"...UN DIOS ENTRO EN REPOSO"


José Angel Valente: el lugar del canto

Desde tal lugar se hizo escuchar y hacia allá peregrinó tras el fulgor de la palabra, ansioso
de merecer la "revelación de un aspecto de la realidad para el cual no hay más vía de acceso
que el conocimiento poético", como asentara mientras urdía una obra que, como de inmediato hace ver Salvador Tenreiro, fue construyendo, más allá de las circunstancias, "un lugar,
en el sentido estrictamente quijotesco". Y tan ansiado lugar lo erigió Valente desde y hasta siempre (Oreste-1929 / Almería-2000) cultivando ora la metafísica ora la mística ora toda ruta hacia la transparencia de la imagen. La ansiedad de lo absoluto consumió los días del poeta
y ensayista que el pasado 18 de julio perdiera nuestra lengua y la poesía


Foto: Elisa N. Cabot
José Angel Valente: "lenguaje desacralizador y desacralizado, lenguaje del fondo"

"Cruzo un desierto y su secreta / desolación sin nombre". Con estos dos versos (A modo de esperanza, 1953) se inicia la obra poética de José Angel Valente. Para muchos, esas palabras reflejaban ya una toma de posición poética y política, que privilegiaba la realidad y la denuncia. La primera concernía al espacio de una poética que se constituiría en una de las claves de lo que luego se dio en llamar la generación del cincuenta. La segunda era algo así como el santo y seña de una intelectualidad española de izquierdas que empezaba a hacer pública su desafección al régimen franquista. Con el tiempo, la significación de aquellos versos iniciales se fue ampliando, de modo que, lejos de remitir al contexto político y literario del cincuenta, ellos se fueron convirtiendo, más allá de toda espacialidad referencial, en el lugar. Lo que la poesía de Valente fue construyendo, más allá de la circunstancia histórica, política, social, fue un lugar, en el sentido estrictamente quijotesco. El propio Valente recuerda el pasaje en el que Sancho, al divisar su aldea desde una cuesta, dice: "Abre los ojos, deseada patria, y mira que vuelve a ti Sancho Panza, tu hijo…" A lo que don Quijote responde: "Déjate desas sandeces (…) y vamos con pie derecho a entrar en nuestro lugar…". El lugar -escribirá Valente en Las palabras de la tribu- "no tiene representación porque su realidad y su representación no se diferencian. El lugar es el punto o el centro sobre el que se circunscribe el universo. La patria tiene límites o limita; el lugar, no".

Dos años después de la publicación de su primer libro, Valente dejará España para no regresar hasta 1984, cuando decide radicarse en Almería (ciudad que, por cierto, fue también la elegida por los sufistas de Al-Andalus en el siglo XI). Pasó tres años en la Universidad de Oxford y luego se instaló definitivamente en Ginebra hasta la fecha de su regreso. Fue allí adonde fue trasladado poco tiempo antes de su fallecimiento hace unos días, el 18 de julio pasado.

Desde Poemas a Lázaro (1960), la poesía de Valente iniciará un recorrido que irá desde la poesía metafísica inglesa del XVII, hasta la mística cristiana, islámica y judía de la antigüedad. De ello dan cuenta, además, algunos de sus ensayos, en especial los dedicados a Miguel de Molinos y San Juan de La Cruz. Uno de los momentos más significativos en la obra de Valente se produce -en opinión de Andrés Sánchez Robayna- hacia 1980, cuando ocurre una "radical profundización metafísica de su visión poética". Los Poemas a Lázaro testimonian una indagación verbal de la realidad. Desde el amanecer, "la mañana desnuda, el diamante / purísimo del día" hasta la entrada en el sentido, donde "el alma pende de sí misma sólo,/ del miedo, del peligro, del presagio". El propio Valente reconocerá, años más tarde, en Conocimiento y comunicación (1963) que esa fue una época en que la poesía era para él un medio de conocimiento de la realidad, una "revelación de un aspecto de la realidad para el cual no hay más vía de acceso que el conocimiento poético".

