433 AÑOS DE UNA CIUDAD DE IMAGEN INCONFUNDIBLE, ARTE Y ARTIFICIO

La caraqueñidad: memoria limpia y avergonzante

"Caracas entera equivale a un museo, a una representación y a un espectáculo; por eso hace falta precisar el reparto de papeles, asignar protagonismos y lugares para el coro", asevera
en estos apuntes Niño Araque y pasa a advertir que no obstante "nadie trata de seguir y fijar su imagen más conveniente, nadie exorciza sus contenidos más miserables, nadie potencia los aspectos que desean enraizarse o llamar la atención". Valga hacer correr
la voz de alerta en este nuevo aniversario
de la ciudad capital


Medida / Cesare Ripa / Según el Señor Giovanni Zarattino Castellini

I
Carlos Raúl Villanueva concibió un escenario alterno al Avila monumental: En El Silencio, con la rotunda preponderancia del bloque 1 y la simetría impuesta por los dos obeliscos de agua que abrazan Las Toninas de Narváez, independientemente de la montaña y, afortunadamente, al margen de la colina de El Calvario. En la Plaza O'Leary, la altura del ojo del observador es lo que marca el punto de fuga, el centro de la visión, allí todo es arquitectura, una geografía construida que resume el único orden privilegiado de lo caraqueño. Ni los acontecimientos, ni el lenguaje, ni el ojo de los habitantes caraqueños han sido capaces de superponer fácilmente una "blanca fachada continua" a las "perspectivas contrarias" que parten de este recinto especular. Más allá de El Silencio la imagen del espacio urbano se deforma inexorablemente y la ciudad deviene en un rompecabezas imposible.

De allí el riesgo y la tentación cíclica por adoptar las cinco perspectivas canónicas que emplazan el quiebre del paisaje de la continuidad: la avenida O'Higgins, vista triunfante de "la ética" y La India de El Paraíso como remate formal y portal heroico a La Vega; la Plaza O'Leary, vista serena de la "belleza"; las dos torres del Centro Simón Bolívar y la avenida Bolívar vista triunfante del "orden perfecto y justo" desde el Parque Central; el paseo de Los Próceres, vista ciclópea de la "acción perfecta" desde el Indio a Caballo, hasta los dos prismas y de ahí hasta el Patio de Honor de la Escuela Militar como axis de una ciudad ceremonial; la Principal de Las Mercedes, vista serena de "la felicidad", con el Tamanaco al fondo, montado sobre la colina caribeña y tropical. No obstante, a pesar de estas cinco perspectivas canónicas, la autopista del Este es lo que mejor fragua el paisaje de la polis contemporánea; como mirador inabarcable, ella, corresponde a la media aritmética de todas las distancias vistas a la velocidad. En ella se amarra el desorden, la heterodoxia y la creación de las imágenes urbanas en el vértigo del movimiento.

II
En Caracas, la tensión entre el orden y el desorden es reciente, tiene apenas cincuenta años. El núcleo de su poder devastador (¿o constructor?) nació en 1951 con la rotonda de la Plaza Venezuela y su fuente monumental. La disposición radiante de su geometría radiante no sólo representó el desarrollo de un principio ordenador sobre sí misma, sino que se extendió alrededor, hacia el Jardín Botánico, hacia la Ciudad Universitaria, hacia las colinas del sur. La fuente y sus titanes gigantescos teatralizan al país mismo, la capacidad originaria de lo que "teníamos", como el punto privilegiado a partir del cual se originaron las coordenadas de la ciudad moderna. No obstante, y precisamente porque la ciudad es un orden, el desorden se hizo más nítido y vivo en ella. La fuente monumental, hoy rezagada en el Parque Los Caobos, queda como el signo del desorden urbano y de la marginalidad social que impone el contraorden.

