TRIBUTO
"EL ESCRITOR NO ES EL HOMBRE DE PODER NI EL HOMBRE DE PARTIDO: ES HOMBRE DE CONCIENCIA"
Octavio Paz: entre los mitos de la historia y las metáforas de la modernidad
En la tarde del pasado miércoles se rindió, en la Biblioteca Nacional, un homenaje afectuoso al escritor mexicano Octavio Paz, fallecido hace tres meses. En esa ocasión le tocó al embajador de México en nuestro país, pronunciar las palabras de este texto sobresaliente dedicado en buena medida a esclarecer al hombre de acción e ideas políticas y al decidido revolucionario y militante comprometido con el oficio de las palabras que fue Paz
Archivo
La obra de Octavio Paz es intuición y revelación de México: enorme espejo en el cual, más allá de la superficie, en la imagen profunda el país se reconoce y se enjuicia a sí mismo. Antes de El laberinto de la soledad con el antecedente de la obra de Samuel Ramos los mexicanos buscábamos nuestra identidad a tientas, intuyendo un proyecto nacional que, a fuer de laico, emergió enarbolando como bandera a la Virgen de Guadalupe. Buscábamos nuestro rostro en las promesas de la primera revolución social que conoció el mundo en el presente siglo. Sin embargo los mexicanos, hasta hace cuatro décadas, no nos habíamos colocado en el diván/confesionario de una crítica terapia de apoyo. Después, Octavio Paz nos enfrentó a una realidad trascendente, reclamando actitud y emociones responsables: nos hizo releer la historia en un texto que superó anacronismos románticos y, desnudando el pasado, nos instaló definitivamente en el siglo XX. Alguien dijo que más allá de la estética literaria, descendiendo por su laberinto, Octavio Paz escribió "una elegante mentada de madre contra los mexicanos". Esta agresiva expresión tiene sentido: Paz, en efecto, nos reveló que los mexicanos somos hijos de la violencia de la cultura indígena profanada, pero al mismo tiempo nos hizo ver que tenemos raíces históricas afianzadas en un mestizaje vigoroso y ecuménico un mestizaje "intruso" que habría de consagrarse como verdad incontrovertible del México contemporáneo. Hasta antes de la Revolución el mestizaje de México dice Paz era "la ambigüedad", era "personalidad escindida"; después, con la Revolución al costo alzado de un millón de muertos, los mexicanos hicimos del mestizaje nuestra carta de identidad nacional.
Negando y rescatando el mito, Octavio Paz nos reveló que el mexicano está en la historia, pero además, es la historia; nos hizo ver que " hay un México enterrado pero vivo" y que, para rescatarlo, es preciso entender la historia como conocimiento experiencia, prueba y error que se sitúa entre la ciencia y la poesía.
Con intuición poética, Paz logró desentrañar el mito/verdad de nuestro ser nacional, internándose dice Rodríguez Monegal en un laberinto solitario de acechanzas y desafíos en donde el poeta mata al Minotauro y, al mismo tiempo, se identifica con él. Finalmente, la revelación es metáfora: "El carácter de México, como el de cualquier otro pueblo afirma Paz es una ilusión, una máscara; al mismo tiempo es un rostro real. Nunca (ese rostro) es el mismo y siempre es el mismo". Es el mito, santo y seña de nuestra raíz cultural: "Verdad de pan bendito", "Suave patria", triunfo de la memoria.
En el ensayo, la obra mexicana de Octavio Paz desde El laberinto (1950) hasta Tiempo nublado (1983) y Pequeña crónica de grandes días (1990), pasando por El ogro filantrópico (1979) y Postdata (1969) se afianzan en el valor universal de una moral libertaria y en la premisa de que el poeta, como función de compromiso, debe enfrentarse al poder esgrimiendo su verdad.
Como Darío y como Borges, Paz es fundador de la cultura hispanoamericana del siglo XX. Creador del más meritorio español de nuestro tiempo, Paz no sólo es crítico, ensayista y poeta sobre todas las cosas es un hombre de conciencia, "opuesto como tal decía André Bretón a todo lo que atenta contra la libertad y la vida". Por ello su actitud crítica ante el mundo contemporáneo que depreda lo que toca, y que considera a la naturaleza como objetivo explotable para acumular riqueza, poder y satisfacciones; de ahí su visión bucólico/ecológica, parecida a la de Fourier: la naturaleza no es simple telón de fondo del quehacer humano; la naturaleza es parte (delicadísima) del hombre.
