Ultimo Sábado

Poeta, Schehadé

Un prodigio de escritura nacido -a juicio de Rafael Castillo Zapata- de su incansable persecución a la comunión de los "dos mundos del espíritu": el sueño y la vigilia, la poesía
de Georges Schehadé trae consigo "la curiosa disponibilidad del infante que se acuna
en una permeable duermevela". Ensueño en el que el amor se erige como "la más sagrada de las experiencias del hombre". De sus primeras Poesías y de El nadador de un solo amor, Angria, con la traducción de Alfredo Silva Estrada, entrega una edición bilingüe


Angel. Altar de Pérussis, Francia, 1480


Quien habita los sueños nunca muere
Presentando una vez al poeta libanés de habla francesa Georges Schehadé (1907-1989), Saint-John Perse lo mostró como un "evocador del ensueño verdadero" de nuestro "sueño de vivientes", un mediador cuya tarea era conciliar esos "dos mundos del espíritu" en una "indivisión" de la que sin duda nace, digo yo, el prodigio luminoso de su poesía. Perseguidor incansable de esa comunión, de esa comunicación, de esa correspondencia, la escritura de Schehadé hace recordar constantemente aquella bella sentencia de Los paraísos artificiales según la cual "las cosas de la tierra existen sólo escasamente" y, por consiguiente, "la verdadera realidad" estaría "únicamente en los sueños". Realidad más pura que la realidad de la vigilia, realidad superabundante, superreal ("Escuchad a Schehadé hablaros de lo real", conminaba Perse), para Schehadé quien "habita los sueños" verdaderamente "nunca muere"; soñar tiene para él la importancia de una exigencia casi ética del ser humano: "para ser nosotros mismos hemos soñado", dice, como si sólo en el sueño uno fuera más uno mismo, uno fuera más lo que es. Sólo el que duerme tiene la "frente irritada de milagros" y está entonces como llamado a soportar las más comprometedoras de las revelaciones.

En vilo constante sobre la frontera que une esos dos mundos, la mirada del hablante en los poemas de Schehadé no se separa nunca de la curiosa disponibilidad del infante que se acuna en una permeable duermevela. Sus primeras llamadas líricas arrancan precisamente de "un niño que contaba su vida" en los sueños, un niño con "los ojos atormentados", de "gran somnolencia", como embriagado por ese estado del convaleciente que Baudelaire, una vez más, nos enseñó a rescatar como una situación privilegiada de la percepción y del conocimiento: también Schehadé "todo lo ve como novedad; está siempre embriagado". También en él, el yo se relaja en la ebriedad de la ensoñación, por efecto de esa experiencia que, como escribía hermosamente Benjamin, "en el andamiaje del mundo […] afloja la individualidad como si fuese un diente cariado". Diente flojo del espíritu a partir del cual los vaivenes de la conciencia disponible dejan entrar a la tierra del poema las imágenes más ricas e inesperadas: "Para tocar lo que hemos amado / como en las páginas de un libro de luna / iremos a la casa de un campo / y el ángel de un muro será nuestro primogénito" (Si encuentras una torcaz, 1951).

La luz de la imagen
No en balde Schehadé puede emparentarse rápidamente con la familia surrealista: sus imágenes responden, tal vez de un modo involuntario, al famoso "acercamiento fortuito" entre dos términos que hace brotar, según Breton, "una luz particular, luz de la imagen, a la que nos mostramos infinitamente sensibles". Recordemos cómo allí, en el manifiesto de 1924, Breton cifraba el valor de la imagen en la calidad de la "chispa obtenida" por el encuentro entre esos términos, de modo que ese valor venía a ser la "función de la diferencia potencial entre los dos conductores". La imagen schehadiana es pródiga en estos cortocircuitos de las palabras a partir de los cuales las ideas y las cosas adquieren una patencia luminosa, radiante: "Oh amor mío estoy en una pradera / con árboles de mi edad / pero las gacelas pasan entre las pestañas adormecidas". Como había anotado el mismo Breton en Poisson soluble, "el valor de la imagen depende de la belleza del fulgor obtenido"; esta belleza bretoniana, como sabemos, no puede separarse ya de su peculiar concepción de la experiencia amorosa, la "más sencilla expresión del arte".

La poesía de Schehadé, por su parte, no puede pensarse sino como una prolongada ceremonia amorosa, como una siempre renovada elegía del ser amado; también para él, el amor, como apunta Benjamin al hablar de los surrealistas, se convierte en una "iluminación profana", la más sagrada de las experiencias del hombre, la única "superación creadora de la iluminación religiosa". Desde las primeras Poesías (1938) hasta El nadador de un solo amor, cuya última edición ampliada es de 1985, esta convicción se reitera y se refuerza de una manera ejemplar: "Una noche de bellas lágrimas como bandadas / una noche de poesía / ante las carpas de la fuente / mi boca en vuestras lágrimas hasta la sal // ¿Hasta dónde llegaremos en amor / vos que sois a la imagen de Dios?" Como las mujeres de Poisson soluble, las presencias evocadas en la convocatoria amorosa del poema schehadiano, rico en estructuras apelativas, que involucran siempre un tú esencial, parecen siempre situadas más allá de los deseos encarnados, de la posesión misma; responden, como escribió Benjamin a propósito del amor surrealista, a una identificación de "la castidad con el arrobamiento", traza cortesana de un "amor esotérico": "Porque estamos sin noticias de la estrella / los ángeles nos golpean con grandes hierros / encendeos viva sobre los ríos / cuando el relámpago empuje las flores a la muerte / y dejadme vuestro rocío y vuestra ceniza / Oh, bendita como las llamas".

Ahora, todos estos hallazgos luminosos, reunidos en un generoso y justísimo compendio armado y traducido por Alfredo Silva Estrada, pueden leerse a gusto en la edición bilingüe que apoyaron las diligentes mujeres de Angria (Caracas, 1999): Las poesías. El nadador de un solo amor.

Rafael Castillo Zapata. Ensayista y poeta

N° 65 Aņo III
Caracas, sábado 29 de julio de 2000
 
 
 

Creación
"Las palabras no dan con la pena"
(Jukka Koskelainen. Poemas)

Crónica
La cumbre de los dos vientos
(Thelma Carvallo)
Ultimo Sábado
Poeta, Schehadé
(Rafael Castillo Zapata)
 
 
 
 
 
 

 

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