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Reseña
"LOS ULTIMOS ESPECTADORES
DEL ACORAZADO POTEMKIN" DE ANA TERESA TORRES
Una ficción como espejismo
de la memoria
En la narrativa
de Ana Teresa Torres late siempre el ayer. Es así que en
Los últimos espectadores del acorazado Potemkin (1999),
a juicio de Luz Marina Rivas,
construye una memoria "a partir de retazos que quedan del pasado":
sombras
que, probablemente, el hombre ha querido olvidar. La historia reciente
del país
("desde los años sesenta hasta el presente") es
motivo de reflexión para los personajes
que habitan este espacio ficcional: un lugar
de encuentro con la sociedad venezolana

Foto: Esso Alvarez
En
Ana Teresa Torres memoria y ficción se confunden
Podría decirse
que en Los últimos espectadores del acorazado Potemkin
(1999) de Ana Teresa Torres aparece la ficción como
espejismo de la memoria. La memoria es invención construida
a partir de retazos que quedan del pasado, objetos que regresan
por obra del azar. Estos objetos o retazos del ayer son los disparadores
de narraciones elaboradas para dar cuenta de cada vida. "No
somos más que una narración. La narración llena
el espacio abierto de nuestras existencias, gracias a ella podemos
dar cuenta de nosotros, hacernos presentes, existir" (71),
dice uno de los personajes de la novela.
En una construcción
complejamente lúdica, la novela narra el encuentro de dos
personajes solitarios, un contador, narrador protagonista, que casualmente
decide tomar un trago en el bar La fragata a última
hora después del trabajo y una mujer que dice de sí
misma que es traductora de una extraña novela en inglés
sobre una recreación del mítico personaje de la Grecia
antigua que ha sido Eurídice. Se entabla entre ellos una
relación que tiene algo similar a la relación entre
terapeuta y paciente. Sus conversaciones van develando las sombras
del pasado del hombre, que pretendía construirse a sí
mismo como un individuo sin memoria y sin historia. La mujer, cuya
propia vida es un misterio, de la que poco o nada llega a saberse,
hábilmente, como en un juego tan sólo justificado
por el azar, va arrancando a su interlocutor las historias de los
seres más cercanos e importantes de su vida, su desaparecida
esposa también llamada Eurídice, y su hermano mayor,
subversivo en tiempos de la guerrilla, posteriormente exiliado y
más tarde supuestamente fallecido. A partir de esas historias
comienza a elaborar una memoria que se encuentra con la historia
venezolana reciente, desde los años sesenta hasta el presente.
Los personajes, a partir de sus reflexiones sobre el pasado, discuten
acerca del estado de cosas del país y de la sociedad venezolana,
desde los arribistas como el insigne Chalón, hasta
las clases medias que huyen de sus pasados humildes; pasan por el
mosaico los empresarios, los empleados asalariados, y se pone sobre
el tapete el cambio de los valores del venezolano. Las historias
personales extraídas de los textos dejados por el hermano
del narrador en una caja de zapatos son fragmentarias y dejan tras
ellas muchos vacíos, que ambos van llenando con su propia
imaginación:
"-Me gustaría saber más de C.
-En ese caso
tendremos que inventarlo.
-Muy bien.
Empecemos por el principio" (148).
Ambos han pasado
a ser propiedad nuestra. Al fin y el cabo los estamos reconstruyendo
y salvando del deterioro en que los había dejado la vida.
Al convertirse
la experiencia compartida en una especie de juego, ambos personajes
imaginan un encuentro con uno de los posibles testigos de la historia
del hermano, la amante rusa, Irene Lénirov y su esposo:
"Tomaremos
el té, les diremos que somos sus autores, y que gracias a
nosotros podrán tener la vida que quieran" (164).
Se establece
así en el interior de la novela un permanente juego metaficcional
en que memoria y ficción se espejean y confunden. Esto tiene
momentos estelares como cuando la novela se hace consciente de sí
misma y dialoga con otras novelas o se ficcionaliza como personaje
a la propia autora:
"(
)
pasaban en la televisión las aventuras de Rin Tin Tin. ¿Vio
usted esa serie?
-Por supuesto.
Y también a Mike Nelson, El investigador submarino, pero
no se desvíe a otras novelas, eso ya está consignado
en El exilio del tiempo" (186).
"Volví
a buscar en mi maletín y allí estaba el librito que
había comprado en la librería Hispano-Americana de
la rue Monsieur Le Prince, y que seguía sin leer. Era una
novela titulada Otra vez Eurídice, de un tal Richard
Crooks, traducida al español por Ana Torres" (303).
La novela parece
decir que la memoria no sólo se constituye de las imágenes
del pasado personal de cada individuo, sino también del imaginario
vicariamente vivido. El cine con sus imágenes reiteradas
constituye parte de la memoria individual y puede convertirse en
un código para interpretar la propia vida:
"La oportunidad de formar parte de una película de terrorismo
y bajos fondos me pareció única" (200).