Espíritu libérrimo, Octavio Paz abominó del Estado y de los beneficiarios de la sociedad burguesa que insisten en considerar al hombre como una mercancía; de igual manera, criticó a las sociedades revolucionarias que quieren considerarlo como un instrumento. Con esta convicción, sus afirmaciones políticas son aplastantes: consideró a la nación y al Estado como "abstracciones crueles", inhibidoras de la libertad individual el Estado es un "monstruo frío" que ha crecido desmesuradamente en este siglo y al cual se debe enfrentar con pasión crítica. Al asumir esta responsabilidad, Paz se erigió como enérgico interlocutor del poder, abriendo espacios para el desarrollo del sistema político y para el ejercicio de la vida en libertad. En este papel fue implacable; sus juicios políticos son afilados y penetrantes: criticó a la derecha mexicana porque desde el siglo pasado cuando se derrumbó el fugaz imperio de Maximiliano dejó de pensar políticamente, convirtiéndose en una clase "oportunista y acomodaticia" (Paz afirmó que la derecha en México hace negocios pero no tiene proyecto nacional; que el país no es el teatro de su acción histórica, sino un campo de operaciones lucrativas). En el otro extremo afirmó que la izquierda mexicana padece de "parálisis intelectual" es una izquierda sin imaginación, "mumuradora y retobona", que "piensa poco y discute mucho". En este entorno el poeta no se comprometió con uno ni con otro bando, rechazó banderas y militancias ideológicas; frente al poder, optó por la libertad de la creación artística y por la responsabilidad moral e intelectual. Con mayores alcances con la integridad despiadada de que hablara Runciman, Paz afirmó que los escritores no tiene deberes específicos con su país... "los tienen con el lenguaje, y con su conciencia". Con todo, honesto y realista, Paz convivió con la realidad que criticaba reconociendo que a pesar de su "gigantismo filantrópico" y de lo que el propio escritor llamaría ausencia de proyecto el Estado y el sistema político mexicanos constituyen una de las pocas experiencias pragmáticas, estables y constructivas en América Latina. Sin embargo, Paz se negó a adoptar un compromiso "peligroso" con el Estado mexicano que pudiera convertirse en "pecado mortal"... porque finalmente "el escritor no puede olvidar que su oficio es un oficio de palabras y que, entre ellas, una de las más convincentes y cortas es NO". "Uno de los privilegios del escritor es decir NO al poder injusto." Ese NO tiene un fondo moral y estético, afirmó el hacedor de Corriente alterna, dijo el poeta de Piedra del Sol: "Ese NO debe brotar de la conciencia y no de la técnica, la ideología o las necesidades de partido". Octavio Paz fue un entrañable intelectual; más mexicano cuanto más universal, más comprometido cuanto más se afirmó en la convicción de que "el escritor no es el hombre de poder ni el hombre de partido: es hombre de conciencia".
A pesar de su vanguardismo modernizante, Paz al fin mexicano echaba de menos el pasado: sabía (como Borges) que los únicos paraísos verdaderos son los paraísos perdidos. Entusiasta de la innovación y de la búsqueda, su emoción intelectual se movió entre la memoria y la ruptura, se afirmó en las metáforas de la Arcadia pretérita, en el agua y en el viento, en el árbol danzante que habla un lenguaje secreto; en el devenir circular de la cosmogonía azteca, tiempo que cierra su abanico: "el tiempo nuevo (dice Paz) es una restauración del tiempo original". Imposible, para el poeta, escapar de la memoria doméstica y nacionalista cómo renunciar a las nostalgias de grandeza y a los tiempos heroicos, pregunta Paz en su Canción mexicana:
Mi abuelo, al tomar el café
me hablaba de Juárez y de Porfirio,
Los suavos y los plateados.Y el mantel olía a pólvora.
Mi padre, al tomar la copa,
me hablaba de Zapata y de Villa,
Soto y Gama y los Flores Magón.
Y el mantel olía a pólvora.Yo me quedo callado:
¿de quién podría hablar?Sin embargo, Paz no se ancló en el pasado, ni fue conservador anacrónico. Su obra encarna en el tiempo y en la totalidad; como dijera Carlos Fuentes: " se instala en el presente, sólo para recordar el origen del ser e imaginarlo en la meta".
México, mágico y tradicionalista dijo Paz desde los tlatoanis aztecas hasta los caudillos mestizos, es cultura de pasados superpuestos: patrimonialismo autoritario, mercantilismo anacrónico y misticismo trascendente que nos heredaron España y nuestra cultura indígena. Y en efecto, México es nación afianzada en un credo bien ganado que se resiste a la crítica y a la noción de cambio; pero esto no es gratuito: lo que tenemos convicción nacional nos ha costado ríos de sangre y mutilación territorial, intervenciones extranjeras y luchas fraticidas, por ello, tal vez, la confianza casi religiosa en un proyecto histórico y la convicción afirma Carlos Monsiváis de que en México existe equivocados pero no traidores. Los mexicanos diría Alfonso Reyes hemos llegado tarde al banquete de la cultura y de la modernidad; sin embargo, hedonistas y dispendiosos, nos levantamos todos los días confiados en la salvación del alma, convencidos de que la Utopía mexicana trasciende a las fuerzas del mercado y de que entre crisis y tragedias si la vida tiene algun sentido es porque "el trabajo es la antesala de la fiesta".
