Libros, Lecturas y Lectores

"MULTIPLES MORADAS"

El pensamiento constelado de Guillén

Claudio Guillén embiste contra las lecturas unificadoras, así de la vida como de la literatura. De allí que Lázaro Alvarez insista en que "la visión de Guillén se distingue del auge actual
de las sistematizaciones y de los extremos de los llamados 'estudios culturales',
pues, atender al contexto no implica perder de vista la especificidad de lo literario",
o perderse entre las páginas del último libro publicado por éste y "tan
justamente titulado Múltiples moradas"


Todo acto creador es siempre un espacio de resonancias. Todo acto de conocimiento es, también se ha dicho, un acto de reconocimiento. Resonancia de la diversidad o pluralidad que somos y que nos rodea, la literatura "no resuelve las incoherencias y pretensiones del existir humano, sino que incorpora sus formas y las descubre" según deduce Guillén de Paul de Man. Claudio Guillén (1924) vuelve, así -desde una visión que no puede ser inmóvil-, otra vez sobre un sentido vital e irreductible de la literatura que lo ocupó hace quince años en Entre lo uno y lo diverso, libro que le ha valido ser considerado el primer comparatista español. Pero lo que se mostraba entonces como disyunción, más que superposición es ahora multiplicidad y complejidad en este último tan justamente titulado Múltiples moradas (Barcelona: Tusquets, 1998): ya no "vaivén repetido" sino "lo uno con lo diverso".

"La persona culta es la que se sorprende ante la riqueza de la vida" dijo en la presentación de este libro en Barcelona. Y es esta riqueza y esa pluralidad de "provincias finitas de sentido" de la literatura (sus muchas moradas virtuales) lo que obliga a un perspectivismo, a la elección de miraderos desde los cuales, con sus "especialidades" y sus "lenguas" y con sus interrogaciones prioritarias, puede el comparatista intentar una aproximación a este inmenso "sistema de tendencias". No se trata aquí de abogar por un caótico agrupamiento de unicidades, sino de aproximarse a una concepción dinámica de la literatura considerando sus moradas múltiples o sus "constelaciones originales" donde destacan géneros, temas, formas, o metáforas, estilos, mitos, escuelas y movimientos. Todos estos hechos de la literatura se entienden como tendencias o como "opciones entre polaridades". Así, el poema existe como entidad suficiente en el margen concreto de sus propios confines pero, también, en una instancia menos visible, como formas, temas o movimientos de una dinámica histórica. Y es aquí donde la visión de Guillén se distingue del auge actual de las sistematizaciones y de los extremos de gran parte de los llamados "estudios culturales", pues, atender al contexto no implica perder de vista la especificidad de lo literario.

Contra las falacias unificadoras
En el espacio de esta oscilación es de donde se puede también atender a las alusiones, relaciones y revelaciones menos visibles del texto. Menos cientificista sino más cercano a la perspectiva de un arte de leer, para Guillén es desde nuestra sensibilidad presente, con su heterogeneidad, complejidad y multiplicidad como cualidades irrenunciables que la condicionan, desde donde se descubren y actualizan los valores de obras y creaciones antiguas. Todo ello siempre puesto en guardia contra los hábitos cognoscitivos de las falacias unificadoras que denunció Fernando Sabater en su Panfleto contra el todo, como denuncia de mecanismos de control y allanamiento mental en la actitud de conocer. Labor de adocenamiento y de uniformación en donde el principio de una razón totalitaria (que tiene su expresión política en los autoritarismos modernos que propugnan el igualitarismo gregario de la mediocridad) arrasa y aniquila, en su monismo mental, con lo plural y diferente, con matices, distinciones e individualidades, entronizando una objetividad que no constata más que las rutinas en las que se complace. Esta aguda conciencia y este respeto de la complejidad cultural que nos determina es el horizonte desde el cual Guillén se acerca a la experiencia literaria, siempre precavido ante el abuso de las definiciones demasiado simplificadoras.

