Ensayo

EL POETA DE LA OSCURIDAD ILUMINADA, DE LA OSCURIDAD AUDIBLE, MAS ALLA DE CARORA (Y II)

En lugar del resplandor, Luis Alberto Crespo

"Este es el reto para un poeta como Crespo: en los límites del lenguaje, allí donde no
hay seguridad, es donde puede comenzar a hablar de una forma genuina", según refiere Gonzalo Ramírez en el prólogo a la antología que preparó para la colección "Rasgos Comunes" de la Fundación Esta Tierra de Gracia. Y más que genuina, el habla del autor de Duro,
entre otros libros, es desnuda y le sirve al ensayista para "repasar la trayectoria"
del poeta y acentuar los vocablos que privan su lenguaje


Foto: Enríque Hernández D'Jesús
Luis Alberto Crespo "retorna verdaderamente a Carora sólo a través de la página en blanco"

I
¿No es la obra de Luis Alberto Crespo una obra donde es visible una unidad profunda? Es cierto que ha experimentado cambios, pero estos se originan en la necesidad, ahondada en cada libro, de ser enteramente fiel a la poesía; de no tolerar distracciones ni concesiones. Vale la pena repasar la trayectoria de Crespo para mostrar la coherencia de su impulso creador. Los primeros libros Si el verano es dilatado (1968), Cosas (1968) y Novenario (1970) forman parte de un mismo movimiento. La mirada del niño que fue el poeta se ha quedado detenida en su memoria, es ella la que le otorga realidad a Carora, y en un momento determinado le exigió encarnarla en el poema. Es extraño y prodigioso este fenómeno de una memoria inmóvil que hace que Crespo retorne verdaderamente a Carora sólo a través de la página en blanco. ("En poesía sólo se habita el lugar que abandonamos", dice René Char). Juan Sánchez Peláez sintetiza brillantemente las líneas de fuerza de esta etapa de su poesía: "el autor ponía entonces sobre todo el oído atento a la imaginería criolla, en cierto regusto por el habla provinciana, y aunque sin cumplir nunca oficio de alabanzas podía complacerse en situaciones y hechos referidos al paisaje nativo (Carora) o bien a la entrañable intimidad familiar". Creo haber dicho ya que en estos libros hay un diestro empleo de la verba criolla, pero ya hace su aparición, particularmente en Novenario, un tono teñido de gravedad que será connatural a esta poesía. No deja de ser sorprendente cómo Crespo asimiló la lección de Vicente Gerbasi -este le enseñó que el poema podía tener una calidad plástica- y la de Ramón Palomares -este le mostró que el habla de una región, a través del fulgor de un decir intransferible, podía entrar con toda dignidad en el poema. También, el diálogo constante con Adriano González León, ese magnífico lector de poesía, suscitó en el poeta la necesidad de una palabra raigalmente adherida a su vivencia. A partir de Rayas de lagartija (1974) se produce un giro en esta poesía. En este libro ya no está tan presente la necesidad de constatar el aquí sino, más bien, de ahondarlo. Dicho de otra forma: el aquí comienza a hacerse cada vez más subjetivo, más interior. No se puede soslayar el peso que tuvo para el poeta su estancia en París donde su horizonte poético se amplió notablemente. En esos años descubre a Char, Ungaretti, Guillevic. Los tres, a pesar de sus diferencias, unidos por una misma exigencia en el decir y por una misma fidelidad inquebrantable al aquí. Es decir, descubrió las voces que le permitieron escucharse mejor a sí mismo. (Posteriormente, Paul Celan y Magloire Saint-Aude dejarán una honda huella en el poeta). También, el diálogo constante con la obra y la persona de Juan Sánchez Peláez representó un estímulo invalorable. El poema, a partir de este libro, comienza a dejarnos leer no sólo la densidad de sus palabras sino, también, la de sus silencios. Sin duda, un libro de transición, pero fundamental para comprender el movimiento interno de esta poesía.