Hoy, la ciudad inter-rota, desde el vacío de La Hoyada hasta la Plaza Sucre, desde El Junquito hasta Carrizales, desde Mamera hasta la entropía de la Plaza de las Madres, de Petare, rumbo a Guarenas, tiene distintas intensidades, olores, sonidos, causas, manifestaciones. En este desorden varía la evaluación de sus intérpretes, en la medida en que los caraqueños que la habitan lo asocian con la vida o el peligro, con la ciudad del placer o de la muerte. Los partidarios del orden, no lo son de un orden presente, sino de un orden que imaginan, para el que diseñan estrategias y batallas políticas para las que aún no están preparados. Y es que en Caracas no hay mayorías estables, sino un manifiesto de minorías y fragmentos, un orden ocasional, que estalla diariamente en desórdenes callejeros. Entre el poder imantado del "hueco negro" (el centro comercial gigantesco) y la policía, se debaten las dos fuerzas extremas que disciplinan la ciudad. Aquí, el miedo y la violencia forman una parte tan común de la vida cotidiana que se inscriben en las formas de los edificios.

III
A lo largo del cañón del valle, desde Gramoven en Catia hasta La Bombilla en Petare, aparecen inevitablemente encadenados los espacios socialmente confusos, bordes que ocupan gentes marginadas; desplazados, víctimas, fuera de la ley, extranjeros y extraños. Los marginados han tenido un tratamiento histórico y diabólico muy variado. Hoy allanan plenamente el espacio de la ciudad, sometiéndonos (a nosotros mismos) a la marginación y al extrañamiento. La vida oculta de la ciudad, la ajena a todo código moral, no tuvo expresión abierta en la calle hasta que fue detonada, plenamente, a partir de la última década del saqueo. La "heteropolis" es la ciudad plural en la que conviven sin mezclarse grupos étnicos, poderes económicos y estilos de vida diferentes. En Antímano, en Chacaíto o en Petare, la gran ciudad de hoy se expresa como el recinto inabordable de otra nacionalidad que también viene de fuera, de la mano de una irresistible oleada de inmigrantes haitianos, peruanos y colombianos que buscan azoradamente la conquista de este territorio. En Caracas, los marginados nos desplazan, ocupan los quicios de las puertas, los pasadizos y los bancos en la calle al anochecer; a la mañana, cuando la rutina de los comercios se reanuda, es fácil observar el desalojo de los cartones de la noche.

IV
La memoria es una "potencia del alma, por medio de la cual se retiene y recuerda lo pasado"(DRAE). Aquí, puesto que no hay memoria, el deseo de la ciudad se dimensiona descomunalmente; aparece en la base de la voluntad de la memoria, de la aspiración, del proyecto y del plan. Anteriormente a todos ellos, el deseo de Caracas los absorbe y expande, los panteíza y contagia. El deseo es más que la simple expresión intelectual del proyecto, enciende la voluntad pero, también, voluntariamente, los sentidos. El deseo despierta el olor del verano, y el oído de las lluvias nocturnas y torrenciales, y el tacto y las querencias de las cálidas temperaturas y la orientación de la luz, y la serenidad de las aceras o el reconocimiento de la fuerza que empuja el viento, todas las madrugadas, desde Barlovento.

¿Qué queda hoy de la capacidad de atracción y de estímulo que ha tenido en otra época la ciudad?; ¿dónde mirar entonces para reconocerse?; ¿cómo construir una imagen de la ciudad levantándola sobre el agobio de lo desaparecido? "Lo que diferencia la memoria de una caótica yuxtaposición de fragmentos es que la memoria tiene sentidos. La memoria requiere e impone un orden, necesita sujetos y argumentos, etapas y desenlaces" (apunta la arquitecto española María-Angeles Durán). El silencio estruendoso y reciente de los caraqueños, ante la entrega impúdica del Litoral, nada nos libera de "el castigo", "la tragedia" y "la estupidez". La arquitectura de una memoria privilegiada.

