Creación

FERNANDO LLERAS TRASPASA LOS UMBRALES DEL RELATO E INTERROGA

¿Quién habita en el palacio de oro?

Peligros se corren allá dentro, pero el traductor italiano Maurizio Fantoni Minnella
no demoró en entrar apenas vislumbró ese pabellón que se asemeja a un palacio dorado, siendo en verdad un asilo de locos, abierto, mas del que no todos logran regresar al final del día de visita. Sucede que es difícil no caer en las redes de Fernando Lleras (Bogotá / 1947), autor
de tal trama y dueño de un estilo narrativo que hace honor al relato policial,
y no desdice de su intensidad poética, sobre la que ahora se apoya la edición de El riesgo del domingo, que circulará bajo el sello Besa Di Lecce y que deviene certeza
en el relato del mismo nombre que publicamos


San Pablo el ermitaño, 1640 / Jusepe Ribera

El riesgo del domingo

"Erase una vez un asilo de locos. Se encontraba en medio de un hermosísimo bosque de largas avenidas, bordeadas de olmos y cipreses plantados por personajes legendarios en tiempos muy lejanos. Tan extenso era el parque, y tan ingeniosos sus senderos, que se decía que un caminante podía durar años enteros recorriéndolo sin pasar dos veces por el mismo lugar. Los domingos de verano todas las familias de la ciudad venían a reposarse en sus prados, y los niños jugaban con sus barcos de madera en los estanques o hacían elevarse las cometas en el cielo azul. En otoño, eran los amantes quienes acudían a buscar la intimidad de los bancos disimulados detrás de sauces o entre arreglos de hermosas y extrañas flores.

El asilo había sido construido con grandes bloques de piedra amarilla que brillaba bajo la luz del sol, haciendo pensar en un mágico palacio de oro. El Consejo lo había declarado monumento nacional, y desde entonces todas las semanas los barrotes de las celdas eran pintadas de dorado y las tejas decoradas de arabescos.

Es difícil imaginar la sensación de ensueño que creaba. Desde ciertos ángulos parecía una fantástica mezquita de Las mil y una noches; desde otros se asemejaba a una espléndida catedral inconclusa, donde las cabezas de los locos hacían el papel de divertidas gárgolas. La distancia entre los barrotes era, en efecto, suficiente como para permitir a los locos asomarse y alegrar a los pasantes con sus muecas y cantos, que eran muchos y muy variados.

Entre semana, las gigantescas puertas permanecían cerradas, pero los domingos se abrían al visitante, quien podía recorrer a su guisa patios, laberintos y salones.

El interior del edificio era extraordinario, de una magnificencia única. Después de entrar por un largo corredor de mármol negro, se desembocaba en un inmenso patio central cuyo piso de mosaicos pasaba por ser la obra maestra de un glorioso artista, muerto por coincidencia en una de las celdas superiores. Según algunos, representaba la creación del mundo, la exaltación de las fuerzas misteriosas que hicieron brotar la vida; según otros, era el exacto opuesto: una visión tremenda del Apocalipsis; había quienes decían que era el más noble mensaje de paz y amor, y quienes veían en su diseño secretas amenazas o tenebrosos presagios... Y era que a medida que el sol cambiaba de posición, el juego de luces y de sombras hacía resaltar ciertas partes del mosaico y escondía otras, provocando metamorfosis permanentes; como si la obra tuviera vida propia, se acoplara a las horas del día, a las estaciones, a los pasos mismos de los visitantes, y le hablara a cada cual en un idioma y con un propósito distintos... En todo el centro, se hallaba una fuente de exuberantes aguas, que trazaban maravillosos dibujos en el aire, quién sabe si de común acuerdo con los motivos cambiantes del mosaico. Las únicas figuras talladas en su roca eran orejas, bocas, ojos, narices y manos, mezclados en un intrincado arreglo que sólo el genio del artista había podido tornar armonioso. ¡Algo difícil, si no imposible, de olvidar!

La visita comenzaba casi siempre por el ala izquierda del primer piso, donde pasaban sus días en despreocupado esparcimiento los locos veniales. A veces, sentados en un rincón mirando con simpática fijeza los barrotes o tratando de elevarse en el aire; otras, caminando en interminables círculos o parados en la cabeza como antiguas estatuas de acróbatas. Era, comprensiblemente, el rincón preferido de niños y colegiales.

Pero nada, nada podía igualar el deleite que se sentía al penetrar en el laberinto superior, el de los grandes e ilustres locos.

