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Libros,
Lecturas y Lectores
Borges
como profesor
Con un método
que le valió el "desprecio de sus colegas universitarios",
Jorge Luis Borges dijo no haber enseñado Literatura Inglesa,
sino el amor a esa literatura. Estas palabras publicadas en la revista
Plural de México las revive Fernando Báez frente
a Borges el profesor, libro recientemente editado en Argentina
que recopila las clases del maestro que conservaran sus alumnos,
y en cuyas páginas se hace evidente "el hedonismo literario
y no el rigor semiótico defendido por Borges de modo sistemático"

Foto: Ferdinando
Scianna
Jorge Luis Borges, un profesor "atipico"
y "revolucionario"
"Borges
en Multicolor", "Borges en el Sur", "Borges
en El Hogar"
No podía faltar a esta lista mitológica
"Borges profesor" (2000), una de las recopilaciones más
felices que recuerde de las clases de maestro alguno. Las de Nabokov
sobre literatura rusa son tan minuciosas que al cabo de ciertas
páginas el tema no interesa y el lector se entrega a la discusión
de ropas, mobiliarios y tesis psicológicas heterodoxas. Las
de Borges, en cambio, que ahora podemos leer gracias a la
devota labor de Martín Arias y Martín Hadis,
dos jóvenes escritores argentinos, son sesgadas, inexactas,
digresivas, genéricas, pero entusiastas y, por sobre todo,
fascinantes.
Borges,
en su Autobiografía, dice que en 1956 recibió "una
nueva satisfacción (recordemos que en 1955 fue designado
director de la Biblioteca Nacional), al ser nombrado en la cátedra
de Literatura Inglesa y Norteamericana de la Universidad de Buenos
Aires. Otros candidatos habían enviado minuciosos informes
de sus traducciones, artículos, conferencias y demás
logros. Yo me limité a la siguiente declaración: 'Sin
darme cuenta me estuve preparando para este puesto toda mi vida'.
Esa sencilla propuesta surtió efecto. Me contrataron y pasé
doce años felices en la Universidad". Hay numerosas
anécdotas de sus lecciones; su método, que le valió
el desprecio de sus colegas universitarios (pues no aplazó
a ningún alumno nunca), está resumido en una declaración
que dio a la revista Plural de México: "Creo
que uno sólo puede enseñar el amor de algo. Yo he
enseñado, no literatura inglesa, sino el amor a esa literatura.
O mejor dicho, ya que la literatura es virtualmente infinita, el
amor a ciertos libros, a ciertas páginas, quizá de
ciertos versos [...]". En 1966, diez años después
de su nombramiento, dio un curso completo, en veinticinco clases,
sobre literatura inglesa, y por supuesto, los alumnos guardaron
copias mimeografiadas de sus palabras. Hoy, al encontrarlas en Borges
profesor, he sentido algo que no sentía desde la lectura
de Borges oral: hablo de una especie de felicidad demorada.
Borges
profesor puede crear dependencia: aseguro que comencé
a leerlo hace dos o tres meses y sólo la rutina del tiempo
me ha dejado abandonado en las páginas finales, que incluyen
un apéndice donde el lector puede encontrar, por primera
vez en español, traducciones directas de la antigua poesía
anglosajona. Borges dedicó siete lecciones al estudio
de la poesía inglesa de los inicios, y la razón, que
sigue confundiendo a cientos de profesores de esta materia, es que
había encontrado un filón olvidado de la épica
que le proporcionó numerosos momentos de alegría.
Increíblemente, en la octava lección ignora a Shakespeare,
a Marlowe, a Donne y aborda, en cambio, la vida y
obra de Samuel Johnson. El resto de las clases, que obligan
a releer a autores que creíamos parte pasada de nuestra juventud,
se refiere a Wordsworth, Coleridge, William Blake, Thomas Carlyle,
Dickens, Robert Browning, Dante Gabriel Rossetti, William Morris
y finalmente Stevenson. El hedonismo literario y no el
rigor semiótico (tan en boga en estos decepcionantes años)
fue defendido por Borges de modo sistemático. Hay un pasaje
hermoso en el cual Borges habla de Johnson: "Ustedes
me perdonarán esta digresión, pero la historia es
hermosa". El juicio de una obra es casi siempre apelativo,
no derivativo. Está tan interesado en crear una fascinación
que recuerde el agrado que le produjo leer un libro o un poema,
que llega incluso a presentar una imagen esquemática que
proporciona un encanto inédito a textos poco gratos como
The ring and the book de Robert Browning. El descaro
también está presente en las páginas de Borges
profesor: dice que si Browning hubiera sido narrador
en lugar de poeta hubiera escrito la moderna novela europea, pero
que perdió su talento haciendo poemas (sic); en otra parte
insiste en que el Beowulf tiene una fábula "mal
inventada". En todo caso, Borges insiste en ir directamente
a los libros y no a los libros sobre esos libros, que pueden ser
más o menos brillantes, pero que nunca van a poder reemplazar
una confrontación directa.
Borges profesor,
a mi juicio, como Siete noches y Borges oral, configura de
un modo determinante la imagen de un Borges que estaba más
interesado en conversar, como su amigo Macedonio Fernández,
que en transmitir fechas y métodos. Su actitud como profesor
es atípica y, por conservadora, revolucionaria: en el origen
de las universidades, eran los alumnos los que buscaban a los maestros
para leer juntos a autores como Aristóteles o Hipócrates
y la lectura compartida era el mejor modo de aprender. Borges
creyó que ser docente era ser decente; es decir, ser honesto
consigo mismo y no con una institución abstracta cuyos principios,
por lo demás, raras veces dejan en la mente de un lector
o estudiante el contenido esencial de un volumen maravilloso que
puede transformarse en una suerte de talismán personal.
Fernando
Báez. Poeta y ensayista
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