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Crónica
La cumbre de los dos vientos
Puestos sorpresivamente
frente al estallido de un sector de la costa venezolana -ocurrido
a finales del año pasado-, los viajeros renuentes a quedarse
estacionados en la ciudad de Caracas miran otros horizontes posibles.
Es así que Thelma Carvallo emprende la aventura hacia el
Golfo de Paria, que prometía una atmósfera más
segura. Voces femeninas salidas de las "trochas fantasmales"
y ráfagas de viento que tienden una emboscada, pronto le
dirán de la naturaleza fabulosa y mítica de esa región

Giorgio
Gori / Sin título, hacia 1950
Ya en los
primeros días de enero, la historia era certeramente finisecular.
La faz geográfica de este lado sur de la Tierra tuvo la implacable
visita de un cúmulo de nubes estacionarias. Como en la época
medieval, los desplazamientos de un lugar a otro se convirtieron
en hazañas. La costa venezolana que recibe al mar Caribe
estalló en el movimiento descendente de los húmedos
aludes y viajar se convirtió en un verdadero problema de
clima y meteorología. Pero como el viaje está algo
más inspirado por el espíritu de aventura, era menester
para algunos como yo hacia esa inevitable fluctuación geográfica.
Viajar era un problema de atmósfera, que según un
pequeño glosario español es un término griego
compuesto entre vapor y esfera. De las coordenadas disponibles,
sólo la oriental parecía segura, aun cuando los anófeles
rondaran por allí depositando fiebres amarillas. Al parecer
por las bondades descritas en antiguos documentos, Colón
tuvo la dicha y la gran suerte de pasearse sobre las capas vegetales
del Golfo de Paria, después del cataclismo de Cariaco que
los indios comentaban como una alianza secreta. Fue tan cierta la
historia, que me encontré bañándome en un pozo
de las termas, donde las rocas lucen sofocadas de tanto calor y
el humo que insuflan sus grietas dibuja inquietas apariciones. Era
pues una falla geológica, un recuerdo vago de los romanos,
de sus excesos, de las fallas ciclotímicas de su carácter.
Eran los hornos pasionales.
En este reino
del fuego interior de los macizos, cobijado por una multitud de
frondas que se mueven en proporción directa con la brisa,
hallé un par de fósiles con un amigo. Entonces todo
lo que he dicho de las hazañas va a sonar a tontería.
El hecho de hacer narrativas del fuego y de jugar despreocupadamente
con él, le hace a uno pensar necesariamente en el viento.
Por eso la cuestión de las montañas en este viaje
fue algo desvinculado a las brújulas y los mapas. En la cordillera
montañosa de Paria crece el cacao y el cafecillo azul como
Psychotria lucentifolia, se practican abluciones de bachacos,
se oficia misa entre coleópteros al atardecer y crecen sorpresivos
bosques de Heliocarpus popayanensis donde antes vivieron
las termitas. Todas estas cosas dependen del clima, que, volviendo
al pequeño diccionario extranjero, es la relación
entre la inclinación de los rayos solares y la duración
del día.
Pero en esas
montañas también tejen sus planes los entes invisibles
relacionados con el viento, allá en la cumbre de los dos
vientos, esa cadena montañosa que ocupa un área de
4.000 km de territorio y que ha empezado a ocupar un espacio más
extenso en mi corazón.
Había
que remontar una cuesta, que al principio era un paseo por laderas
sin inclinación. Pocas casas y poca gente, algunos, secadores
de cacao, dándole la espalda al camino y perplejos mirando
los despeñaderos o alzando la vista hacia la cúspide
de la montaña con su corona de niebla. En el camino hacia
delante, el azote de Lenny el año anterior, peinó
un vértice del terraplén. Su desmoronamiento por la
velocidad del viento, engulló un arbusto apenas crecido,
pero ese día luminoso no había nubes posibles que
vinieran a llorar sobre las caléndulas, ni la brisa era tan
visiblemente feroz y hasta podían verse los espejos de agua
de un parque nacional, sobre una alfombra bizarra, un entretejido
de morichales plateados. Mi compañero de camino no pronunció
palabra, pero recordé que la conversación de los dos
vientos empezó en las termas y quién sabe por qué
no se habló de nada durante el paseo. Sólo cuando
empezó el frío, supe que habíamos sido llevados
hasta allí. La niebla se mantenía entre los troncos
robustos y el canto de los silbones venía de varios sitios
a la vez.
