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Tributo
OLGA
OROZCO, MAGA, DIOSA Y POETA
Lejos
de tierra firme
"
aún
después de la muerte, hay un encuentro con la cara última
de uno mismo", le dijo
a Manuel Ruano, quien no duda en evocar cada una de las "oraciones"
-en todas
las acepciones de esta palabra- que pronunciase Olga Orozco (Argentina
1920/1999). Tanto
le oyó decir de sí y de lo que escribió, que
armó la antología de su obra que pronto hará
circular Biblioteca Ayacucho. Tan cerca se mantuvo de ella, que
para conmemorar el primer año
de su fallecimiento la invoca y, de seguido, en este espacio, ella
(se) aparece

Foto: Clarín
Imagen
Olga Orozco: "Mi historia está
en mis manos y en las manos con que otros las tatuaron"
Fue hija de una estirpe
de la poesía argentina. Más allá de los cenáculos
literarios, las capillas poéticas y el tráfico deliberado
de los elogios, se la estigmatizó con frecuencia dentro del
surrealismo o cierto encuadre del neorromanticismo, y hasta se la
vinculó dentro de alguna orden esotérica. Ante aquella
primera vinculación, su respuesta a mis preguntas era categórica:
"Con el surrealismo, lo que tengo tal vez en común es
una actitud ante la vida y a lo mejor el parentesco de algunas imágenes
oníricas. Nunca he hecho asociación libre ni escritura
automática. Si lo hiciera, es posible que desembocara, no
en el poema, sino en la plegaria". En cuanto al neorrealismo,
su poesía se definió siempre en una connotación
universal hacia el lado oscuro de las cosas, en imbricaciones oníricas
que responden a la existencia. En este tópico, cuando alguna
vez le pregunté sobre esa sensación de estar observando
el conjuro de la sombra, respondía con rigurosidad: "Sí,
claro que sí
porque la poesía es una catarsis
que a un mismo tiempo pone en limpio muchas cosas, ya que también
es un modo de conocimiento. Aparte de ser una crítica de
este yo y este ahora, amplía los límites y embellece
de alguna manera la existencia. A veces uno se abandona a las sombras,
para ver qué trae la sombra
Mi poesía está
bastante cargada de 'esa cosa oscura', de lo onírico, de
lo que no es la tierra firme. Incluso a través de la creación.
Hay veces en que uno tiene bastante temor cuando se hunde muy profundamente,
cuando se sumerge para asir lo que es casi inasible, de no regresar
a la superficie; porque el hilito con que uno queda unido a esta
realidad es muy débil
" En cuanto al aspecto esotérico,
su escritura casi obsesivamente apunta a eso. Es un desafío
permanente. En el poema "Olga Orozco" (Las muertes, 1951),
ya lo adelanta:
Mi historia
está en mis manos y en las manos
con que otros
las tatuaron.
De mi estadía quedan las magias y los ritos,
unas fechas gastadas por el soplo de un/
despiadado
amor,
la humareda distante de la casa donde nunca
estuvimos,
y unos gestos dispersos entre los gestos de otros
que no me conocieron.
Lo demás aún se cumple en el olvido,
aún labra la desdicha en el rostro de aquella que
se buscaba en
mí igual que en un espejo
de sonrientes
praderas,
y a la que tú verás extrañamente ajena:
mi propia aparecida condenada a mi forma
de este mundo
Pero Olga tenía
un comportamiento animista en su cotidianidad. Son bien conocidas
sus ideas: "
la magia, de un modo u otro, se ha infiltrado
en mi casa en todos los rincones. Está en los rituales con
que dispongo los zapatos para que mis pasos no se traben, en la
intención con que preparo comidas para beneficiar a mis amigos,
en las negras imágenes que dejo correr con el agua hacia
el desaguadero y hasta en la ráfaga de felicidad que envío
a la distancia soplando colores fantásticos". No obstante
eso, el tema de la reencarnación cobraba en ella una "revelación
interior" inevitable y, también, una justificación
lógica que la consolaba. Esto, al señalárselo
enseguida, despertaba en ella una explicación: "Creo
que las dos cosas. No creo que uno se las invente. Hay como relámpagos,
no te podría decir que hay relámpagos de vidas anteriores,
como para describir un barrio donde uno vivió, ni qué
familia tuvo o cuáles fueron los pecados para estar cumpliendo
con ese karma; pero hay una cierta memoria que no debe ser genética,
una memoria del alma. Y no es solamente el fenómeno de la
paramnesia, que es el conocimiento simultáneo al recuerdo.
