Anima Mundi
El gallo
El animal emblemático de los franceses, el gallo, se presta a tener la más diversa significación según aparezca en una u otra mitología. De pleno representante del dios solar ser él la encarnación misma de Helios en algunos mitos, hay narrativa que lo asocia con los misterios del inframundo, la vida ctónica y la muerte. Penetrar en sus secretos y desgajar la riqueza de su potencia simbólica es la intención de este texto
Alejandro Obregón. Cantaclaro de noche, 1956
Ultimamente se vieron muchos gallos en los medios impresos en todo el mundo. "Footix" el animal emblemático del mundial de fútbol, el último torneo universal de este siglo, fue un gallito, con un diseño popularizado, "infantilizado" o caricaturizado (como suelen ser los iconos para estos grandes eventos deportivos, donde la psique del grupo entra en regresión a un estadio colectivo y primitivo) y con los colores de la bandera francesa. El gallo es el animal nacional de Francia, los franceses son "galos", eran el pueblo de los "gallos" cuando eran un pueblo "bárbaro". El gallo es un animal simbólicamente de mucha majestad y me dio algo de pena verlo caricaturizado tan tontamente, pero ciertamente, aun así, estaba representando allí el ímpetu de la violencia masculina ritualizada y contenida en un juego de carácter popular.
La asociación del gallo con el Sol por tanto con el principio masculino es más o menos universal ya que su vínculo con el astro es obvio. El es el heraldo de la luz y su canto se eleva al despuntar el alba anunciando la llegada del sol y la mañana. Su cresta roja es la cresta del guerrero y su pecho henchido es el plexo solar erguido y lleno de coraje e ímpetu del valiente. El gallo es virilidad, lo masculino, el valor. En el slang americano "cock", gallo, se usa para designar al órgano sexual masculino (el hecho de que en el español de por estas partes se le llame "huevo", un estadio primitivo de formación del "gallo", lanza mi pensamiento en una dirección un poco cómica) y de hecho en Grecia y Roma el gallo era un animal asociado a Priapo, el dios itifálico (el pequeño dios con un inmenso falo erecto, que a veces acompaña a Venus) y sagrado para Helios/Apolo, la deidad solar por excelencia, el Logos; y, por supuesto, también, para Ares/ Marte, dios de la guerra y principio de la agresividad y de lo masculino (conocido mejor hoy en la astrología). Aquí en Venezuela se dice que fulanito "es un gallito", refiriéndose a que un hombre tiene una disposición peleona o agresiva, y por supuesto esto está vinculado a las populares peleas de gallos, un "deporte", que más que deporte, es un rito muy antiguo que simboliza la batalla sagrada que es la vida y su misterio de enfrentamiento de fuerzas. En la iconografía budista, el gallo es uno de los animales en el centro de la Rueda de la Existencia, y representa al orgullo, una de las negatividades básicas que nos mantiene presos en el Samsara. Y el orgullo, el hubris griego, es ciertamente uno de los peligros espirituales del héroe (el principio masculino del Logos), el hombre de acción puramente racional, que en su enfrentamiento con la naturaleza o el inconsciente (lo femenino urobórico) siente que puede bastarse como principio para salvarse, olvidándose de que lo que busca es un equilibrio de fuerzas. Pero además, el gallo, en la antigüedad, era también un animal sagrado de Esculapio, el dios de la sanación y de Proserpina, la diosa del inframundo, y esto es importante saberlo pues se enlaza con otra línea de asociaciones simbólicas de este animal.
Es interesante que el gallo es, para los antiguos celtas, un principio ctónico, terrestre, atribuido a los dioses subterráneos de la muerte. Aquí en América tenemos una asociación oculta, que viene por la vía del sincretismo afroamericano, y que es un poco asombrosa. San Juan Bautista, la deidad del Solsticio de Verano, venerada por los pueblos de la costa con ritos bellísimos que incluyen el canto y el baile de tambores, tiene como su contraparte africana a Agayú, una deidad vinculada a la muerte, representada por un gallo negro. Esto es en principio incomprensible, sobre todo tratándose San Juan de la celebración del día más largo del año y del fuego del encuentro total de la diosa y el dios en la gran rueda cíclica vinculada a las estaciones. Es un día donde se celebra la consumación del amor. Pero, tal como lo apuntó Rowena Hill en su artículo sobre el solsticio (publicado en esta misma sección), este punto cúspide del año es también el momento en que comienza el descenso del dios a su inevitable sacrificio. Aquí cobra entonces un poco de sentido la asociación de San Juan tanto con el solsticio como con Agayú, el gallo negro. La imagen de San Juan, tal como se presenta en la iconografía visionaria, lo sitúa parado en la confluencia de las aguas del río Jordan, el río del renacimiento, y del mar, el destino del alma que tiene que morir para vivir para siempre. San Juan entonces se convierte en una deidad liminal, inframundana, que entiende el proceso cíclico de muerte y renacimiento. En este contexto también se puede entender cómo el gallo era un animal de Perséfone, la diosa del Hades, en su fase de primavera. El Sol, en su ciclo diario llega a su cúspide y comienza a declinar para luego descender al mundo subterráneo, al mundo de la Madre, donde sus poderes están inactivos, esperando ser parido otra vez por Ella, como lo vemos en las representaciones de la Nut egipcia, la Madre que es la bóveda celeste, que "da a luz" a Ra, el Sol, cada mañana. En estas tierras, en los ritos de santería y marialionceros, el sacrificio ritual del gallo y el uso de su sangre es un elemento usual, y pienso que es tal vez esta asociación del gallo con el Sol, ese sol que transita el mundo subterráneo en la noche y renace triunfante cada mañana, la que puede darle sentido a su sacrificio para que haga de puente entre los dos mundos.
En este fin de siglo, cuando el arquetipo de lo masculino está vulnerado y en proceso de cambio, esa imagen del gallo parado y atento en el límite mismo entre la sombra y la luz, los poderes de la razón y la intuición, lo receptivo y lo creativo, puede ser útil como imagen simbólica de una nueva masculinidad equilibrada. No el gallo de la pelea, sino el gallo vigilante que sabe vivir en los dos mundos.
Alicia Torres. Poeta. Estudiosa de las culturas orientales
[El Universal]
[Ágora]
[Búho] [Playball]
[Elecciones]
[Estampas]
[Radar]
[Record]
Copyright 1998, reservados todos los derechos.