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ELISA
LERNER:
Una
escritora con witz
Animado con la
reedición de Carriel para la fiesta de Elisa Lerner (Premio
Nacional de
Literatura 1999), Rafael Castillo Zapata penetra una vez más ese
espacio sembrado
de "chispazos reveladores": "relámpagos de ingenio" que lo hacen
prisionero del tono lerneriano. "Relámpagos inspirados de
la asociación mental" que asombran al lector y adopta
la escritora, "como si ella misma se sorprendiera de sus hallazgos
y quisiera cultivarlos,
protegerlos, ejercitarlos para aclimatarlos en su prosa"

Foto: Archivo
Elisa Lerner: "eufórica aforista"
La sal de la
vida
Los románticos de Jena descubrieron o, al menos, volvieron
a poner en escena de un modo inesperadamente productivo desde el
punto de vista de la imaginación, la asociación entre
el witz (la ocurrencia ingeniosa, el golpe de inspiración,
el mot d'esprit), y el blitz, es decir, el relámpago.
Witz es blitz, entonces, y en la poética jenista de
lo fragmentario (la poética de los granos de polen
de Novalis que germinan luego, en el futuro del texto, como
flores de papel japonesas en un cuenco con agua) este vínculo
entre la frase y lo instantáneo, este relampagueo
de la escritura, por así decirlo, es un momento culminante
de la aventura revolucionaria que envolvió a todos esos emblemáticos
antecesores de los surrealistas y de todos nosotros, los modernos,
con nuestro inconsciente romántico a cuestas. Pues
bien, witz es blitz de un modo maravilloso en la prosa que
apresa de prisa de Elisa Lerner: eufórica aforista,
sus textos están sembrados de estos chispazos reveladores,
de estos relámpagos de ingenio que unen lo heterogéneo
en una sabia nuez sintética, incisiva, precisa; logra, así,
por este medio, eso que los hermanos Schlegel describieron
como "el reencuentro inesperado, tras una larga separación,
de dos pensamientos amigos" (Athenäum, 37), cuya
amistad, por supuesto, no les impide ser oximorónicamente
opuestos, paradójicamente contrapuestos, como en el caso
de la simpática dependienta gordezuela del almacén
de lencería femenina que Elisa recuerda en una de las crónicas
nostálgicas que componen el elucubrado manjar que
es Carriel para la fiesta (Caracas, Blanca Pantin, 2000):
"Me atiende una muchacha gorda con la cara muy linda. Las paradojas
son la sal de la vida: las muchachas gordas son las que venden fajas
para la esbeltez". De esta paradójica sal es rico el
texto, la misma paradójica sal que anima el gusto de sus
otros libros, los cuales, dicho sea de paso y con cierta gravedad,
resulta imperativo ya que se reediten, pues no es justo que los
lectores de este nuevo siglo se pierdan de probar la apetitosa hogaza
(y ya a estas alturas me mimetizo por completo con el tono
lerneriano -tan sabroso y contagioso es-; pues lo que gusta,
como sabemos, aficiona, nos hace adeptos primero e incorregibles
adictos después) de Yo amo a Columbo. O la pasión
dispersa, de Vida con mamá o de Una sonrisa
detrás de la metáfora, para sólo nombrar
unos cuantos. Es más: aprovechemos la afortunada oportunidad
de la concesión del Premio Nacional de Literatura 1999 para
editar unas Obras reunidas (hasta la fecha, digo; pues esperamos
ver, en lo sucesivo, nuevas camadas paradójicas, nuevos hojaldrados
del ingenio lerneriano sobre la mesa de nuestras lecturas).
