Entrevista

EUGENIO DE ANDRADE SE EXILIA EN LA BLANCURA DEL PAPEL

Apostar y arriesgar todo por el silencio

En el marco de las celebraciones del Día Nacional de Portugal que se vienen oficiando, Edmundo Ramos —traducción mediante— nos trae las palabras que el editor portugués Manuel Hermínio Monteiro rescatase de su conversación con el escritor nacido en Póvoa
da Atalaia, Eugénio de Andrade. Palabras un tanto difíciles de atrapar, dada la distancia social asumida por este hombre que ha hecho de la poesía "un lugar de exilio" dominado
por los espacios en blanco: "El silencio es mi mayor tentación", revela el poeta


Foto: Darío Gonçalves. Poesía, Terra de Minha Mãe / Eugenio de Andrade
Eugénio de Andrade siente antipatía por el mundanismo


MHM: Su vida literaria se mantiene, con inigualable persistencia editorial a lo largo de medio siglo. Qué es lo que mudó en esta trayectoria tan singular?

EA: Algunas cosas mudaron en mi vida, y todas las mudanzas se reflejaron en mi poesía, naturalmente. La juventud pasó (habría sido llevada a la cueva por mi madre, como dice el Torga); acabé por jubilarme, después de 35 años de servicio en un puesto de funcionario superior del Ministerio de la Salud; pasé a vivir en la Foz do Douro, en un sitio cerrado donde el río y el mar me entran por la ventana; acabé por resignarme a hacer de la poesía un lugar de exilio.

En lo que respecta a mi poesía —que probablemente es sólo ahí donde apunta la pregunta— ella fue siempre mudando conmigo. Mas, a pesar de eso, pienso que desde As Mãos e os Frutos (1948) hasta el último libro, Os Lugares do Lume, aún inédito, hay una especie de cordón umbilical conectando todo cuanto escribí. Claro que procuré (probablemente no siempre lo conseguí) que, de libro en libro, la visión se fuese alargando y la expresión de ese mirar fuese cada vez más transparente. La transparencia ha sido mi demonio. Tengo, como toda la gente que escribe, algunas ideas para el uso propio. Escribo en portugués, inserto en una tradición, la de la cultura occidental, pero lleno de curiosidad por otras culturas, por ejemplo la oriental.

—Hay una progresiva depuración verbal, una limpidez marcada, principalmente, por su libro Branco no Branco. ¿Será que el silencio, la claridad donde se inscribe un gesto o se evidencia el verbo solitario, es cierto, en toda su plenitud, es el "lugar" donde converge la poesía?
—Hace ya algunos años escribí: "El silencio es mi mayor tentación. Las palabras, ese vicio occidental, están gastadas, envejecidas, envilecidas. Fatigan, exasperan. Y mienten, separan, hieren. También apaciguan, es cierto, pero ¡es tan raro! Por cada palabra que llega hasta nosotros, aun caliente de las entrañas del ser, cuánta baba nos resbala encima al fingir la música suprema. Lao Tsé enseñó que quien sabe no habla, y quien habla no sabe. Y Bashô, con un canon de apenas diecisiete sílabas, hizo una de las más espléndidas poesías que se tenga en memoria".

No habrá nada a alterar, o apenas añadir que, a pesar de una veintena de volúmenes publicados, mi obra (si puedo llamarla así), es de las más breves entre mis contemporáneos. Mucho más breve que la de Jorge de Sena, más breve que la de Sophia de Mello Breyner o la de Herberto Helder, y hasta de los poetas más jóvenes, João Miguel Fernandes Jorge o Nuno Júdice. Es preciso decir que, en los pequeños volúmenes mencionados, lo que domina es la blancura del papel. O el silencio, si se prefiere.

—El paisaje siempre fue importante para los poetas, principalmente para los poetas españoles. A pesar de vivir hace décadas en Oporto y en el Norte granítico y oscuro, la geografía poética de Eugénio es la de la limpidez de las líneas, grandes horizontes abiertos, diálogos de luz y sombra. No obstante, sin admitir el determinismo geográfico, ¿cuáles son las verdaderas referencias de su poesía?
—La naturaleza está muy presente en mi poesía. Esa misma fue una de las razones que llevaron a Marguerite Yourcenar a interesarse por ella. En lo que toca al paisaje, al mío, es sin duda el del sur mediterráneo. En términos portugueses, eso se traduce en el blanco alucinatorio del Alentejo. Algún Norte, sin embargo, entró en la prosa que junté en un libro que, por alguna razón, se llama A Cidade de Garrett. Siempre tuve la nostalgia de las ciudades pequeñas, donde pudiese trabajar en sosiego (por ejemplo: Oxford, su lluvia menuda, sus lilas, sus scones). Con el tiempo, esto se fue acentuando —de ahí haber dicho un día que vivía en Oporto como quien vive en la isla del Corvo. Quería decir: sin ninguna curiosidad por el mundo. No soy ni orgulloso ni humilde, pertenezco a aquel género de seres que como Rilke decía del poeta, "odia todo lo que no sea exactitud". La exigencia de tal rigor no torna la vida fácil, de ahí mi distanciamiento, mi antipatía por el mundanismo, mi exasperación ante la futilidad.

