DEL INVENTARIO A LA INVENCION: UNA LECTURA DE LA NARRATIVA VENEZOLANA DEL SIGLO XX A 500 AÑOS DEL DESEMBARQUE EN TIERRA FIRME
A la búsqueda
del relato
en el Nuevo MundoHay que "imaginar una nueva edad para la narrativa venezolana", dice López Ortega. Entre el relato maravilloso del cronista que hace quinientos años trazó el inventario, casi indiferenciado, de flora, fauna y hombres de esta parte del planeta, y la invención del Nuevo Mundo realizada por las últimas generaciones de narradores en el país, el autor de este texto reconoce la necesidad de volver la cara al universo mítico, simbólico de nuestra cultura. Ir, así, hacia la ruptura de una tradición (¿detenida?)
Foto: Theodoro De Bry. La qvarta parte del mundo.Centro de Arte Félix, 1992
Hay que "imaginar una nueva edad para la narrativa venezolana", dice López Ortega
Desde los tiempos de los cronistas de Indias, cuando Huamán Poma de Ayala tenía que describir la guanábana como "un melón con labores sutiles", cuestión de complacer al ojo logocéntrico, la literatura hispanoamericana parece estar signada por un lector de ultramar. Las Cartas de Relación de Hernán Cortés son eso y nada más: el empeño de relatar este continente de adaptarlo, podríamos decir a la monarquía española. Es posible que, con el correr de los siglos, nuestro lector de ultramar haya cambiado de ropaje, pero algo de ese distanciamiento primigenio, de esa extrañeza original, se mantiene puertas adentro y sigue latente en nuestras conciencias. A la luz de este sentimiento, podríamos admitir que hay un signo en nuestra cultura que nos lleva a desconocer lo propio. Y sobre ese desconocimiento, hemos creado un gusto, una estética. Numerosas han sido las corrientes, las escuelas, que han intentado reconciliarse con lo desconocido, que han intentado aplazar la extrañeza y hacerla propia. Los capítulos de la historia literaria del continente nos hablan de indigenismo, costumbrismo, romanticismo, modernismo, novela de la Revolución, vanguardia, modernidad, postmodernidad, pero también nos hablan de la dicotomía "civilización-barbarie", atando la primera a todo lo que tenga que ver con "desarrollo" o "urbanidad" y relegando la segunda para englobar lo "rural" o lo "étnico". Ciertamente, como bien lo explica Javier Lasarte en su libro Juego y nación, el ímpetu de nuestros románticos quiso barrer las diferencias y apostar a una cultura de mestizaje ("cultura cósmica", diría Vasconcelos) pero ese afán no siempre logró la fusión deseada y se quedó en mero propósito de manifiestos literarios o de editoriales de revistas. Lo desconocido, lo otro, sigue allí, palpitando en la cueva, desafiando el sentido.
Querer ver la literatura hispanoamericana como un tejido de representación de la sociedad, como un espejo de la realidad histórica, es ciertamente un postulado ideológico. Y es que a postulados ideológicos parecieran responder nuestros primeros intentos expresivos. ¿A quién le habla Cristóbal Colón en sus diarios de viaje, nos recordaba Lezama Lima, cuando cree ver en las costas tropicales de Cuba "cavernas neblinosas"? Pues una de dos: o le habla a Isabel la Católica (léase a la monarquía española) o transfigura en suelo cubano sus lecturas mediterráneas de Virgilio (por la fecundidad de nuestra literatura, confiemos en que haya sido más bien lo segundo). Lo cierto es que, al cabo de los siglos, nuestro lector de ultramar se transfigura en nosotros mismos y ahora somos nosotros, como cronistas más contemporáneos, los que necesitamos el relato del Nuevo Mundo. Si ya Bernal Díaz del Castillo, como buen ejemplo ideológico de la Reconquista española, ha visto en las pirámides aztecas "mezquitas"; si el conquistador español de las postrimerías de la Edad Media ve en el torpe manatí la recreación mítica de las sirenas que enloquecen a Ulises con su canto, ¿qué originalidad puede esperarse de una realidad a la que accedemos desde las novelas de caballería y desde la antigüedad clásica? América, ciertamente, es un terreno virgen que poblamos de lecturas y concepciones preestablecidas.
