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Ensayo
"CULTURA
Y LIBERTAD" COMO CONSIGNA
Escribir
a voluntad
Quizá
la pregunta ¿qué es libertad? tenga tantas respuestas
como individuos hay en el mundo. Para Ednodio Quintero la libertad
está en su escritura, ella le ha dado la posibilidad de crear
un espacio alterno al real y sobrepasar los límites: sueño
de todo hombre, insatisfecho con su condición, que "sólo
verá realizado en un uso muy particular del lenguaje (
),
es decir, en el arte". Así lo afirmó ante el
público reunido en los espacios
de Corp Group, durante la celebración del Festival Internacional
Atempo
-pautado entre el 10 y el 17 de este mes

Miguel Angel
Domenech / Barcarola, 1988
Para
Leda, mi hija
1.
Umatrucu
Hace ya unos cuantos millones de años, allá en la
franja ecuatorial del continente africano, en el territorio hostil
del pleistoceno, una especie frágil y ágil de homínidos
en peligro de extinción pugnaba por sobrevivir. Las sucesivas
glaciaciones habían arrasado con los reptiles gigantescos
y los grandes mamíferos habían desaparecido también.
Cierta obstinación, asentada en un cerebro que comenzaba
a hipertrofiarse, favoreció la sobrevivencia de aquel pequeño
grupo de hombres-mono. Poco a poco fueron adaptándose al
ambiente, y sus habilidades manuales y digitales les permitieron
elaborar rudimentarios instrumentos que los llevaron a defenderse
mejor de los depredadores, refinar sus labores de caza y pesca y
organizar las tareas de recolección. El andar erguidos amplió
su visión hacia otros horizontes: ya la mirada no se quedó
estacionada a ras del suelo, acechando peligros o buscando alguna
raíz comestible, sino que se abrió alucinada en dirección
a la bóveda celeste: entonces el cielo estrellado se les
ofreció como un enorme mapa a descifrar. Quizá aquel
espectacular choque con lo desconocido aumentó su terror,
pero quizá también hizo nacer en ellos un anhelo,
que en sus mentes a medio formar no sería más que
una intuición, un balbuceo del espíritu: el deseo
de aventurarse en aquellos espacios siderales, el deseo de abandonar,
alguna vez, esta residencia en la tierra, un ansia infinita de libertad.
El hombre primitivo,
al alejarse paulatinamente de su condición de bestia, se
estaba separando y diferenciando también de la naturaleza.
Adquiría cualidades y valores que irían conformando
eso que sus herederos llamamos cultura. Y ya nadie pone en duda
que el mayor bien cultural adquirido por aquellos singulares y un
tanto ridículos homínidos en su lento ascenso hacia
lo humano, ha sido el lenguaje.
El lenguaje,
la palabra antes que el fuego destructor. No en vano una de las
religiones más antiguas y perdurables comienza su explicación
del mundo con esta conocida frase: "En el principio era el
verbo".
El lenguaje, aun en su estadio larval y onomatopéyico, en
esa etapa primigenia que imaginamos como una jerigonza de Trucutú,
no fue un mero instrumento de comunicación. Cumplía
esta función, claro que sí, respondía al llamado
de lo práctico y urgente, pero estaba labrando en su propio
andar a tientas un camino hacia lo trascendente. El lenguaje se
asoció a la memoria y la experiencia, impulsó el pensamiento
humano hacia una dimensión alejada del instinto, creó
una especie de vivero mental que se retroalimentaba con su propia
energía (vale decir con su banco de datos), ideó esa
ilusión llamada pasado. Y en algún momento crucial
y devastador despertó en el hombre la conciencia de existir,
la conciencia lúcida de estar sobre la tierra, la conciencia
de su propia e inevitable finitud. En algún momento el hombre
se apartó definitivamente del animal, supo que había
nacido para morir.
El lenguaje
es conocimiento, y el conocimiento es una manifestación de
lo sagrado.
El lenguaje
es un espejo.
El hombre,
al reconocerse como tal, al ver su rostro en el espejo del lenguaje
y reconocerlo como suyo, se reconoce también en sus semejantes.
Acepta la semejanza, pero también la diferencia. Se ve a
sí mismo como un ser único e irrepetible, y reconoce
en el otro cualidades que le son propias y ajenas a la vez. Intuye
que aquel vecino suyo, su padre o su mujer, acaso un enemigo, comparte
con él un destino común. Y de ese sentimiento de comunidad
o de simpatía (que deriva del griego sim-pathos, que
quiere decir "sufrimiento compartido con") nace otro,
el más humano de todos: la compasión.
El reconocimiento del otro como semejante crea la conciencia del
límite.
El hombre va
nombrando las cosas, este es un árbol, esa una abeja y aquel
que echa fuego por el hocico un dragón, y el nombre se apodera
de la cosa, el signo crea la sensación de permanencia, pues
el signo se mueve y el movimiento es el responsable de esa otra
ilusión llamada tiempo.
2. El
vicio de pensar
El hombre se mira en el espejo del lenguaje, y la imagen que este
le devuelve está empañada por la incertidumbre. Entonces
duda, pues ha adquirido el vicio de pensar, y como muy bien lo dijera
Pascal: "El alma no ve nada que no la apene cuando reflexiona".
