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Libros,
Lecturas y Lectores
Víctor
Bravo, al conjuro del lenguaje
Extensa resulta
la red de títulos que ha urdido Víctor Bravo durante
las dos últimas décadas, siempre debatiéndose
entre el estudio y el ensayo, seducido por las imbricaciones del
lenguaje, confeso amante de la poesía y con una irreductible
vocación de filósofo que se ve coronada en el último
libro que editara, con carácter de libro-objeto, Terrores
de fin de milenio. Terrores que disipa Bravo con las armas del
pensamiento poético, según calibran Gregory Zambrano,
Margarita Carrera y Alberto Rodríguez Carucci
Cuando
leo Terrores de fin de milenio, no sólo leo sino que
escucho a Víctor Bravo mostrando desde su reflexión
su entusiasmo por el lenguaje, por la escritura. Pasión constante,
reafirmada, abierta, es huella palpable de la certeza. Estos tiempos
que vivimos, de terrores, de miserias, de contrasentidos, engendran
el caos y contra él -más allá de los designios
irremediables de quienes se resignan- Víctor acomete una
y otra vez, en cada oportunidad con mayor claridad, mayor hondura,
la continuidad de esa certeza. Busca y logra explicar con precisas
palabras las trazas de la cultura que sólo a través
del lenguaje -de los lenguajes- se puede manifestar.
Pero, ¿qué
mueve a Víctor Bravo, más allá de esa
pasión por el decir, esa irrefrenable apetencia por el juego
de asociaciones, por la síntesis del pensamiento occidental,
desde lo ancestral hasta lo contemporáneo? Por sus palabras
pasan poetas y filósofos, científicos y narradores,
actores y directores de cine, personajes y paisajes; por su agudeza
y reflexión transitan los lenguajes y los idiomas, maneras
infinitas de ser el universo. Y no podría ser diferente si
la superficie más propicia y sensible de ese lenguaje -como
él mismo lo advierte- es la literatura; entonces asistimos
a la puesta en diálogo de universos simbólicos que
obedecen a múltiples tradiciones.
Víctor
Bravo, desde su oficio de escritor, tiene también vocación
de filósofo y la refrenda en esa simbiosis que alcanza su
fin último en una síntesis, hermosamente expresada,
de las múltiples y ricas formas de representación
del lenguaje; desde ellas apuesta por el conocimiento y comparte
las ganancias.
Desde esos fenómenos
finiseculares reunidos bajo los signos del caos y el terror, se
producen los prodigios del lenguaje, se restituye un orden, se afianzan
las certezas de que el hombre habita y edifica con su lenguaje la
cultura, y mediante ella "conoce" para la vida, porque
la muerte es el gran misterio, trátese de la muerte definitiva
o la muerte en vida, como la de los vampiros. La vida reafirma el
presente y su horizonte, se asienta sobre lo que al parecer es la
única utopía que aún se pasea campante, la
utopía estética, aquella que para los filósofos
modernos es la que, fundamentada en el lenguaje, crea la certeza
de lo permanente. Víctor Bravo, desde esta reflexión
que ahora nos trae en su más reciente publicación,
refrenda una pasión que es vital, creadora, que se ha puesto
de manifiesto, desde hace muchos años, no sólo en
la escritura, también en la cátedra, en su ejemplo,
en la ética de su acto creador.
El trabajo
intelectual de Víctor, diverso en sus lenguajes (libros,
cátedras, foros) y principalmente formativo, es de los más
fecundos y visibles en el panorama intelectual venezolano de este
fin de siglo. Su proyección se acrecienta, sus estudios -ensayos
que se abren al diálogo cultural en su más amplia
expresión- tienen arraigo en una tradición universalista
como lo fue la de Simón Rodríguez, de Mariano
Picón Salas, de Juan Nuño, pero que en
su caso específico abreva con mayor intensidad en la filosofía.