Esta opción por el poema corto, interrumpido -la gran lección de Giuseppe Ungaretti: "con la mínima expresión suficiente se puede decir más sobre nuestro estar en el mundo"- se intensificará en Costumbre de sequía (1976) para radicalizarse en Resolana (1980). Este libro marca un hito en la poesía de Crespo. El lector siente de una forma inmediata, carnal, lo que le costó escribir estas páginas. El poeta reconoce una deuda imborrable con Paul Celan y Magloire Saint-Aude: con el primero, por enseñarle a enigmatizar la evidencia y, con el segundo, por mostrarle cómo se puede escribir sobre lo imposible. Estas lecturas tan exigentes y tan demandantes, a la par de su propia necesidad espiritual y expresiva, suscitaron en él eso que el propio Celan llamaba un cambio de aliento. De allí que Resolana pueda leerse como una dura y, por momentos, insoportable exigencia interior hecha palabra. Un empleo dolorosamente interiorizado de la palabra a través del cual buscaba, lo decimos con Michel Leiris, sondear y transfundir en poesía sus sedimentos más secretos. Es altamente paradójico que la plenitud expresiva que alcanza Crespo en este libro, la adecuación casi total entre lo que el poeta dice y lo que quiere decir, sea tan parca que casi linda con la mudez. (¿No podría hablarse, en este caso, de una verdadera elocuencia de la mudez? ¿O de un diálogo desnudo entre el silencio y el grito?). También hay que destacar en este libro dos experiencias centrales y entrañablemente unidas para el poeta: el llano y el caballo. De allí que la dedicatoria de Resolana "A Rajaviento, a su impaciencia" no tenga nada de gratuita, porque es el caballo quien propicia una relación que no cabe llamar sino iniciática con el llano. Crespo sumará este paisaje al de Carora en su vivencia poética: lo árido, lo solo, el ardimiento, la borradura en la distancia -como él mismo lo dice- hacen que uno se prolongue en el otro. Esta radicalización que se hace cuerpo en Resolana se ahonda aún más en Entreabierto (1984). (Es necesario señalar que ambos libros se tiñen de un mismo acento elegíaco). Ya la aridez, al igual que en Resolana pero con mucho mayor contundencia, ya no es sólo una vivencia física memoriosa y carnal sino, en un sentido más inquietante, ontológica. La lectura de este libro, por el alto pathos presente en sus páginas, es una experiencia, física y espiritualmente, dolorosa. Entreabierto -por el grado extremo de adelgazamiento y crispación que la palabra tiene aquí- parecía conducir al poeta al silencio definitivo: a no escribir más. En este sentido, me ha confesado lo siguiente: "Me veía obligado a callarme, como lo dijera admirablemente Antonin Artaud, por estupefacción de mi lengua". Se encontraba, entonces, ante un callejón sin salida: era imposible prolongar Entreabierto.

Crespo logró darle salida a su necesidad expresiva -que en su caso es visceral- por la intercesión de ese verdadero emblema poético que a partir de Resolana comenzó a hacer suyo: el caballo. Señores de la distancia (1988) es el fruto de este encuentro singular con el caballo de las grandes preguntas, como lo llama Enrique Hernández D'Jesús. El caballo como esa experiencia totalizadora que logra conciliar lo terrestre y lo absoluto. Este libro viene a ser, en cierto sentido, una manera de regresar a Si el verano es dilatado desde otra experiencia de la palabra. La exaltación trágica que le provoca el caballo genera un decir más elocuente, más expansivo, pero sin que el poema pierda tensión. Señores de la distancia supuso para el poeta un arduo trabajo: la posibilidad de hacer una poesía más descriptiva -más explícita, si se quiere- pero sin dejar de ser fiel a la extremada interiorización alcanzada en los dos libros anteriores. En estas páginas persiste un tono elegíaco; el poema como la celebración del caballo amado pero ya desaparecido.

Mediodía o nunca (1989) y Sentimentales (1990) son dos libros donde se percibe un mismo movimiento: transmutar el dolor en esplendor. Me parece necesario destacar que Mediodía o nunca está dedicado a Juan Sánchez Peláez y Sentimentales a Adriano González León, ambos presencias tutelares para Crespo. A través de ambas dedicatorias se lee el deseo de encontrar un confidente a quien dar cuenta de su indagación interior. Es por eso que creo que estos libros se abren a una perspectiva menos monológica y más dialógica. No quiero privarme de citar estas palabras de Paul Celan porque ellas expresan rotundamente lo que estoy tratando de señalar: "El poema es solitario. Es solitario y está de camino. Quien lo escribe queda entregado a él. Sin embargo, ¿no está el poema, por esto mismo, es decir, ya aquí, en el encuentro, en el secreto del encuentro? (…) El poema tiende hacia un otro, necesita de ese otro, necesita de un enfrente". Tal vez por esta misma necesidad dialógica, se hace mucho más clara esa emotividad zozobrante que preside toda su poesía. Crespo nunca se ha separado de la emoción a la hora de escribir: la poesía es para él, ante todo, una manera de sentir. Mediodía o nunca y Sentimentales no hacen sino ratificar, de un modo más explícito, esta honda convicción. La mirada donde vivimos (1991) se plantea como un fascinante diálogo con las fotografías de Roberto Colantoni, realizadas en el pueblo de Chuao, a través del motivo de la ventana. La imagen poética y la imagen fotográfica se iluminan mutuamente en este breve libro. En Más afuera (1993) la noción del paisaje como intemperie se confunde con la intemperie -en el sentido de desnudez- de la experiencia amorosa para terminar expresando la intemperie a secas que, por otra parte, es la imagen que mejor representa la situación de la poesía en nuestro tiempo. Hay unas palabras de Simone Weil que me parecen particularmente iluminadoras en relación con este libro: "El apego no es otra cosa que insuficiencia para sentir la realidad. Nos asimos a la posesión de una cosa porque creemos que si dejamos de poseerla deja de existir". En Más afuera se hace evidente que, para el poeta, la desposesión es la única manera de estar en el mundo. Esta auténtica sabiduría de la desposesión -podría hablarse, también, de pobreza de espíritu en el sentido evangélico del término- es dicha por una palabra cuyo ensimismamiento enlaza este libro con Resolana y Entreabierto.

