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Creación
EL
GÉNERO Y LOS GÉNEROS DE NURIA AMAT
Para
morir de muerte original
Después
de leer la prosa de Nuria Amat muchas opiniones han circundado
el paisaje literario: Eduardo Mendoza desistió de practicarle
la eutanasia a la novela
y Juan Goytisolo dio cuenta de su "hábil combinación
de inteligencia y agudeza crítica". Ahora, con sus recreaciones
de mitos clásicos y de la psicología femenina, que
titula El siglo de las mujeres, y del cual seleccionamos
un relato, viene a darle razón
a Zulema Moret cuando escucha en su obra ecos de Virginia Woolf
y Marguerite Duras
Y
hasta podría decirse que en el caso de las mujeres resultan
intercambiables
las palabras "original" y "natural", no solamente
para aparejarlas
con la palabra muerte, en general se las llevan bien desde que el
mundo es mundo:
pueden testificarlo Cleopatra, Sherezade, Otelo, Don Juan, todo
un reparto clásico
que renueva sus filas con figuras de hoy que encarnan otros
roles: "cocineras magníficas de amantes imaginarios,
madres maravillosas de hijos invisibles, hermanas de amigos, hijas
desheredadas", enumera la escritora catalana Nuria Amat
en un nuevo libro, recién puesto en circulación -El
siglo de las mujeres-
y del que cede a Verbigracia el relato que sigue

Foto: Venancio
Alcázares
Una luz mortecina se
desgarraría por entre los visillos somnolientos de la habitación.
El cuarto en penumbra dejaría ver unas vetas amarillas producidas
por un sol que a medida que transcurrieran las horas iría
recorriendo los ángulos y ondulaciones del entorno.
Julia, por
su parte, habría dispuesto su cuerpo de forma correcta, aunque
sin llegar al mimetismo, para morir. Cuerpo natural de pies juntos
y bien calzados en el embozo de las sábanas, a un palmo del
rodapié del lecho y ligeramente arqueados hacia la izquierda.
Casi como si durmiera. Ni qué decir tiene que Julia ocuparía
el lado correspondiente al rectángulo dividido en dos por
la ciencia marital. Aunque por esta vez sería interesante
llevar la contraria a Carlos y morir en el lugar que él tiene
reservado.
A sus pies le seguirían las dos piernas, la de abajo avanzando
levemente y levemente dibujando una uve cuyo enlace a modo de tijera
serían las rodillas. Esas sí unidas y enganchadas
entre sí como los muslos prominentes. No iría a morir
despatarrada.
Las caderas
serían el punto más elevado de este fuelle extendido
a lo largo de la cama. Sería una muerta original. Su cuerpo
en forma de ola. Su cuerpo: un acordeón desnudo. Así:
moriría sin ropa, aparte de las sábanas que cubrirían
sus senos. No iría a ser tan ridícula como para ponerse
un camisón en el momento de morir. Los cabellos tal cual
los dejara Olguita cuando sopló su oreja yendo en busca de
una mejilla limpia. Los ojos, por supuesto, cerrados y la boca ligeramente
abierta, reclinada sobre la almohada pero sin babear. Moriría
sin haber aprendido siquiera a respirar por la nariz. Y las manos,
detalle de importancia suma en este tipo de actuaciones, pegadas
a la espalda. Mejor no; parecería una estatua. Las escondería
debajo de la almohada, debajo de cualquier cosa antes que aparentar
la muerte de una santa.
Si hoy fuera
jueves, la asistenta llegaría, como siempre, a las nueve.
Se acercaría a su puerta. Al encontrarla cerrada, pensaría:
-No debe sentirse
bien y se ha quedado en cama. Empezaría a trabajar intentando
no hacer ruido. Sobre las diez, diez y media, volvería a
acercarse a la puerta y ahora tal vez la abriría y arrepentida
la volvería a cerrar en el acto. Es posible que sonara el
teléfono. Tal vez no. Si sonase, la asistenta se encontraría
en una situación incómoda. Sencillamente no sabría
qué hacer.
-Si entro en
la habitación la despierto y si no entro el teléfono
va a despertarla y si no la despierta el teléfono significa
que no quiere descolgarlo. Todo muy raro.
Pasado el mediodía,
a la asistenta únicamente le quedaría ventilar y arreglar
la habitación de Julia y Carlos. Decidida, daría primero
uno, luego dos y después varios golpes a la puerta. Al cabo
entraría y
Triste y deprimente, que deba ser tu propia
asistenta quien se ocupe de encontrarte muerta.
De
no ser hoy martes ni jueves habrían de transcurrir ocho horas
de ese despertador deforme hasta que Olguita, brincando como siempre
y con su cartera nueva, se abalanzara sobre un fardo llamado mamá
y, pobrecita niña, sería algo espantoso para ella.
-Mamá
dormida, mamá enferma, mamá haciéndose la muerta
-Mamá
ha volado al cielo -serían capaces de decirle a Olguita.
¿Qué
podría saber la niña sobre la radical ausencia de
mamá? Para Olguita representaría algo así como
dejarla atada de por vida en el nudo de un cuento irreversible.
Cabía,
no obstante, la posibilidad de ser hoy uno de esos días en
que a Carlos le sobrara el tiempo para venir a echarse una siesta.
Entraría en la habitación. Se acercaría al
cuerpo tan perfectamente inmóvil de su mujer, que había
tenido la frescura de ocupar en la cama el lugar reservado al hombre
de la casa. Trataría de incorporarla. Un primer plano enfocando
la expresión de la víctima, amada demasiado tarde,
podría dar resultados emotivos. Todo muy telegénico:
¿respira, acaso? La zarandearía, la tocaría,
la auscultaría
Nada que hacer. Esta vez: definitivamente
muerta.
«Julia ha muerto», pensaría Carlos.
De: Nuria Amat
/ "La muerte original" / El siglo de las mujeres.
Ediciones del Bronce, Barcelona, 2000.
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