El síndrome del cronista por llamarlo de alguna manera, la necesidad de inventariar nuestra realidad a cada paso, ha teñido buena parte de nuestra literatura, incluso hasta fines del siglo XIX (un perspicaz contemporáneo nuestro, el escritor argentino Enrique Murena, nos hablaría de la "pasión adánica" de nuestra literatura, de la necesidad de ir nombrando todo tal como Adán en el Paraíso). En tres largos siglos hemos pasado de las maravilladas descripciones que Bernal Díaz hacía del mercado de Tenochtitlán a la "Silva a la Agricultura" de nuestro don Andrés Bello. Seguimos, pues maravillados, de encantamiento en encantamiento, enumerando la flora, inventariando la fauna, acercándonos como científicos sociales a nuestras realidades pueblerinas para hablar de costumbres, hacer retratos y extraer sentimientos. Seguimos siendo ese lejano lector de ultramar al que seguimos encebando con nuestras maravilladas descripciones, con nuestras pormenorizadas relaciones. Ya lo recordaba Guillermo Sucre con agudeza sin igual en su introducción a La máscara, la transparencia: más que inventariar un ser, nos hace falta inventar un ser; saber cómo padece, qué siente, cómo ama, cómo odia. Se me dirá que el reto de nuestra literatura contemporánea no es ya la descripción del objeto sino la construcción inaplazable de un sujeto: necesitamos subjetividad en nuestra literatura, necesitamos personajes.
Como un eco tardío del "síndrome del cronista", la narrativa venezolana de comienzos del siglo XX responde también a postulados ideológicos. Habiendo ya descifrado flora, fauna, hábitos, costumbres y maneras, la pulsión novelesca se aboca ahora al desciframiento de lo desconocido, de lo distinto. Hay en la visión de nuestros prohombres unos modales civilizatorios: abolir la gravitación que todavía ejerce en nosotros la mirada logocéntrica y descifrar la adversidad. Desde Urbaneja Achelpohl hasta Pocaterra, desde Gallegos hasta el primer Uslar Pietri, toda la producción narrativa del momento parece obedecer a este designio verdaderamente ideológico. El desciframiento de la adversidad viene dado por la reconstrucción del imaginario campesino (pensar en "la lluvia" de Uslar Pietri), por la biografía del paisaje envolvente de Canaima o por la refundación cultural que opera en la novela Cumboto. Indios, negros, campesinos, selvas, pueblos, creencias son todas variables de un descubrimiento paulatino. En dos platos: revelar la diferencia para hacerla mía, integrar al otro en el discurso globalizante de la cultura.
Este fue, sin duda, un empeño saludable de los tiempos que intentaba salvar las diferencias que apenas un siglo antes casi disuelve la nacionalidad entre guerras encarnizadas. La apuesta civilizatoria de la generación post-gomecista se imponía un proyecto de país que exhibía un régimen democrático, planes educativos masivos y campañas sanitarias que recorrían la geografía nacional. El correlato no podía ser más obvio u oportuno. Toda una generación de escritores, respondiendo sin duda a un impulso loable, se vuelve a descifrar esa otra realidad ausente de la programación estética de los años anteriores. Romulo Gallegos, emulando los efectos de las campañas sanitarias del momento, se erige en el ejemplo mayor y funda un imaginario central en el que toda la nación está representada. En ese imaginario que aún nos determina y nos perturba, nos topamos con la selva y sus oscuros personajes, caminamos la llanura con Doña Bárbara y Mister Danger, nos reconciliamos con ríos y montañas, conocemos al brujo de pueblo y al patiquín de ciudad y también hallamos el naciente tema petrolero.