Es posible que de la duda -y el desamparo- haya nacido el anhelo
de libertad.
¿Qué
es libertad?
Libertad: facultad de elegir. Ser libre es ser responsable. Dueño
de sus actos. Se responde por aquello que se hace.
En este sentido,
la libertad no atañe sólo al individuo (aunque se
origine en él) sino a la sociedad. La libertad conoce sus
límites. Pero el ansia de libertad, como el deseo, aspira
a la totalidad. El hombre, que nunca estará satisfecho con
su condición, sueña con sobrepasar los límites.
Y este sueño sólo lo verá realizado en un uso
muy particular del lenguaje, en su manipulación con fines
estéticos, es decir, en el arte.
Expuesta así,
de una manera por demás escueta, esta propuesta pareciera
pecar de simplista. Tal vez lo sea, pero en ella me estoy valiendo
de mi propia capacidad de elegir. Elijo un atajo en lugar de un
largo rodeo.
El arte es
una pulsión interior y muy profunda del espíritu que
nace de una carencia, de una insatisfacción. El hombre (el
artista), insatisfecho con su condición, reñido con
eso que los taxistas, los taxidermistas, los tanatólogos
y los filósofos llaman realidad, no conforme con un mundo
que se le ofrece en fragmentos, discontinuo y como una concreción
del caos original, decide, elige crear un mundo alterno, hecho a
la medida de sus sueños, ciertamente parecido al mundo real,
en el cual impera un orden muy particular, un mundo que aun cuando
se mueva logra burlarse del tiempo porque alcanza a trascenderlo,
un mundo que por ilusorio no deja de ser habitable porque su sustrato,
su sostén esencial es la puesta en escena de una idea. Una
idea, es decir una quimera con rostro humano.
Sólo se puede vivir en lo ilusorio.
El arte surge
así como una necesidad del espíritu. El arte es una
prueba de la existencia del espíritu. El arte nutre. El arte
fija. El arte se vale del lenguaje, se manifiesta a través
de él, lo usa a voluntad, deliberadamente, con un propósito
manifiesto: fundar un mundo.
3. La
libertad de escribir
Escribo, luego existo. Ya desarrollé esta idea, hace unos
años, en un ensayo breve. Quisiera volver sobre ella, redimensionarla
y darle un nuevo sentido con esta otra: la escritura me hace libre.
Dijimos antes
que libertad es la capacidad de elegir. ¿Elegí yo
acaso ser escritor? La respuesta debería ser "Sí",
con mayúscula, pero me parece que ofrecerla a quemarropa,
sin detenerse a reflexionar acerca del significado de un acto de
elección, sería una manifestación de soberbia
o al menos de ligereza.
Escribir: lograr
en algún momento privilegiado deslizarse por lo que Cortázar
llamaba "el corredor del lenguaje", es un don, un regalo
de los dioses. Tener conciencia de que poseemos ese don maravilloso
implica una enorme responsabilidad. Pero esa responsabilidad no
tiene que ver con el tan manido "compromiso" del escritor,
que remite a una categoría sociológica. Es algo mucho
más sutil y en consecuencia más complejo.
La imagen -romántica-
del escritor aislado de su tiempo y de su entorno, al igual que
una bacteria aislada en un tubo de ensayo, pertenece a una etapa
ya superada de la historia de la cultura, quizá sea un recuerdo
inventado o una lectura equivocada de alguna extravagancia o genialidad.
No existe el escritor químicamente puro, como tampoco hay
espacio para el escritor naïf.
La imagen del
escritor al servicio de una causa, la triste imagen de ese amanuense
que a menudo obedece los reclamos del poder, es una figura que repugna
a la inteligencia y la sensibilidad. Pescador en río revuelto
o payaso de la corte, tonto útil, no aporta más que
ruido y confusión.
¿De
qué escritor estamos hablando? Pongámonos de acuerdo.
Aunque el marco resulte estrecho, me limitaré, para efectos
de esta exposición, a esa rara avis: el escritor de
ficciones, el narrador. Como dice Gombrowicz en su Diario:
"Nos ahorraríamos muchas desilusiones no llamando 'escritor'
a cualquiera que sabe escribir". Así que dejemos a un
lado a aquellos que escriben panfletos, discursos floridos y odas
complacientes a un mundo signado por la entropía y que hace
aguas por todas partes. Apartémonos de ese mundo real y entremos
al territorio de lo posible.
El escritor
es un testigo de su tiempo, y aun cuando su testimonio sea radicalmente
personal (pienso en Samuel Beckett, pienso en Oswaldo
Trejo) estará actuando como un vocero de la psiquis colectiva.
Su material de trabajo, sin importar cuáles sean las historias
que elija del amplio pero finito repertorio de los conflictos humanos,
sin importar cuáles sean las estrategias de que se valga
para su exposición, estará siempre destinado a un
interlocutor, y la consecuencia de este vínculo (necesario
e imprescindible si el objetivo es la comunicación) es un
estado compartido de conciencia.
