Apuntes

Alejandro Oliveros: príncipe del exilio

El exilio es para Igor Barreto una categoría raigal de la vida: "casi todos tenemos patria en un país del pasado, ya que el presente es sólo el tiempo de hondas desilusiones".
Es así que descubre la mirada poética de Alejandro Oliveros posada en lo transitorio,
en lo perecedero, llenando su poesía "de un irremediable y creciente sentimiento de desventura": algunos poemas dibujan el retrato del más importante exiliado del siglo: Ezra Pound; otros, trazan "el imaginario de nuestro propio y personal exilio"


Foto: Archivo
Los poemas de Oliveros hablan desde un "no lugar"


Quisiera iniciar estas palabras sobre la poesía de Alejandro Oliveros recordando el libro Los nombres del exilio de su amigo el excelente psiquiatra español José Solanes. En estos tiempos, este libro es para mí un talismán literario. Es decir, un texto que tiene la facultad mágica de revelarme un aspecto vital de la realidad. En sus primeras páginas el maestro Solanes se plantea esta interrogante: "¿No debería hacerse comenzar toda antropología por un estudio sobre el exilio?". Unas líneas más tarde recuerda al Víctor Hugo de Les travailleurs de la mer: "huir, este monosílabo contiene abismos", para luego detenerse brevemente en la consideración de los libros que Ovidio escribiera en el exilio de las costas del mar Negro; Solanes se hace eco de la crítica para decir que la imaginación en ellos es "pálida".

El exilio como una categoría raigal de la vida, el "abismo" y la "palidez" del pensamiento son, por otra parte, condiciones tan internalizadas en nuestra vida cotidiana. La primera forma de exilio que padecemos en este país es una que tiene como ámbito lo temporal. Todos, o casi todos, tenemos patria en un país del pasado, ya que el presente es sólo el tiempo de hondas desilusiones. De ahí, en buena medida, el origen de la irrealidad que nos caracteriza. De estas cosas hablo como lector de poesía.
Siguiéndoles los pasos a las lecturas de poemas, que son vasijas donde guardar y leer el curso de nuestra sensibilidad, es que pude llegar al libro de Solanes y, como una estación poética más ansiada por su sintonía y acertividad con estos temas, llegué a la poesía de Alejandro Oliveros.

Pero no quisiera perder el sentido de lo dicho anteriormente. En el devenir de nuestra poesía, la tradición romántica ha hecho de la circunstancia de nuestra ligazón con el pasado, de nuestro vínculo con la naturaleza, hoy agonizante, una oportunidad para la idealización y la alabanza, donde árboles mecidos por el viento cabecean y se rumoran entre ellos necedades. Ante esta situación, la poesía de Oliveros optó por el descolocamiento de la realidad y el paisaje, mediante el ejercicio de una mayor conciencia cultural y lingüística.

Cuando Oliveros escribe en el primer poema de su libro Tristia (1995), aconsejando al texto mismo: "No temas aparecer como lo que eres: obra / de un exiliado alejado de la gente", introduce desde un principio el tema de la conciencia, de la inteligencia a la hora de tratar el contorno desigual de estas provincias, apartándose de la supurante embriaguez romántica. Unas líneas más tarde, en el mismo libro, dirá para reafirmar su conciencia de exiliado que: "No se vive el exilio en estas provincias impunemente".

Incluso, la opción clásica por un formato de poema, el soneto, es descolocada por el lenguaje sustantivo y la reveladora visualidad de los versos de Tristia. Visualidad que en un primer momento, en su libro Espacios (1974), se complacía en pintar la cosa directamente para luego, en libros posteriores, tornarse más sabia.

A fin de cuentas, siempre será lo visual el recurso ordenador del poema. Y la contemplación de lo perecedero, de lo transitorio, llenará los textos de Oliveros de un irremediable y creciente sentimiento de desventura. Aunque nada se aleje tanto del patetismo evidente como sus poemas.

En la parte XIV de su libro Fragmentos (1986) el autor hará un retrato oral del que fuera, quizás, el exiliado más importante de este siglo: Ezra Pound. El poema está construido tomando como pretexto literario una de las alocuciones que en primera persona dirigiera Pound desde Radio Roma explicando las raíces capitalistas de la usura. Discurso alucinado, pleno de "claridad y confusión", dos calificativos usados por Octavio Paz al referirse a los poemas del creador de los Cantos.

Pound representaba uno de esos fracasos rotundos del poeta en la república del poder. Un poema similar a este de Oliveros pudo ser escrito a partir de los discursos incomprendidos pero llenos de ingenuo entusiasmo del director de cine Eisenstein ante un auditorio de obreros y funcionarios de partido, en un congreso comunista de la extinta URSS. Luego, Pound aceptará ser la hormiga solitaria en las ruinas de Europa, donde a veces hay tiempo para ocuparse de los avatares de la tribu. En fin, asumirá la lección de St. Elizabeth, aquella clínica en la que fue recluido por traición a la patria. Esta es la casa de los locos,* donde entiende, hasta el fin de sus días, la naturaleza cultural de su exilio. "No son estas ciudades / para el hombre. Cada ciudad / es un exilio y nadie conoce / ni pregunta los pasos del amor", escribe Oliveros en el poema inicial de Fragmentos.