A un paso ya
quedamos en soledad y dos ráfagas nos emboscaron. Escuché
cuando dijeron: "esta es la cumbre de los dos vientos",
voces femeninas que salieron de las trochas fantasmales. Eran dos
fuerzas encrespadas, una del norte, otra del sur, y por los alrededores,
los cortes abisales de la gran montaña. Es probable, según
la dirección de este viento del noroeste, que haya sido obra
de Silvyne de La Plaine, ejecutada con cargos de hechicería
por el tribunal de París en 1666 y cuya alma dicen que continúa
sobrevolando la campiña francesa. Del sureste, una borrasca
igualmente intensa pudo haber sido la manifestación del hálito
de la santa Candelaria, la Oyá nigeriana que invocan en Ode
Remo. Creo que varios muertos se cruzaron de aquí para allá,
pues era una cumbre grande para morar. La trasmigración de
almas en medio del temporal de vientos, acaso tenía relación
con los fósiles hallados en las termas, acaso tenía
relación con la memoria. La memoria tempestuosa que rebasa
la fuerza 10 en la escala de Beaufort o los 85 kilómetros
por hora. Será la forma de recordar a un ancestro, como una
impronta. He oído hablar de muchos vientos en otros lugares:
Shemal, Dadur, Karif, Sifanto, Taku y Vardarak, pero ninguno con
esta naturaleza. El soplo de la santa me hizo girar violentamente
a la izquierda, como para verla de frente. Hacia la explanada final
se veían resplandecientes las candelas. Eran unos que venían
subiendo, para buscar su bendición, pero no bastó
ese soplo, porque la arremetida de Silvyne a la derecha y su murmullo
ronco, me jalaba hacia los jardines perdidos del abismo. Esas mujeres
soplaban de un lado a otro en su aéreo enfrentamiento, pero
Oyá lanzó un grito sostenido que subió por
las faldas de la montaña. Y ese grito finalmente me sacó
de allí. Con los cabellos desordenados y la ropa húmeda,
trataba de encontrar al compañero perdido entre el viento.
Pensé en silbar porque la borrasca me había dejado
sin habla, pero fueron los silbones misteriosos quienes se me adelantaron
y comenzaron a quejarse como si vinieran de descolgar su asombro
en un cementerio. Al rato un rayo de luz volvió a montar
el día y ahí estaba mi amigo, esperándome debajo
de una mata de mango, tranquilo y sin nervios, sonriendo, mientras
me ofrecía un fruto. Sólo dijo: "tu cambiaste,
no eres igual
", y yo, para no despertar ninguna sospecha
entre la santa y la bruja, respiré profundo disfrutando como
turista del paisaje circundante. Se hizo un comentario, cuando nos
topamos con un hombre que venía en burro. Aquel campesino
de rostro desmejorado por el contraste del frío con el calor,
trataba de explicar pausadamente, que abajo, la gente sentía
preocupación por lo que sucedía en la cumbre de los
dos vientos. Las ráfagas bajaron hasta los remansos y de
los gallineros huían los pollos y las gallinas. Los turistas
nórdicos que vinieron buscando su temporada climática
de calor estaban decepcionados, porque las piscinas naturales de
agua dulce, parecían haber nacido en Siberia. De nada sirvió
trasladarse tantas millas a este país tropical que ahora
recordaba el uso de pieles de oso y lobos salvajes.
Así lo
explicó el hombre en su lengua, avergonzándose hacia
adentro. En ese momento, todo era propicio para comerse un helado
de cacao, entonces bajamos unos 50 metros para no romper el programa
del día y el viejito del burro siguió con su soledad
hacia la cumbre de los dos vientos. Llegamos al sitio de los helados,
era un lugar de luces y sombras al borde de un despeñadero,
donde dice la señora dueña, que la tierra se ha desmentido.
Mi compañero insistía en que yo estaba distinta, -pensé
que quizás era yo la desmentida- e inmediatamente
después, cambió el tema, para hablar de un perro que
cuidaba ese sitio y que tenía fama de bravucón. Pero
la señora -que se llamaba Candelaria, por cierto- interrumpió
para manifestar su asombro porque el perro ese día tenía
los ojos aguados. Ella estaba oyendo lo del cambio mío y
volteó a verme diciéndole a mi amigo: "a ella
lo que la tiene así es el clima", y recordé la
definición del glosario: el clima es la relación entre
la inclinación de los rayos solares y la duración
del día. Ya no supimos nada del tiempo, ni de observatorios
cajigales, ni de informes meteorológicos. El perro lloroso
se sentó a mis pies y burros y caballos pasaban por delante
de la puerta. Una brisa angustiante movía las trinitarias,
Julio Jaramillo cantaba lejano sumido en la guitarra ecuatoriana,
y mi amigo se puso a escarbar la tierra con un bambú como
un muchachito. Yo estuve un rato haciendo el inventario de la casa:
manteles de plástico, sillas de montar, una escoba de moriche,
fotografías de antepasados, una cortina de tela vieja con
flores manieristas italianas, un espejo; dentro del espejo el mundo,
con sus cascadas y ríos, con sus altas montañas y
el rayo fulminante de la tormenta, los pájaros sacramentales
y la aurora boreal, el risco del fin de siglo, los soplos de la
otra vida. La noche abrió su boca devoradora y la casa se
congeló. A esa hora el perro tenía unos ojos polares,
yo pensaba en el regreso a Caracas cuando el lugar parecía
un planeta abandonado, pensaba en los pilotos y los aeropuertos,
en el boleto pospuesto, en la combinación de vapor y esfera,
pensaba también en el pequeño glosario de climatología,
en su terminología fantástica, mientras todos los
objetos de la casa eran arropados por el frío. Entonces la
anciana Candelaria con sus movimientos antiguos, también
despeinada por la ventisca, se apresuraba para terminar de sacar
sus helados secretos y condensados. "Esto es lo mejor de la
cumbre de los dos vientos" -dijo-. Y se esfumó.
Thelma
Carvallo. Escritora
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N°
65 Año III
Caracas, sábado 29 de julio de 2000
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