DONDE EL HOMBRE SE TOPA CON SUS MAS VILES BAJEZAS

Amor de ciudad grande

Espanto antes que dicha sintió el poeta cubano José Martí frente a ese territorio asfaltado, y de ello
dio cuenta en el poema "Amor de ciudad grande", que ha de resonar en el "canon
de entendimiento que sobrevive hasta nuestros días, y es el de ver en la ciudad un caldo
de cultivo propicio para los vicios humanos". Y, a no dudar, propicio
para la tensión amorosa que en el horizonte de la literatura venezolana se escucha en las voces
de Garmendia, Calzadilla, Pantin y Montejo, agrega Antonio López Ortega
en el ensayo que sigue y que leyese en el Congreso Iberoamericano
de Escritores concebido en torno al tema "El amor
y la ciudad", que hoy concluye en Bogotá



José Martí / Oleo sobre lienzo de Jorge Arche, 1943


Entre 1881 y 1882, el poeta cubano José Martí se desplaza entre Nueva York y Caracas. Desvelado entre su pasión libertaria y su empresa humanística, el gran escritor va conformando entre las pausas de viaje y los residuos del día el que quizás sea su libro mayor: los Versos libres. En el verso inicial de un poema emblemático -"Dos patrias tengo yo: Cuba y la noche"- , el Octavio Paz de ese magnífico ensayo sobre poesía moderna que es Los hijos del limo creía leer no sólo el retrato viviente de Martí -hombre dividido entre causas, espíritu esquizoide y atormentado que desdibujó su vida en aras de alguna figuración del futuro- sino el nacimiento mismo de nuestra expresión moderna en poesía, el punto preciso en el que doctrina y factura se separan, en el que referente e intención estética se divorcian, en el que la forma verbal avanza sin que el fondo la alcance o determine. Hombres divididos, paralizados bajo pulsiones disímiles; fractura de las integridades, como si ya no se pudiera responder a un solo precepto; la modernidad en literatura abre cauces y reinventa sentidos. Se entenderá, pues, que en este contexto de divisiones y particularidades, uno de los temas que más absorbe la reflexión de poetas y narradores sea precisamente el de la ciudad, sea el de ese entorno inmediato de calles y avenidas y autos y aceras y peatones en el que el género humano reinventa hábitos y descarta viejos usos y creencias.

El tema, obviamente, no era enteramente nuevo. De hecho, cómo no ver en el Renacimiento otra cosa que el propio nacimiento de las ciudades como nuevo escenario del sentido. De las abadías o fuertes medievales, hemos pasado de pronto a concentraciones propiamente burguesas donde el artesano vive a la par del noble. Pero veremos cómo el influjo no dura mucho y ya en suelo ibérico, en pleno Siglo de Oro, el tópico literario de "alabanza de aldea y menosprecio de corte" postula, si no un regreso súbito a los orígenes rurales, al menos sí un primer principio nostálgico del paisaje o paraíso perdido. El tópico clásico borra la ilusión renacentista y plantea un canon de entendimiento que sobrevive hasta nuestros días, y es el de ver en la ciudad un caldo de cultivo propicio para los vicios humanos. En síntesis, la ciudad es un espacio perturbador donde el hombre pierde su armonía original y se topa con sus más viles bajezas. En nuestra tradición hispánica, la novela picaresca retrata hasta la demasía la corte de mendigos, alucinados o locos que atravesaban España de un lado a otro para concentrarse en las ciudades y vivir de la caridad de los hidalgos piadosos.

Una noción pecaminosa recorre sin duda nuestra percepción de la ciudad. De allí que la sintamos más cerca de la caída que de la redención, pues, si de redención de trata, la idea de paisaje original persiste en nuestros espíritus como una noción primigenia y fundadora. A esta pulsión parece responder el propio Martí, precursor del Modernismo hispanoamericano, cuando en abril de 1882, imbuido de atmósfera neoyorquina y en el centro hueco de su destierro, escribe un poema emblemático, profundo, de múltiples aristas, que da por llamar "Amor de ciudad grande". Martí indaga por una posible relación amorosa con la gran metrópolis para culminar en la decepción y el temor. Leamos la estrofa final que es como una síntesis de la disolución:

¡Me espanta la ciudad! ¡Toda está llena
de copas por vaciar, o huecas copas!
¡Tengo miedo ¡ay de mí! de que este vino
tósigo sea, y en mis venas luego
cual duende vengador los dientes clave!
¡Tengo sed; mas de un vino que en la tierra
no se sabe beber! ¡No he padecido
bastante aún, para romper el muro
que me aparta ¡oh dolor! de mi viñedo!
¡Tomad vosotros, catadores ruines
de vinillos humanos, esos vasos
donde el jugo de lirio a grandes sorbos
sin compasión y sin temor se bebe!
¡Tomad! ¡Yo soy honrado y tengo miedo!