El mismo ha definido su proyecto de escritura entre el estudio y
el ensayo; la forma se va amoldando a su verdadera esencia, la reflexión
culturológica desde el lenguaje, acercándose a las
fronteras de varias tradiciones, de la venezolana a la latinoamericana,
de ella a la universal con creadores y pensadores de diversos ámbitos
geográficos y lingüísticos, cuyas fronteras son
traspasadas por ese afán de síntesis que deviene ambición
abierta por el conocimiento.
De allí
que su proceso de escritura esté revisándose constantemente,
ampliándose, ganando profundidad y aperturas. De allí
que sus preocupaciones teóricas y filosóficas se prolonguen
en una serie extensa de títulos que se relacionan y compenetran
como un elaborado sistema de vasos comunicantes.
Y ¿cuáles
son esos terrores de fin de milenio?, ¿cómo
se produce el tránsito del orden de la utopía a las
representaciones del caos?: el resumen se propone en unidades de
sentido, en pares que son síntesis y provocación a
las posibilidades de la argumentación filosófica:
la representación y la alteridad; el poder y la ironía,
el mal y la expresión estética, la monstruosidad y
la belleza, el silencio y el absurdo, lo fantástico y lo
pradójico, la utopía y el caos.
En todos estos
contenidos riela el denominador común de la expresión
armónica, los conceptos rigurosos, la consistencia argumental
y las exploraciones simbólicas de la palabra, que dice y
dice bellamente desde las postrimerías del milenio. Rigor
y belleza de la expresión son dos puntos que tensan el arco
y lanzan la flecha al blanco del sentido.
Y qué
decir del libro-objeto, defendido con fervor en sus primeras páginas.
Este hermoso volumen, elaborado con buen gusto, con deleite, cónsono
con sus contenidos de enigmas y revelaciones, se consustancia con
la luminosidad, el colorido y los lenguajes de cromatismo y forma
de Henry Bermúdez, lo cual abre -en esa inagotable
posibilidad del diálogo- una nueva y vivaz significación,
que coherentemente propone la alianza entre el objeto que se representa
y la palabra que reflexiona desde ella misma. Ejercicio autorreflexivo,
que habla desde el lenguaje sobre el lenguaje, del libro desde el
libro y desde la simbología del arte de Henry Bermúdez,
deviene la riqueza, belleza e inquietante propuesta plástica
que vemos intercalada en la obra.
El caos y la
catástrofe vuelven a ser en el discurso el ciclo que plantea
las mismas angustias. Asistimos ya no como invitados sino como testigos
de excepción a la desazón de fin de milenio, no sabemos
si con menos certezas que aquellos que asistieron con la misma sensación
de fin a la culminación del milenio anterior. Hoy somos parte
de "lo inenarrable de la expectación, la esperanza y
el terror por la llegada de la hora final" (p. 29). Somos parte
ineludible del azar, del desorden, del caos, y al mismo tiempo,
somos parte del sentido imaginario de la utopía: "el
orden perfecto, jerárquico y sin cambios, situado en el futuro"
(p. 42), por ello hay esperanza. Y en ese concepto se concentran
críticamente los sentidos refundadores del lenguaje, que
sale del hombre para crear una nueva realidad sostenida siempre
en la palabra. Todo el bagaje que subyace en este reciente trabajo
de Víctor Bravo es síntesis de diversas formas
de pensamiento en Occidente, es suma crítica de múltiples
discursos y reflexiones; es como una matriuska que guarda
secretos -de similar naturaleza- en su interior y se va haciendo
más menuda, y más aguda al mismo tiempo. Por eso,
una obra como la de Víctor Bravo, en su conjunto,
nos hace presuponer o, mejor, creer que el sentido y el para qué
de la reflexión son un necesario tirabuzón, cargado
de interrogantes y respuestas, que gira hacia el infinito.
Gregory
Zambrano. Ensayista
La
razón creadora
La presentación
de un nuevo libro de Víctor Bravo en Mérida,
Caracas, Buenos Aires, México, París o Salamanca -más
que una novedad- no es otra cosa que la continuidad de un hábito
permanentemente incentivado por una capacidad de reflexión
y una incansable voluntad de escritura, que pocos intelectuales
pueden mantener con su empeño de originalidad y propuestas
para nombrar e interpretar las perplejidades que nos impone el caos
del mundo cada día.