Un relato de Gustavo Díaz Solís llamado "Llueve sobre el mar" y publicado en 1943 es emblemático de la postura del momento. Un negro corpulento, de pelo "pasudo" y dientes "como pedacitos de pulpa de coco" evoluciona en un pueblo costero, "descarga recios machetazos" sobre el cacaotal, se emborracha en sus momentos de ocio y termina violando a una mujer: "El negro ahogó en un lento, interminable beso los otros gritos que luchaban por salir". Al negro lo persigue una poblada y, bajo el acoso, sucumbe. La imagen de cierre es exacta y, por lo tanto, memorable: "Frente a un rancho desvencijado encontraron al negro muerto. Tenía la cara casi hundida en el barro. Gotas de agua enlunada que se enredaban en la greña lanosa comunicaban a la cabeza un raro brillo". Vemos acá, pues, cómo todos los tópicos del momento se repiten: la adversidad es el paisaje, la naturaleza exótica, la lluvia incesante, el mar envolvente. El negro, en este caso, no viene a ser sino una excrecencia del paisaje (paisaje que tiene que ser habitado de alguna manera, así sea sacrificándolo). Es encomiable, repito, el empeño de toda una generación de narradores de lidiar contra la adversidad para intentar incorporarla aunque fuere bajo preceptos ideológicos. Es, lo que podríamos llamar, una narrativa de la tierra, de lo popular. Díaz Solís es, en este sentido, un autor bisagra, pues relatos como "Arco secreto" parecen responder a otro diseño. Pero así como citamos a Díaz Solís podríamos mencionar al Meneses que salta del marco realista de La balandra Isabel al desvencijamiento textual del Falso cuaderno: dos ópticas conviviendo en un mismo autor o dos concepciones contrapuestas del sentido.
Apenas cinco años después de la aparición del relato de Díaz Solís, exactamente en 1948, un joven merideño llamado Oswaldo Trejo publica el relato emblemático de los nuevos tiempos. "Escuchando al idiota" nos remite al fin de la exterioridad, al fin del paisaje como correlato. Su apuesta es sincera, pues desconfía de la mirada romántica que quiere integrar el derredor. Ya no hay derredor y todo ocurre en espacios interiores. El Idiota visita a una prostituta y en el encierro del mismo cuarto no la halla: "No han sido besos hasta ahora éstos", exclama con enrevesada sintaxis la prostituta. Trejo nos habla acá de un desencuentro, del desencuentro que postula la modernidad. Se acabó la ilusión y el espíritu integrador de las generaciones anteriores. Estamos en la desnudez de propósitos y desde ella hablamos. Fin de un proyecto histórico y nacimiento de una estética de la desolación. Los nuevos tiempos son escépticos y magros y habrá que esperar el surgimiento de otra generación de escritores para volver a los postulados iniciales de reconciliación y reconocimiento.
"Escuchando al idiota" es el relato modélico en el que la ficción abole los preceptos ideológicos. Las concepciones modernizantes desembocan en el escepticismo y la expresión artística es la primera en dar cuenta de este fenómeno. Ya no hay "tierra" en la cuentística de Trejo y los pocos personajes que se asoman en sus composiciones son eminentemente residuales. Fin del inventario y comienzo de la invención. Sólo que esta invención nos sabe a poca cosa. Nuestros personajes, en efecto, sienten, pero su padecimiento es extremo. La prostituta proyecta sus labios pero no alcanza la boca de su amante. Alegoría, repito, del desencuentro. Los postulados que nos habían inclinado a descubrir al otro fueron sin duda loables pero también insinceros. La apuesta de Trejo es descarnada pero estricta y concienzudamente literaria. Fin del "síndrome del cronista" para entender que no conocemos al otro, que tan sólo hemos manejado una idea del otro. Trejo apuesta a los "poderes de la ficción", como diría el crítico venezolano Víctor Bravo, y pone al descubierto la desnudez de los preceptos ideológicos.
La generación de narradores que irrumpe en 1958 (pensemos en el González León de País portátil o en el Garmendia de Los pequeños seres) reideologiza, podríamos decir, el discurso literario. Es una narrativa que va al encuentro de la Historia y que parte de un supuesto tácito: en lo que hemos relatado no está la totalidad de lo que somos. Hay un principio aglutinador de la nacionalidad que echa por la borda ejercicios anteriores por creerlos incompletos. Década del compromiso político, la de los años 60 va también al encuentro del otro. El leit-motif de la "tierra", transfigurado, adquiere visos urbanos. La ciudad es ahora lo desconocido y tenemos que descifrarla. Sólo que las respuestas que se le dan no son siempre felices. Están los que la aborrecen y optan por recuperar los paraísos perdidos de su infancia (en plena "década convulva" asistimos de pronto a brotes neonaturalistas); están también los que se enajenan y hablan con un discurso "dictado por la jauría", como diría el poeta Juan Calzadilla. Ensayos más, ensayos menos, la pulsión por descifrar nuestro "signo colectivo" de la "tierra" expuesta en la cuentística de Trejo, estos nuevos narradores la reinventan transfigurándola. La tierra tiene ahora aires enrarecidos y está habitada por "pequeños seres" (como diría Garmendia).
