WALTER
BENJAMIN A SESENTA AÑOS DE SU MUERTE
El último alegorista
Traer las cosas
del pasado hacia el presente y ponerlas en marcha sobre otro escenario,
en otro ámbito de lectura, fue quizá para Walter Benjamin
(1892-1940) una manera de reconstruir
los hechos vividos, de transformarlos y hacerlos corresponder con
las necesidades
del momento actual. De allí que Rafael Castillo Zapata, al
conmemorar
un año más de la "renuncia a la vida" del
filósofo alemán, lo descubra
como el alegorista que fue: un hombre contemplativo que, ante "una
cierta incomodidad crónica frente al mundo", descontextualiza
las imágenes que "emergen como ruinas de los estratos
de la memoria" y las ofrece como "respuesta alegórica
a la experiencia melancólica de la decadencia
y a la aporía moderna de la redención"

Foto: Gisèle Freund
Walter Benjamin "asumió
la actitud saturnina de quien cavila"
1. En
la entrada de los sonetos que escribió a la memoria de su
amigo Fritz Heinle, suicidado junto a su compañera
Rika Seligson, en 1915, poco después de haberse iniciado
la Primera Guerra Mundial, Walter Benjamin colocó
este fragmento de Hölderlin: "Mas cuando perece
/ aquel que poseía la mayor / belleza, de tal forma que era
su figura / un prodigio y los celestiales le habían / señalado
y cuando, en mutuo enigma eterno, / no pueden comprenderse el uno
al otro / aquellos que habitaron un día juntos / en la memoria,
[
]/ ¿qué sucede?". La muerte de Heinle
llenó de un terrible sentido estos renglones. Si entre 1915
y 1925 Benjamin escribió poemas para conmemorarlo,
el impacto nunca del todo superado de la desaparición del
amigo trajo como consecuencia radical y última la renuncia
a escribir, a partir de entonces, nuevas poesías: "En
la primavera de 1914 emergió agoreramente del horizonte la
'Estrella de la alianza', y pocos meses después había
guerra. Incluso antes de que hubiera caído la centésima
víctima, las causó entre nosotros. Mi amigo murió.
No en batalla
Siguieron meses acerca de los cuales ya no sé
nada. Pero en esos meses que yo había dedicado a mi primer
trabajo de cierta importancia, un ensayo en memoria de mi amigo
acerca de dos poemas de Hölderlin, todo cuanto aquél
había legado en materia de poesía llenó los
pocos huecos donde los poemas aún podían actuar en
mí en forma determinante. Dieron lugar a una figura distinta".
Si la muerte de ese que Ludwig Strauss consideraba "un
lírico enteramente puro" provocó en el joven
Benjamin semejante renuncia a la poesía, ¿qué
debería haber provocado en nosotros su renuncia a la vida,
cuando decide suicidarse, dejando en suspenso lo que, sin duda,
constituye una de las obras más raras, laberínticas
y aleccionadoras del siglo XX? ¿Somos conscientes del vacío
que deja? ¿Somos conscientes, por otra parte, de su legado;
ese que en el desbarajuste de los últimos años parece
que aparece como una anticipación crítica y desencantada
de tantas teorías indecididas y de tantas resemantizaciones
fatigosas como las que embriagan este entresiglo de galimáticos
bizancios?
2. Y pensar
que la muerte de Walter Benjamin pudo tal vez evitarse. Y
sin embargo, ¿no estaba destinado a morir del modo como murió?
Su fin resulta coherente para alguien que, como él, no dejó
de sentirse perseguido por un cierto demonio de la adversidad durante
toda su existencia. En muchos momentos decisivos, Benjamin
fue incapaz de cambiar "las condiciones de su vida aun cuando
estaban a punto de aplastarlo", como lo recuerda Hanna Arendt.
Quizás lo envolvía la indecisión propia de
los melancólicos, la acidia paralizante de los estupefactos.