Recordar es reconstruir, y como señaló Max Weber, nada nos libra de la necesidad de elegir entre los sujetos desiguales y contrapuestos que hacen encarnar la ciudad triunfal o la Caracas desvanecida. Hay memorias triunfantes que se instalan insolentemente sobre la memoria reposada, pero también hay memorias rechazadas como humilladas y escondidas. La memoria caraqueña varía de época, de grupo, es selectiva y excluyente y nunca ha alcanzado la categoría de inmutable como resultado de una negociación. Como contrapunto a un tipo de memoria postiza, obedecida pero no sentida, surgen las memorias secretas y soñadas. La frágil memoria caraqueña se esconde en sus patios, se protege del acoso externo envolviéndose en sí misma y rehuyendo el embate de la confrontación directa con las memorias más poderosas. La memoria caraqueña se esconde en el capin melao de diciembre o en Caraballeda, a lo largo de La Costanera hasta Anare.

V
Junto a las memorias limpias de la caraqueñidad también están las memorias avergonzantes e incómodas. Caracas privilegia algunas interpretaciones, algunos episodios de su historia y olvida otros. Sin embargo, además de su propia memoria pública, la ciudad es el escenario de múltiples memorias privadas que sobre ella discurren; abría que recordar la herencia de Gómez desde la Hacienda Mosquera, o la amistad extrema entre los Planchart y Gio Ponti, la visita de Calder a Venezuela o los saqueos y fusilamientos colectivos. Son las memorias caraqueñas, enlazadas y fundidas en la historia de la ciudad, lo que más importa al sujeto que recuerda. La memoria privilegiada es la memoria retenida, expuesta, hecha presente; también es la memoria del clima y de la naturaleza observada desde el recinto arquitectónico. Su cara opuesta es la memoria ausente.

En la perduración del recuerdo interviene el que recibe el legado, pero también el testador, Caracas es una herencia prodigiosa (o detestable). No todos tienen la misma ambición de posteridad, la actitud no es sólo una cuestión de poder que se debe al modo en que se encara el sentido del tiempo; la fragilidad de Campo Alegre, el quiebre del edificio Galipán, las amenazas al Hotel Avila, o al Hotel Humboldt, el auge y la caída del Parque Vargas, el arruinamiento monumental del cementerio, el Helicoide o la construcción de la GAN, se transforman en la jornada interminable que encarna el sentido del tiempo caraqueño. En los bordes arruinados del Guaire habría que sembrar miles de palmas washingtoneas; a las ruinas conservadas del Humboldt, habría que inyectar la vida que se vuelca al mar; al Helicoide, activar las siete colinas que se amarran al Jardín Botánico; a la nueva sede de la GAN desplazar el uso del corazón monumental. A la cripta de Cipriano Castro habría que agregar los espacios de las memorias ausentes. Hacer presentes las arquitecturas que siempre han sido distantes, materializar para los deseos lo que nunca ha sido dotado de tangibilidad y forma.

¿Cómo podría afirmarse la identidad y la memoria de quien no ocupa lugar en la escena de la representación? ¿Qué forma de identidad propician las ausencias? Caracas contiene muchas ciudades cada una con su verdad propia; no se muestra entera ni uniforme y cuesta trabajo acceder a lo que ella esconde; en ella no hay circuito reconocible, sólo una forma transgresora de trabajar, de "viandar" y de vender, su vialidad es la aproximación desde la ausencia, la queja y el deseo de cambio. Sólo el congestionamiento de la autopista Caracas-La Guaira aparece como el acontecimiento de la cotidianidad.

Orden y Derecho Justo / Cesare Ripa

VI
Caracas es un mirador inabarcable, es una ciudad de imagen inconfundible, su panorámica amurallada tiene mucho de teatralidad, la ciudad se reconoce a sí misma como un espacio escénico. Se prepara para ello facilitando los lugares abiertos a la representación; la Cota Mil, el barrio La Bombilla, Gramoven, Chulavista, La Corniche, el Mirador de la Torre Este de Parque Central; lugares dominantes, una plaza, un montículo que crean el anfiteatro sin la necesidad del edificio. Una representación continua de sus personajes y relaciones y donde unos pocos tienen un papel propio. Sin embargo, nadie trata de seguir y fijar su imagen más conveniente, nadie exorciza sus contenidos más miserables, nadie potencia los aspectos que desean enraizarse o llamar la atención.

