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Trazos
SERGIO GUERRERO
La
persuasión visual
Las vivencias
y deseos que sostienen a Sergio Guerrero encuentran un lugar
de expresión en la muestra que actualmente recoge la biblioteca
de la Universidad
Simón Bolívar. Imágenes libres y a la vez orgánicas,
en las que la composición
y el color son convocados -a juicio de José Balza- "como
ejercitación del juego,
de la serenidad, del equilibrio", forman parte de un mundo
abstracto hecho para
que el espectador "nombre lo que ve", para que sea él
quien dé título a las obras

Sin título,
Sergio Guerrero
La biblioteca de la
Universidad Simón Bolívar, en Sartenejas, recoge actualmente
una decena de cuadros dignos de ser vistos, visitados.
Se trata de
la muestra que Sergio Guerrero (Caracas, 1967) reúne,
sin título general y sin título para cada cuadro.
Son piezas al pastel, sobre papeles, y un trabajo en acrílico.
Como sabemos, toda obra de arte es una expresión de libertad:
a ella acuden las vivencias, el pasado, los hechos y los deseos
que sostienen la vida de su hacedor. Pero ella -aunque sea un resultado
de todo eso- expresa más bien la metamorfosis de esos elementos,
una inesperada consecuencia: su materialización.
Aquí
estamos ante imágenes muy libres y a la vez muy orgánicas:
la composición y el color convocados como ejercitación
del juego, de la serenidad, del equilibrio. Cada obra se presenta
como si estuviera de paso: como si pudiera variar, alterarse, rehacerse
desde dentro de sí misma.
Sergio Guerrero
tiene el don raro de no prevenir sus trazos, sus armonías.
Lo cual significa que también los concibe como algo que debe
establecerse desde el origen mismo de la imagen: forma y color respiran,
atrayéndose, buscándose. Esta es una de las impresiones
virtuales y virtuosas que sus imágenes desprenden inmediatamente:
el artista las ha dispuesto, pero nosotros, a la vez que terminamos
de estructurarlas, aún las sentimos agitarse o tensarse:
hacerse.
No en vano
el método de Sergio Guerrero permite atacar la superficie
en blanco sin actitud o bosquejos previos: el formato y las tintas
lo llaman. Un sepia o un azul se levantan solos ante su mano e incitan
al riesgo. Al final, las piezas (las áreas coloridas, las
fisuras y engranajes formales) se integran tal como el ojo del artista
las sueña. El, aparentemente, sólo colabora en las
resoluciones: en la revelación y el contacto.
Quizá
en ello resida otro de los rasgos notables en las obras de Sergio
Guerrero: el secreto rítmico, la leve ansiedad que nos
remiten. Las vemos y nos ven. No es fácil olvidar aquellas
piezas suyas que nos hayan fascinado.
"Hay gente
que no escucha a los otros, tal vez porque tampoco se escucha a
sí misma ni a lo que le dice la obra", comenta Sergio.
En verdad su pintura exige oído: escuchar la pulsación,
la orquestación de los ejes, de las paralelas.
Un mundo abstracto,
cierto. Pero tan terso y tan sensual que nos envuelve sabiamente.
Artista culto,
bien formado en la soledad meditativa que se desprende del contacto
con grandes maestros de todos los tiempos, Sergio Guerrero
reconoce su filiación con la obra de Quintana Castillo,
de Angel Hurtado, de Octavio Russo, de Irazábal.
Su trabajo puede dar complemento y continuidad al de aquellos creadores:
precisamente porque su vínculo con ellos es profundo, invisible.
La libertad
que mencionamos al comienzo está relacionada con la ausencia
de títulos para estas obras: una muestra más del respeto
con que el artista expone: debe ser el espectador quien nombre lo
que ve, quien encuentre la vibración de la libertad del artista,
a medida que se encuentre a sí mismo, mediante estas imágenes
persuasivas.
José
Balza. Narrador y ensayista

Sin título,
Sergio Guerrero
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