Pero, como quiera que sea, fue esa predisposición fatídica
la que lo condujo a salir de París huyendo de un probable
bombardeo nazi para refugiarse en Meaux, uno de los pocos lugares
de Francia afectado realmente durante los primeros meses de la Segunda
Guerra Mundial. Fue ese mismo demonio, digo, el que lo llevó
a atravesar, en septiembre de 1940, la frontera entre Francia y
España con la intención de llegar a Lisboa y tomar
un buque hacia Estados Unidos; ese día preciso, España
decidió cerrar la frontera y enviar de regreso a los refugiados
provenientes de Francia, entre ellos Benjamin y el grupo
que lo acompañaba. Mientras aguardaba el traslado, en un
hotelito de Port Bou, Benjamin decidió suicidarse.
Las razones sobraban. En una carta para Theodor Adorno escrita
poco antes (el 8 de agosto de ese año) apuntó: "Espero
haberle dado hasta la fecha la impresión de haberme mantenido
sereno incluso en los momentos más difíciles. No crea
que ha cambiado nada de ello. Pero no puedo cerrar los ojos ante
el peligroso carácter de la situación. Me temo que
serán contados los que algún día puedan decir
que se han salvado". El, por supuesto, no pudo ya salvarse
a sí mismo. Su último mensaje, implacable por lo escueto,
es el melancólico epitafio de quien merecía, sin duda,
otra muerte: "En una situación sin salida, no tengo
otra elección que poner aquí un punto final. Mi vida
va a terminar en un pequeño pueblo de los Pirineos donde
nadie me conoce". Esto fue escrito en la antesala de la muerte,
el 25 de septiembre de 1940. Si no me equivoco, su tumba sigue siendo
un enigma en el cementerio de Port Bou, de cara al mar.
3. No hay un
solo momento en la copiosa correspondencia de Benjamin en
el que no deje su huella inquietante la expresión de una
cierta incomodidad crónica frente al mundo. "Vine al
mundo bajo el signo de Saturno -el planeta de revolución
más lenta, el astro de las dudas y las demoras-", escribió
en un apunte autobiográfico de 1933. Esta constatación
astrológica es, tal vez, la contrapartida mágica de
la seducción teórica que lo atrajo hacia el mundo
barroco alemán representado por el Trauerspiel del
siglo XVII. El también se vio puesto "en la existencia
lo mismo que en un campo de escombros formado por acciones a medio
terminar, inauténticas". En ese mundo pudo quizás
entender, como en un espejo abismado, su propia predisposición
melancólica. Como erudito, como contemplativo, como obsesivo
recolector de datos fragmentarios, cazador de citas, perdido en
el laberinto de alguna biblioteca (como, por ejemplo, la suya, mientras
pudo tenerla), asumió la actitud saturnina de quien cavila,
como en la célebre imagen de Durero, la mirada fija
"hacia las profundidades de la tierra". En un fragmento
de su Crónica de Berlín escribió lo
siguiente: "Quien trate de acercarse a su propio pasado sepultado
debe comportarse como un hombre que cava. Esto determina el tono,
la actitud de los auténticos recuerdos. Estos no deben tener
miedo a volver una y otra vez sobre uno y el mismo estado de cosas;
esparcirlo como se esparce tierra, levantarlo como se levanta la
tierra al cavar. Pues los estados de cosas son sólo almacenamientos,
capas, que sólo después de la más cuidadosa
exploración entregan lo que son los auténticos valores
que se esconden en el interior de la tierra: las imágenes
que, desprendidas de todo contexto anterior, están situadas
como objetos de valor -como escombros o torsos en la galería
del coleccionista- en los aposentos de nuestra propia clarividencia".