Es otra cosa, mucho más honda
Se produce entonces una
especie de síntesis; porque se conoce de pronto todo lo que
uno fue
".
Siempre, debo
decirlo, me intrigó esa capacidad natural de hacerse cargo
de las letanías y las caprichosas manifestaciones de la existencia
y, en definitiva, en el espíritu del más puro amor.
Su poesía en ese aspecto, no está de más repetirlo,
estaba cifrada de milagrosidad y, por ende, era luminosa, fulgurante;
pero también contrastaba con el lado oscuro de su vida, había
algo de castigado ángel caído que no hace nada por
alcanzar la altura. Sus imágenes poéticas no admiten
términos medios: son contrastantes. Van hacia la inmensidad
de lo más alto o al precipicio más negro. En uno de
sus poemas aparecidos en Con esta boca, en este mundo ("Ahora
brilla otra vez"), dice:
Sube,
sube, fulgor,
entreabriendo algo más la sustancia/
opresiva
de noches sobre noches,
como si aprovecharas toda/
mi
oscuridad para existir.
Quizás sea una brasa que enterré,
una gran quemadura sofocada/
por
las separaciones y la lejanía,
y ahora será un nombre, una mirada,/
algún
beso que vuelve,
que atraviesa como una incandescente/
cicatriz
el espesor de mi destino.
No había
soborno posible que pudiera aplacar su visión de Dios. Muchos
de sus poemas están emparentados también con un demonio
muy dulce o un Maldoror insigne, que hace la promesa del mal. Tengo
la convicción de que su poesía, alternativamente,
debía tocar ambas corrientes, apretadamente entrelazadas,
para lograr toda esa majestuosidad alada que logró darle
hasta el final.
Para Olga
Orozco la poesía nacía de preguntas que ella misma
se hacía y hasta de repreguntas a las preguntas: "Toda
mi poesía, y toda poesía que no es exclusivamente
descriptiva, tiende a un más allá
Es como si
uno remontara la creación al revés, para reencontrarse
Cuando escribo, escribo con todo el universo, sin distinción
de tiempo ni de personas, y para nadie en particular. Pensar en
un posible destinatario en el momento en que me enfrento ante la
página en blanco, es limitar las posibilidades de la creación.
Si alguien descubre más tarde en mis libros su propia vibración
secreta, me ofrece la confirmación de que estoy en lo cierto,
de que esa extraordinaria sensación de hablar con todo, a
través de todo, es fructífera. En general, pude comprobar
que mis lectores son jóvenes, chicas y muchachos ávidos
e inquietos. Las nuevas interrogantes que me plantean me producen
siempre un emocionado asombro".
La escritura,
una de las máscaras de Dios
A grandes rasgos, podría decirse que para Olga Orozco
la experiencia poética tenía un sentido doble: lograba
la totalidad; pero se detenía en el instante, hasta lograr
reducirlo en el oráculo. Para ella la palabra era la constatación
de un elemento. La maravillaba -cual alquimista osada- la idea de
detener el tiempo y acomodar el espacio con su herramienta metafísica,
la poesía: "
yo escribía por mi curiosidad,
por mis terrores, mis ansiedades o misterios; en fin, por todo lo
que bordea lo trascendente". Pero ante la pregunta, muy específica,
de cómo se desencadenaba ese estado de "necesidad"
(como decía Rilke) de hacer el poema, ella aclaraba
que desde distintas maneras: "A veces de una imagen que se
presenta, de una música
Muchas de una imagen exclusivamente
visual, sin palabras. Generalmente surge el comienzo y casi inmediatamente,
como una contraparte, aparece el final, en el medio y no sé
qué tembladeral voy a tener que recorrer ni por qué,
ni qué laberinto voy a tener que atravesar para desembocar
en ese lugar que está ya fijado. Nunca, nunca, paso de la
primera línea a la segunda si no está en claro la
primera y no la percibo de manera casi definitiva. Corrijo casi
nada después. Tengo montones, montones de correcciones sobre
cada línea. Con la palabra primordial, primera, la que dio
origen a la creación. En síntesis: como si quisiera
volver a encontrar la unidad perdida. Justamente lo que no se agota
nunca es esa búsqueda de la 'unidad perdida' y detrás
de ella tal vez esté Dios. Uno busca siempre los elementos
inasibles, porque Dios está de una manera inmanente; pero
a veces lo que uno siente es la presencia de esa ausencia. Yo busco
la presencia de Dios como si quisiera dibujarlo, y no creo que lo
encuentre jamás, no de ese modo; pero esa búsqueda
es permanente
" Pero esa búsqueda que reiteradamente
se advierte en su poesía, se manifiesta como distintas máscaras
y necesariamente de una manera recurrente, acaso, desde distintas
posturas hacia lo metafísico para lograr el reencuentro con
el Supremo: "Creo en lo que dice un poeta sueco que se llama
Cristofersen: 'También los cráneos son máscaras'.
