Libros, Lecturas y Lectores El alma y el arte

El alma y el arte


Alma, arte y museología: tres temas que el Museo de Bellas Artes
presenta para la reflexión

 

La riqueza y la erudición son peligrosísimas,
la mayor parte de las veces sólo sirven de vehículo para
expresar la parte más vulgar de nuestro espíritu
y para revestirnos con ella siempre en detrimento de los otros…
Teresa de la Parra
Carta a Rafael Carías (19-10-1992)

Hubo una dificultad al comenzar a escribir estas notas y me pareció que tenía que ver con el tema, aun cuando se tratara de algo tan inocuo como el comentar una obra ajena. Recordé, entonces, un mito que habla de una herida, del sufrimiento que causa esa herida, de la hediondez y el rechazo que provoca. La acción se sitúa en Grecia en la época del sitio a Troya. Filoctetes, guerrero griego, poseía un arco infalible, regalo de Hércules. Camino a Troya desciende en una pequeña isla a rendir honores a los dioses locales, como lo exigía la costumbre. Al llegar al altar una serpiente le muerde en el pie. La herida se infecta, comienza a supurar y a provocar un gran dolor que le hacía dar gritos. El pus de la herida hedía fuertemente. Sus compañeros deciden dejarlo abandonado en otra isla. Estuvo allí muchos años. La misteriosa herida no se curaba. Mientras tanto los griegos, que habían perdido a Aquiles y Ajax, raptan al adivino de los troyanos para que les de un consejo. Este les previene: deben traer de vuelta a Neoptolemo, hijo de Aquiles y a Filoctetes. En este punto comienza Filoctetes, la tragedia de Sófocles.

En dicha tragedia Neoptolemo debe mentir para convencer a Filoctetes de abandonar la isla y las mentiras le son instiladas por Ulises, quien incluso, secretamente, sólo deseaba robar el poderoso arco. Sófocles nos presenta así un alma que en momentos de peligro (del ser propio y de la sociedad), juzga, decide, participa. Y es un alma conectada a un cuerpo enfermo. Pero a esa alma vieja de Filoctetes no la convence la astucia de Ulises, sino la paciencia y lealtad del joven hijo de Aquiles, virtudes que resaltan en la respuesta que da a Filoctetes cuando éste le pregunta "¿No te disgusta tanto mi mal como para impedirte llevarme en tu nave?". "Todo se hace disgustoso cuando eres falso con tu misma naturaleza y actúas de modo indecoroso". La herida de Filoctetes es arcaica, es un sufrimiento que provoca rechazo, exclusión, pero por misteriosas vías genera sabiduría, puebla el alma en ese momento único en el que el hombre está solo. Recordar este mito, sus resonancias, me pareció la única forma saludable de comenzar a lidiar con el tema y, además, de entrar por la puerta, como aconsejaba Confucio.

I
Reconocer que a veces en el erial de lo que llamamos "cultura venezolana actual", tan impregnada de perfumes y brillos que desean pasar por esenciales siendo tan sólo "paradura", se produzcan iniciativas como la del Museo de Bellas Artes con sus primeros tres títulos (Del alma y del arte, Arte y locura: espacios de creación y Temas de museología), de la serie "Reflexiones en el Museo", es algo que nos habla del país y de algunas de sus instituciones. No significa esto que debamos cantar loas y ensalzar. Sólo que algunos venezolanos sienten que deben cumplir su deber (sonará quizás como muy highbrow, pero es un deber que tiene mucho de eso que los griegos antiguos llamaban areté) y de la manera más entrañable posible. De eso conozco algo y por ello lo afirmo.

"Suele dar gritos la verdad en libros mudos", es frase de Lope de Vega que me parece ideal para abrir el primer libro de los tres que acabo de mencionar, cuyo autor, Víctor J. Krebs, profesor universitario, con postgrados en prestigiosas universidades extranjeras, acepta la influencia gratificante de las lecturas de Rafael López Pedraza e incluso de su conversación. Tuve el privilegio de asistir a muchas de las conferencias de López Pedraza en las que in statu nascendi su verba caribe ponía en juego imágenes (esto lo percibí más tarde) que sólo un poeta como Wallace Stevens (gerente, normal y, además, racista), hubo podido poner en verso.

Esas clases del analista López Pedraza tuvieron la curiosa fortuna, ajena a las intenciones del maestro, de ayudar a crear en la Escuela de Letras de la Universidad Central una suerte de retórica "almista" que no estaba exenta de ese brillo intelectual, de esa velocidad discursiva propia del especialista que no experimenta la auténtica emoción de quien trabaja con imágenes (ese "especialista en la lectura de imágenes" puede muy bien discernir la desdicha, el fracaso, el gozo, la aventura, en poetas y narradores, apuntando además hacia una cierta exquisitez del entendimiento). Dicha retórica se tornó superficial, sin tono ético, pues tanto servía para dar sustento al trabajo académico o para organizar el "poder intelectual": metas (¡hábrase visto palabreja más desalmada!) de una probable organización etérea de dicha escuela. Como era de esperarse López Pedraza no continuó con sus cursos y lo oído en viernes fue desalojado del alma.