Alberti, en una entrevista, decía ser "tremenda la influencia de la poesía árabe en la española". Que "sería imposible desligar la poesía castellana de la árabe". Y ¿en Portugal? ¿Halla que también hubo influencia?
—Yo no soy un conocedor de la poesía árabe. Lo poco que sé de ella es, y desde hace mucho, por traducciones en castellano de Emílio García Gómez, o francesas, particularmente las de René R. Khawan. A pesar de los escasos conocimientos, pienso que llegan para poder afirmar que la influencia árabe en la poesía portuguesa, o en cualquier otra área (la excepción es la influencia en la lengua), ni de lejos ni de cerca es semejante a la española. Estoy pensando en obras únicas, como la Mezquita de Córdoba, o la Alhambra de Granada, o el Alcázar de Sevilla, o en el cante jondo, en el Diván del Tamarit de Lorca, sin paralelo entre nosotros.

Y sin embargo, es lamentable el poco caso que se le ha hecho en el país a esa poesía, y no sólo a ella. Recuerdo, y voy a citarlo por puro placer en la traducción de Jorge Luis Borges, de un poema breve de Almotanabi:

"El caballo, el desierto, la noche, me conocen. El huésped y la espada, el papel y la pluma".

Mas, en lo que a los árabes se refiere, mi mayor fascinación fue la lectura de Las mil y una noches. Comencé por leer la versión de Galland, después la recomendada tan empeñosamente por Gide, la del doctor Mardrus, y por fin la de Khawan, pasando naturalmente por los comentarios que Borges hizo, por varias ocasiones, a ese libro que tuvo tan decisiva importancia en su vida. De esas lecturas me quedaron en la memoria los jardines donde árboles, pájaros, frutos, aguas, versos se mezclaban en un rumor hecho de mil rumores; un aroma donde se confundían todos los aromas del paraíso; las orgías pantagruélicas, que precedían, curiosamente, a las "batallas de amor", para citar a otro poeta de Córdoba, don Luis de Góngora.

—Todos los poetas tienen sus ídolos de la juventud. ¿Cuáles fueron los poetas que más lo tocaron, que más admiraba y mejor lo conducían a la poesía?
—Raramente los ídolos de nuestra juventud continúan, lo sé, hasta el crepúsculo de nuestros días. Pero ocurre que alguno de esos ídolos —Pessanha, Pessoa, Whitman, Rimbaud, Rilke, Lorca— con la única excepción de Lorca, guardan todavía el prestigio de su música en cualquier parte de mí. Sólo la estrella del andaluz brilla hoy un poco menos, en parte, debido a la cantidad de inéditos, con poquísimo o ningún interés, que tienen que haber sido añadidos en sucesivas ediciones. (A Pessoa, un culto beato lo llevó a situación peor: más allá de la inmensidad de inéditos, que no pasan de meras anotaciones, le barajaron toda la producción). Y de Rimbaud tendré que decir que la fascinación fue por la prosa, no con los versos: Iluminations continúa perturbándome como cuando tenía quince o dieciséis años. Vinieron después otros poetas, claro, griegos, chinos, ¡allá en otro tiempo! Vinieron Eliot, Yeats, Kavafis, Stevens, Celan —sería un fastidio alinearle todos los nombres. Sólo añado que, en el caso español, mis poetas preferidos son hoy San Juan de la Cruz y Antonio Machado.

—Aquí desde esta bella sala donde, por entre una línea de palmeras, asiste diariamente al desemboque de las aguas del Douro en el Atlántico, ¿cómo le llega y le toca la poesía?, ¿cómo "se resuelve" cada poema hasta su postrera impresión?
—Es en verdad el sitio más bello del puerto, mas, como toda belleza, corre peligro. El Douro y el Atlántico están ahí, como las palmeras, al alcance de los dedos. Todos los hombres deberían tener una casa así. Esta fue un presente de la ciudad —el dinero que gané en la vida no daba siquiera para comprar una barraca con tres olivos a la redonda.

Felizmente la poesía no escoge la casa donde entra, ni la mesa del poeta. Lo asalta en cualquier local —y se va sin embargo. Por mí, ya quedo satisfecho si ella me deja un solo verso. Lo más frecuente es quedarse apenas a un ritmo, una mancha de sentido. El ángel de la guardia del poeta hace que tenga que hacer, despierta en él la necesidad de balbucear unos sonidos, articular unas sílabas, que llaman por otras, hasta formar "una especie de música". Algunas se acarician, en un auténtico encuentro nupcial, otras se apartan, como por repugnancia a la menor proximidad. Es una lucha cuerpo a cuerpo, rabiosa, casi feliz.