Es cierto que
el escritor de ficciones ha perdido terreno en los espacios plurales
de la contemporaneidad. Al lenguaje escrito, a eso que llamamos
literatura, le han salido al paso a lo largo del siglo XX, cual
Escila y Caribdis, dos enormes competidores, el cine y la televisión,
y más recientemente otro monstruo cibernético: el
Internet. Pero también es cierto que la tan anunciada y macluhiana
muerte de la literatura no ha sucedido aún. El muerto, señores,
goza de buena salud.
¿Dónde está la clave de la sobrevivencia de
la literatura? Advierto que no se trata sólo de sobrevivencia
sino de una revalorización e incluso de la conquista de nuevos
espacios. La necesidad de la gente de consumir relatos no es una
explicación satisfactoria, pues aun cuando la literatura
siga cumpliendo dicha función, otras artes de narrar (el
cine, por ejemplo, para no hablar de nuestras vernáculas
telenovelas) lo saben hacer de manera por demás eficiente.
Se podría alegar con razón que la literatura propicia
ese acto íntimo y solitario y volitivo que sólo se
da en la lectura. Pero insistir en este tema nos puede conducir
al fanatismo, es decir a la religión. Y ya se sabe, la religión
es una de las formas que adopta el pensamiento mágico. Y
ya se sabe, desde que la alquimia se convirtió en química,
la palabra perdió su carácter sagrado. Los chamanes
del presente disertan desde sus cátedras de filosofía
y escriben manuales de autoayuda. ¿Qué tal?
Entonces, ¿en
qué quedamos, señor relator? Nos habló usted
de unos monos que han devenido en reyes de la creación. Ensalzó
usted el lenguaje, le atribuyó virtudes sacras y terapéuticas,
y ahora se extravía en balbuceos, e incluso, si entiendo
bien, se refiere a la palabra como un valor en franca devaluación.
Incurre en una tautología, por no decir que se contradice
a cada rato.
Sí, amigos
y amigas, les concedo la razón. Pero antes de terminar permítanme
formular una hipótesis, que es, a falta del rigor que exige
una demostración, la puesta en escena de una intuición.
Veamos.
4.
La quinta similitud
Digamos -y aceptemos- que a lo largo de su historia la literatura
se ha nutrido de sí misma. La literatura, como ciertas tribus
de la montaña, es endogámica. Responde a un modelo
fractal -que permite, por ejemplo, que la guerra de Troya pueda
ser representada en un barrio de Catia. La literatura se solaza
y medra en la autarquía. Es autosuficiente, se retroalimenta.
Y de ese feed back, que es una operación en sentido vertical,
que hurga en el pasado, deriva su fuerza y su prestigio, pues se
funda en la tradición. Pero también la literatura,
en cada época, ha dialogado con su entorno, ha extendido
sus raíces en sentido lateral. Ha sabido, si no dar respuestas,
por lo menos formular las preguntas adecuadas, las más urgentes
de su tiempo. Y ha sabido escuchar, sus antenas han estado siempre
atentas a la multitud de voces que pululan a su alrededor. Pues
para hablar con propiedad hay que tener buen oído.
Muy bien, ¿y entonces?
En el siglo
XX se ha producido un fenómeno sincrético que ha abarcado
el arte y la cultura en todas sus manifestaciones. Si un Foucault
-clonado- reescribiera Las palabras y las cosas, incluiría
tal fenómeno (en el capítulo sobre "La prosa
del mundo") como la quinta similitud. Nos referimos a la contaminación
(contaminatio).
¿Quién
se atrevería a negar que la contaminatio se ha convertido
en una episteme?
Me arriesgo a afirmar que han sido los escritores de ficción,
en especial los novelistas, quienes mejor han sabido comprender
-y aprovechar- este espectacular fenómeno de la contaminación.
Concedamos que este no es patrimonio de nadie, y observemos que
algunos compositores e intérpretes de música pop (pienso
en Björk, pienso en "Café Tacuba")
y algunos cineastas (pienso en Peter Greenaway) están
de lleno en el asunto.
Sin embargo,
es en las novelas y relatos contemporáneos, es en aquellas
historias de la locura cotidiana que asoman desde los noticieros
y las esquinas procurando que alguien las fije para una imprecisa
posteridad, es en el absurdo existencial que requiere de un cronista
que nos recuerde que no vivimos en Disney World; en fin, es en los
espacios contaminados de las páginas de nuestros escritores,
es allí en esa visión cosmogónica, crítica
y desconsolada -que lo abarca todo, como la mirada acuciosa de aquellos
monos asustadizos del pleistoceno abarcaba los espacios estelares-,
es allí donde la contaminatio despliega todo su poder.
5. ¿Y
la libertad?
¿Soy libre porque escribo? ¿Es la escritura un acto
de elección? ¿Son las palabras las que me eligen a
mí? ¿Me procuran para que las escriba? No lo sé.
De algo sí estoy convencido: la escritura que intenta dar
testimonio de lo humano es la expresión más acabada
y radical de la libertad.
Ednodio
Quintero. Narrador y ensayista
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N°
63 Aņo III
Caracas, sábado 15 de julio de 2000
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