Pero continuemos la lectura del libro del profesor Krebs. Un epígrafe de Seamus Heaney (que traduzco para beneficio de los lectores: "Espera entonces un gran cambio/ en lo más lejano de la venganza./ Piensa que una más lejana playa/ es más posible desde aquí./ Cree en milagros/ y curas y manantiales curativos" nos introduce al asunto de la obra: una revalorización del saber, del conocer, que se conecta con cualidades del alma ("condición en la que la inteligencia se alimenta y adquiere su sentido directamente de la emoción estética") como lo serían la lentitud e incluso las dificultades, reconociendo la desconexión del discurso brillante, agudamente analístico, de las oscuridades de la materia, de las emociones. El paso inicial de la danza podría ser torpe, pero el instinto y un golpe de cazalla despiertan el duende, que a veces duerme en los cuartos más escondidos de la sangre. Y es entonces cuando se produce cultura, se hace la imagen.

El profesor Krebs ubica el propósito de su esfuerzo: "muy distinto del científico o académico, que siempre pretende encontrar un modelo o una teoría que le permita clasificar las cosas para facilitar sus pretensiones prácticas, o para satisfacer sus necesidades totalizadoras". Desarrolla luego una teoría sobre la imagen y su capacidad de representación, su relación con las sensaciones (me extrañó mucho la frase "el cuerpo humano es materia más noble que el cuerpo de un ciervo", ¿será que todavía el indio no me permite aceptar ese absoluto?): materias más nobles generan imágenes más ricas, poéticamente hablando. Krebs entiende que revalorizar la materia nos puede hacer conscientes de la necesidad de "pensar (¿?) la imagen o la estructura inteligible de las cosas, no como el producto de una actividad de abstracción o representación de la mente humana, sino como el producto de la mutua actividad del cuerpo humano y la materia natural de los objetos que constituyen su mundo".

En el pensamiento occidental, según el autor, desde Platón, pasando por Descartes y confluyendo en el materialismo científico de la cultura tecnológica, se ha venido gestando una "muerte de la materia", olvido o desconocimiento "de su actividad misteriosa e irracional", de su "origen trascendente". Esa muerte ha permitido el desarrollo de la tecnología y el olvido del tiempo lento, de la torpeza, cualidad esta que Angel Ganivet describía así en el paleto: ese "que no sabe sentarse en una mecedora, entra en una catedral como en su casa y esa mujer que no acierta hablar en sociedad, canta como los ruiseñores". Recuerdo la experiencia que describió López Pedraza en su conferencia sobre García Lorca y el duende: el viaje en tren con un grupo de campesinos recolectores de uva cuyas conversaciones le hicieron reconectarse con Dionisos.

"Lo que nos asombra, como nos indica su etimología, es aquello que nos hace sombra": con esta frase de Krebs comienza una indagación sobre la pérdida de la imagen, centrada en unos versículos bíblicos del libro de Daniel, "de todos los profetas el más misterioso", en los que se relata la ceguera de Nabucodonosor ante la imagen que el profeta lee, "paradigma del fenómeno que en nuestra época Baudrillard ha llamado la obscenidad y transparencia de la imagen". Quizás no sea tan casual que el poeta Wallace Stevens se haya servido del mismo libro bíblico para trasladar en el poema "Peter Quincey en el clavicordio", recreación de la historia de Susana y los viejos, una teoría suya sobre la imagen, la música, la mentira (a ésta Stevens la llama "fictive music"), el conocer.

El ejemplo de Nabucodonosor, "carencia total de la humildad necesaria para acceder al sentido profundo de la imagen" (un poema de Shelley, "Ozymandias", ilustra en pocas líneas este asunto de la idolatría, su cercanía con el poder y la ceguera que origina: en un desierto un viajero encuentra dos enormes piernas de una estatua, un rostro enterrado en la arena y un pedestal en el que se lee "Yo soy el rey de reyes, miren mis obras y desesperen"), nos da la medida de la pérdida de la memoria, fenómeno anunciado, según el autor, por Walter Benjamin en La obra de arte en la época de la reproductibilidad técnica, donde el ensayista alemán, escribiendo en polémica contra el fascismo y contra ciertas teorías, sobre todo la de Georges Duhamel (quien abomina del cine, al que llama "pasatiempo para parias, disipación para iletrados"), opone "a la violacion de las masas" por el fascismo "la violación de todo un mecanismo puesto al servicio de la fabricación de valores culturales". No debe olvidarse que Benjamin, judío y comunista, siendo tan "auroral" en sus indagaciones permanecía anclado en el hábitat mental marxista, para el que la humanidad avanza hacia un progreso luminoso.

