Apuntes

Literatura en-red-ada y lectura

El nuevo modo de acercamiento a la palabra escrita nacido de la cibernética obliga
a los escritores del siglo XXI a no demorar más la reflexión. Es el caso de Luis Barrera Linares, quien aborda el tema desde las perspectivas de autor y lector: "el juego mágico de la lectura se abre paso en el mundo de la red"; pero, ¿se "virtualizará" también la crítica literaria?, y ¿qué de aquellos que no tienen "recursos suficientes para adquirir un ordenador, pagar cuentas telefónicas
y suscripciones en la red"?


Max Ernst, El encuentro de los amigos, 1922/23


La frase pertenece a Rómulo Gallegos, a raíz de la fundación de la revista La Alborada (1906): "No podemos seguir escribiendo para las telarañas del aposento". Con ello, supongo, trataba de llamar la atención sobre el hecho de hacer literatura que de alguna manera circulara y cumpliera algún papel en la sociedad.

Nunca se imaginó el novelista que los autores del siglo XXI nos veríamos obligados a comenzar a escribir de verdad para las "telas de araña" de la cibernética, pues, al decir de los expertos, el 75% de los libros y demás material de lectura que se publique en el 2005 circulará por la vía electrónica.

Y la noticia no es para alarmarse. Ni tampoco para sentarse en el balcón de la nostalgia y comenzar a sentir despecho rocolero por la desaparición del libro. El libro sigue vivo. Lo que sí ya no podemos ignorar es que está cambiando inevitablemente el formato de lo que en nuestra tradición de estanterías hemos asimilado culturalmente como el objeto libro. Cambiará, eso sí, el vehículo, cambiará la materia del vehículo, el modo de acercarnos al objeto y la manera de tener acceso al objeto.

La escena mítica del plácido lector que saborea los contenidos de un libro abierto comienza a tener su contraparte contemporánea en la imagen de alguien que, también plácidamente, teclea sin cesar frente a una pantalla en busca de sus lecturas preferidas. Mejor dicho, ha nacido un nuevo modo de acercamiento a la palabra escrita. Desde hace ya algún tiempo, la palabra escrita, viene "empacada" en dos estuches distintos, mas no contrapuestos, ni mucho menos encontrados.

Y nos guste o nos disguste, también habremos de cambiar nosotros, habremos de acoplar nuestros hábitos de acercamiento al libro y nuestra manera de abordarlo. Sin tapujo ninguno: o ampliamos la creencia de que sólo es libro un manojo de páginas impresas enmarcado entre dos solapas, o nos come el tigre de esta avalancha finisecular de páginas WEB en que estamos cada día más inmersos (manía "webera" dice mi tía Eloína). El libro electrónico ya no es una quimera ni una idea de ciencia ficción. Está aquí, lo tenemos enfrente, detrás de la magia de las pantallas de los ordenadores.

Aceptar la posibilidad de lo nuevo es una manera de continuar teniendo el privilegio del acercamiento a la escritura. Entonces, el libro electrónico ya ha llegado y no nos queda más que dejarlo compartir el espacio reservado para la mediación entre nosotros y la literatura. Sea en las páginas de la Internet, sea en formato de disco compacto, sea en esas novedosas ediciones "por demanda", el juego mágico de la lectura se abre paso en el mundo de las redes.

Lo que sí puede caber ante estos hechos inevitables es la posibilidad de la reflexión sobre el fenómeno. Vislumbrar, por ejemplo, la paradoja de la multiplicación o reducción del conocimiento. A todas luces, la puesta en circulación de los volúmenes electrónicos resulta en estos tiempos mucho más económica si la confrontamos con el proceso clásico de la utilización de la imprenta. Lo que no implica necesariamente un mayor número de potenciales lectores. La mediación de la máquina que nos permite "accesar" los libros electrónicos sigue siendo todavía una limitante para una buena parte de la población. En el otro caso, la imprenta tradicional aún permite la posibilidad de llevar los clásicos ejemplares a las bibliotecas públicas y (teóricamente) ofrecer a quienes no pueden comprarlos la oportunidad del acceso. En cambio, aún no tenemos suficientes bibliotecas electrónicas públicas como para ofrecer un servicio similar. De ahí nace en este primer momento una limitación ineludible: el libro virtual amplía la brecha social y favorece al que tiene recursos suficientes para adquirir un ordenador, pagar cuentas telefónicas y suscripciones en la red.

