Reseña

El juego de las apariencias

La pieza teatral escrita por León Febres Cordero, El último minotauro, publicada
por la Fundación Cultural Chacao en agosto de 1999 y galardonada recientemente con
el Premio Municipal, entra -a juicio de Diego Casasnovas- "en el ámbito del activismo político". Los tres personajes de la obra: Ariadna, Teseo y el Minotauro dejan ver
la "necesidad de libertad" y el "descontento por la apariencia existente". Es este -dice- un teatro muy comprometido "con el espacio discursivo y cultural en que vivimos"

El teatro no se ha hecho nunca para
describirnos al hombre y lo que éste hace

Antonin Artaud

 


André Masson / El lirio y el minotauro

En el propio epígrafe que introduce las tres voces que forman a El último minotauro, pieza escrita por León Febres Cordero, publicada en agosto de 1999 por la Fundación Cultural Chacao y galardonada recientemente con el Premio Municipal, ya se perfila su línea de acción. Este epígrafe, tomado de Homero, señala textualmente: "una generación humana nace y otra perece", especie de sentencia que, ubicada entre los interdictos del tiempo y la trasgresión de la perennidad, le da textura a los tres personajes que, solos, en la individualidad absoluta del monólogo, desuellan sus finísimas y antiquísimas máscaras.

Ariadna, Teseo y el Minotauro -esos mismos personajes que cualquier lector/espectador reconoce aunque sea por referencia-, desprendidos de la línea ordenadora que les ha dado -y les dará- vida, son arrancados del mito para pararlos frente al lector/espectador en un acto patético de deconstrucción y crueldad -en el sentido artaudiano-, reconociendo, entonces, la necesidad de libertad o por lo menos la necesaria búsqueda de la identidad.

Cubriéndose el rostro del mito que los ata, Ariadna, Teseo y el Minotauro revelan un descontento por la apariencia existente y, al mismo tiempo, un anhelo por la imagen elegida: "¡Dejad que mi ser salte las paredes de su laberinto de órganos asquerosos e incorruptos y alcance su libertad, y me libere al fin de toda atadura, y pueda seguir siendo Ariadna, la Unica, la Paciente, la Ariadna de toda la vida!", dice la primera. Y Teseo: "me conformaría con mi terrenito para plantar mis hortalizas y mis matas de mango y pomagás, y mi parchita. Y viviría de eso, con un abastico para hacer unos reales. Y ya está". Y el Minotauro: "Han terminado por consumirme estos muros que el tiempo se ha encargado de reforzar, y que han estado temblado toda la noche".

En el desarrollo, trágico, de este triángulo yace la misma sospecha de Artaud frente a la omnipresencia del dios/creador. La persona, en los textos de Febres Cordero, es una acumulación de identidades concéntricas, una constelación de almas como dijera Tabucchi. De una u otra forma, este nuevo Minotauro, este nuevo Teseo y esta nueva Ariadna lanzan, a través de la cotidianidad del lenguaje -quizá el único enlace con la metafísica clásica occidental-, a través de sus interminables quejas por el laberinto a que han sido sometidos, su puesta en sospecha de la presencia absoluta de Dios bajo el manto del arraigado mito del cual necesitan desprenderse.

Mientras los célebres seis personajes de Pirandello dirigen su acción hacia la búsqueda del autor, estos tres archipersonajes re-creados por Febres Cordero transitan por el camino contrario: desligarse de la presencia, de la representación, de la repetición del mito: evangelio que les han impuesto desde fechas inmemoriales.

La poderosa simpatía que el lector/espectador encuentra en el mismo instante en que aparecen estos personajes, viene dada por el hecho de que los reconoce a través de la experiencia milenaria del mito. El "extrañamiento" aparece después, cuando en nuestras propias narices se quitan las máscaras, con el desasosiego de no poder llegar nunca a ese cuerpo sustraído en su propio nacimiento. "¿No ven que este cuerpo no es mío, que no tiene nada que ver con lo que fui? Yo quiero seguir siendo Ariadna, pero sin el cuerpo de Ariadna, ese cuerpo que se retuerce en la cama durante el insomnio atormentado por una cantidad de deseos insatisfechos".

El último minotauro, en su profundo cuestionamiento a las identidades, busca responderse sobre a qué alma debemos poner énfasis; es aquí donde la pieza entra en el ámbito del activismo político, a través de la necesidad de afirmar una identidad cuando ésta ha estado reprimida, incluso cuando se enfrenta todavía a obstáculos para conseguir la plenitud de su desarrollo. Y ¿no es esta la situación en la que generalmente se encuentran muchas minorías?

Obviando la horrenda portada de esta primera edición, le doy al lector la plena confianza de encontrar, en boca de estos tres personajes, una pieza teatral amena, bien escrita, justa en su propuesta estética, profunda e ilustrada en sus planteamientos y muy comprometida con el espacio discursivo y cultural en que vivimos. Lejos, muy lejos, de cierto "teatro criollo" que, en Venezuela, pretende agrupar actualmente a unas cuantas piezas mediatizadas por la más chata y localista referencialidad.

Diego Casasnovas. Ensayista

N° 68 Aņo III
Caracas, sábado 19 de agosto de 2000
 
 
 

Creación
"Y eternamente veré lo que jamás será"
(Lêdo Ivo. Poemas)

Reseña
El juego de las apariencias
(Diego Casasnovas)

Tributo
Lejos de tierra firme
(Manuel Ruano)

 
 
 
 
 
 

 

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