Ultimo Sábado

Bartleby
o la palabra renunciada

La interrupción de la escritura, el silencio,
la renuncia a la palabra de "un sector importante de la literatura occidental moderna" es un hecho que rastrea Enrique Vila-Matas en su más reciente libro Bartleby y compañía. Texto en el que Rafael Castillo Zapata descubre "un catálogo de momentos fulgurantes de esa experiencia, instantáneas afectuosas de personajes entrañables" que revelan una especial entereza "para negarse
a responder a las expectativas que ellos mismos crearon al haber, alguna vez, escrito"


Foto: Editorial Anagrama, 2000
Enrique Vila-Matas: rastreador de bartlebys


Renunciar a hablar, negarse a escribir, callar, abrazar el silencio de repente después de haberse abierto al decir, después de haber proferido palabras de un modo que anunciaba la promesa de nuevas palabras, que abría la expectativa de un palabrerío creciente, de un río posible de páginas minadas por el despliegue de un lenguaje que parecía seguro de sí mismo, decidido a ser y seguir siendo, propagarse, expandirse, crecer, es un acontecimiento que marca, de manera creciente, la experiencia de un sector importante de la literatura occidental moderna. El encuentro traumático del escritor con la precariedad de la palabra se ha acentuado, lo sabemos, con las catástrofes enormes con las que hemos tenido que enfrentarnos a lo largo del siglo XX. Ya casi es un tópico recordar la sentencia de Adorno acerca de la imposibilidad de decir nada con sentido, humanamente, razonablemente, después del Holocausto, después de Auchswitz. Celan, que vivió en carne viva la experiencia del exterminio, talló esta verdad muchísimas veces, la reiteró hasta el desgarro, hasta la propia laceración de sí mismo, hasta el enmudecimiento final: "Si viniera, / si viniera un hombre / si viniera un hombre al mundo, hoy, con / la barba de luz de los / patriarcas: sólo podría, / si hablara de este / tiempo, sólo / podría balbucir, balbucir / siempre siempre / sólo sólo". Empujados a este balbuceo por la terrible imponencia de lo que Hanna Arendt, en su estudio sobre Eichman, llamó la "banalidad del mal", los escritores que han sobrevivido al derrumbe de la razón y del lenguaje que ello comporta, no han podido apropiarse de la palabra sin pasar por esa incomodidad visceral que socava la confianza en la humana posibilidad de la comunicación, de la demanda que puede esperar esperanzada una respuesta; desde entonces, la literatura más comprometida, más extrema, más arriesgada de Occidente no ha podido evitar enfrentarse a la náusea que significa escribir, agregar un signo más al desorden semántico del mundo.

Hoffmansthal abrió el siglo a este vértigo dejando constancia de su propio desconcierto frente al lenguaje en su Carta de Lord Chandos (1902), puesta en escena de la impotencia del hombre moderno para juzgar, para decidir, para asentir o para negar, y apuesta, no obstante, decidida por el retiro de la palabra, por la renuncia a proseguir la desenfrenada empresa de la acumulación de páginas impresas. Esta misma experiencia de impotencia y renuncia, de desencanto y retiro, se reitera a lo largo del siglo: escritores que asumen de pronto el silencio, que se pierden para siempre del espacio público, que sobreviven en medio de la perplejidad de la pregunta acerca de por qué escribieron, al percatarse de la irrefutable anormalidad de la escritura: Walser, Rulfo, Salinger, Roth. Sus antepasados inmediatos, Hölderlin, Joubert, Rimbaud, por diversas razones, también decidieron o fueron empujados a decidir este apartamiento, este repliegue. Es lo que Enrique Vila-Matas en un emocionado repaso llama el "síndrome Bartleby", "el mal endémico de las letras contemporáneas, la pulsión negativa o la atracción por la nada que hace que ciertos creadores […] renuncien a la escritura; […] queden, un día, literalmente paralizados para siempre" (Bartleby y compañía, Anagrama, Barcelona, 2000).