Seguirán luego los libros La memoria y los signos (1965) y Siete representaciones (1966), pero es en 1969, con el poemario Presentación y memorial para un monumento, cuando la exploración de lo real se produce a través de los intercambios lingüísticos entre la comunidad y el poema. Suerte de poema affiche, de antipoema, de poema collage, construido con esos prosaísmos; es decir, con los estereotipos que las religiones, las ideologías totalitarias y sus consignas políticas ponen en circulación y que en el poema se confrontan, mezclándose en un discurso paródico y satírico sin precedentes.

El inocente (1970) es un libro que por su intensidad y por sus constantes y diversas alusiones a poetas modernos como Rimbaud, Lautréamont, Artaud, Lezama Lima, y a místicos heterodoxos de la tradición occidental como Miguel de Molinos, resulta altamente significativo. El himno, la composición coral (sexólatra, sexófila y/o sexófaga) constituyen un arte paródico, muchas veces, que ironiza sobre el trabajo poético "ejercido a deshoras/ como una compraventa de ruidos usados". Lenguaje desacralizador y desacralizado -como el de Max Aub, como el de Cernuda- lenguaje del fondo, como el de "Una oscura noticia" que escenifica el juicio al que es sometido Miguel de Molinos: "Y tú en medio de todo,/ secreto y taciturno, Michelle, Aragonese,/ retraído a quién sabe qué más secreta cámara del alma/ ya desprotegido por tu gente y tu patria/ que te habían negado, como es de rigor, en nombre expreso / de nuestra Sacra y Católica, Pálida / y Sifilítica y Real Majestad y Dominus Carolus / Secundus, figlio della sua madre y triste / residuo seminal de diversos felipes".

La indagación de Valente sobre la palabra poética, abarca -recordemos- territorios tan vastos de la cultura, como los de la mística sufí o el Formalismo ruso. (Recuerdo, al efecto, una tarde de tertulia en abril de 1999 -compartida, también, con Antonio Colinas- en el Café Moderno de la Gran Vía de Salamanca, en la que Valente nos hizo un recuento de autores y libros que dirigieron su destino literario. Era impresionante la familiaridad con la que hablaba por igual de Ibn Arabi o de Jakobson, de Pascal o de Chomsky, de Fray Luis de Granada o de Karl Marx). La palabra poética en Valente indaga, también, hacia 1971, en la escritura fragmentaria o la "estética de la retracción", como él mismo la llama. Imágenes de desnudez -dirá- de transparencia o de errancia. Ir vagando de una a otra parte sin acierto ni concierto. Descomposición del sentido. Palabras solitarias entre los blancos de la página. Aislamientos de un no sabiendo un no sé qué. La fragmentación es la esencia de esta poesía que se quiere transparente.

A estos Treinta y siete fragmentos (1971) seguirán los libros El fin de la edad de plata (1973), Interior con figuras (1976) y Material memoria (1978). En este último, la poesía es un objeto de la noche. "Sombras./ Palabras / con el lomo animal mojado por la dura / transpiración del sueño / o de la muerte". Palabra, palabra suspendida en el aire vacío: "Luz, / donde aún no forma / su innumerable rostro lo visible". La palabra del poema se hace de nada.

Con Tres lecciones de tinieblas (1980) la indagación -antes lingüística- de la palabra poética se torna ahora mística. La palabra como aparición que en sí misma es revelación. El sentido velado -vedado- se revela ahora. Pero no es el sentido como contenido -o para decirlo con Hjelmslev- no es la sustancia del contenido, sino la de la expresión. Valente mismo lo aclara en una autolectura: "Los textos de Tres lecciones de tinieblas tienen su origen en la música. Primero, y antes que en ninguna otra, en las lecciones de Couperin. Luego, en las de Victoria (…) Del lento depósito de esas composiciones fue desprendiéndose o formándose un solo principio iniciador o movimiento primario, ese movimiento que subyace en toda progresión armónica. (…) Yo vería, pues, los catorce textos de las Lecciones de tinieblas como catorce variaciones sobre el movimiento primario que las letras desencadenan. Variaciones o meditaciones sobre las catorce primeras letras (que, por supuesto, son letras y números) del alfabeto hebreo". Sonoras resonancias resuenan como respiración en el relámpago de la palabra vislumbrada en un instante. Canto a la letra, a la carnalidad sonora de los signos, y canto fragmentado de las Lamentaciones del profeta Jeremías. Movimiento primario, incesante, comenzando siempre, como camino de peregrinación a un pórtico de la gloria que se inscribe en la piedra adusta. El Santo -escribe- reside en las letras; es decir, en "las formas arquetípicas del espesor y de la transparencia de la materia y de su perpetua resurrección".

