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AÑOS DE UNA CIUDAD DE IMAGEN INCONFUNDIBLE, ARTE Y ARTIFICIO
La caraqueñidad:
memoria limpia y avergonzante
"Caracas
entera equivale a un museo, a una representación y a un
espectáculo; por eso hace falta precisar el reparto de
papeles, asignar protagonismos y lugares para el coro", asevera
en estos apuntes Niño Araque y pasa a advertir que no obstante
"nadie trata de seguir y fijar su imagen más conveniente,
nadie exorciza sus contenidos más miserables, nadie potencia
los aspectos que desean enraizarse o llamar la atención".
Valga hacer correr
la voz de alerta en este nuevo aniversario
de la ciudad capital

Medida / Cesare
Ripa / Según el Señor Giovanni Zarattino Castellini
I
Carlos Raúl Villanueva concibió un escenario
alterno al Avila monumental: En El Silencio, con la rotunda preponderancia
del bloque 1 y la simetría impuesta por los dos obeliscos
de agua que abrazan Las Toninas de Narváez,
independientemente de la montaña y, afortunadamente, al
margen de la colina de El Calvario. En la Plaza O'Leary, la altura
del ojo del observador es lo que marca el punto de fuga, el centro
de la visión, allí todo es arquitectura, una geografía
construida que resume el único orden privilegiado de lo
caraqueño. Ni los acontecimientos, ni el lenguaje, ni el
ojo de los habitantes caraqueños han sido capaces de superponer
fácilmente una "blanca fachada continua" a las
"perspectivas contrarias" que parten de este recinto
especular. Más allá de El Silencio la imagen del
espacio urbano se deforma inexorablemente y la ciudad deviene
en un rompecabezas imposible.
De allí
el riesgo y la tentación cíclica por adoptar las
cinco perspectivas canónicas que emplazan el quiebre del
paisaje de la continuidad: la avenida O'Higgins, vista triunfante
de "la ética" y La India de El Paraíso
como remate formal y portal heroico a La Vega; la Plaza O'Leary,
vista serena de la "belleza"; las dos torres del Centro
Simón Bolívar y la avenida Bolívar vista
triunfante del "orden perfecto y justo" desde el Parque
Central; el paseo de Los Próceres, vista ciclópea
de la "acción perfecta" desde el Indio a Caballo,
hasta los dos prismas y de ahí hasta el Patio de Honor
de la Escuela Militar como axis de una ciudad ceremonial; la Principal
de Las Mercedes, vista serena de "la felicidad", con
el Tamanaco al fondo, montado sobre la colina caribeña
y tropical. No obstante, a pesar de estas cinco perspectivas canónicas,
la autopista del Este es lo que mejor fragua el paisaje de la
polis contemporánea; como mirador inabarcable, ella, corresponde
a la media aritmética de todas las distancias vistas a
la velocidad. En ella se amarra el desorden, la heterodoxia y
la creación de las imágenes urbanas en el vértigo
del movimiento.
II
En Caracas, la tensión entre el orden y el desorden es
reciente, tiene apenas cincuenta años. El núcleo
de su poder devastador (¿o constructor?) nació en
1951 con la rotonda de la Plaza Venezuela y su fuente monumental.
La disposición radiante de su geometría radiante
no sólo representó el desarrollo de un principio
ordenador sobre sí misma, sino que se extendió alrededor,
hacia el Jardín Botánico, hacia la Ciudad Universitaria,
hacia las colinas del sur. La fuente y sus titanes gigantescos
teatralizan al país mismo, la capacidad originaria de lo
que "teníamos", como el punto privilegiado a
partir del cual se originaron las coordenadas de la ciudad moderna.
No obstante, y precisamente porque la ciudad es un orden, el desorden
se hizo más nítido y vivo en ella. La fuente monumental,
hoy rezagada en el Parque Los Caobos, queda como el signo del
desorden urbano y de la marginalidad social que impone el contraorden.