Me explico: aun después de la muerte, hay un encuentro con
la cara última de uno mismo, antes de encontrarse con esa
cara de Dios, que debe ser la de todos
".
Una
biografía encarna, casi siempre,
una relectura de la soledad
Fue hacia 1974, en casa de una hija del poeta venezolano Juan
Liscano, en Buenos Aires, que tuve mi primer encuentro con la
autora de Los juegos peligrosos
Esa noche, recuerdo,
tuve una visión más estremecedora y reconcentrada
de su personalidad. La vi muchas veces más en los años
posteriores. Me seducía esa escritura llena de anécdotas
que ya eran parte viva de la verdadera literatura argentina. Su
voz retumbaba fascinadoramente en mí de una manera grave
y suave a un tiempo. Ya había aparecido La oscuridad es
otro sol en Editorial Losada. Inevitablemente, mi primera pregunta
tocó el título de aquel libro extraño, escrito
en prosa, que estaba urdido de luces y de sombras. Recuerdo que
esta escritora había cobrado una celebridad por aquellos
días, también, "como sacerdotisa de un lejano
Eleusis pagano" de la poesía, que, por añadidura,
también echaba las cartas de Tarot y conocía bien
de amuletos y doble vista, cuando me dijo, fijando sus ojos verdes
y de una serenidad poco común: "La memoria es un elemento
fundamental en toda mi vida, en mi poesía también;
pero en ella uno no puede poner una memoria lineal, que vaya relatando,
aunque nunca es lineal mi memoria porque juega con todos los tiempos
y los intercala a la manera de Thomas Eliot. Son esos tiempos
cíclicos en que presente y futuro están contenidos
en el pasado y viceversa y todo es uno; pero en un momento dado
tuve la necesidad de contar. Creo que si la poesía cuenta,
se muere. Sobre todo si cuenta de una manera rigurosa. Podrá
haber una alusión a hechos salteados, pero tiene que tener
una síntesis como de relámpago en la oscuridad".
Con los años,
esa primera impresión fue enriqueciéndose más;
porque a medida que uno volvía una y otra vez a su lectura,
tomaba una visión, si no diferente, más honda de su
vida y de su obra: "Cuando era chica era una criatura muy tímida,
muy reservada, y a un mismo tiempo bastante sensible e interesada
por lo que me rodeaba y creo que aprendí muy pronto que la
forma no era el límite, que había prolongaciones por
debajo de las formas; pero cuando preguntaba a los demás,
las respuestas que me daban eran muy insatisfactorias; por lo tanto,
empecé a interrogar yo misma. Naturalmente respondía
con otra pregunta. Pero en definitiva, creo que eso es la poesía
misma. Es una pregunta permanente que responde con otra pregunta
y así sucesivamente. Ahora, debo advertirte que todo esto
se producía cuando yo ni siquiera sabía escribir.
Y cuando aprendí a escribir, todo se puso más exigente
y más riguroso
".