Bartleby, como bien recuerda Agamben en su "Bartleby o de la contingencia" (en la reciente reedición en Pre-Textos del relato de Herman Melville Bartleby el escribiente, Valencia, 2000, junto con dos enjundiosos ensayos adicionales de Deleuze y de José Luis Pardo), es "el escriba que no escribe", el escriba que en un determinado momento decide no escribir ya más, sin razón aparente alguna, como ganado de repente por una perplejidad que, no obstante, parecía venirse anunciando en el desarrollo de su propia práctica. Por esto ha podido tomarlo Vila-Matas como emblema de ese mal que aqueja a los escritores de la renuncia: su libro es un catálogo de momentos fulgurantes de esa experiencia, instantáneas afectuosas de personajes entrañables precisamente por el tamaño de su desamparo frente a la escritura y por la magnitud de su entereza para apartarse, para callarse, para negarse a responder a las expectativas que ellos mismos crearon al haber, alguna vez, escrito. Es el Rulfo que tan bellamente alegoriza Monterroso en "El zorro más sabio"; como lo recuerda Vila-Matas, en esta fábula se habla de "un Zorro que escribió dos libros de éxito y se dio con razón por satisfecho y pasaron los años y no publicaba otra cosa. Los demás comenzaron a murmurar y a preguntarse qué pasaba con el Zorro y cuando le encontraban en los cócteles se le acercaban a decirle que tenía que publicar más. Pero si ya he publicado dos libros, decía con cansancio el Zorro. Y muy buenos, le contestaban, por eso mismo tienes que publicar otro. El Zorro no lo decía, pero pensaba que en realidad lo que la gente quería era que publicara un libro malo. Pero como era el Zorro no lo hizo". Todo el libro de Vila-Matas respira este mismo aliento de humor, humor shandyano que recuerda su anterior Historia abreviada de la literatura portátil, catálogo imaginario de autores y aventuras fraguadas a partir de plagios, imposturas, acertijos para iniciados, trampas para incautos. El mismo gozo lúdico que proporciona al lector este pequeño breviario de saber literario, volvemos a encontrarlo, más sereno, más sobrio, menos impertinente (el tiempo ha hecho su efecto) en Bartebly y compañía. Aquí, la complejidad del tema que expone Melville en su relato se asume tal como se encarna en las vicisitudes de aquellos escritores modernos de la renuncia que más han emocionado al compilador, al fisiognomista, sin entrar en profundidades filosóficas; es un fresco gracioso cuya principal virtud es, precisamente, refrescarnos la memoria y avivarnos las ganas de visitar los paisajes que nos va mostrando: ganas de leer (o releer) a Walser, a Salinger; de seguirle la pista a Pynchon, a Traven; de volver sobre los pasos del Rimbaud de la aventura abisinia; de escrutar los largos silencios que jalonan la obra distanciada y magnética de Henry Roth; del propio Melville, cuyo Billy Budd, póstumo, está más de treinta años distante de Moby Dick o del mismo Bartleby.

Para aquellos que no se conforman con este animado repaso y quieren entrar más a fondo en el hueso del significado de la renuncia bartlebyana, visitar los ensayos de Agamben, de Deleuze y de Pardo puede brindarles mucho provecho; es el contrapeso ideal y oportuno para la ligereza del viaje al que nos convida Vila-Matas.

Rafael Castillo Zapata. Ensayista y poeta

N° 69 Aņo III
Caracas, sábado 26 de agosto de 2000
 
 
Amor de ciudad grande
(Antonio López Ortega)
 

Creación
Con el acento perfecto del silencio
(Marta López-Luaces. Poemas)

Plástica
Para los amantes de las artes negras
(Jesús Munárriz)
Ultimo Sábado
Bartleby o la palabra renunciada
(Rafael Castillo Zapata)

Apuntes
Literatura
en-red-ada y lectura

(Luis Barrera Linares)

 
Libros, Lecturas y Lectores
Mito y destino de Cesare Pavese
(Francesca Polito)
 
 
 
 

 

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