Krebs llama objetificación el trueque de singularidad ("la imagen como manifestación única e irrepetible") por homogeneidad, estereotipo. De modo que la raíz cultural del arte, su valor ritual, se desvanecería y el arte se definiría "no por una relación intuitiva, sino por la voluntad y la razón deliberativa e intencional del artista". Algo similar sucede en el ámbito de la literatura según lo refleja Platón en el Fedro y Rousseau en el Emilio, cuando este último exclama "Odio los libros, no enseñan sino a hablar de lo que se ignora". Las más recientes tecnologías (informáticas, editoriales) ensanchan la distancia entre un conocer ligado al cuerpo, a las emociones ("pan del alma", como decían algunos escritores medievales), y el tecnológico, en el que el aburrimiento, el apuro, originan una imagen sin cuerpo, "una situación en que el hombre está incentivado por fantasías que ya nada tienen que ver con sus necesidades reales, que en la velocidad en que aumentan sólo pueden propiciar la proliferación de discursos e imágenes superficiales, ajenas a las profundidades del alma". Esa situación de desmesura fue conocida por los griegos, quienes la llamaron hubris, y acarreaba un castigo de los dioses: volver a conectarse con la emoción "a través de una regresión... a lo instintivo-animal y lo biológico" (es el caso de Nabucodonosor).

Una anécdota de Robert Romanyshyn (no lo conozco, no puedo decir si es artista o escritor) nos traslada al ámbito del eco y a la "epifanía de los sentidos". La anécdota: el gesto de unos ancianos que le permiten el paso a Romanyshyn. Ello desencadena una serie de recuerdos, de memorias, que se convierten en eco (no olvidemos el contenido del mito griego: la ninfa que se prenda de Narciso quien no le hace caso y sólo escucha la parte final de sus últimas palabras). "Me parece que este eco integrador y transfigurador es de lo que se trata la experiencia estética, y que la Memoria, al igual que Eco, es capaz de establecer... una dimensión de sentido que enriquece nuestra experiencia sensible". La lectura de imágenes, afirma Krebs apoyándose en una afirmación de Wittgenstein y en el análisis que hace Heidegger del cuadro de Van Gogh Un par de zapatos, puede ser realizado por el pensamiento cuando da "expresión lingüística al proceso creativo del artista" y evade todo acercamiento intelectual al "mundo" de la obra.

En el arte conceptualista, según Krebs, la experiencia estética se tranforma "en una reflexión conceptual o intelectual, donde el sujeto del arte es el sujeto consciente e intencional, y el contexto de interpretación es la estructura social y cultural del artista". La memoria de Krebs se conecta con ciertas instalaciones (expresión última del arte conceptual): las del artista alemán Anselm Kiefer (nacido en 1945) y otra del artista venezolano Javier Téllez (nacido en 1969). Las de Kiefer son comentadas por López Pedraza en Anselm Kiefer: The Psychology of "After the Catastrophe" (A. K.: La psicología del "después de la catástrofe"). Sobre este punto el autor observa que es necesario distinguir entre la "mirada intelectualmente informada" que es capaz de "observar" las imágenes terribles ("sin detectar el abismo de la desconexión y la objetificación radical de su propio cuerpo") y la "mirada sensible que es capaz de hacernos sentir el horror" presente en las citadas instalaciones. Es decir, ver esas manifestaciones del arte moderno dentro de la locura de la que surgen en vez de construir brillantes teorías que le expliquen y las sitúen en el devenir de la historia plástica.

Krebs considera que la relación entre arte y alma que nos proporciona el mirar sensible es de las que ayudan a superar la polarización entre intelecto y cuerpo, entre alma y cuerpo, entre psique y materia corporal, entre experiencia e imagen, pero ese mirar exige humildad del conocimiento ante las cosas, un estado que sólo logramos cuando el arquetipo del "puer", energías del ego, veloces, inspiradoras de las fantasías de triunfo y de éxito, traslada sus velocidades al inconsciente para nutrir al arquetipo del "senex", el cual trasciende lo biológico y cuya dinámica se relaciona con el yo profundo, llamado "Self" por Jung.

El arte, en esta época de pérdida de la dimensión interior, pudiera servirnos de compensacion si nos abrimos "al difícil y doloroso cultivo de la interioridad para así lograr la transformación de la experiencia". Es ese dolor del que aprende Filoctetes, un dolor en el que lo dionisíaco actúa a manera del "daimón" socrático. Sólo que como telón de fondo del vivir actual están todas las fantasías del "puer eternus", haciendo que lo adolescente prevalezca como ideal social (éxito, "lifting", gimnasia, velocidad, informática, música sincopada). López Pedraza llamará "histeria hebefrénica" a este aparecer desmesurado del "puer", que en el caso nuestro da origen a una "cultura de la piñata".

El epílogo de este este ensayo "La forja del alma" cita unas "líneas soberbias" de Rilke y otras de un escritor (¿o crítico?) llamado Stanley Cavell. Las de este último concluyen así: "no (...) salvar al mundo a través del amor". Tengo mucho de paleto, por eso el lector encontrará esta lectura algo desapasionada, pues a mis "cinco y campesinos sentidos" apelan pocas palabras y muchas de ellas arcaicas, tradicionales, que poco comparten con las enrevesadas teorías de filósofos tudescos y sí mucho con lo elemental de esta "pobre lengua nuestra".

Douglas A. Palma. Poeta y traductor literario

 

 

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