Al margen de la montaña, Caracas es arte y artificio. Construida para separarse de la naturalidad previa y avileña, puesto que las relaciones tienen lugar sobre áreas específicas, la elección del espacio escénico de los panoramas, de los itinerarios y los marcos privilegiados tiene más consecuencia de lo que pudiera parecer. Caracas entera equivale a un museo, a una representación y a un espectáculo; por eso hace falta precisar el reparto de papeles, asignar protagonismo y lugares para el coro (¿se podría olvidar La Carlota?, ¿imprescindible?, ¿paisaje, golpe, acontecimiento?).

VII
Los nombres son un componente esencial de la identidad; hay nombres en los que se reconoce la ciudad entera y nombres que sugieren solamente lugares menores. Aunque los nombres suelen ser indicadores de un principio, con frecuencia lo cubren (El Paraíso, El Llanito, Parque Central, El Silencio, Los Palos Grandes, Los Flores, La Ceibita), también encubren las reedificaciones de la memoria, la sustitución de nombres: Dos Pilitas a Portillo, Pasaje Zing, Bosque Sans-Sousi. El nombre es una transición (Plaza de la Concordia, Plaza de Las Mercedes, Plaza Aérea Diego Ibarra, Plaza La Estrella, Plaza de Las Delicias, El Conde, edificio Galipán y, ahora, Plaza del Arte, Plaza de la Música, Nivel Acuario, Nivel Feria…).

Desde que se trasladó la fuente monumental de la Plaza Venezuela en los años sesenta, se respiró la transición de los nombres y se produjo la crisis de la memoria, sobrevino una amnesia general. Con el Metro, en los ochenta, se culminó la transición con un nuevo cambio de memoria y de historia, muchas de las principales arterias y plazas se desnombraron y se volvieron a nombrar, pero el cambio de memoria se va produciendo de un modo masivo y profundo. Al finalizar los noventa, la distancia y el descompromiso con el momento político se tradujo en el olvido voluntarioso del valor topográfico de la montaña, la geografía y las especies vegetales; Los Cortijos, Chapellín, La Alameda, Simón Rodríguez, Párate Bueno, San Román, Santa Fe, Antímano, Vista Alegre, Cotiza, Boleíta, Sarría, Monte Piedad, Santa Paula, Artigas, Las Adjuntas, Ruperto Lugo, La Campiña, Los Rosales, La Roca Tarpella, Hornos de Cal, La Planicie, El Polvorín, Los Naranjos, San Juan Capuchino, La Concordia, Las Acacias, La Victoria, Los Ilustres. Carecer de nombre, o de lugares que repiten el nombre que se ha tenido, es desaparecer, morir.

La Carlota es más que un nombre, no se reduce a una pista donde aterriza la violencia; allí se ven todas las avionetas que retornan al atardecer. Sin embargo, a pesar de tantos nombres, Caracas está inconclusa, hace falta más nombres, ver lejos, quererla de cerca, hace falta las calles que anulan las distancias y las plazas serenas que calman la ansiedad.

William Niño Araque. Ensayista / Curador de la GAN

N° 64 Aņo III
Caracas, sábado 22 de julio de 2000
 
 
 

Entrevista
Narrativa y leyendas urbanas
(Milagros Socorro)

Creación
"...alma sin cuerpo en la frágil ráfaga"
(Carmen Boullosa. Poemas)
Reseña
Una ficción como espejismo de la memoria
(Luz Marina Rivas)

Libros, Lecturas y lectores
El pensamiento constelado de Guillén
(Lázaro Alvarez)

 
 
 
 
 
 

 

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