Hoy, la ciudad
inter-rota, desde el vacío de La Hoyada hasta la Plaza
Sucre, desde El Junquito hasta Carrizales, desde Mamera hasta
la entropía de la Plaza de las Madres, de Petare, rumbo
a Guarenas, tiene distintas intensidades, olores, sonidos, causas,
manifestaciones. En este desorden varía la evaluación
de sus intérpretes, en la medida en que los caraqueños
que la habitan lo asocian con la vida o el peligro, con la ciudad
del placer o de la muerte. Los partidarios del orden, no lo son
de un orden presente, sino de un orden que imaginan, para el que
diseñan estrategias y batallas políticas para las
que aún no están preparados. Y es que en Caracas
no hay mayorías estables, sino un manifiesto de minorías
y fragmentos, un orden ocasional, que estalla diariamente en desórdenes
callejeros. Entre el poder imantado del "hueco negro"
(el centro comercial gigantesco) y la policía, se debaten
las dos fuerzas extremas que disciplinan la ciudad. Aquí,
el miedo y la violencia forman una parte tan común de la
vida cotidiana que se inscriben en las formas de los edificios.
III
A lo largo del cañón del valle, desde Gramoven en
Catia hasta La Bombilla en Petare, aparecen inevitablemente encadenados
los espacios socialmente confusos, bordes que ocupan gentes marginadas;
desplazados, víctimas, fuera de la ley, extranjeros y extraños.
Los marginados han tenido un tratamiento histórico y diabólico
muy variado. Hoy allanan plenamente el espacio de la ciudad, sometiéndonos
(a nosotros mismos) a la marginación y al extrañamiento.
La vida oculta de la ciudad, la ajena a todo código moral,
no tuvo expresión abierta en la calle hasta que fue detonada,
plenamente, a partir de la última década del saqueo.
La "heteropolis" es la ciudad plural en la que conviven
sin mezclarse grupos étnicos, poderes económicos
y estilos de vida diferentes. En Antímano, en Chacaíto
o en Petare, la gran ciudad de hoy se expresa como el recinto
inabordable de otra nacionalidad que también viene de fuera,
de la mano de una irresistible oleada de inmigrantes haitianos,
peruanos y colombianos que buscan azoradamente la conquista de
este territorio. En Caracas, los marginados nos desplazan, ocupan
los quicios de las puertas, los pasadizos y los bancos en la calle
al anochecer; a la mañana, cuando la rutina de los comercios
se reanuda, es fácil observar el desalojo de los cartones
de la noche.
IV
La memoria es una "potencia del alma, por medio de la cual
se retiene y recuerda lo pasado"(DRAE). Aquí, puesto
que no hay memoria, el deseo de la ciudad se dimensiona descomunalmente;
aparece en la base de la voluntad de la memoria, de la aspiración,
del proyecto y del plan. Anteriormente a todos ellos, el deseo
de Caracas los absorbe y expande, los panteíza y contagia.
El deseo es más que la simple expresión intelectual
del proyecto, enciende la voluntad pero, también, voluntariamente,
los sentidos. El deseo despierta el olor del verano, y el oído
de las lluvias nocturnas y torrenciales, y el tacto y las querencias
de las cálidas temperaturas y la orientación de
la luz, y la serenidad de las aceras o el reconocimiento de la
fuerza que empuja el viento, todas las madrugadas, desde Barlovento.
¿Qué
queda hoy de la capacidad de atracción y de estímulo
que ha tenido en otra época la ciudad?; ¿dónde
mirar entonces para reconocerse?; ¿cómo construir
una imagen de la ciudad levantándola sobre el agobio de
lo desaparecido? "Lo que diferencia la memoria de una caótica
yuxtaposición de fragmentos es que la memoria tiene sentidos.
La memoria requiere e impone un orden, necesita sujetos y argumentos,
etapas y desenlaces" (apunta la arquitecto española
María-Angeles Durán). El silencio estruendoso y
reciente de los caraqueños, ante la entrega impúdica
del Litoral, nada nos libera de "el castigo", "la
tragedia" y "la estupidez". La arquitectura de
una memoria privilegiada.
