Apuntes

LOS POEMAS DE ANTONIO TRUJILLO

El lugar radiante

Lamenta Igor Barreto que "tanta poesía se haya quedado a las puertas del lugar",
privada de alcanzar lo que allí puede revelarse, ajena al estremecimiento
que depara el paisaje que invoca el poeta Antonio Trujillo, o al que es convocado
por los árboles y por ese Dios tan próximo -prójimo y prolijo-, abierto al diálogo
que se escucha en los textos que por estos días anda escribiendo, sin dejar de tallar la madera, ni restarle tiempo a la "íntima veneración a los seres que pueblan su vida cotidiana"


Foto: Cortesía de la revista "Trapos y Helechos"
Calle San Rafael de San Antonio de los Altos, 1945

Uno de estos domingos, por la mañana, leí un breve poema del poeta francés Eugéne Guillevic donde decía lo siguiente: "No hay más allá / Donde curarnos del aquí". Este "aquí" no puede ser otro que la geografía por donde viajan nuestras interrogantes. Leyendo estos versos de Guillevic he soñado con la posibilidad de una antología de la poesía venezolana que partiera del inusual pero justificado principio del paisaje. Es así, que contamos con poetas del llano, como Enriqueta Arvelo Larriva; del desierto, como Luis Alberto Crespo o poetas de la selva húmeda como Vicente Gerbasi, y en el mismo talante boscoso, el poeta Antonio Trujillo.

Sólo un hombre acodado en las montañas, como Antonio, puede decir: "Todo el universo /es un campo de árnicas" (Taller de Cedro, p. 71). Sus poemas se adelgazan en su médula y delinean una realidad compuesta por los signos básicos de la vida: los pájaros, la niebla, los árboles, las flores y Dios, constituyen los cinco sentidos metafóricos de su poesía.

El pájaro y la niebla son entidades en movimiento que delimitan un lugar de inusual fuerza simbólica. Si el pájaro es la fragilidad del ser, arriesgada entre el follaje de los árboles: "Pobres pájaros / perseguidos desde el alba / hasta la noche" (De cuando vivían los pájaros, p. 69), la niebla encarnará tanto el misterio de la vida interior como el pasado que ronda la enramada: "Toda la niebla / viene de nosotros" (Vientre de árboles, p. 21) o "(...) aquí la niebla // es una hoguera blanca / que no incendia los árboles // es una tribu antigua / que regresa a la tierra". (De cuando vivían los pájaros, p. 47).

La niebla también imprime una luz muy particular al paisaje montañoso de los poemas de Trujillo: una luz blanca y difusa que lo devora todo y crea ciclos luminosos y sombríos.

Estas alternancias lumínicas nos hablan de un ritmo natural que comunica una prolongada sensación de armonía y serenidad. Como lector de poesía nunca quise pronunciar tanto la palabra "clima" y guarecerme bajo la sombra de unos poemas.

Los árboles y Dios conforman la unidad central de este paisaje, dúo doloroso y esplendente. Los árboles resumen la naturaleza vital de lo agreste. Su existencia equilibrada y su estoicismo ante la muerte que bellamente le prodiga la carpintería los convierten en una suerte de paradigma ético: "Lijar / es un acto sagrado // todo el daño / al árbol / se limpia / en ese instante // es / arreglar una muerte // hablar con él / mientras escuchamos / su última exigencia // lo hacemos / y algo nos convence" (Taller de Cedro, p. 21).

La referencia a un Dios que dialoga y acompaña piadosamente al hombre le confiere a esta poesía un rasgo distintivo. Quisiera contrastar este tratamiento de la imagen divina con aquel que encontramos en la obra de quien fuera uno de los principales exponentes de la generación del dieciocho en Venezuela, me refiero a Fernando Paz Castillo. El Dios de Paz Castillo es un ser distante con el cual es difícil comunicarse, muy semejante al Dios de los existencialistas cristianos, y tan apartado de esta figuración poética de Antonio que vive en el esplendor de una región llamada Gulima.

Quiero resaltar que esta imagen de Dios se entresaca de la lectura de los poemas de Antonio Trujillo. En ellos no encontraremos la inteligencia que aparta la sensorialidad. Lo que en verdad constituye un rasgo notable es su inocencia, su apertura al mundo más allá de las limitaciones del "yo" que suelen condenar al poema breve a un ejercicio excesivamente intimista. Y esta defensa de la inocencia es tan oportuna en estos tiempos donde -al decir de Dostoievski- "todo incremento de civilización corresponde a un incremento de crueldad".

Pero más allá de lo señalado, la poesía de Antonio Trujillo está centrada en la exploración del lugar como categoría estética y humana. La idea del lugar refiere unos objetos particulares, un lenguaje y una forma de ver el mundo. "Gulima", "Vientre de árboles", "Alto de las yeguas", "la carpintería", para nombrarlos en el orden en que aparecen en su obra, son los lugares desde donde el poeta realiza su esfuerzo cosmogónico y sus hallazgos en la palabra.

Se trata, ante todo, de lugares radiantes, no sólo por la transparencia y la luminosidad del mundo que nos entregan, sino también por su aliento religioso, de íntima veneración a los seres que pueblan su vida cotidiana.

Qué lástima, que tanta poesía se haya quedado a las puertas del lugar, negándose a la posibilidad del conocimiento guardado en su interior.

En este sentido aprendo el sabio reclamo que implican los poemas de Antonio.

Igor Barreto. Poeta

N° 73 Aņo III
Caracas, sábado 23 de septiembre de 2000
 
 
 
Apuntes
El lugar radiante
(Igor Barreto)

Reseña
Tío Veneno
(Isaac Chocrón)

 

Trazos
Nada humano le hes ajeno
(Marta de la Vega)

 

Libros, Lecturas y Lectores
Un cambio de sensibilidad
(Mercedes Roffé)

Borges como profesor
(Fernando Báez)

 
 

 

http://www.eud.com/verbigracia http://www.eud.com/verbigracia http://www.eud.com