Dos años después aparece Duro (1995), cuyo título me parece altamente significativo, y diré por qué: la consistencia pétrea de ese paisaje que, como ya se ha señalado, quedó inmóvil en la memoria de este hijo del desierto, figura el deseo de una escritura que tenga una naturaleza similar. Esa dureza, esa fija y vertiginosa resistencia de ese cuerpo verbal que es el poema -vale la pena recordar que para Lezama Lima el poder de un poema estaba en crear un cuerpo resistente- es la única posibilidad de tener una cierta garantía de su permanencia. Pero esta dureza, ¿para decirnos qué? Que la poesía no debe explicar ese misterio que se expresa, y nos expresa, a través de nuestro aquí sino, más bien, fundirse con él. También, que esa noción tan cara a esta poesía de el lugar como escritura se desdobla en una nueva variante: la escritura como lugar. Y, finalmente, que el poema es un espacio de comunión con el otro, de allí esos poemas referenciales, intensamente motivados por presencias significativas para Crespo. Es posible que la densidad verbal de este libro resulte un tanto más abstracta -confieso, en este momento, mi incomodidad con este término, pero no encuentro otra forma de decirlo- pero sin dejar de estar al servicio del poder de concreción visual tan notorio, desde siempre, en esta poesía. Solamente (1996) me conduce a una idea expuesta admirablemente por Giorgio Agamben: "Donde acaba el lenguaje empieza, no lo indecible, sino la materia de la palabra". Este es el reto para un poeta como Crespo: en los límites del lenguaje, allí donde no hay seguridad, es donde puede comenzar a hablar de una forma genuina. En Solamente el poema nuevamente tienta la mínima expresión verbal para condensar el máximo de conocimiento emocional de la realidad. Carora tiene una doble encarnación en estas páginas: no sólo la leemos en los poemas de Crespo sino que la miramos en las fotografías de José Voglar que logran responder plenamente a la solicitación de esta poesía y de este paisaje. Voglar nos ofrece una ascética correspondencia visual con el mundo de Crespo; la mirada personal e intransferible del fotógrafo logra realizar una lectura conmovedora de las motivaciones esenciales de Crespo. En Lado (1998), su último libro publicado, el poeta tiene un nuevo acompañante: el pintor Víctor Hugo Irazábal. A primera vista, no es fácil establecer una equivalencia entre los mundos de ambos, pero ese sonido interior, como lo llamaba Kandinsky, que tienen las imágenes abstractas de Irazábal, establecen una tensión dialogante más fecunda con los poemas de Crespo, que hablan, en este libro, desde una intrigante indeterminación espacial. En este libro priva una confusión de espacios y de tiempos: la cotidianidad urbana, como lo ha visto con exactitud Igor Barreto, intervenida por la memoria rural. Como en aquella bellísima novela de Elio Vittorini llamada Las ciudades en el mundo, en este libro una calle de Carora desemboca en una calle de Caracas que desemboca en el campo abierto. Crespo se atreve, también, a narrar en algunos poemas de este libro, pero se trata, en su caso, de un tipo de narración limítrofe, en el sentido que Saúl Yurkievich habla de relato limítrofe, donde lo contable acaba siendo socavado por lo cantable. En Lado también se explaya el espacio no tanto de celebración sino, en un sentido más interesante, de identificación con los otros, con los compañeros fieles en esta aventura que es la poesía; compañeros vivos y muertos, conocidos y desconocidos. En Crespo es claro que uno no sólo poetiza con la experiencia vivida sino también con esa condensación espiritual que deja lo que se ha leído con atención y emoción. Me parece que Lado cierra un ciclo y abre otro en la poesía de Crespo: veremos si el tiempo confirma esta hipótesis.

II
Mi intención al realizar esta antología, y al escribir estas páginas, ha sido la de leer más detenidamente esta obra, que no es sino la mejor manera de agradecer la conmoción y la iluminación que, desde la adolescencia, me ha brindado. Las horas de conversación con Luis Alberto han sido un estímulo invalorable para llevar a cabo este propósito. En este momento, y para poner el punto final, su poesía se me aparece como aquello que Paul Celan llamaba la herida ganancia de un mundo.

Gonzalo Ramírez. Poeta y ensayista

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N° 66 Aņo III
Caracas, sábado 05 de agosto de 2000
 
 
Vigencia de Calderón de la Barca
(María Ramírez Ribes)
 

Creación
"soy la imagen misma de lo no escrito"
(Gabriel Saldivia. Poemas)

Trazos
La persuasión visual
(José Balza)
 
 
 
 
 
 

 

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