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Libros,
Lecturas y Lectores
PUBLICACIONES
ALTERNATIVAS
Un cambio de sensibilidad
Y también
un cambio de percepción se suscitó en Mercedes Roffé,
artífice del sello Pen Press, luego de transitar la historia
de la editorial minúscula o de las llamadas "publicaciones
alternativas", ora como lectora, ora como cómplice de
algunos proyectos que le recuerdan
"los cuadernillos que armaba Emily Dickinson con sus propios
poemas". Con el formato de plaquette
la poeta y traductora ha editado a la argentina Luisa Futoransky,
a la española Marta López Luaces y otras firmas que
le seducen, tejiendo una red de voces nuevas

Emily Dickinson cosía
sus libros
La
primera plaquette de Pen Press, que luego pasó a funcionar
como una especie de "número cero" salió
hace poco menos de dos años, como modo de presentar un material
inédito en un "Encuentro de Traducción"
y de disponer de algunos poemas en inglés en una lectura
bilingüe. De algún modo Pen Press se había fundado
unos meses antes. Como Roma, quedó fundada por un acto de
habla, no de Eneas en su visión del Empíreo, sino
en una caminata con Francine Masiello por la calle Amsterdam,
en uno de sus viajes a Nueva York; una caminata en la que Francine
adivinó o se adelantó a mi deseo de iniciar un pequeñísimo,
modestísimo, proyecto editorial.
En el viaje
siguiente, a las flamantes ediciones de The Heart de Kathleen
Frazier y The Lion Bridge de Michael Palmer, el
regalo incluía el catálogo completo de editoriales
pequeñas y sus distribuidoras en Estados Unidos, dos números
de la revista Inscape, y varios títulos de Instress,
una de las ochenta o noventa "tiny presses" o "editoriales
minúsculas" que han venido a sumarse, en los últimos
años, a las llamadas "pequeñas editoriales",
muchas ya completamente establecidas, como Sun & Moon, New Directions
o City Lights, por nombrar las más importantes.
Los libritos
de Instress, de cartulina en colores pastel, no muy bien
guillotinados, pero sobrios y elegantes, con los nombres de Keith
y Rosmarie Waldrop, Ray DiPalma y Norma Cole que Francine
me traía de San Francisco, se hermanaban, de algún
modo, a otras publicaciones similares que a lo largo de ese año
me habían ido dando o mandando otros poetas: una bellísima
plaquette de una sola hoja impecable, de Anne Waldman
y Andrew Schelling, editada desde una dirección sospechosamente
cercana a la de su casa en Boulder, Colorado; otra publicación
pequeñísima, ominosamente fotocopiada, de Jerome
Rothenberg, titulada The Leonardo Project. En el colofón
se explicaba que se trataba de 10 + 2 poemas visuales, encargados
para la exposición A Supper with Leonardo, en Florencia,
originalmente en un formato de 18 x 24 pulgadas, "reproducido
en este tamaño por J. Rothenberg, en San Diego, California,
sin fines comerciales, para regalárselo a los amigos a quienes
pudiere interesarles".
Pocos meses
antes la Biblioteca Pública de Nueva York había presentado
una exposición de las primeras editoriales pequeñas,
que empezaron a publicar entre 1960 y 1980; una muestra de las varias
decenas de revistas y sellos editoriales que configuraron una revolución
literaria que se conoce ahora con el nombre no de una escuela ni
de un programa estético, sino del sistema de producción
que la hizo posible: la revolución del mimeógrafo,
en la que participaron los sellos que hoy en día son algunos
de los más importantes en materia de poesía, como
el ya citado New Directions, Burning Deck o Black Sparrow, revistas
como The World, Telephone, y However, y poetas como
Ginsberg, Jackson McLow, Alice Notley o Lin Hejinian.
"Nada
nuevo" -dirán muchos- y tendrán razón.
Publicaciones alternativas hubo en la Europa y la Latinoamérica
de las vanguardias. Algunos, incluso, prefieren remontar su origen
a las autopublicaciones de Whitman, que él mismo diseñaba,
financiaba y reseñaba. Otros, en cambio, preferirán
recordar los cuadernillos que armaba Emily Dickinson con
sus propios poemas, y cosía ella misma por toda encuadernación.
Yo incluso prefiero irme aún más atrás, y pensar
en una idea que creo nunca llegó a realizarse mas que en
la mente de un poeta. En la España de Carlos IV, José
Cadalso -sí, ese nombre tan siglo XVIII, tan escolar-
describía lo que sería para él la edición
ideal de sus Noches lúgubres: un libro con páginas
negras, impreso en amarillo. Era el principio de otra revolución.
A veces, en cambio, terminando de revisar si algún que otro
librito de Pen Press quedó como es debido, me viene a la
memoria esa línea de Catulo, en la que habla de su
nuevo "libellum", elegante y pulido "con piedra
pómez".
Una larga historia,
como se ve. Una larga historia y lo que de pronto llamo, de mi parte,
"un cambio de sensibilidad, de percepción", me
hizo en un momento ver, entender, la belleza y el sentido de este
tipo de publicaciones que hacía tanto tiempo habían
estado allí, como The Leonardo Project, "para todos
los amigos a quienes pudiere interesarles".
Nada nuevo,
es verdad. Las plaquettes de California y Boulder fueron
a unirse en la biblioteca a tantas que allí las esperaban,
más cercanas probablemente a muchos de los que estamos hoy
aquí: La soga de Irene Gruss, en la edición
de Plaquetas del Herrero, de Córdoba; varios números
de El Soplo y el Viento, y de Ediciones delanada, de Santa Fe; los
poemas de Neus Aguado y de Andrés Sánchez
Robayna, publicados en Barcelona por Café Central;
Ciudad irrenunciable de Ana Rosetti, en la colección
de Aula Poética Inca Garcilaso; las dos antologías
de La maja desnuda, editadas por Nidia Hernández
en Caracas; los poemas de Walcott en traducción de
Verónica Zondek publicados por Ediciones Bajo el Volcán,
de Chile, y antes, aún, los sobres de La rara argentina,
editados en Buenos Aires por Bárbara Belloc y Teresa
Arijón. A la serie se unirían pronto el bellísimo
número 4 de tse-tse y las separatas de Vox
de Bahía Blanca. Los libros de las colecciones Siesta y El
mate estaban allí cerca.
Los que vimos,
a lo largo de quince o veinte años, formarse catálogos
como los de Ultimo Reino y Tierra Firme (de Argentina), Pequeña
Venecia (de Venezuela), Cuarto propio o LOM (de Chile); los que
vemos articularse más recientemente catálogos como
los de Bajo la luna nueva o la Red Internacional, sabemos que heredamos
de ellos un modelo y una función: establecer y promover vínculos
en los márgenes del mercado o, mejor dicho, dentro de él,
ya que es el mismo mercado el que establece las pautas de los grandes
circuitos comerciales, el que crea sus propios intersticios, sus
propias condiciones y limitaciones. No es que la editorial minúscula
esté ahí aspirando a convertirse, pronto, en una "Pequeña
Editorial". Eso sería (ignorar el propio "orgullo
de la editorial minúscula") y perder de vista lo que
realmente podría aportar, que no sino procurar y acelerar
un intercambio intelectual y estético, que siga un ritmo
no muy diferente al de la amistad, la afinidad, el azar y las coincidencias.
No se trata del paliativo de ninguna imposibilidad. Se trata de
la alegría de transitar por un circuito simultáneo
y paralelo, que supone y dialoga con las formas más establecidas
de difusión.
Mercedes
Roffé. Poeta y traductora
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