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Después
del sueño
No más
tormentas de imágenes: el mar está en calma
y ya brilla
de acuerdo con las escrituras, el exilio acabará,
y estas palabras: inventamos el significado,
los sacamos de nuestra morada interior
y se disuelve en el horno cuando el sol resplandece,
las dijo ella cuando doblamos la curva del río
o acaso las dijo o comenzó a susurrar
mientras el viento desgarraba con uñas de sal y algas.
Ahora
se hunden las colinas
en el crepúsculo, a mil kilómetros,
las agujas del pino recortan el paisaje.
Nada se mueve, el aire se afina,
listo para la ruptura.
Nana
del Tarot
A esto
no le encuentro título, es un poema sobre la pena.
Sus palabras se quedan sumergidas
y el brazo no alcanza el fondo.
¿Pero quién dijo que las cosas pesadas se sumergen?
Esto no es cosa de broma, es como andar por un campo extenso
buscando siempre distintas espigas.
Las palabras no dan con la pena, no la encuentran
en el oscuro páramo, los haces de luz vagan por otras
superficies
y la pena echa siempre nuevos brotes.
¿Crees que llegaré a la línea siguiente,
que mis imágenes
mantendrán la frescura? Te equivocas. Perdí
el norte
nada más empezar. Pero aun así miro el resto
de las cartas:
me salió el Ahorcado
(lo cual no quiere decir que alguien se muera).
Ahora
He expulsado
a los demonios de la puerta, estoy listo para el exilio,
listo para ver el Shangri-la, el polvo y la arena del barrio.
Estoy listo para encontrarme con él de quien no oí
ya más.
El año fue duro. El tiempo no cura las heridas.
El humo vaga por los callejones, las cortinas se tiznan de
súbito.
En secreto he cambiado de lado, negado las viejas relaciones.
No quiero, en serio, los viejos ritos, no anhelo
a Gengis Kan ni a otros asesinos. Cada oración quedó
sin respuesta, pero si él allá, en alguna parte,
por un momento
mantiene los hilos en las manos, la tierra se renueva,
las palabras se vuelven pozos otra vez, las palabras se vuelven
leones,
todo pasará de nuevo, él se hace
parte de la tierra, del mar, de los signos, de mí y
de la selva:
semillas,
vegetación en las grietas, sombras que cortan,
abruptas colinas que llevan a las aguas profundas,
en las cortinas desgarrones donde se ven plantaciones
lejanas, un hinchado sol de sangre sobre la jungla,
otras bestias voraces a las cuales se ofrenda,
como se ofrenda al papa o al papel.
El puerto
de Cruz
El océano
es un animal salvaje. Bravuconea
y salpica. Me hace caminar de un lado a otro por las playas
y los callejones, donde funciona un mercado negro de miraditas,
de bar en bar anda el destino miserable: se sacan los instrumentos
de la noche (filo de sable y negro de inyección), rastrean
la costanera, quizá la presa espera en las montañas
o en el protoútero del océano.
Nos hace
caminar de acá para allá, aclarar las posiciones
de las estrellas, tratar de alcanzar buques abandonados y
otros monumentos de interés en las áridas islas,
poblaciones insulares como de otro planeta, colonias de chozas
y de trapos, naves de sueños petrificados, paraísos
colonizados por piedras y arena. Una noche, crees, serán
colegas. Una noche, insinúas, el contrato estará
listo y atacará en secreto las terrazas y los jardines
según una estrategia trazada hace ya mucho tiempo.
Al acecho
Dónde
la noche nos atrapa si no aquí,
si no en la hierba profunda. Pronto sentirás
cómo se mueve, sus viejas oraciones
nos persiguen, aquí comienza.
La Vía Láctea atraviesa la mirada,
nos sorprende y nos arrebata,
nos agita por un momento y sigue su camino.
Vamos
por canales y lindes de bosques,
donde acechan peligros rápidos, espinosos;
el viento irritado nos azota hacia otros paisajes.
Le devolveré todo, los clichés, remedios viejos,
también la frase torcida que tomé prestada
hace ya décadas.
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