Martí postula acá la imagen cautivadora de un viñedo ideal al que no puede acceder. Para hacerlo, debe romper un muro. Esto es: el muro de una ciudad. Los signos de la ciudad vienen dados por figuras cercanas al encierro, al envilecimiento, a la traición. Se diría entonces que el sentido de ese título -"amor de ciudad grande"- es al menos irónico. ¿Qué es lo que se ama en el repudio? ¿Qué género amoroso construimos cuando el que ama es una víctima? Primeras señales de un tema absolutamente contemporáneo y es el que tiene que ver con la ciudad como espacio de la enajenación, como espacio en el que nos desconocemos. Definitivamente, y a partir de ahora, nuestro amor nunca será el mismo. Será más bien un amor enfermizo, ignorante de su objeto, acción ciega hacia adelante sin saber cuál es el cuerpo que se abraza.

Foto: Esso Alvarez
Garmendia o el personaje urbano

Saltando a horizontes más cercanos, la literatura venezolana de los últimos tiempos tampoco escapa a esta lectura. Dejando de lado algunas piezas clásicas de la primera mitad de centuria que anunciaban claramente su inclinación por los paisajes citadinos, es la llamada Generación del 58 la que introduce y fija de manera irrevocable la esencia urbana. En algunos casos -quizás la mayoría- para rechazarla y abominar de ella; en otros, para explorarla de alguna manera y tejer algún tipo de relación no del todo esclarecida. Una novela como Los pequeños seres de Salvador Garmendia, publicada en 1959, introduce el personaje urbano por excelencia. Un personaje reducido, cabizbajo, extrañado, empequeñecido (como lo indica el título en referencia), incapaz de asimilar un entorno que siempre lo sobrepasa. Al menos Garmendia, siempre en clave de ficción, intenta hurgar en esa relación, intenta describirla y fijarla para beneplácito de sus lectores. No así muchos de sus coetáneos, como los poetas Francisco Pérez Perdomo o Ramón Palomares, quienes sencillamente le dan la espalda a las nuevas realidades y optan por nutrirse del recuerdo o de los paisajes perdidos. En ellos vale más la recreación de las hablas populares, la recuperación de los fantasmas infantiles, la relectura de la tía hacendosa e inolvidable, que esa nueva cartografía de cemento que demarca territorios no solamente físicos sino, también al parecer, metafísicos. En este contexto generacional, merecería mención aparte un poeta absolutamente singular, quizás mejor leído y valorado fuera que dentro de su país. Me refiero al caraqueño Juan Calzadilla, cuya obra formidable nos habla de la resequedad del espíritu. Lejos de añorar los paraísos perdidos de sus coetáneos, Calzadilla se topa de manera frontal con la ciudad y habla explícitamente desde una condición enajenada y enajenante. A manera de ejemplo, leamos un poema precisamente titulado "Ciudad":

Alrededor me tienes ciudad
me tienes somos el uno en el otro
la partida y el regreso fijos en el centro del camino
el sol blanco que para reconciliarse
graba signos cabalísticos en nuestras sienes
el cordel negro que roe la base de las alcantarillas
el dado de la memoria que gira
soy eres somos el hecho en sí
la cosa que nada en grande
el ir y venir confundidos
en el punto donde nunca se comienza

Si bien la Generación del 58 recuerda y recrea un pasado paradisíaco, un pasado cuyos miembros pueden anteponer al presente, en las generaciones posteriores el origen mismo es ya urbano. "De la calle venimos y hacia la calle vamos", sentenciaba en la década de los ochenta un manifiesto del grupo "Tráfico" parafraseando el poema emblemático de Vicente Gerbasi. Fin del lirismo, decían, si es que el lirismo se apoya en las formas nobles. "Si la naturaleza se ha perdido -recordaba el gran Lezama Lima-, todo puede ser naturaleza". En mi más remota memoria, afirmaban al unísono los poetas del momento, no existen sino calles y aceras: mis aparecidos son urbanos y mis árboles son sólo los de los parques. ¿Puede hablarse de amor entonces? Pues sí: de amor anómalo, enfermizo, forzado, pero de amor al fin. Partiendo de una idea de Italo Calvino, que cree ver en las ciudades sólo sueños y, como tales, forjadas de deseos y miedos, la poeta Yolanda Pantin define con exactitud el sentimiento del momento en su texto "Las ciudades invisibles":

Escribir sobre el amor
los ojos claros de Verona
-poesía, eres tú-
Imaginar una ciudad invisible
como ella
reflexionar sobre la muerte
y la fotografía
Ser fiel y atento
a todo lo que en ella
se niega suspicazmente
tácita y oblicua
recordar
sobre todo
que aquello que se ama
no existe

Que aquello que se ama no existe. En pocas palabras, la ciudad que amamos es invisible. Amamos quizás nuestros sueños, nuestros deseos o, acaso, nuestros temores. No hay ser amado en esta relación contemporánea sino proyección de nosotros mismos. Amamos a nuestro yo desdoblado, empobrecido, íngrimo, porque la noción de alteridad ha desaparecido. Volvemos a un patrón que ya conocíamos: las ciudades son lo que los hombres, sus habitantes, proyectan sobre ellas, construyen en y alrededor de ellas. Espejo perfecto en el que sólo nos queda mirarnos. Como no hay quien nos señale nuestras deformaciones -las tomamos como naturales porque el espejo nos las devuelve como si hubieran estado siempre en nuestros rostros- deambulamos como sonámbulos creyendo que nuestro amor es el de antes.