Recordar
es reconstruir, y como señaló Max Weber,
nada nos libra de la necesidad de elegir entre los sujetos desiguales
y contrapuestos que hacen encarnar la ciudad triunfal o la Caracas
desvanecida. Hay memorias triunfantes que se instalan insolentemente
sobre la memoria reposada, pero también hay memorias rechazadas
como humilladas y escondidas. La memoria caraqueña varía
de época, de grupo, es selectiva y excluyente y nunca ha
alcanzado la categoría de inmutable como resultado de una
negociación. Como contrapunto a un tipo de memoria postiza,
obedecida pero no sentida, surgen las memorias secretas y soñadas.
La frágil memoria caraqueña se esconde en sus patios,
se protege del acoso externo envolviéndose en sí
misma y rehuyendo el embate de la confrontación directa
con las memorias más poderosas. La memoria caraqueña
se esconde en el capin melao de diciembre o en Caraballeda, a
lo largo de La Costanera hasta Anare.
V
Junto a las memorias limpias de la caraqueñidad también
están las memorias avergonzantes e incómodas. Caracas
privilegia algunas interpretaciones, algunos episodios de su historia
y olvida otros. Sin embargo, además de su propia memoria
pública, la ciudad es el escenario de múltiples
memorias privadas que sobre ella discurren; abría que recordar
la herencia de Gómez desde la Hacienda Mosquera,
o la amistad extrema entre los Planchart y Gio Ponti,
la visita de Calder a Venezuela o los saqueos y fusilamientos
colectivos. Son las memorias caraqueñas, enlazadas y fundidas
en la historia de la ciudad, lo que más importa al sujeto
que recuerda. La memoria privilegiada es la memoria retenida,
expuesta, hecha presente; también es la memoria del clima
y de la naturaleza observada desde el recinto arquitectónico.
Su cara opuesta es la memoria ausente.
En la perduración
del recuerdo interviene el que recibe el legado, pero también
el testador, Caracas es una herencia prodigiosa (o detestable).
No todos tienen la misma ambición de posteridad, la actitud
no es sólo una cuestión de poder que se debe al
modo en que se encara el sentido del tiempo; la fragilidad de
Campo Alegre, el quiebre del edificio Galipán, las amenazas
al Hotel Avila, o al Hotel Humboldt, el auge y la caída
del Parque Vargas, el arruinamiento monumental del cementerio,
el Helicoide o la construcción de la GAN, se transforman
en la jornada interminable que encarna el sentido del tiempo caraqueño.
En los bordes arruinados del Guaire habría que sembrar
miles de palmas washingtoneas; a las ruinas conservadas del Humboldt,
habría que inyectar la vida que se vuelca al mar; al Helicoide,
activar las siete colinas que se amarran al Jardín Botánico;
a la nueva sede de la GAN desplazar el uso del corazón
monumental. A la cripta de Cipriano Castro habría que agregar
los espacios de las memorias ausentes. Hacer presentes las arquitecturas
que siempre han sido distantes, materializar para los deseos lo
que nunca ha sido dotado de tangibilidad y forma.
¿Cómo
podría afirmarse la identidad y la memoria de quien no
ocupa lugar en la escena de la representación? ¿Qué
forma de identidad propician las ausencias? Caracas contiene muchas
ciudades cada una con su verdad propia; no se muestra entera ni
uniforme y cuesta trabajo acceder a lo que ella esconde; en ella
no hay circuito reconocible, sólo una forma transgresora
de trabajar, de "viandar" y de vender, su vialidad
es la aproximación desde la ausencia, la queja y el deseo
de cambio. Sólo el congestionamiento de la autopista Caracas-La
Guaira aparece como el acontecimiento de la cotidianidad.