En este caso
particular, yo agradezco la deferencia que me ha permitido presentar
el volumen Terrores de fin de milenio / del orden de la utopía
a las representaciones del caos, por la satisfaccion
de mostrar, por primera vez, el título más reciente
(que no el último) de mi colega y amigo, por el gusto de
referirme a un libro que en tanto objeto editorial es también
excepcional y por el placer intransferible de contemplar en su composición
gráfica los dibujos y pinturas de Henry Bermúdez,
a quien Víctor le dedica un valioso y esclarecedor ensayo
que -de paso- lo revela como un agudo crítico de arte.
"Como
en el libro de los seres imaginarios de Borges -dice Bravo-
los seres de Bermúdez, brotando, proliferantes desde
una proliferación incesante, convocan lo heterogéneo,
lo vegetal, lo animal, lo humano, para alcanzar su unidad en el
nudo de la contorsión: de lo selvático al bestiario
se establece un puente, una identidad, que es la del árbol
y la serpiente, la del caballo o el pájaro en un ámbito
imaginario donde lo divino se precipita en su vertiente monstruosa,
y donde el hombre se extiende o brota en la acumulación de
signos de lo fragmentario y lo erótico" (p. 98).
Con ese poder
de penetración y de síntesis, de comunicación
y finezas, están urdidas la escritura y las apreciaciones
que articulan los estudios y ensayos que componen la integridad
de este libro primorosamente impreso por los Talleres Gráficos
Universitarios de la ULA en su colección "El libro de
arena", que se inicia con este título.
Víctor
Bravo se sitúa en estos terrores de fin de milenio
"entre el rigor y la voluntad de estilo" para reflexionar
sobre el hombre y la palabra en obsequio a dos destinatarios privilegiados,
José Balza y Mónica Marinone, a quienes
dedica el libro, que ahora es de todos.
Entre la reflexión
aguda e imaginativa y el rigor erudito de la escritura académica,
el volumen está organizado en cuatro secciones: "Terrores",
sentido de la vida y la cultura, entre el derrumbe de un orden saturado
de certezas y la emergencia de un saber que pretende establecer
sus fundamentaciones sobre las articulaciones impredecibles del
caos convertido en objeto y poética posible de las ciencias,
precipitadas a través de los canales de la realidad virtual.
"Monstruos",
la segunda sección, navega entre los estratos de la imaginación
ancestral, tras las nociones de la estética y la ética,
tras la belleza y el mal. Entre el bestiario de Indias y los monstruos
del imaginario moderno se detiene en la recurrencia infinita de
Drácula, para hurgar en el cuerpo literario del vampiro,
en su imaginación. Para terminar la secuencia con un estudio
sobre los "Dones y miserias del lugar común", minuciosa
exploración sobre las formas verbales de lo previsible, que
luego se esfuman para dar lugar al insólito universo de "El
arte como sobrenaturaleza en Henry Bermúdez",
antes citado.
La sección "Límites" desborda su enunciado
con sus revisiones sobre "El lector ausente y sus avatares
bibliográficos"; con una exploración de las huellas
próximas y distantes de Colón y Humboldt
o en las elaboraciones teóricas sobre la heterogeneidad cultural,
la crítica, las vanguardias periféricas y las teorías
postcoloniales sometidas a la confrontación.
Por último,
"Discursos y personajes", la sección más
extensa de Terrores de fin de milenio, fluctúa entre
la rigurosidad de la semiótica y la creatividad penetrante
de la hermenéutica, sin abandonar la orientación de
consecuente estudioso de las tendencias filosóficas modernas
que ha caracterizado a todas las investigaciones de Bravo,
que aquí se desplaza con elegancia y fluidez entre la narrativa
de García Márquez y la poética de María
Zambrano, entre la heterodoxia semiótica de Umberto
Eco y la filosofía del lenguaje de Foucault y
Wittgenstein.
