Grandes Firmas

Erase una vez París

A tres "largos lustros" de haber abandonado París, Alfredo Bryce Echenique escarba
en su "nostálgica memoria" y rememora aquella primera noche de otoño de su llegada a la "Ciudad Luz", en la que, muchacho aún, caminara bajo la "asquerosa lluvia nocturna" por el "corazón del entonces mítico Barrio Latino". En ese barrio habría de vivir siempre y, "estudiando para bohemio" -como le dijesen con burla sus antiguos compañeros- descubre la belleza de esa capital que "mil autores" plasmaran en sus páginas


Tres largos lustros han pasado desde que abandoné París, pero yo aún me veo -sí, me sucede a cada rato- caminando por primera vez por el Barrio Latino, sin saber muy bien por dónde ando, ni mucho menos por qué diablos me siento tan extraño, y como ligera y ocultamente decepcionado. Horas antes he desembarcado en Dunkerque, con mi buen amigo François Mujica, y desde aquella ciudad portuaria nos ha traído en su automóvil Pepe Bentín, un primo de François que lleva ya un tiempo en París.

En realidad, fue Pepe Bentín quien nos dijo a François y a mí que estábamos ya en el corazón del entonces mítico Barrio Latino y, aunque nunca he sabido el efecto que le hicieron estas palabras a mi compañero de viaje, por aquello del milenario refrán oriental ("Cuando dos personas caminan por el mismo jardín, cada una ve su propio jardín"), mi propio Barrio Latino aquella primera noche era también la primera de las mil y una noches de asquerosa lluvia otoñal que me tocaría ver en la vida, viniendo como venía yo de mi Lima natal, una ciudad sin lluvia ni sol verdaderos, jamás de los jamases, eternamente cubierta por el velo de la angustia, para citar de memoria a Herman Melville, en su novela sobre el demente capitán Ahab y su diabólica ballena blanca, gigantesca y hermosa como lo fue el mal para Baudelaire, poeta maldito del spleen de París, y ciudad sin cielo y hasta sin ciudad, según afirmara uno de sus más limeños y renombrados escritores.

Pero, por más asquerosamente lluviosa que sea una noche otoñal en aquel Barrio Latino, o en cualquiera de los otros barrios o distritos que conforman, que son París -veinte en total-, y por más que uno alce la cara e intente buscar un cielo impresionista, y fracase, un cielo al menos cubista, y fracase nuevamente, un cielo siquiera abstracto, y fracase por completo y por tercera y definitiva vez, y en cambio sólo logre empaparse aún más el desanimado rostro de caminante nocturno y recién llegado, de París jamás se podrá decir -como de Lima, o de cualquier otra ciudad del mundo que posee un clima con tan poca personalidad y sentido común- de París jamás se podrá decir, repito, que bajo ese maldito, invisible y empapado cielo, no existe una muy inquietante ciudad que, además, un lugar común universal ha dado en llamar Ciudad Luz, nada menos, y no precisamente porque ella diera luz, con parisina cigüeña y todo, a los hermanos Lumière, craso error, ya que los inventores del cinematógrafo fueron ambos naturales de la fría y oscura ciudad de Besançon, a pesar de su cálido y luminoso apellido.

Bien. Muy bien. Pero, por las cosas que vengo diciendo, habrá deducido ya el lector que los muchos y muy provechosos años que viví en París no transcurrieron todos, como en un anticuento de hadas, o como en la más atroz pesadilla, durante una primera, eterna y asquerosa noche de lluvia otoñal en el Barrio Latino. En este barrio habría de vivir siempre, eso sí, y estudiando para bohemio, como solían afirmar, burlona e incrédulamente, de mí, en aquella Lima que año tras año se alejaba más, y también menos -que de esta contradictoria materia está compuesta la nostalgia-, mis cada vez más antiguos, y geográfica y epistolarmente más distantes compañeros de colegio. Ellos conformaban mi pasado, ya, y según eso debía olvidarlos, pero según eso cada día era mayor el espacio que mi nostálgica memoria les iba reservando.

Y mayor era también ese creciente espacio a medida que el estudiante de bohemio iba cumpliendo, sin darse cuenta siquiera, pero con ejemplar seriedad, con los hemingwayanos requisitos de ser joven y pobre en París y de trabajar muy disciplinadamente mientras se enamoraba loca y noctámbulamente de y en París by night, con vino tinto en el Harry's Bar, y, más entrada la noche, con otra copa de vino en La Coupole, y, aún más entrada y maravillosa la noche, con una última copa de vida en el Rosebud. Y luego, cual dichoso tributario del alba, con paseo de besos y tiritar de frío y de amor por los muelles y puentes de un Sena exacto a sí mismo en el mejor póster gigante a todo color noche de ronda. Y ya de amanecida, con arribo a la Place de la Contrescarpe y desayuno con diamantes y croissants como lunas menguantes, en La Chope, y, s'il vous plait, monsieur, otro grand café-crème, que tengo que decirle hasta esta noche, mon amour, a esta jeune fille, antes de salir disparado rumbo a la ducha pública, fría, muy fría y copiosa y prolongada, que ya mañana dormiré, porque lo que es hoy…

Hoy me toca seguir trabajando, tecleando en mi Hermes portátil, con horario de verano e invierno juntos, pero no revueltos, en uno de esos rincones junto al cielo lluvioso pero ya no asqueroso del otoño, y también junto al cielo azul príncipe de París en primavera, en uno de esos altísimos y enanos rincones llamados buhardilla, con poesía, o chambre de bonne, con prosa, vale decir, en uno de esos cuartuchos de techo con gotera directamente en la punta de la nariz, sin calefacción.