De otra parte, y en lo que concierne a la literatura como fenómeno social, el libro tradicional ha sido un elemento sacralizador de las figuras que escriben (los escritores). Por existir de por medio un proceso de aceptación social, una especie de "examen" que debe rendir ante cierta élite especializada todo el que aspire ser escritor, puede decirse que las nóminas de autores han sido reducidas a aquellos pequeños grupos aceptados socialmente como tales.

Aquí aparece una nueva diferencia: a juzgar por los requisitos "colgados" en las páginas virtuales, buena parte de las editoriales electrónicas obvian el paso de las lecturas especializadas previas (eso que dentro de la academia denominan los "arbitrajes") y dejan en el proponente la posibilidad de "publicar" o no su libro, siempre que pueda pagar los costos de edición. No necesariamente le exigen al escritor ser un "consagrado" ni tampoco se preocupan demasiado por cuántos libros haya escrito antes. No olvidemos tampoco que algunas de esas empresas ofrecen la doble posibilidad de impresión tradicional y edición virtual, con la diferencia de que, en el caso del formato impreso, van editando en la medida en que tienen solicitudes específicas. Localmente, valga referir la labor pionera de Comala, editorial que ha comenzado con mucho éxito el sistema de venta "por demanda" de libros de autores venezolanos. Parten de un limitado número inicial de ejemplares y sólo re-producen si el mercado lo exige. Una manera muy práctica de evitar tanto la ocupación de depósitos como la "quema" o "reciclaje" posterior de ejemplares sobrantes. Y una excelente posibilidad para evitar las "ediciones agotadas" y la piratería fotocopista.
Así, una vez cubiertos por el autor los costos requeridos por la empresa, se deja al "en-red-ado" lector la posibilidad de la "supervivencia" del texto digitalizado o impreso. De acuerdo a la acera donde nos encontremos, podríamos decir que se trata de un sistema más abierto para la posibilidad de publicación, o criticar un método que para nada implica un proceso de selección previa. Hasta podría argumentarse que si esto continúa como va, pone en peligro la supervivencia o multiplicación de las roscas y grupos que se leen, se autoalaban, se publican, se distribuyen y hasta terminan vendiéndose y comprándose sus propios productos literarios. Porque si usted dispone para pagar los mínimos costos a la empresa que ofrece el servicio, obtiene automáticamente la oportunidad de ser leído. A esto habría que sumar dos cuestiones más: una tiene que ver con el modo de controlar la retribución de los derechos de autor (si es que continúan existiendo). La otra pone en discusión el papel mediador de la crítica literaria, que naturalmente también habrá de "virtualizarse".

En conclusión, los resquemores para aceptar el ingreso al mundo de las ciberpublicaciones tienen muchas más aristas que el simple temor a lo desconocido. El espacio disponible no permite abundar en otros detalles. Nada hemos dicho, por ejemplo, sobre aquellos escritores amigos que, en lugar de libros impresos, nos obsequian disquetes contentivos de sus obras. Tampoco hemos hablado acerca de la cantidad de volúmenes virtuales que caben en esos anaqueles tan particulares que son los "chips". Pero si quiere conocer más de estos y otros aspectos, deberá montarse en el tren de las telarañas de la Internet. No es tan fiero el león como lo pintan algunos. Es sencillamente otro modo de contribuir a la preservación de la memoria a través de la escritura. Aparte de ello, es preciso recordar que ya no hay diario importante de este tiempo que, aparte del formato impreso, no tenga su versión "on-line". O sea, en poco tiempo, menos del que esperamos, quizás, no habrá otro modo de accesar al conocimiento; el computador pasará a formar parte de nuestra cotidianidad, tal como ha ocurrido con el teléfono, el automóvil, la licuadora, el televisor, etcétera. Entonces, habremos de aprender a leer de otro modo, como ya leen muchos de los chicos de hoy, a quienes por cierto algunos maestros y padres acusan recurrentemente de "no saber leer" porque "viven pegados al computador". Tema para que la reflexión continúe.

Luis Barrera Linares. Narrador y ensayista

 

N° 69 Aņo III
Caracas, sábado 26 de agosto de 2000
 
 
Amor de ciudad grande
(Antonio López Ortega)
 

Creación
Con el acento perfecto del silencio
(Marta López-Luaces. Poemas)

Plástica
Para los amantes de las artes negras
(Jesús Munárriz)
Ultimo Sábado
Bartleby o la palabra renunciada
(Rafael Castillo Zapata)

Apuntes
Literatura
en-red-ada y lectura

(Luis Barrera Linares)

 
Libros, Lecturas y Lectores
Mito y destino de Cesare Pavese
(Francesca Polito)
 
 
 
 

 

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