Se accedía primero a un pequeño recinto donde empleados del asilo vendían tarjetas postales, diapositivas y películas, guías ilustradas y reproducciones en cera, o arrendaban aguzados picos con los cuales el visitante podía excitar la carne y las pasiones de los pensionados.

Una vez cruzado el umbral, se presentaba a la mirada el majestuoso espectáculo del salón de ceremonias, adornado con objetos traídos de todo el mundo, y de cuyas paredes pendían los retratos de los miembros del Consejo, con sus caras siempre escondidas por un velo según la inmemorial ley que prohibía revelar su identidad.

De allí partían docenas de corredores que llevaban a las más prodigiosas e insospechables celdas. ¡Era difícil concebir tanta riqueza! ¡Ejemplares rarísimos, a veces únicos, siempre fantásticos!
Había visitantes que se detenían ante las celdas con recogimiento, intercambiando profundos comentarios en voz baja, y otros que dejaban escapar abiertamente su entusiasmo por la obra de la naturaleza y lanzaban exclamaciones de admiración; expertos que buscaban el detalle escondido o el indicio que les permitiera determinar la autenticidad; neófitos ansiando iniciarse en la cultura, largas filas de colegialas, cuaderno y lápiz en mano, atentas a la más mínima explicación de la maestra; jóvenes en busca de inspiración, viejos a caza de recuerdos...

Como si ello fuera poco, se organizaban con frecuencia exposiciones originales, con locos traídos de asilos de provincia e incluso del extranjero. De tal forma, aquellos ciudadanos que no podían pagar costosos viajes tenían la oportunidad de gozar de locos excepcionales. Y cada año, los inquilinos del ancianato eran transferidos al asilo, gracias a lo cual este se enriquecía permanentemente con nuevos y variados ejemplares. Todos, sobra añadir, en impecable estado, ya que el asilo contaba con su propio departamento de restauración, donde se dice que se obraban hazañas casi inverosímiles.

Pero la culminación de la visita llegaba a las tres de la tarde, cuando se asistía a la función favorita de todos: el baño de los locos. Estos eran bajados al patio central en jaulas de colores, y allí se les regaba de agua fresca. Los locos se debatían sin descanso, haciendo toda clase de gestos para deleite general. Se les había educado de manera que realizaran acrobacias y trucos de juglares y los niños podían lanzarles cacahuetes y pequeñas golosinas. En algunas ocasiones -grandes fiestas o celebraciones especiales- los guardianes sacaban de las jaulas uno o varios ejemplares, y los paseaban de sus cadenas entre la muchedumbre, para que las gentes pudieran tocarles la cabeza o pellizcarlos. ¡Je, je, qué días aquellos!

Sólo un detalle empañaba pasajeramente esa dicha: uno de los visitantes del domingo no volvería a salir jamás. A las seis de la tarde, cuando las inmensas puertas se cerrasen, un esposo notaría de pronto la ausencia de su mujer, o un padre la desaparición del hijo; faltaría de improviso el abuelo o el hermano, el alegre compañero o el amigo.

Nadie sabía, ni podía saber, quién sería el escogido ni cuál era el sistema de escogencia. Unos pretendían que era definido por el juego de sombras del mosaico; otros, que seguía un cierto orden alfabético; otros, que era determinado al azar, en la gigantesca ruleta que se encontraba en la Sala del Consejo. Sin embargo, el rumor más generalizado era que los locos mismos escogían, y que ellos, sólo ellos podían tomar la decisión final. Se aseguraba que el Consejo, desde las más remotas eras, les había otorgado ese privilegio, a cambio de oscuros favores. La verdad es que nadie sabía nada con certeza.

Pero en aquellos tiempos el mundo contaba con tantos seres que una pérdida se compensaba pronto, y el olvido cobijaba a los hombres entre sus brazos tibios, y no existía la soledad, y el riesgo del domingo sólo empañaba pasajeramente la dicha de las gentes".

Del libro: El riesgo del domingo
Círculo de Lectores / Bogotá, 1979
Besa Di Lecce / Italia, 2000

 

 

N° 70 Aņo III
Caracas, sábad 02 de septiembre de 2000
 
 
 

Creación
¿Quién habita en el palacio de oro?
(Fernando Lleras. Relato)

Grandes Firmas
Erase una vez París
(Alfredo Bryce Echenique)
Apuntes
Diez años de un libro
(Juan Carlos Palenzuela)

Libros, Lecturas y Lectores
Víctor Bravo, al conjuro del lenguaje
(Gregory Zambrano)

La razón creadora
(Alberto Rodríguez Carucci)

Poesía y profecía
(Margarita Carrera)

 
 
 
 
 
 

 

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