EL
ARTE ITALIANO CELEBRA A SU MAS IMPORTANTE CREADOR DEL PASADO MILENIO
Giotto, inventor de un idioma
figural
En una "época ordinaria
e inepta" -si de pintura se habla-, surge la figura de Giotto
para rescatar y restaurar el arte occidental que "había
permanecido enterrado
por las ruinas de la guerra". Con estas palabras Alejandro
Oliveros se une al homenaje que ofrece la Galería de la Academia
en Florencia a este artista que, "sin conocer las leyes de
la perspectiva real", rompe con su tiempo e introduce el realismo
en su obra:
a tal punto que convierte la leyenda franciscana en historia verdadera

Resurrección
de Lázaro (detalle) / Capilla de los Scrovegni
Para Salvador Garmendia
Cuando
la Toscana avanza hacia el norte, hacia las planicies de la dilatada
Emilia-Romagna, un diverso cromatismo se presenta a la mirada del
viajero. Los ocres y amarillos de los alrededores de Siena o Florencia
ceden ante la aparición de distintos verdes y formas de azules
en las colinas por donde serpentea el río Sieve. Entre Florencia
y la frontera emiliana, vía Bologna, nos encontramos con
Mugello, una región privilegiada por un clima de bondades.
Ni los bochornos del verano, ni las crudezas del invierno se instalan
con sus rigores en este espacio de valles y montañas. No
es una zona para la cultura del grano y otros productos tradicionales.
Apenas el relativamente reciente maíz prospera en pequeñas
parcelas. Suficiente, no obstante, para la confección de
la dorada polenta, preferida por los lugareños a las variedades
de la pasta. Si pobre en agricultura, Mugello es generosa en "selvagina".
Ciervos,
pichones, liebres y medioevales jabalíes son conspicuos en
la mesa durante la estación. Desde tiempos del Renacimiento,
Mugello fue favorita de los grandes mercaderes que financiaron el
brillo artístico de Florencia. Esta comarca toscana fue la
escogida por Cósimo Médici para construir una de sus
primeras villas campestres. Michelozzo se encargó
de los planos de la enorme residencia, en Caffagiolo, donde Lorenzo
el Magnífico y su hermano Giuliano residieron buena parte
de la infancia y conocieron del abuelo, Cósimo, la sintaxis
de una realidad cambiante.
Doscientos
años antes de que el fundador de la dinastía Médici
se construyera su residencia en Caffagiolo, nacía, en una
casa de piedras pobres, el hijo más ilustre de Mugello, Giotto
di Bondone, de sencillos pastores y pastor él mismo en
sus primeros años. Cuenta Vasari que un buen día
Cimabue, gloria indiscutida del arte bizantino toscano, dirigía
sus pasos hacia Vespignano, inadvertido del encuentro que le aguardaba
a la vera del camino. Debía toparse con un Giotto
de diez años, que dibujaba ovejas en una roca lisa ayudándose
con una piedra puntiaguda. El viejo artífice no fingió
estar sorprendido ante la destreza del muchacho y, sin detenerse
demasiado, hizo arreglos para que el "ragazzo"
se incorporara a su taller florentino.
Se trata de
una de las coincidencias más afortunadas de la historia del
arte occidental. Las consecuencias, en ese momento, eran impensables.
Sin embargo, no muchas décadas más tarde, los espíritus
más avisados de Italia darían cuenta del desarrollo
de las relaciones entre el orgulloso Cimabue y el favorecido
maestro de Mugello, Giotto di Bondone. En alguna de las historias
de su Decamerón, Boccaccio sugiere las diferencias
notables entre uno y otro artista: "Giotto devolvió
el honor al arte del pincel, caído en el abandono durante
siglos por el error de algunos que más atendían a
deleitar los ojos de los ignorantes que a complacer el entendimiento
de los sabios".
Unos cuarenta
años antes de Boccaccio, Dante, que conoció
a Giotto y fue su amigo, incorporó su propia opinión
al respecto en las páginas del Purgatorio. En efecto,
en el Canto XI, en la zona dedicada a los soberbios, Dante
oye que alguien lo llama por su nombre. Enseguida se inclina hacia
la sombra para ver que es la de Odensi de Gubbio. Odensi
fue miniador que se formó en la escuela de Cimabue.
Más tarde trabajó en Roma al lado de Giotto.
Fue amigo del poeta y murió en 1300, el mismo año
en que se escribía la línea más ajustada de
la poesía italiana, la que comienza con "Nel mezzo
camin". Odensi, obviamente, reside en el Purgatorio
por haber pecado de soberbia. Ahora acepta que otros miniadores
fueron mejores que él. Y que la gloria sólo dura hasta
que aparece otro mejor. Sabe de lo que habla, por haber conocido
a ambos pintores, cuando dice:
Credette
Cimabue ne la pintura
tener lo campo, e ora ha Giotto il grido
si che la fama di colui è scura.