Esos restos descontextualizados que emergen como ruinas de los estratos
de la memoria constituyen la respuesta alegórica a la experiencia
melancólica de la decadencia y a la aporía moderna
de la redención. Benjamin construyó, en este
horizonte, su campo de maniobras teórico con el talante de
un alegorista: aquel que "extrae de aquí y de allá
un pedazo del fondo desordenado que su saber le pone a disposición,
lo combina con otro y prueba si se adaptan entre sí".
El resultado de esta combinatoria es, como parece obvio, impredecible.
Tal vez por esto, la obra que concibió como su proyecto más
ambicioso y que le ocupó la mitad de su vida -el libro sobre
los pasajes parisinos del siglo XIX- está marcada
por los fantasmas de la interrupción, la posposición
y lo inconcluso; orientada, como está, por el sueño
de alcanzar un procedimiento de escritura capaz de exponer sin mediación
interpretativa, a través de una cierta técnica de
montaje, la copiosa diversidad de imágenes, datos, detalles
y menudencias preciosas que constituyen el material acumulado durante
la investigación. Tal obra tenía que ser, pues, necesariamente
barroca, en el sentido en que él mismo lo definió
en el Origen del drama barroco alemán: "el fragmento
es el material más noble de la creación barroca. Pues
es común a las obras literarias de aquel período el
acumular fragmentos incesantemente sin un propósito bien
definido [
], a la espera permanente de un milagro".
4. Ese milagro
no se dio. Como dice Adorno, su "filosofía fragmentaria
se quedó en fragmento". Pero durante el proceso de acumulación
del material que estaba destinado a desplegar la lectura del siglo
XIX como alegoría de la modernidad, ese libro imaginario
-que se llamó Los pasajes de París. Una
fantasmagoría dialéctica; pero también
París, capital del siglo XIX, del que sólo
tenemos un esquelético exposé escrito en 1935; o muchas
veces, a lo largo de las cartas, simplemente Pasajes de París-
parecía una posibilidad que la propia manía del melancólico
preparaba como si estuviera bajo los efectos del sueño o
de alguna clase o subclase de embriaguez. Y el lugar de esa borrachera
fue, precisamente, París. El lugar donde el contacto con
los surrealistas, ya en 1927, y la lectura de libros como Nadja
o Le Paysan de Paris, así como las caminatas con Franz
Hessel por una ciudad que duplicaba a escala delirante el laberinto
del Berlín que callejeó en su infancia, lo impulsaron
a desentrañar el sentido escondido en los pasajes
ruinosos de la París del Segundo Imperio que aún sobrevivían
en el tiempo en que Aragon y Breton (y él mismo)
los recorrían admirados, reinventando la mitología
de esos arcaicos santuarios del comercio que funcionaban como acuarios
luminosos o como grutas encantadas donde la mercancía se
exhibía, en calidad de fetiche, como alegoría de la
caducidad, la repetición y el vacío:
"El pasaje
es la calle sensual del comercio, hecha sólo para provocar
el deseo. [
] en esta calle las linfas vitales se represan,
la mercancía prolifera a lo largo de las fachadas de las
tiendas, conectándose en nuevas y fantásticas relaciones,
como en un tejido ulcerado". Pero el sueño de Benjamin
era precisamente despertar de esa suerte de sueño; el sueño
narcótico producido por la fantasmagoría de esas mercancías
fetichizadas o hechizadas: desencantar las energías revolucionarias
depositadas en lo muerto, disolver lo mitológico en lo histórico.
Actuaba, una vez más, como alegorista. Y asumía, a
la vez, la actitud anacrónica del flâneur que
conoció leyendo a Baudelaire para proseguir la tarea
revolucionaria que el Surrealismo dejó en suspenso. Su muerte
dejó en suspenso también este intento, que era enorme.
Y quién sabe si ya no sea posible que otro alegorista, entre
nosotros, lo releve. Quizá sea, sí, Benjamin,
la última conciencia alegórica de la modernidad.
Rafael
Castillo Zapata. Ensayista y poeta

El Pasaje de los Príncipes
de París
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