El tiempo iba pasando y pasando hasta que pasó ya del todo y el muchacho que caminó por la asquerosa lluvia nocturna de su primera noche de otoño en la Ciudad Luz iluminada con una estúpida mezcolanza de faroles de película Hollywood con Fred Astaire y Gene Kelly y una verdadera superabundancia de neón y los primeros Mac Donald, el muchacho aquel es ya un cuarentón que deambula sin norte fijo entre los primeros Kentucky Fried Chicken, o lo que sea, ya. Aún sabe sonreír, eso sí, y lo hace sólo con el corazón cuando recuerda haber vivido literalmente a Ives Montand cantando Les feuilles mortes y París canaille.

También a veces muequea una sonrisa con sorna, el cuarentón muchacho aquel, cuando recuerda haberle preguntado a un profesor de La Sorbona, durante un curso de poesía francesa contemporánea, en pleno 1966, qué lugar ocupa, qué significa Georges Brassens en la poesía francesa de una actualidad en la que se sigue hablando de Verlaine como si aún se le pudiese encontrar sentadito en un bistró del bulevar Saint Michel. ¿No hay nada, después de Verlaine, profesor?

Acto seguido, y por toda respuesta, le espeta aquel sabio pedagogo que qué tiene él en la cabeza, ¿un queso camembert?, y que dónde cree que está, ¿en un barrio árabe o algo así? "¿Brassens en La Sorbona? ¿Brassens en el templo? ¡Habráse visto cosa igual!" Ya en la calle, sus condiscípulos le dan toda la razón: el profesor ese es un imbécil. Y en el aire está escrito que pronto tendrá que haber un mayo del 68…

Y el cuarentón aquel, que es aún un muchachote cuando sonríe, concluye, mientras cierra el equipaje de su partida, hace ya tres largos lustros. Concluye que París es más sabia por vieja que por diabla. Que aquella asquerosa lluvia de su desconcertante llegada fue embelleciendo a medida que mil autores, a menudo extranjeros, le hablaban con amor y de amor en sus hermosas páginas sobre París. Aunque Camus, que él amaba y ama aún, con el más profundo respeto, era un argelino al que no le convencía mayormente París, pero que engrandeció a Francia entera. Que Picasso aún reinaba cuando él llegó a París, y que él mismo se había acostumbrado a llamarlo Picassó, con acento en la o, como si fuera francés. Que, después, Carlos Saura, el cineasta español que él había descubierto en sus primeros viajes a Madrid y Barcelona, de pronto renacía en París con la aureola de llamarse Sorá, y que en los años setenta París supo nacionalizar e internacionalizar -enorme mérito de esta diabla vieja y bruja- ese gran cine italiano de los maravillosos Gassman, Tognazi, Sordi, Mastroianni, Vitti, Risi, Scola, Comencini, y pare usted de contar. Y sonríe el cuarentón muchachote cuando hoy, ya cincuentonzote, se imagina que el españolísimo y universal Almodóvar debe llamarse en la Ciudad Luz Almodovár… Qué Dios bendiga a París… Y a Georges Brassens, que hace rato descansa en grandiosa paz en el cementerio casi marino de su séte natal.

Y que Dios bendiga a todos y cada uno de los parques, bulevares y cementerios de París, a esas galerías de tiempo detenido que Julio Cortázar describió como nadie, y a la placita Furstemberg, que tantas veces el muchacho y el muchachón escogieron para sus citas de lujo. Y al café La Chope, en su siempre añorada y hoy irreconocible Place de la Contrescarpe, la de sus desayunos con diamantes, antes de meterse a la ducha pública de sus años mozos y de subir a sus altos techos de estudiantes de bohemia con mucho frío y un poquito de hambre, de tarde en tarde… Hoy la cuarentona jeune fille desayuna diamantes con rubíes. Pero aún lo recuerda y le escribe. Y le obsequia siempre las cosas más baratas que encuentra. No vaya a ser que lo ofenda. No lo vaya a despertar mientras sueña despierto que aún se sabe de paporreta las palabras aquellas del maestro Hem, que todo muchacho que se respeta -y él se respetó en París- debe llevar grabadas siempre en el corazón: "Si tienes la suerte de haber vivido en París cuando joven, luego París te acompañará, vayas adonde vayas, todo el resto de tu vida, ya que París es una fiesta que nos sigue…".

En fin, digamos que érase una vez París…Y que cuando aquellas mil y una noches suyas de muchacho y de muchachón y de asquerosa y adorable lluvia otoñal…

(Exclusiva Agencia Efe, S.A. Prohibida la reproducción total o parcial aun citando la procedencia. La Agencia Efe no acepta necesariamente como suyas las ideas vertidas en los artículos firmados).

Alfredo Bryce Echenique. Escritor peruano

N° 70 Aņo III
Caracas, sábad 02 de septiembre de 2000
 
 
 

Creación
¿Quién habita en el palacio de oro?
(Fernando Lleras. Relato)

Grandes Firmas
Erase una vez París
(Alfredo Bryce Echenique)
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