No recuerdo
cuántas veces la visité en su casa de un noveno piso
de la calle Arenales de Buenos Aires. Sospecho que siempre se cuidó
de verme a solas, de conversar a solas
Sin embargo, una que
otra vez encontré a algunos poetas jóvenes disfrutando
de su intimidad. Tengo la impresión de que la agobiaba la
soledad en aquel piso del barrio norte. Mi sensación era
la de un visitante que entraba en puntas de pie una vez que traspasaba
esa puerta. Había allí algo de sagradas presencias
y de cosas que no me atrevo a hablar.
Pero buena parte
de esta amistad se dio epistolarmente, ya que, por mi larga residencia
en Venezuela, sólo la veía en las temporadas de regreso
al país. Eran largas conversaciones acerca de su esposo Valerio,
muerto hacía años y, por lo general, desentrañamientos
acerca de la poesía actual y nombres para ella claves de
la poesía latinoamericana. Aunque supongo que mi asedio se
incrementó a partir de 1990, cuando empecé a trabajar
en un libro que condensaría toda su obra poética,
Los juegos peligrosos y otros textos, para Biblioteca Ayacucho.
Ese título (de uno de ella aparecido en 1962) era de su preferencia;
porque la vida era "un juego peligroso" y así lo
dejé para la edición venezolana. De esa visión
casi doméstica de su vida, puede rescatarse una en particular
que le daba gran alegría: "Este año estuve en
Toay; me hicieron un gran homenaje. Me invitaron a Santa Rosa, a
la universidad. Santa Rosa está pegada prácticamente
a Toay. Me estaba esperando el intendente de Toay y me invitó
a ir al día siguiente. Fui y cuando llegué estaba
la banda del regimiento en la plaza. Todos los chicos del colegio,
con el guardapolvo almidonado y los abanderados. Cuando bajé
del auto, comenzó la música del regimiento, los discursos
y todo lo demás. Me llevaron a ver la biblioteca, donde hay
un ala que lleva mi nombre y luego hubo una marcha hasta la casa
donde nací. El gobierno está preocupado por recuperarla
para hacer un centro cultural. La casa ha cambiado, no en cuanto
a la casa misma, sino sus alrededores. Para mí era un territorio
inmenso, porque era una manzana de jardines y de quintas (como las
de antes) que para un chico es selvático
".
Olga Orozco
(como ya se sabe, usaba el apellido materno, Gugliotta era el paterno),
se emocionaba a lo largo de una conversación. Admiraba a
Vallejo. Sentía nostalgia por un paseo al monumento
a Pessoa en Lisboa. Rememoraba una lectura de poemas a los
reyes de España. Y se explayaba acerca de su columna apócrifa
de recetas de comida para una revista femenina en la que colaboró
hace ya muchos años
En cuanto a
los concursos y los libros que le acercaban, era implacable: "Estoy
empalagada de retórica, sin ningún tiempo propio
".
Una vez se le
preguntó acerca de las diferencias entre la literatura escrita
por mujeres en contraposición a la de los hombres. Sus impresiones
fueron precisas: "Estoy en contra de todo tipo de discriminación.
El acto creador no tiene sexo, la obra tampoco. No justifico que
actualmente se hable de una 'literatura femenina' mientras que a
la escrita por hombres se la llama, lisa y simplemente, 'literatura'.
¿Por qué nadie habla de pintura femenina o de ciencia
femenina o de escultura femenina? Algunos consideran que la literatura
elaborada por mujeres se caracteriza por falta de estructura y de
rigor, por desmayos, desbordes afectivos, limitaciones y sensiblería.
Ocurre que durante muchos años, salvo contadas excepciones
como las de George Sand o las hermanas Brontë,
ninguna mujer hizo del hecho literario su destino. La literatura
era un placer, un entretenimiento, una vía de escape, un
desahogo fugaz. Y de este modo se impregnaba de esas intenciones.
Pero desde entonces hasta hoy la mujer ha dado pruebas de su indiscutible
talento en la narrativa, la poesía, el teatro y el ensayo
".
Cuando regresé
a la Argentina en 1999, muchas cosas habían cambiado en el
país. También su salud estaba definitivamente quebrantada.
Debo citar sus últimas palabras: "Me voy por unos días
fuera de casa"
Pero me engañó; porque no
la volvería a ver ya nunca
Manuel
Ruano. Ensayista y poeta argentino
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N°
68 Aņo III
Caracas, sábado 19 de agosto de 2000
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