Hablar de las apuestas narrativas de los últimos años, digamos del período que va desde 1970 hasta nuestros días, es sin duda un ejercicio difícil. Conviven tantas corrientes como escuelas. Experimentalismo, textualismo, brevedad de los formatos, irrupción de la poesía en el cuerpo del relato, desinterés por la historia, son algunas de las variables visibles del comienzo del período que, sin duda, se transforman o desaparecen hacia los años más recientes. Más que enumerar tendencias, nos interesa rastrear una pulsión que no parece conformarse con sus propios hallazgos. Me refiero a la que exponen un grupo novísimo de narradores al interesarse por la exploración de líneas temáticas como los mundos marginales, los paisajes de la subjetividad o las hablas periféricas. Es, sin duda, la vuelta al "síndrome del cronista", pero desde una postura más contemporánea. El entorno deja de ser objeto para convertirse en terreno campal de la subjetividad. Hay allí un programa ideológico, en el mejor sentido del término; una necesidad de darle sentido de totalidad a la expresión de una realidad que sigue percibiéndose con lo que alguna vez llamamos un "sentimiento de escasez". Relatos recientes como los de Angel Gustavo Infante, Israel Centeno, Ricardo Azuaje, José Luis Palacios, Juan Calzadilla Arreaza, Miguel Gomes, José Luis Palacios y Stefanía Mosca, nos hablan, desde diferentes registros, de un postulado estético que quiere abolir de una vez por todas la sensación de que algo de la realidad se nos escapa, no nos pertenece. Hurgando en el universo de la inmigración (Gomes), dándole voz a los "pequeños seres" de las barriadas caraqueñas (Infante), trasnfigurando la tierra galleguiana en selva comtemporánea (Azuaje), exponiendo los mundos vivenciales de los estudiantes venezolanos en el extranjero (Palacios), fracturando la percepción conforme al crisol que alimenta nuestra subjetividad (Calzadilla Arreaza), estos narradores establecen una nueva crónica y se apropian de una manera más determinante, pero también más desordenada, de la multiplicidad significativa de la realidad contemporánea.
Ya en el terreno franco de las especulaciones habría que imaginar una nueva edad para la narrativa venezolana de este siglo que ya casi termina. No ya el propósito romántico y falsamente integrador de Díaz Solís ni tampoco el escepticismo derrotista de Trejo. Hablo de una corriente vigorosa que pueda descifrar el correlato y recrearle sus aristas simbólicas. Una narrativa que penetre el cuerpo social y nos ofrezca las imágenes perdurables de un tiempo. El peor escenario sería el de darle la vuelta al siglo para que los lectores del futuro nos desconozcan. Urge transponer, entonces, la realidad de todos los días e identificar sus espejos trascendentes. Si nuestro designio es la derrota, expresemos la derrota; si nuestro designio es el desamor, expresemos el desamor; si nuestro designio, en cambio, es la tradición, rehallemos la tradición.
Se me ocurre pensar que uno de los caminos posibles es la vuelta a las fuentes. Desconfiar de esta modernidad postiza y sacudir el corpus mítico, simbólico, vivencial, de nuestra cultura, no ya con el prurito del que pretende integrar la adversidad sino más bien con el ánimo del que ya no se resiste a ser invadido por la adversidad. Ser lo otro, estar en el otro. Hemos saltado de equívoco en equívoco, hemos aplazado por mucho tiempo un concepto más integral de nuestro ser cultural y la nacionalidad de hoy nos lo reclama. En manos de nuestros narradores se debate la resurrección del negro que el relato de Díaz Solís quiere seguir viendo anclado en el barro.
(Ponencia presentada en el Festival a Tempo Caracas 1998: Herencia y continuidad).
Antonio López Ortega. Narrador, ensayista y editor
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