(Creía
Cimabue en la pintura
ser el mejor, pero ahora lo es Giotto
que la fama de aquel ha oscurecido)
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Autorretrato
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A propósito
de los inicios del tercer milenio y como aporte a las celebraciones
del Jubileo, las autoridades culturales de Florencia han organizado
una muestra de obras de Giotto en la Galería de la
Academia, a pocas cuadras de la piazza del Duomo, donde se
levanta la torre del campanario, diseñada por el maestro
de Mugello. Para los organizadores de la exposición las razones
son las más claras: "Se trata de una cuestión
de didáctica elemental. Para nosotros, italianos, los hombres
más importantes del pasado milenio fueron Dante Alighieri
y Giotto di Bondone. El primero porque inventó nuestra
lengua literaria; el segundo porque al descubrir lo 'Real' y la
necesidad de un espacio cuantificable, inventó nuestro idioma
figural, un idioma que, a partir de él, llega a Masaccio
y de éste a Piero della Francesca, Rafael, Giorgione,
Tiziano" (Antonio Paolucci, en Giotto. Catálogo
de la exposición en la Galleria della Accademia, 2000).
La Fortuna,
que es insondable, colocó a estos dos artistas en el espacio
de la misma ciudad y al mismo tiempo. Dante nació
en 1265 y Giotto, probablemente, en 1266. La época
no podía ser más oportuna para las transformaciones
en el arte y la literatura. Son los últimos momentos de la
organización feudal que había gobernado Europa durante
siglos. La pirámide que hasta entonces había reunido,
de la manera más desigual, los elementos de la sociedad,
presentaba en su estructura grietas irremediables. Su sonoro desplome
era cosa de días. Sobre todo en los principados italianos.
Porque cuando en Venecia o Florencia la racionalidad participa de
la economía, en Francia o Inglaterra los esforzados caballeros
todavía recorrían espesos bosques, dando caza a los
últimos representantes de una zoología fantástica.
Los efectos
de la economía en la búsqueda de un nuevo espacio
iconográfico han sido abundantemente reseñados. Tal
vez sea el profesor Frederick Antal uno de los los autores
más necesarios cuando se tiene la inquietud de conocer a
fondo estas relaciones. No hay que olvidar, como escribe con sencillez
irrefutable Michael Baxandall, del Instituto Warburg, que
"Money is very important in the history of Art" (Painting
and Experience in Fifteeth Century Italy, 1972). Si alguien
lo sabía era Giotto. Y aunque sólo fuera por
esta inclinación tendríamos que considerarlo un artista
moderno. Antal revela que "Giotto fue quizá
el único artista florentino del siglo XIV que llegó
a ser rico. Alquiló telares a tejedores demasiado pobres
para procurarse los útiles indispensables para su oficio,
y de este modo tan sencillo obtenía beneficios del 120 por
ciento. Garantizaba préstamos de sumas moderadas y, cuando
el deudor se declaraba incapaz de pagarlas, se hacía nombrar
por el acreedor para poder disponer de la cantidad dada como garantía.
Estaba continuamente ocupado en la cobranza de deudas actuando como
prestamista profesional" (El mundo florentino, 1963). Una conducta
insospechada por parte de aquel que habría de encargarse
de reseñar, con imágenes, la vida del más pobre
de los santos, el hermano Francisco de Asís.
La ruptura
de Giotto con el arte de su tiempo, con el bizantinismo de
Cimabue y Duccio, es el primer signo del arte moderno.
Esta ruptura consistía en proponer una presentación
convincente de situaciones y personajes. De introducir el realismo
en aquella pintura de convenciones "griegas" y gótica
inmovilidad. En el regazo de cualquiera de las madonas de Giotto,
el Niño Jesús puede reposar tranquilo. Sabemos que
no caerá al suelo. La Virgen lo sujeta firmemente con sus
manos. Las vírgenes de Cimabue, o de cualquier maestro contemporáneo,
son sin duda más elegantes, pero no parecen tener idea de
cómo sostener un recién nacido. Las manos despliegan
una finura casi manierista y no pretenden convencer a nadie de su
realidad. En la Madona con niño entre ángeles y
santos, de la Galería Uffizi, la Virgen nos mira con
desconfianza. Como una madre normal y corriente. No le parece suficiente
la cohorte que la rodea. Se siente incómoda expuesta a la
mirada de todos. Sabe que no serán muchos los años
de ese hijo único que sostiene con seguridad en su seno.
No se puede dar el lujo de confiar en nadie. El nacimiento de Judas
no estaba muy lejano.
Las convicciones
estilísticas de Giotto aparecen tempranamente en su
iconografía. En los frescos monumentales de la Basílica
Superior de Asís percibimos con asombro el radicalismo del
cambio. La leyenda franciscana ha dejado de ser leyenda para convertirse
en historia verdadera. Francisco es un ser de carne y huesos, no
una etérea figura salida de algún romance medioeval.