Con Terrores
de fin de milenio Víctor Bravo da continuidad y reafirma
la coherencia de su labor de ensayista, que en Rostros de la utopía
(1998) profundizaba en los vericuetos del pensamiento moderno en
la cultura de Occidente.
Tras la publicación
de esos dos títulos, consistentemente complementarios, Víctor
Bravo se consolida como uno de los investigadores más acuciosos,
destacados y fecundos de la crítica literaria y cultural
de nuestro país y de América Latina, en cuyos escenarios
es un habitante feliz del libro y la palabra.
Alberto
Rodríguez Carucci. Investigador ULA
Poesía
y profecía
Recién
ayer conocí al escritor Víctor Bravo, pero
después de haberle oído disertar de manera brillante
sobre "Magia y maravillas en el continente literario: realismo
mágico revisado" y de haber empezado el día de
hoy a leer su libro Terrores de fin de milenio / del orden
de la utopía a las representaciones del caos, me
parece que puedo asegurar que estamos frente a un escritor, pensador,
investigador y crítico literario de extraordinaria valía.
Se trata de un hombre que maneja a la perfección tanto la
palabra oral como la escrita. Claro, directo y profundo en su hablar;
convincente, poético, erudito y sabio en su escribir.
"La palabra
como el átomo, contiene en sí el universo. Y contiene
el cielo y el infierno; y el esplendor y la miseria". Así
inicia su libro Terrores de fin de milenio, en donde analiza
poética y proféticamente el pánico que se apodera
del ser humano en el fin de esta era, el fin del siglo XX. Pero
el hombre -nos dice Bravo- sabe que está hecho no
sólo de carne, huesos y órganos, sabe que está
hecho de palabras y que por la palabra adquiere el "prodigio
de la conciencia de la vida". Entre el silencio y el grito,
navega la palabra. Y de la palabra nace el libro. Cita a Mallarmé:
"El mundo existe para llegar al libro". Por el libro la
palabra se habita "desde la zona del silencio del ser".
¿No sentimos que a este pensador y crítico también
lo habita la poesía? Deleitoso manejo de una prosa que sin
dejar de ser exacta tiene el vuelo del canto. Bravo, a través
de la palabra y el libro (de sus palabras y sus libros) arriba al
universo, al propio y al de los demás. Y en los terrores
del fin de milenio observa, lúcido, que el hombre no recuerda
tanto la concepción judeocristiana del Apocalipsis, sino
se hace las preguntas cual si fuera un personaje kafkiano hundido
en el vacío, en el lugar en donde Dios se ha ausentado.
Y hasta aquí
la hechizante lectura que pude realizar esta mañana. Me esperan
otras páginas que saboreo desde ya como quien entra a un
luminoso universo, pleno de sabiduría y belleza. Porque no
cabe la menor duda: Bravo conoce a fondo el arte literario,
la estética, el pensamiento y la erudición aplicados
a la literatura.
No soy yo,
pues, la que presenta a este venezolano ejemplar, orgullo de su
patria. Son sus libros quienes lo presentan tal cual es. Mencionemos
unos pocos de los muchísimos que ha escrito: Los poderes
de la ficción, Magias y maravillas en el continente
literario y este que tan generosamente me obsequió ayer:
Terrores de fin de milenio: cuya lujosa y bella edición
-con ilustraciones del famoso dibujante y pintor Henry Bermúdez-
combina perfectamente con su contenido sagaz y deslumbrante.
Pero he de
decir también que Víctor Bravo es profesor
titular de la Universidad de los Andes, en Mérida (Venezuela)
y que ha sido profesor invitado de universidades nacionales, americanas
y europeas; merecedor de innumerables premios. Ha publicado en revistas
especializadas en diversos continentes y ha recibido altos reconocimientos
en su patria y en el extranjero.
Guatemala se
honra con la presencia de un visitante como Víctor Bravo.
Agradecemos a la Embajada de Venezuela haber hecho posible conocer
y escuchar a este alto valor de la literatura latinoamericana.
Margarita
Carrera. Poeta guatemalteca
Premio Nacional de Literatura
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N°
70 Aņo III
Caracas, sábad 02 de septiembre de 2000
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