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Reseña
MENDEZ
GUEDEZ Y EL ARBOL DE LUNA
Una historia clownica
Con la mirada
puesta en la realidad histórica contemporánea de España
y Venezuela,
Juan Carlos Méndez Guédez ilustra un mundo ficticio
que toma prestados elementos
del género picaresco. Arbol de luna, su novela más
reciente, publicada por la editorial española Lengua de Trapo
-a presentarse en nuestro país en el mes de septiembre-,
es para Celso Medina una suerte de historia clownica en la
que sus personajes parodian
la política, la literatura, la cultura
pero sin propósito
alguno de aleccionar
En
momentos en que la novela light amenaza con entronizarse,
vendiendo sus minimalismos vacuos, leemos Arbol de luna,
novela de Juan Carlos Méndez Guédez publicada
recientemente por la editorial española Lengua de Trapo.
Este joven novelista
venezolano (1967) había publicado anteriormente dos novelas:
Retrato de Abel con isla volcánica al fondo (1997)
y El libro de Esther (1999). Al igual que en la novela de
la que nos ocupamos ahora, esos textos apuestan por una estética
donde la realidad histórica sirve de excusa para una parodia
ambigua, cuyos propósitos se alejan del aleccionamiento.
A Méndez Guédez le gusta contar; huye de aquellos
textualismos que hinchan las anécdotas para vaciarlas de
contenido. Venezuela y España, los dos ámbitos donde
ha vivido el autor, se erigen en sus principales temas. Quien lea
a este narrador, verá la historia más contemporánea
de estos países, estampada en un formato esperpéntico.
Arbol de
luna radicaliza las estrategias naturales de la novela. Su carácter
esponjoso le permite recurrir a numerosos tonos y discursos para
penetrar en nuestra contemporaneidad, sobre todo la de Venezuela.
Los protagonistas se expresan desde diversas instancias: desde la
imprescindible tercera persona, desde el diario y desde lo epistolar.
El tono irónico se entrevera con el trágico, para
ofrecernos un fresco histórico que le guiña permanentemente
el ojo a la historiografía oficial.
Los dos personajes,
Estela (o Marycruz) y Tulio son los protagonistas de una neopicaresca
que tiene como escenario físico España y como telón
nostálgico la Venezuela pre y postgolpista de los noventa.
Como dijimos, no hay deseo de aleccionar por parte del novelista.
Al terminar su lectura, uno siente que esta novela nos deja el amargo
y el dulce en la boca. La historia contemporánea se cuenta
a través de la ironía. Lo solemne siempre asoma su
lado ridículo.
Los dos protagonistas
de esta novela son unos cínicos naifes. El deseo y
la amistad los hermanan para urdir una trama donde lo único
que cuenta es existir, vivir, no importa si en el limbo o en el
infierno. Ellos son intérpretes de papeles fijados por el
género picaresco, que toma numerosos préstamos del
relato de intrigas y de la novela negra. Más que héroes,
son especies de clownes, sometidos a variados esperpentos, señuelos
para parodiar a la política, a la literatura, a la cultura
española, etcétera. Muestra de eso es la anécdota
de la actriz hispana, cuyos agentes viven inventando peripecias
para ganarse la atención de los massmedia; o el político
venezolano que pidió a la Asamblea Legislativa del Estado
Lara (Venezuela) la derogación de la ley de gravedad, para
facilitar la circulación del agua en los acueductos de esa
región; o el militar que fracasa en su golpe de Estado porque
una mosca le entró en la boca. Los dos personajes son vigilados
por los típicos agentes de espionajes. Pero la falta de prudencia
de sus seguidores nos avisa de inmediato que estamos ante una farsa,
donde de vez en cuando se vierten dramatismos, como los de la madre
de Tulio, alcohólica; o de Alejandra, su novia chilena, cuyos
padres fueron fusilados por el régimen de Pinochet.
La obra de Méndez
Guédez revela una nueva relación del novelista
contemporáneo con la realidad histórica. Contar ya
no es inventar, sino asomarse a la ventana de la historia para reconstruir
su trama. Antes, tanto el literato como el historiador debían
esperar a que el tiempo pasara, para tomar la distancia necesaria
que le permitiera ser objetivo. Ahora vivimos en la era del escepticismo,
para beneplácito de la humanidad. Y lo que importa es el
sujeto, a pesar de los posmodernismos; el sujeto mirando y expresándose
desde los abismos hacia donde nos conduce la realidad contemporánea.
No estamos frente
a la parodia, puesto que ella no es más que el aleccionamiento
contrabandeado en lo cómico. Arbol de luna quiere
dejar constancia de una mirada histórica y no de una lección.
En ella las lágrimas no se sabe de dónde surgen: si
del llanto o de la risa. Esta historia clownica desecha el
panfleto de otros escritores venezolanos, como José Rafael
Pocaterra, Pío Gil y de Argenis Rodríguez,
para ubicarnos en un espacio textual cuya pragmática abandona
todo aleccionamiento. En definitiva, este novelista es un radical
militante del escepticismo. Por ello su escritura sobrepasa el hierbazal
light que asombra por su vacuidad. Méndez Guédez
se hunde en los abismos espesos donde la risa es angustia y no neutralidad.
Celso
Medina. Poeta y ensayista
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N°
63 Aņo III
Caracas, sábado 15 de julio de 2000
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