Estas paradójicas
sales, estos relámpagos inspirados de la asociación
mental son adoptados amorosamente por la escritora, como si ella
misma se sorprendiera de sus hallazgos y quisiera cultivarlos, protegerlos,
ejercitarlos para aclimatarlos en su prosa; así, cuando encuentra
uno de esos giros preciosos de la frase castellana que la caracterizan,
cuando se le ocurre, por ejemplo, hablar del "caletre sensible",
no tiene empacho alguno en repetir la fórmula a lo largo
de otras páginas, con una elegancia a veces remilgada, pero
siempre gozosa de sí misma, provocadora en su descarada autocelebración
lingüística. Este fenómeno puede verse, incluso,
en el limitado ámbito de una misma página: Elisa recuerda
hermosamente, al hablar de la pronunciación de las "voces
ibéricas y tan rotundas de Margarita Gelabert o de
Lolita Lázaro" escuchadas a través de
la radio, cómo desarrolló el deseo de "faralaes
ceceantes para nuestra voz de muchachita criolla"; casi inmediatamente,
un párrafo más allá, rehace la frase al hablar
de la voz de Alejo Carpentier en el programa, también
radial (se trata de "Días de radio", memoria de
su infancia radiante en la Caracas de los años cuarenta),
El torneo del saber, y escribe: "con la garganta enredada
en una bufanda chirriante de erres". Y así por el estilo.
Los
recuerdos de la imaginación
Carriel para la fiesta es, como todos los libros de Lerner,
una morosa y amorosa exploración de la memoria, hasta el
punto de que uno se pregunta qué sería de su escritura
si no existiera en ella la fuerza imponente de su nostalgia. Pero
la memoria no es simplemente el ejercicio de una evocación
del pasado, es, más bien, una fábrica donde se construyen
los recuerdos con el combustible de la imaginación, al dictado
de la gana, del capricho o del deseo: "ciertos recuerdos son
tan deliberados y caprichosos como ciertos amores" ("Adolescencia
en San Bernardino"), escribe; es decir, ciertos recuerdos han
sido tallados, rehechos, yo diría, incluso, que inventados
a partir de esa "endeble cáscara" ("La limosina
gomecista") que los constituye. De ahí que se entienda
lo que quiere decir Elisa cuando habla del "caletre sensible".
("Hay un caletre sensible en mi corazón", dice):
es el recuerdo traspasado de sensibilidad; como si nos quisiera
hacer ver, y todo el libro es una prueba flagrante y poderosa, que
no se recuerda impunemente sino con la comprometida implicación
de los propios sentimientos por los que se arriesga la vida. De
ahí que la prosa de Lerner esté siempre en
riesgo; por eso su enemigo mayor es el olvido, "piedrecita
atascada en el apretado zapato de la memoria" ("Días
de radio", otra vez).
A la
altura de una doméstica batea
El recuerdo se construye, cierto; pero se construye desde una posición,
desde un punto de mira. ¿Puede sorprendernos que el lugar
de la mirada en las crónicas de Elisa Lerner sea precisamente
la doméstica batea de la casa sanjuanera donde la niña
precoz se encarama para ver el mundo por encima de las tapias en
una Caracas provinciana e idílica? Mirar a esa altura, desde
esa altura, el mundo, le confiere a la imaginación y a la
escritura de Lerner esa gracia rarísima que la caracteriza,
esa suerte de engalanada humildad, de serena compostura, con su
no poco de ácido ingrediente crítico camuflado bajo
las buenas maneras. La mirada de la ciudad de entonces que nos regala
la memoria de aquella niña encaramada en su batea (y recordemos
lo que escribió Baudelaire sobre la mirada del niño,
sobre la mirada niña del pintor de la vida moderna
que se sorprende de todo como si se tratara siempre, todo, de una
novedad) es una mirada de sabia topógrafa, de arquitecta
sutil: "Repetidas veces, en la Caracas de mi infancia, me subí
a la batea que había en el fondo de la casa, en el corral.
Porque como todos los niños quería verme alta, poderosa
y no frágil, menuda. Me subía a la batea y en ociosos
mediodías observé el techo guzmancista del Teatro
Municipal, el angelote dorado del Hotel Majestic coronando los balcones.
Entonces se operaba el milagro. Desde la modestísima altura
de una muy doméstica batea creía estar viendo el mundo.
Y posiblemente el mundo estuvo a mi alcance. La Caracas de los años
cuarenta, tan pequeña y tan humana quedándole todo
cerca -con todo a la mano- acaso no estuvo muy lejos de la belleza
y el temblor del mundo" ("El sueño de un mundo").
Rafael
Castillo Zapata. Ensayista y poeta
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N°
60 Año III
Caracas, sábado 24 de junio de 2000
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