De tal modo, en los siete ensayos que componen este libro, los cuatro primeros abordan asuntos esenciales desde la mirada actual de un estudio de algunas de las "tensiones" (y proyecciones) de la literatura universal. Y los tres siguientes, de inclinación más puramente teórica, sobre las disyunciones y posibles superaciones de los más "tristes tópicos" de las literaturas y los nacionalismos. Así, en "El sol de los desterrados: literatura y exilio", examina las dos valoraciones del destierro, en distintas tradiciones, desde los cínicos y estoicos hasta las formas y figuras que adopta en las últimas literaturas hispánicas. Hay una valoración de signo positivo representada, entre otros por Plutarco o por Séneca cuya relegatio no fue necesariamente un padecimiento del espíritu. Este es, por tanto, un exilio que lleva a "un impulso solidario de alcance siempre más amplio -filosófico, o religioso, o político o poético". La otra valoración, más en la línea ovidiana de Tristes o de las Pónticas, es aquella de talante más negativo, donde el individuo se siente mutilado, "rota y fragmentada su propia naturaleza psicosocial y su participación en los sistemas de signos en que descansa la vida cotidiana". Quizás, para el caso de la literatura en Venezuela, las escrituras de Pocaterra y Cadenas (cuya metáfora del destierro está muy cerca de la misma figura inaugurada por Dante como una "peregrinación ascendente") pudieran representar ambas valoraciones. Si bien su intención no pretende ser exhaustiva, resulta tentador señalar las faltas o ausencias de algunos otros nombres importantes: Unamuno, Ayala, José Solanes y algunos hispanoamericanos más. En "El hombre invisible: literatura y paisaje", se analiza el proceso histórico a través del cual el "paisaje", como constructo, deja de ser un simple marco para adquirir un valor en sí mismo. En el lugar de intersección de la literatura y las artes visuales, en lo que ha sido su propio devenir, el "motivo" y el "complemento" -hombre y paisaje en su forma de ergon y parergon-, como una polaridad central, ha constituido un lugar donde el hombre ha ido desapareciendo para ceder ante el "espacio". El lento desarrollo de una liberación de la naturaleza o de independencia del paisaje (derivado del antiguo término "país"), del parergon (complemento) al ergon (motivo), pasa a ser una polaridad central de la obra que pretende sólo representar o de aquella que aspira a significar, procesos no necesariamente antagónicos sino muchas veces "implicados y móvilmente complementarios". Y en este ascenso del paisaje, las opciones de realismo e imaginación fueron determinantes a finales del siglo XIX.

Del placer y la obscenidad
En "La escritura feliz: literatura y epistolaridad", Guillén también regresa sobre un tema que ya ha tratado prolijamente en otras ocasiones. Las variedades de este género (desde la más común y al borde del fenómeno literario, la carta familiar, hasta la novela epistolar) dan pie a Guillén para un replanteamiento de la esencia de la condición literaria de un texto. Esta última es "sin duda, sede de la diferencia, de la personalidad inasimilable, de la individualidad extrema", cuya ficcionalidad no es suficiente para definirla. Es necesario el cuestionamiento del carácter literario de un texto teniendo en cuenta "no sólo el tejido verbal" sino, además, el papel de los géneros, de las formas, de los temas y las circunstancias históricas con que dichos elementos se entreveran. Sólo desde allí puede ser oportuno este cuestionamiento para considerar la especificidad de la escritura epistolar como literatura posible. Y más allá de las disquisiciones sobre estos límites, lo que más seduce de este género fronterizo es, precisamente, cuanto tiene de entrega verdadera y espontánea, de gesto de expresión generosa, de "escritura feliz" que se desmarca de toda obligación y pretensión que no sea la del placer mismo de escribir.

Termina esta primera parte con el ensayo "La expresión total: literatura y obscenidad", donde se intenta una reflexión histórica de las formas en que este término, lo obsceno, lo que no debe decirse, se ha realizado en la palabra y que no conviene mantener siempre en el "vasto trastero del silencio". Según Guillén, el proceso de comunicación obsceno suele implicar "más que al interlocutor evidente, a segundos destinatarios, como por ejemplo las convenciones sociales y las instituciones eclesiásticas y políticas". En el lujoso recorrido que hace su peculiar erudición, se llega a considerar a la pornografía, en sus variaciones históricas y sociales, como un "subgénero de la literatura fantástica", literatura tan esencialmente transmutadora que no ofrece un "mero reflejo del cuerpo y la sexualidad, sino que los reinventa". Voluntad, por tanto, hecha de una "desesperadora búsqueda desrealizadora", corporeidad fantástica en que "la lascivia inventa su infinito". Entre lo público y lo privado, entre la dicción y la interdicción se encuentra lo indecible que audazmente se busca en el lenguaje y que, como aspiración a una expresión total, es irrealizable. Así, la obscenidad, como un afán de verdad que no teme las contradicciones y las complejidades, como una voluntad de decirlo todo, es trascendida siempre por su propio objeto.