De hecho, nuestro
personaje, antes de conocer a su interlocutora, sólo realizaba
tres actividades en su vida de hombre solo, sin familia y sin memoria:
el trabajo donde sólo era el contador, una moderada
actividad sexual sin compromisos con compañeras muy eventuales
y ver videos de películas en su casa, en especial, los grandes
clásicos del cine. A lo largo de la novela, los protagonistas,
en su investigación-recreación-invención del
pasado, van contrastando y codificando sus propias experiencias
con las de los imaginarios del cine y de la literatura. Así,
desde el comienzo de la novela, la memoria se establece a través
de sus relaciones con estos imaginarios, como cuando la interlocutora
es identificada por el narrador apenas como una imagen de Fassbinder
por su extraño impermeable; igualmente, en el primer encuentro
la interlocutora recuerda una película, El corsario de
los siete mares, y la asocia con el pasado:
"Pero ha
muerto la fragata, desfragatada para siempre, ha perdido su belleza
desarticulada, corroída, horadada, descolorida, quebrada,
ensañada de la vida que se odia en su propio espejo y lo
rompe insatisfecha de su imagen. Nunca más sus velas espléndidas
se estremecerán en el espacio irreal del mar, nunca más
ese momento de belleza destructiva en que la fragata vencida por
el oleaje zozobra contra las rocas, ese instante de pasión
que es querer vivir irrumpiendo del naufragio, que querer morir
contra la vida. (
) quedará así en las imágenes
de otros. Siempre, curiosamente, la muerte organiza nuestras vidas
pero pertenece a los otros, a aquellos que serán sus espectadores,
afectados o indiferentes, pero finalmente dueños de nuestro
acabamiento (
)" (6-7).
Esta cita,
del principio, establece ya el proyecto de la novela: la revisión
de un pasado que se detesta, al que se le huye, pero que puede ser
visto como ajeno, desde la posición del espectador, que puede
codificarse en imaginarios de la cultura, como el cine, o como la
literatura. Ejemplos de ello, la novela que traduce la protagonista,
ficción que espejea la historia de la Eurídice que
fue la esposa del narrador. Vida y ficción se constituyen
en palimpsestos la una de la otra; o el cuento "Los subversivos",
uno de los textos heredados del hermano, en el que se narra una
historia que los protagonistas leerán como noticia análoga.
Esto parece un homenaje a Borges, pues recuerda su cuento
"Tema del traidor y del héroe", donde dice el narrador:
"Que la historia hubiera copiado a la historia ya era suficientemente
pasmoso; que la historia copie a la literatura es inconcebible
".
Si las vidas
son narraciones, tiene sentido entonces que se espejeen en los textos
de ficción. Los dos interlocutores van encontrando correspondencias
entre diversos relatos. El juego de dobles se da en diversos planos:
textos con textos o películas, como los citados; espacios
con otros espacios, como el Bar La Fragata repetido en el
bar parisino La Frégate. Los personajes mismos van
encontrando dobles de ficción o dobles en otros personajes,
incluso los secundarios como el Daniel Santos que cantaba en el
bar. El hermano del narrador protagonista quiso construirse a sí
mismo como un héroe en los tiempos de las guerrillas de los
años sesenta en Venezuela, en un afán por espejearse
con su abuelo, el general Pardo, caudillo decimonónico. Los
espejeos pueden ser inversos como cuando la interlocutora sentencia:
"Usted es su hermano" (162). La misteriosa interlocutora
fingirá ser Irene Lénirov frente a Alberto Araujo;
Irene Lénirov en París aparecerá multiplicada
por dos para hacer vivir a los protagonistas una película
de espionaje; más tarde, la interlocutora repetirá
la hazaña de Eurídice. "Todas las mujeres son
Eurídice" (12) dice ella, de manera tal que el mito
se transforma en imagen de lo que el pasado representa para la novela.
Cuando se mira hacia atrás, el pasado desaparece. Quedan
apenas imágenes que se diluyen. La memoria opera como los
clavos que sostienen a las estatuas en el interior de la novela
que traduce la mujer y que dice: "La piedra muerta nos duele
con sus ojos cerrados, sostenida a sus clavos para no desmoronarse"
(21). En alusión a este texto, el narrador hará un
juego de palabras más adelante:
"(
) sé que quiso darme una clave.
-Un clavo -dije
sin saber por qué.
-Un clavo para
sostener la estatua, sí". (219-220).
Hacia el final,
el mismo texto reescrito de otra manera, ahora en la novela traducida
por Ana Torres refiere la imagen de las cariátides como recubiertas
por el mito, es decir, por el texto.
Los últimos
espectadores del acorazado Potemkin se presenta como una novela
en la que Ana Teresa Torres hace gala de su maestría
narrativa. Entreteje con un fino humor una estructura compleja de
dobles que pone en escena a la ficción como ejercicio de
invención de la memoria, en una escritura metaficcional que
pareciera resumir lo que es para esta autora el pasado: una colección
de textos que se refieren los unos a los otros, un juego de intertextualidades
que se constituyen en una cortina que oculta el pasado, instancia
inaprensible, como Eurídice.
Luz Marina
Rivas. Ensayista
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N°
64 Aņo III
Caracas, sábado 22 de julio de 2000
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