¿No habla el deterioro de las ciudades entonces de nuestra profunda incapacidad de amarnos a nosotros mismos?

Se trataría entonces de reconstruir una relación con la ciudad (o con nosotros mismos). No ya el patrón clásico del "menosprecio de corte" que en verdad añoraba la vida en aldea, tampoco el modelo picaresco que veía en las ciudades verdaderos sumideros humanos, tampoco la visión de Martí que caracterizaba a la ciudad como un espacio de extrañamiento para el hombre y condenaba toda relación amorosa, tampoco la de Juan Calzadilla enajenando su cuerpo y su mente a los propios latidos de la ciudad insomne y avasallante, tampoco la del magnífico poema de Yolanda Pantin al creer que lo que amamos es invisible y, por lo tanto, sólo una proyección de nosotros mismos. Vivimos una época de redefiniciones y es probable que en el umbral del siglo XXI la creación literaria dé cuenta de una relación otra con la ciudad. Una relación que dependerá de nosotros mismos en la medida en que nuestro espejo acoja no el viejo rostro deforme de nuestras bajezas sino el de la tolerancia y el del reconocimiento y la comprensión del prójimo, de nuestro semejante. El "amor de ciudad grande" imaginado por Martí será entonces otro, quizás desconocido para nosotros, que hable de otro tiempo en la tierra y de otros modos. Concluyo con un poema que es apenas una ventanilla, una ligerísima visión, de cómo el hombre se puede fundir con su entorno -incluso el más extremo- cuando sabe reconocer las claves del pasado, de su historia propia y de su relación con el universo. Leo el texto "En el parque" de Eugenio Montejo:

En el parque esta tarde, horas y horas,
Emilio en sus patines con los árboles,
con ellos de la mano -mi hijo alegre,
juntos se esquivan, corren, se acompañan,
mueven al paso ramas, piernas, sombras,
en este instante eterno de su risa
crece el ruido de ruedas en las piedras,
describen entre sí figuras, círculos,
verdes, veloces, con pájaros, con nidos,
el viento va tras ellos, van las hojas,
y a veces en rumor se oyen los cantos
de tatos pájaros que nacerán mañana.
Árboles que patinan, pero nunca patinan
y por eso con él van patinando…
El hijo que me esperaba aquí en la tierra,
antes de yo nacer, con estos árboles.
El hijo que atravesó la sangre de los míos,
veloz en su carrera hasta alcanzarme.
Allá viene, allá va, de un sitio a otro,
con sus verdes amigos de la mano,
juntos vuelven, se alejan, se aproximan,
hasta el último pliegue de la luz,
hasta que cae la noche y se dispersan
y el tiempo todo se nos vuelve espacio.

Si el parque ha sido para buena parte de nuestra expresión moderna un sitio de reconciliación con nuestros orígenes, una parcela de tierra que le robamos al laberinto urbano y en el que podemos reconocer algo del paisaje inicial de donde venimos, pocos son los árboles que le bastan a Montejo para reconstruir una relación con el mundo, una relación armoniosa y si se quiere sagrada donde el amor asoma por todos los poros del entendimiento. Estamos lejos del escepticismo del Herrera y Reissig que en pleno Modernismo señalaba en su libro Los parques abandonados la muerte de ese espacio virginal frente al avasallamiento urbano y quizás sí más cerca del ideal martiano de querer amar a la ciudad grande a como diera lugar. Sólo que en Martí lo único que queda es la intención, la disposición. Detrás del fiel deseo, el objeto amado se le escapaba al percibirse como un antro de traición a lo humano. Martí imaginaba una ciudad desconocida, más bien añorada, que no reconocería en sus tiempos. Queda sí para nosotros la intención retórica, la desesperanza que Montejo suspende momentáneamente en sus versos trascendentes para señalarnos otras vías o senderos. Quiero creer, ya para terminar, que la voz de Martí vive y se prolonga en la de Montejo y que, al igual que la imagen del hijo por el que corre la sangre de los suyos, la de Martí corre por las venas del poeta venezolano y quiere plasmar al fin en esa visión del parque caraqueño, entre árboles y patines, el amor de ciudad grande que él quiso imaginar para su tiempo.

Antonio López Ortega. Narrador y ensayista


Foto: Esso Alvarez
Eugenio Montejo: debajo del árbol

N° 69 Aņo III
Caracas, sábado 26 de agosto de 2000
 
 
Amor de ciudad grande
(Antonio López Ortega)
 

Creación
Con el acento perfecto del silencio
(Marta López-Luaces. Poemas)

Plástica
Para los amantes de las artes negras
(Jesús Munárriz)
Ultimo Sábado
Bartleby o la palabra renunciada
(Rafael Castillo Zapata)

Apuntes
Literatura
en-red-ada y lectura

(Luis Barrera Linares)

 
Libros, Lecturas y Lectores
Mito y destino de Cesare Pavese
(Francesca Polito)
 
 
 
 

 

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