, 1945
Alejandro Otero recrea su infancia
Muy poca suerte tienen
los libros de Alejandro Otero, pues su circulación
es prácticamente nula, cuando no ha tenido problemas de derechos
de autor. Me explico: el primer libro de Otero, publicado
por Olivetti en 1977, que es una suerte de autobiografía
en la que analiza extensamente su propia obra, perdió su
crédito de rigor cuando, al momento de la segunda edición
(Armitano, Caracas), colocaron en la portada el nombre del escritor
Balza como si fuese el autor. Otro libro, El territorio
del arte es enigmático, publicado por el Museo de Arte
Contemporáneo de Caracas en 1990, nunca llegó a circular.
En fin, Saludo al siglo XXI, auspiciado por IBM en 1989,
corresponde a una edición privada que difícilmente
puede encontrarse en librería. Así, no nos sorprende
que su anunciado Papeles biográficos. Memorias de infancia,
patrocinado por la Dirección de Cultura del Estado Bolívar,
región de la que era oriundo, jamás haya sido posible
localizarlo en librerías, por más que preguntara incluso
fuera de Caracas.
El libro fue
impreso en julio de 1994 y tuve noticias del mismo a través
de un artículo de María Antonieta Flores, publicado
en el diario El Universal el 19 de octubre de 1996. Lo conseguí
cuando ya había perdido toda esperanza y di con él
por casualidad, en una vieja papelería del centro de la ciudad.
Luego, aunque data de 1994, su reseña podemos aceptarla como
una curiosidad de reseña bibliográfica.
Alejandro
Otero no sólo fue un destacado pintor y escultor sino,
principalmente, un pensador. El ejercicio de la escritura, como
expositor o polemista, es parte esencial de su obra. El libro que
comentamos, impreso en Valencia para el Fondo Editorial Predios,
163 páginas, es propio de un narrador, de alguien con la
sensibilidad para rememorar su infancia, hacer de ello una recreación
y transmitir pensamientos. Los textos originalmente fueron escritos
en 1987.
Su familia
materna, su pueblo de Upata, sus vivencias antes de su traslado
primero a Ciudad Bolívar (en 1931) y luego a Caracas (en
1930), constituyen los temas que evoca Otero. Los perfiles
de su casa y sus familiares, las dificultades de la existencia,
la majestuosidad del paisaje del Orinoco y los primeros llamados
del arte, son algunos de los puntos por donde repasa su mirada y
hace conmovedoras observaciones.
En los años
veinte Venezuela era bastante pobre, más aún una familia
del interior del país. Pobres pero honrados; pobres aunque
trabajadores. Simples pueblos, humildes viviendas, jornadas interminables,
la mala nutrición, el valor formativo de la madre y las tías,
los juegos infantiles y ciertos detalles que revelan su personalidad,
es parte del recorrido de este libro. Otero dirá:
"Upata nunca se borraría de mi memoria".
Su primer acercamiento
con lo que generosamente podríamos considerar arte tenía
lugar en la iglesia de Upata, en cuyos muros estaban pintadas escenas
religiosas, tal como corresponde. Muy seguramente no tenían
mayor relevancia como pinturas, pero "eran imágenes
pintadas que estaban allí y yo no podía dejar de mirarlas".
En ese recuerdo infantil, en esa certeza de lo visto, estaría
la atracción que la pintura ejercería sobre Alejandro
Otero.
Juan
Carlos Palenzuela. Crítico y curador
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N°
60 Año III
Caracas, sábado 24 de junio de 2000
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