Polaridades, no oposiciones
Culmina en la segunda parte con tres ensayos no menos interesantes. En "Mundos en formación: los comienzos de las literaturas nacionales" el término mismo de "literatura nacional" resulta, con frecuencia, tan insuficiente como cuestionable, todo lo cual le lleva a una reflexión sobre las identidades colectivas, el multilingüismo y de las coyunturas supranacionales que generalmente propician, sobre todo en Europa, el desarrollo, nunca aislado, tanto de una lengua como de una literatura. Recurriendo, entre las opiniones de otros como Ortega y Gasset, Edgar Morin y José Carlos Mainer, a la teoría de los "polisistemas" de Itamar Even-Zohar, para Guillén las tensiones existentes entre las corrientes nacionales y las supranacionales en alguna medida se corresponden con las oposiciones frecuentes de los procesos literarios y los procesos políticos. Un tanto hace en "Tristes tópicos: imágenes nacionales y escritura literaria", donde se hace un repaso crítico por los diferentes lugares comunes de las imágenes de lo nacional introducidas en una literatura ajena que siempre corren como convenciones anacrónicas que "impiden ver el mundo". Remiten a confusiones que, sin embargo, no dejan de ser fecundas y reales, por lo cual no deberían pasar desapercibidas para el estudioso de la literatura comparada. En general, y aún más en el ensayo que corona este libro referido a "Europa: ciencia e inconsciencia", Guillén intenta, impulsado por su legítima vocación comparatista, un entendimiento de lo diverso como riqueza irreductible en la experiencia humana de las cosas, donde se favorezca siempre la tolerancia de dicha diversidad que permita un esfuerzo cognoscitivo no trivializado de los factores que también reúnen y definen. Este entendimiento es asumido no como un intento de sustitución de un modelo por otro, puesto que prefiere hablar de polaridades y no de oposiciones excluyentes.
Así la complejidad de Europa necesita, más que de la pura búsqueda de acuerdos económicos en la actual Unión, de otras más difíciles pero no menos necesarias en el plano cultural, que asuma dotar de calidad y sentido a "la vida del individuo desconcertado y trivializado en una sociedad contumazmente injusta y en un mundo omniviolento", todo lo cual vale no sólo para Europa. Y para ello es necesario superar la obsesión por una imagen de la identidad neuróticamente desgajada. Así como no se pueden "homogeneizar" las especificidades locales en lo nacional, lo mismo límites de lo nacional constituyen barreras nunca suficientes para comprender tanto ciertos hechos literarios como ciertos fenómenos socio-culturales. Se trata, más bien, de potenciar un autoconocimiento de una "conciencia de Europa", como movimiento y oscilación continuos, como encuentro de propensiones no reducible a esencias o, ni siquiera, a la misma diversidad que la hace posible. Se trata, en fin, de superar tanto las globalizaciones como los particularismos que mutilan y achatan una comprensión más honesta de la literatura y de las realidades que les dan lugar, para propiciar, como inclinación básica, una "inteligencia de la multiplicidad", cualidad, por lo demás, también primordial del mismo hecho literario.

"Concluir sería vano", dice Guillén casi al final, pues las consideraciones que se tratan aquí "no provocan sino más interrogaciones". Renuencia muy hermosamente cumplida cuando el buen saber de estas interrogaciones no clausura sino que abre nuevas y legítimas lecturas. Y todo ello dicho en una prosa que, en sus derivaciones, se goza de sus exactitudes y que, en el desarrollo de los siete ensayos que configuran sus "Múltiples moradas", se sostiene en una escritura a una altura siempre digna de sus preocupaciones.

Lázaro Alvarez. Poeta y ensayista / Residenciado en Salamanca

N° 64 Aņo III
Caracas, sábado 22 de julio de 2000
 
 
 

Entrevista
Narrativa y leyendas urbanas
(Milagros Socorro)

Creación
"...alma sin cuerpo en la frágil ráfaga"
(Carmen Boullosa. Poemas)
Reseña
Una ficción como espejismo de la memoria
(Luz Marina Rivas)

Libros, Lecturas y lectores
El pensamiento constelado de Guillén
(Lázaro Alvarez)

 
 
 
 
 
 

 

http://www.eluniversal.com/verbigracia http://www.eluniversal.com/verbigracia http://www.eluniversal.com