Quiero decir con esto que, más allá de ese despertar, el poema es un trabajo de posesión. La lucha puede durar días y días, mas el resultado tiene que parecer natural, sin señales del esfuerzo hecho, en estado de gracia. Como ve, estoy repitiéndole que no soy un poeta inspirado, y que el poema, en el acto de hacerlo, no me da cualquier alegría.

—Al fin de tantos y tantos años de intensa relación con la poesía, ¿cuál es la situación del poeta en un mundo apresado, caminar vertiginosamente para el próximo milenio?
—El poeta, igualmente un Teócrito, igualmente un San Juan de la Cruz, es un hombre de la tribu, como dice Mallarmé. Su trabajo consiste en dar voz a su gente. Una voz más pura; esto es, más próxima de las nacientes. La poesía es poca cosa, es cierto, mas ese poco es inmenso, por ser un lugar particularmente alto de la conciencia humana. Es sólo eso lo que el poeta tiene para dar, en un mundo que se va tornando inhabitable.

—Desde 1942, fecha después del exclusivo Adolescente, Eugénio fue multiplicando un impresionante número de libros predominantemente blancos, de poemas, ensayos, traducciones. Provocó innumerables influencias en sucesivas generaciones de poetas. Su reconocimiento público es una evidencia. Las traducciones de su obra se suceden en casi todas las lenguas. Sus libros se venden bien. ¿Halla que la poesía siempre fue generosa con usted?
—La poesía, o sus demonios, han sido de verdad generosos conmigo. Mas yo les di una ayuda…, y no fue pequeña. Era de buena cepa, mi gente. Unos abastecidos, otros menos, pero todos serios, trabajadores. Ninguno de ellos estuvo nunca retratado en el periódico, lo que significa que ninguno hizo desfalques, asaltó bancos, fue ministro de cualquier gobierno. El único en aparecer en los periódicos fui yo —escribí unos libros…

Tuvieron una caterva de hijos, y todavía más de nietos. De esos yo soy el más bello. Nací de amores encontrados. De niño, hasta llegar a Lisboa, a los nueve años, no recuerdo haber visto dinero. No sé bien lo que esto significaba —o no faltaba en casa o entonces ya todos se habían habituado a lo poco que había. Al fin y al cabo, casi toda la gente de la aldea tenía su hacienda, que cultivaba con los hijos, del mismo modo cuando tenían otra profesión. Era el caso del abuelo con quien vivía —hacía casas, lo que en la época significaba que era arquitecto y albañil; esto es, diseñaba la construcción y podía enseñar a los que no sabían, cómo se trabajaba la piedra.

La escuela corrió bien hasta que la poesía me atrapó en sus redes. Estudiar materias para los exámenes se tornó, a partir de ahí, en un martirio. Arreglé entonces trabajar como inspector administrativo en los Servicios del Ministerio de la Salud, donde estuve durante 35 años (de 1947 a 1982), para hacer procesos de averiguación y disciplinares. En el propio día en que completé esos años de servicio pedí la jubilación, de tal modo me encontraba harto de una profesión en que ponía todo el escrúpulo, pero por la cual tenía la mayor antipatía. A partir de ahí, pasé a escribir más, y tal vez un poco mejor.

Soy un hombre sin orgullos y sin humildad. Siempre fui inmensamente solitario. Tuve amigos que partieron, tuve amigos que se quedaron. Pocos, pero sólidos. Escogí la familia que tengo; me preocupa el más nuevo, con 18 años, porque como dice el jagunço Riobaldo, en Grande Sertão, "vivir es muy peligroso". Ahora más todavía que en los tiempos de Guimarães Rosa. Si no fuera por la poesía, y la vida, para mí nada tendría sentido. La poesía tal vez me salve de "morir completamente desesperado", para citar a Gide, de quien hace tanto tiempo no leo una página.

—Habló arriba de un libro inédito —¿va a salir brevemente?
—Sí, en octubre. Más allá de ser un libro breve, es el trabajo de los tres últimos años. Libro donde el tiempo roe, roe como un bicho la madera. Un viaje a ciertos lugares, los de la lumbre. Viaje melancólico, pues a algunos de ellos es posible que no regrese.

—Lugares geográficos ¿Beira? ¿Alentejo?
—Sí, la "patria chica", como dicen los españoles; el Alentejo, que desde siempre fascina tanto a mi poesía como las islas griegas; mas también algunos lugares del amor, de la amistad, de la música: la madre, la juventud, algunos amigos, J. S. Bach.

—¿España entra en este viaje?
—Entra. La España de las arenas de una playa del País Vasco, no muy lejos de Guernica. Mi idea de España es inseparable de la plenitud de ese encuentro juvenil.

De: Hablar/Falar de Poesía (revista hispano—portuguesa de poesía / Traducción: Edmundo Ramos).

Manuel Hermínio Monteiro. Editor portugués

N° 63 Aņo III
Caracas, sábado 15 de julio de 2000
 
 
"CULTURA Y LIBERTAD" COMO CONSIGNA
De lo imperfecto en el arte

(Victoria de Stefano)
 
 
 
 
 
 
 

 

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