Paz a quien el defecto de ideología comprometida le sumaba escrúpulos sabía que México no puede sustraerse a los cambios dramáticos que vive el mundo. Sabía que, desde hace tiempo, el reto de México es la búsqueda de la modernidad, el camino: la tolerancia y la libertad de espíritu. Siempre polémicas y siempre atendibles, las ideas de Octavio Paz se pusieron a prueba con los embates de la globalidad, en las crisis económicas y en los tropiezos políticos de los últimos años. Sus preocupaciones deambulaban triangularmente entre los mitos de la izquierda, el pragmatismo utilitario de la derecha y las acechanzas de un Estado embarnecido y dominante. Era esa su mayor preocupación: las características del Estado mexicano, al cual consideraba centralista, patrimonial y corporativo; Estado activista dijo Paz que creció sin límites, supeditando la iniciativa y las libertades individuales. Pero Paz no era dogmático inflexible, a fuer de crítico, abiertamente reconoció que gracias al Estado fuerte nacido de la Revolución, México caso de excepción en América Latina se desarrolló por más de siete décadas con singular estabilidad política, con crecimiento económico sostenido y con movilidad social, sin golpes de Estado y sin dictadura militar.
En medio de los debates ideológicos, Octavio Paz mantuvo una constante preocupación por aproximarse al sentido de la historia y de la política. Paz tenía claro que la historia es proceso que sin cesar se afirma y se niega y que frente a la vida y al instante presente, concebida como cauce de progreso, la historia es un error. De cara a la historia, lo que nos hace falta es "una sabiduría fundada en una poética"; esa fue su brújula y ese fue su rumbo: en la vida, dijo Paz, "quise ser poeta y nada más".
Para todo propósito, Paz se afirmó y se negó como personal evidencia de la duda hecha conciencia: eso fue burlas/veras su despedida anunciada ("Epitafio para un poeta"):
Quiso cantar, cantar
para olvidar
su vida verdadera de mentiras,
y recordar
su mentirosa vida de verdades.En la experiencia histórica dialéctica de errores, Paz descubrió que "la defensa de la poesía es inseparable de la defensa de la libertad". De ahí su interés por los asuntos políticos y sociales que agitan al mundo de nuestros días. Ante la muerte del mito revolucionario no de las ideologías que algunos preconizan, y ante el auge neoliberal que cancela fraternidades solidarias en beneficio del mercado, Paz se refugió en la "religión privada" de la modernidad, que es la poesía; pero la poesía, inescapablemente lo sabían Darío y Borges, Neruda y Vallejo, López Velarde y el propio Paz la poesía tiene que ver con el entorno temporal y el espectáculo humano de todos los días. La poesía es "religión privada", pero Paz reconoció que "no hay poesía sin sociedad" y que "una poesía sin sociedad sería un poema sin autor, sin lector y sin palabras". De ahí el compromiso mayor de "poetizar la vida social" y de "socializar la palabra poética". Porque el oficio del poeta su problema es repensar y renovar nuestra tradición: reconciliación de uno con todos, reconciliando las aspiraciones humanistas del socialismo con los ímpetus competitivos del liberalismo.
Oficio mayor del poeta es también, de manera puntual, acabar con lo pedestre cotidiano. Paz nos convoca para ajusticiar a los villanos zoomorfos de Piedra del Sol: acabar con "el cocodrilo metido a redentor", denunciar al "cerdo uniformado", escupir sobre "el escorpión meloso" y exhibir a los santones y puritanos que se lavan la negra dentadura con agua bendita y toman clases de inglés y democracia.
Octavio Paz apostó intransigentemente por él y por todos en favor de la imaginación, del amor y de la libertad; apuesta generosa por este mundo y por "la gloria de ser hombres...".
y compartir el pan, el sol, la muerte,
el olvidado asombro de estar vivos.Ser hombres y estar vivos, críticos y creativos frente a la historia concebida como "diaria invención", negada cronología: la historia como "una hipótesis, un juego arriesgado, una apuesta contra lo imprevisible".
Aguila o Sol: moneda en el aire la vida se juega en un "volado". La apuesta de Paz fue pura estética y aceptación de todos los riesgos: "Amar es combatir, es abrir puertas" porque al final del camino es decir, en cualquier parte y en todo tiempo, afirma Paz: "La poesía es un salto mortal, o no es nada".
Nostalgia del tiempo perdido y de la experiencia ganada, certeza de lo transitorio testimonio de lo propio y de lo ajeno: lectura de sí mismo, texto vivo para ser leído por los demás; memoria recurrente, verdad que subsiste al silencio mortal.
A la mexicana sin pronunciar un adiós definitivo despidámonos de Paz con sus propias palabras:
Soy hombre: duro poco
y es enorme la noche.
Pero miro hacia arriba:
las estrellas escriben.Sin entender comprendo:
también soy escritura
y en este mismo instante
alguien me deletrea.
Jesús Puente Leyva. Embajador de México en Venezuela
[El Universal]
[Ágora]
[Búho] [Playball]
[Elecciones]
[Estampas]
[Radar]
[Record]
Copyright 1998, reservados todos los derechos.