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| Orden
y Derecho Justo / Cesare Ripa |
VI
Caracas es un mirador inabarcable, es una ciudad de imagen inconfundible,
su panorámica amurallada tiene mucho de teatralidad, la
ciudad se reconoce a sí misma como un espacio escénico.
Se prepara para ello facilitando los lugares abiertos a la representación;
la Cota Mil, el barrio La Bombilla, Gramoven, Chulavista, La Corniche,
el Mirador de la Torre Este de Parque Central; lugares dominantes,
una plaza, un montículo que crean el anfiteatro sin la
necesidad del edificio. Una representación continua de
sus personajes y relaciones y donde unos pocos tienen un papel
propio. Sin embargo, nadie trata de seguir y fijar su imagen más
conveniente, nadie exorciza sus contenidos más miserables,
nadie potencia los aspectos que desean enraizarse o llamar la
atención.
Al margen
de la montaña, Caracas es arte y artificio. Construida
para separarse de la naturalidad previa y avileña, puesto
que las relaciones tienen lugar sobre áreas específicas,
la elección del espacio escénico de los panoramas,
de los itinerarios y los marcos privilegiados tiene más
consecuencia de lo que pudiera parecer. Caracas entera equivale
a un museo, a una representación y a un espectáculo;
por eso hace falta precisar el reparto de papeles, asignar protagonismo
y lugares para el coro (¿se podría olvidar La Carlota?,
¿imprescindible?, ¿paisaje, golpe, acontecimiento?).
VII
Los nombres son un componente esencial de la identidad; hay nombres
en los que se reconoce la ciudad entera y nombres que sugieren
solamente lugares menores. Aunque los nombres suelen ser indicadores
de un principio, con frecuencia lo cubren (El Paraíso,
El Llanito, Parque Central, El Silencio, Los Palos Grandes, Los
Flores, La Ceibita), también encubren las reedificaciones
de la memoria, la sustitución de nombres: Dos Pilitas a
Portillo, Pasaje Zing, Bosque Sans-Sousi. El nombre es una transición
(Plaza de la Concordia, Plaza de Las Mercedes, Plaza Aérea
Diego Ibarra, Plaza La Estrella, Plaza de Las Delicias, El Conde,
edificio Galipán y, ahora, Plaza del Arte, Plaza de la
Música, Nivel Acuario, Nivel Feria
).
Desde que
se trasladó la fuente monumental de la Plaza Venezuela
en los años sesenta, se respiró la transición
de los nombres y se produjo la crisis de la memoria, sobrevino
una amnesia general. Con el Metro, en los ochenta, se culminó
la transición con un nuevo cambio de memoria y de historia,
muchas de las principales arterias y plazas se desnombraron y
se volvieron a nombrar, pero el cambio de memoria se va produciendo
de un modo masivo y profundo. Al finalizar los noventa, la distancia
y el descompromiso con el momento político se tradujo en
el olvido voluntarioso del valor topográfico de la montaña,
la geografía y las especies vegetales; Los Cortijos, Chapellín,
La Alameda, Simón Rodríguez, Párate Bueno,
San Román, Santa Fe, Antímano, Vista Alegre, Cotiza,
Boleíta, Sarría, Monte Piedad, Santa Paula, Artigas,
Las Adjuntas, Ruperto Lugo, La Campiña, Los Rosales, La
Roca Tarpella, Hornos de Cal, La Planicie, El Polvorín,
Los Naranjos, San Juan Capuchino, La Concordia, Las Acacias, La
Victoria, Los Ilustres. Carecer de nombre, o de lugares que repiten
el nombre que se ha tenido, es desaparecer, morir.
La Carlota
es más que un nombre, no se reduce a una pista donde aterriza
la violencia; allí se ven todas las avionetas que retornan
al atardecer. Sin embargo, a pesar de tantos nombres, Caracas
está inconclusa, hace falta más nombres, ver lejos,
quererla de cerca, hace falta las calles que anulan las distancias
y las plazas serenas que calman la ansiedad.
William
Niño Araque. Ensayista / Curador de la GAN