Todo exilio, como sabemos, supone una distancia que puede ser dolorosa. Distanciamiento del lugar de origen, esa "Patria mía" que Pound seguro recordaba desde Venecia por los años cuarenta. También sabemos que no hace falta tomar un tren o un barco para exiliarse de un lugar, y que el exilio es una categoría del espíritu. Una de sus formas de resonancia. Que es posible, en fin, estar en un lugar de distintas maneras.

En cine existe un recurso de puesta en escena que podría resultar revelador en este sentido. Me refiero al término de "geografía imaginaria", mediante la cual se construye una locación uniendo con el montaje partes o imágenes de distintos lugares. A pesar de que las partes son específicas, el todo es siempre imaginario. Eso ocurre en la mente de un exiliado, sus recuerdos corresponden a sitios concretos, pero "el todo" de su vida es imaginario.

Algo semejante sucede en algunos de los textos del último libro de Oliveros: Magna Grecia (1999). Como aquel poema titulado "Ulises (1)" donde el héroe se despide de la isla de Calipso, "la diosa de caoba cabellera y torneados muslos". Ulises contempla desde una barcaza el paisaje mediterráneo de la isla, paisaje tan connotado culturalmente que no puede sino sorprendernos que la descripción de su naturaleza esté compuesta por árboles y flores tropicales. En "Ulises (2)" donde el héroe regresa a Itaca, la tierra añorada por el viajero alterna la aparición de cíclopes con "muchachos inyectándose en los andenes". Y unos versos más adelante Ulises describe a Itaca de esta manera: "Tantas veces oré por mi regreso, / pisar esta tierra de naranjales / y bucares, respirar el verdoso / aire del campo y el aroma del mango, / hasta el calor infinito, el bochorno / del verano y la humedad de mosquitos". El contraste entre este imaginario de referencias eruditas y el perfil de estas provincias, le permite a Oliveros mirar críticamente su lugar de origen, o redescubrirlo en el asombro de lo distinto. En otro contexto estético, con otras palabras, un recurso similar es utilizado en la realidad ondulante del Omeros de Walcott.

Cierto es que este recurso que he querido llamar "geografía imaginaria", por asociación con el cine, tiene su asiento en una circunstancia cultural que la poesía de Oliveros asimila con inteligencia: Valencia, la ciudad de origen del poeta, no es un templo; nuestras ciudades no son un templo, nadie se reconoce en ellas. Ese distanciamiento nos ha hecho permeables, abiertos a considerar por momentos, en igual jerarquía, las realidades propias y las ajenas. Usando el trasfondo de nuestra geografía, la poesía de Oliveros estructura un rompecabezas de referencias culturales disímiles. Se trata, del imaginario de nuestro propio y personal exilio.

El lugar desde donde hablan sus poemas es un "no-lugar", si lo contrastamos como noción con aquella expresada por Ives Bonnefoy en un breve ensayo titulado El desierto de Retz y la experiencia del lugar, del cual cito algunos párrafos: "El lugar es así la desembocadura del espíritu en el ser. Es lo que atrae y retiene a la impresión de realidad como el pararrayos al rayo", "…el lugar tiene la capacidad de acoger en su seno lo que una sociedad dada percibe como lo divino, todas las sociedades determinadas por la religión tendrán que reconocerlo como el punto de apoyo de su experiencia". La sola lectura de estas ideas interpela nuestra relación con lo sagrado, casi inexistente. La posibilidad de una poesía de la tierra entre nosotros es una posibilidad en crisis. Crisis que requiere ser encarnada como en los poemas de Oliveros y su experiencia del no-lugar que somos cultural y geográficamente.

Por eso, cuando en la televisión me hablan de la Biblia, tan cinemática, sólo vienen a mi mente "Las letanías de Satán" de Baudelaire, que hoy quisiera dedicar como persona interpuesta a Alejandro Oliveros: "Oh, príncipe del exilio, a quien se le ha / hecho un agravio, / y que, vencido, siempre te levantas más fuerte, // ¡Satán, ten piedad de mi larga miseria!".

* Primer verso del poema "Visitas a St. Elizabeth" de Elizabeth Bishop. Versión de Octavio Paz.

Igor Barreto. Poeta

N° 66 Aņo III
Caracas, sábado 05 de agosto de 2000
 
 
Vigencia de Calderón de la Barca
(María Ramírez Ribes)
 

Creación
"soy la imagen misma de lo no escrito"
(Gabriel Saldivia. Poemas)

Trazos
La persuasión visual
(José Balza)
 
 
 
 
 
 

 

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