Cuando predica a los pájaros sentimos el movimiento de las
aves acercándose al santo. Sus vestiduras poseen los "valores
táctiles" de los que hablaba Berenson. Percibimos
su tosquedad. Nos aseguramos de que es la misma aspereza del hábito
que se venera en la iglesia florentina de Ognissanti, el que usara
el día que recibió los dolorosos estigmas. La insistencia
realista de Giotto se prolonga hasta las obras de su madurez.
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| Virgen
entronizada, Florencia |
En el Llanto
ante Cristo muerto, de la capilla Scrovegni de Padua, asistimos
al deceso de un hombre, no al de un personaje literario o de un
borroso protagonista de la Leyenda dorada. La Virgen contempla
a su hijo con el desgarramiento asombrado de una madre de Kosovo
o Bosnia. No son menos reales que los de Masaccio los que
integran la Expulsión de los mercaderes del templo,
en la misma capilla Scrovegni. La ira de Cristo no es fingida. Habla
en serio cuando arremete contra los mercaderes. Giotto lo
precisa en el momento de azotar a uno de los profanadores. Su mirada
es de una terrible belleza.
Algún
crítico afortunado ha hablado del "pensamiento espacial"
de Giotto para referirse a su capacidad de encontrar un espacio
definido para cada uno de los elementos de sus composiciones. Aun
sin conocer las leyes de la perspectiva real, tal como las formulara
Brunelleschi, es capaz de representar un espacio individualizado.
Un territorio iconográfico para cada uno de los elementos
de sus historias. En la Muerte de San Francisco de la capilla
Bardi, en Santa Croce de Florencia, los planos son inconfundibles:
el santo en el medio mientras sus seguidores, de rodillas en el
primer plano, y de pie en el tercero, se lamentan amargamente. Por
primera vez, desde Roma, la profundidad aparece como elemento esencial
de la composición. Se ha roto con la unidimensionalidad "griega".
A partir de Giotto, y hasta el impresionismo, el artista
se propondrá convencernos de que su pintura es una ventana.
Su arte será cada vez más el de los ilusionistas.
Ya no se tratará simplemente de que veamos, sino de que nos
asomemos.
La magnífica
aventura estética de Giotto prontamente encontró
continuadores entre los artistas italianos más jóvenes.
Desde los Gaddi a los Lorenzetti, los mejores espíritus
dedicaron sus desvelos a profundizar en la búsqueda de un
espacio pictórico convincente y una presentación "verista"
de situaciones y personajes. Cien años después de
su muerte, Masaccio, Piero della Francesca y Miguel Angel
reconocían su deuda con el maestro de la capilla Scrovegni.
Como tantas veces, será Vasari el que proponga un
juicio que me parece el más justo: "En mi opinión,
los pintores deben a Giotto exactamente lo que le deben a
la naturaleza
Porque después de muchos años
durante los cuales el arte de la buena pintura había permanecido
enterrado por las ruinas de la guerra, Giotto fue el único
que, por el favor de Dios, rescató y restauró el arte,
a pesar de haber nacido entre artistas incompetentes. En verdad,
fue un gran milagro que en una época ordinaria e inepta,
Giotto hubiese podido restaurar el arte de la composición
de la cual sus contemporáneos sabían poco o nada".
Mugello no
ha cambiado demasiado desde que el maestro Cimabue tropezara
con un Giotto iluminado, de diez años, que dibujaba
ovejas en una roca plana con la ayuda de una roca puntiaguda. Vespignano
sigue allí, no mucho más grande y la villa de Cósimo
se alza distante de la mirada de los transeúntes. La iglesia
románica de San Piero a Sieve espera desde hace años
por su "restauro". Tal vez el único cambio significativo
sea el dilatado cementerio militar que guarda los restos de más
de 30.000 soldados alemanes caídos durante la guerra. La
ruta que tomara Cimabue en 1286 para ir de Florencia a Mugello,
será la misma que, catorce años más tarde,
habrá de tomar Dante para ir hacia el norte, siguiendo
la ruta de su exilio, y en busca de su muerte apartada entre los
mosaicos de Ravena. Giotto, por su parte, se mantendrá
al margen de las luchas políticas y será recompensado
con una tumba en Santa María dei Fiore. Verdaderamente fue
"un gran milagro" que los dos artistas más influyentes
del pasado milenio hayan nacido apenas a veinte kilómetros
el uno del otro, con sólo un año de diferencia. Dante
en la brillante capital de Toscana y Giotto en Vespignano,
en el corazón de la humilde pero verdeante región
de Mugello.
Alejandro
Oliveros. Ensayista y poeta
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N°
68 Aņo III
Caracas, sábado 19 de agosto de 2000
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