La materialidad de las palabras dependerá en Mandorla (1982) de la "naturaleza material del cuerpo", como expresa Arthur Terry. Mandorla, almendra mística, inscrita en sí misma, contenida en su propia secreta sombra. Unión, comunión entre el cuerpo y lo otro, entre lo otro y la palabra:

Graal

Respiración oscura de la vulva.

En su latir latía el pez del légamo
y yo latía en ti.
                   Me respiraste
en tu vacío lleno
y yo latía en ti y en ti latían
la vulva, el verbo, el vértigo y el centro.

Tanto Mandorla, como El fulgor, publicado dos años después, en 1984, representan -vuelvo a Sánchez Robayna- "nuevos e importantes pasos en el camino que lleva a una comprensión y a una profunda asunción de la cerrada, indivisible unidad de cuerpo y espíritu. En ambos libros, los símbolos eróticos y los símbolos sagrados se confunden: son una misma cosa".


XXXII

El paladar, su trémula
techumbre del decir.
                       Humedecida
raíz.
     Formaste
del barro y la saliva
el hueco y la matriz, garganta,
en los estambres últimos de ti.

Dos libros, de entre sus últimos, merecen atención especial. El primero, No amanece el cantor (1992) y el segundo, Cántigas de alén (cuya última recopilación es, creo, de 1996). No amanece el cantor está integrado en su totalidad por poemas en prosa. Una tragedia familiar subyace entre tanta desolación, entre tanta tristeza. El lenguaje es aquí de una exactitud exasperante, descarnada, absoluta. Amor doloroso entre las páginas fragmentadas de confesiones, que recuerdan los poemas a Lou de Nosotros dos aún de Michaux; aquel "aire del fuego, no supiste jugar" que retumba todavía en los oídos.

Las Cántigas de alén es la culminación de una poética oculta que se asoma casi siempre en algún pasaje, verso o poema de sus libros iniciales. Es el regreso al lugar del canto, al atrio de la memoria celebrante, a los aromas de los sueños de infancia. Es también el regreso a la lengua de Rosalía, lengua de delicia, de esa sensación dulcísima de estar, de secretas resonancias que van probando -como en el Gaspard- todos los instrumentos hasta encontrar aquel que dé la nota justa. "… o gume agudo dunha verba / pendurada no ar, teu desdibuxo / e tua côr de esquenzo./ Latexa a frol do ar".

Cuenta el arquitecto Ramón de Torres López que al llegar a Almería, Valente requirió de sus servicios para rescatar, por razones de conciencia y de amistad, una casa que, en su interior, reproducía la propia ciudad. Desde ella, desde la desnudez de esa casa-ciudad, fueron apareciendo, desde 1984, algunos de los libros a los que me he referido en las líneas anteriores. La tierras de la Almería, recónditas y extremas, fueron, en otros tiempos, elegidas por monjes y místicos. Valente hizo de ellas lugar en el que la palabra se manifiesta y comparece.

Como aquel día de 1999, en la Universidad de Salamanca, Valente cierra, hoy también, el acto con la lectura de "Zayin" el poema de la séptima letra del alfabeto:

…tu propia creación es tu palabra: la que aún no dijiste: la que acaso no sabrías decir, pues ella ha de decirte: la que aguarda nupcial como la sierpe en la humedad secreta de la piedra: no hay memoria ni tiempo: y la fidelidad es como un pájaro que vuela hacia otro cielo: nunca vuelvas: un dios entró en reposo: se desplegaba el aire en muchas aves: en espejos de espejos la mañana: en una sola lágrima el adiós…

Salvador Tenreiro. Ensayista


Foto: Elisa N. Cabot
Valente: "…el regreso al atrio de la memoria celebrante"

N° 65 Aņo III
Caracas, sábado 29 de julio de 2000
 
 
 

Creación
"Las palabras no dan con la pena"
(Jukka Koskelainen. Poemas)

Crónica
La cumbre de los dos vientos
(Thelma Carvallo)
Ultimo Sábado
Poeta, Schehadé
(Rafael Castillo Zapata)
 
 
 
 
 
 

 

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