EL
SIGLO XXI LE ABRE
LAS PUERTAS QUE EL XX LE NEGARA
Machado en tierras de Shakespeare
Pese al olvido
al que fuese sometido por parte de los representantes
de la "modernidad", Antonio Machado encuentra hoy un espacio
en la tierra de uno de los más grandes poetas de Europa:
Shakespeare. Don Paterson -de origen irlandés -ofrece el
"mejor homenaje que se le ha hecho" al sevillano en otra
lengua, con la edición de The Eyes,
celebrada aquí por Alejandro Oliveros: "el resultado
es uno de los volúmenes
más notables de la reciente poesía anglosajona".
Un libro que, en palabras del mismo Paterson -leídas en el
epílogo que incorpora al texto- constituye una versión,
no una traducción de los poemas
de Machado, pues -dice- se trata de "restaurar la luz, el color
y la perspectiva",
no mostrar "instantáneas en blanco y negro del original"

Foto: Archivo
Antonio Machado, excluido de las filas de la modernidad
A Gustavo Díaz Solís
A
pesar de su grandeza, una grandeza apenas comparable a las de Rilke,
Eliot o Perse, la poesía de Antonio Machado
no fue favorecida por los defensores de la modernidad. Toda estética
es una falacia y la estética de la modernidad ilustra mejor
que ninguna la afirmación. Sus criterios, reconsiderados
desde el zaguán del siglo XXI, parecen ahora menos brillantes
que inconsistentes y, casi siempre, menos lúcidos que ridículos.
En artes plásticas, por ejemplo, la calidad, en buena parte,
consistía en confesarse continuador de Cézanne
y admirador de los maestros cubistas. El abstraccionismo era un
heroísmo y la figuración una postura digna de lástima
o menosprecio. Lo mismo ocurría con la música. La
disonancia era sinónimo de virtuosismo y lo que en Schönberg
y Stravinsky, Berg y Nono, Cage y Stockhausen,
era un recurso ineludible, en sus numerosos seguidores se convirtió
en ruido, chirriar de bisagras oxidadas, cristales rotos, chapoteo
y gesto estéril. Una toma de electricidad era más
apreciada que un Amati y el machacar de un martillo más
elevado que la nostalgia de un oboe.
Una de las
certezas que le enajenó a Antonio Machado la simpatía
de los poetas del novecientos, fue su convicción de que la
esencia de la poesía radicaba en su necesidad del "mundo
de los otros", eso que llamaba "la colaboración
del Tú". Fue enemigo de esteticismos huecos y barroquismos
fingidos. La oscuridad, como criterio estético, le pareció
siempre tan vacía como una ánfora rota. La poesía
es cosa cordial, conversación con alguien que lee y responde
en silencio desde algún lugar del planeta. A pesar de su
admiración por Mallarmé, Machado supo hacerle
reparos cuando lo creyó oportuno. Son casi los únicos
que se le hicieron al gran santón de la rue de Rome:
"En su lírica, y aun en su preceptiva, se advierte la
creencia supersticiosa en la virtud mágica del enigma. Esta
es la parte realmente débil de su obra. Crear enigmas artificialmente
es algo tan imposible como alcanzar las verdades absolutas".
Tales opiniones no eran, seguramente, las más adecuadas para
estimular la admiración por parte de los representantes de
la "modernidad". Machado escogió en su madurez,
con terquedad andaluza, mantenerse en la otra orilla. Desde allí,
en solitario, observó mejor las aguas del río de la
vida, que es lo que en verdad importa. La estética de la
oscuridad es una estética del onanismo y la precariedad:
"Sólo un espíritu trivial, una inteligencia limitada
al radio de la sensación, puede recrearse enturbiando conceptos
con metáforas, creando oscuridades por la supresión
de los nexos lógicos. Silenciar los nombres directos de las
cosas, cuando las cosas tienen nombres directos, ¡qué
estupidez!".
Con la misma
persuasión, advirtió Machado sobre los riesgos
de todo imaginismo. En lo que coincidía con Pound,
cuando cuestionó los fundamentos de la teoría imaginista
que había contribuido a fundar. A propósito de un
libro de Huidobro, escribió algunas notas que no podían
sino resultar antipáticas a sus lectores más jóvenes:
"Son tantas y tan fáciles las objeciones que pudiéramos
hacer a una lírica que sólo se cura de crear imágenes,
que casi me inclino a prescindir de todas ellas, pensando que de
puro obvias se habrán presentado con sobrada frecuencia a
la reflexión de los nuevos poetas". Lo que criticaba
no era el empleo de las imágenes en poesía, sino una
poesía que no quisiera ser más que imágenes.
Sin nombrarlos, Machado tenía en mente a los representantes
de modos como el Dadaísmo y el Surrealismo. No creo que André
Breton se hubiese interesado alguna vez en Machado. Sin
embargo, su pobre español era suficiente para entender que
su poética de las asociaciones difícilmente podía
estar más enfrentada a la del poeta de Campos de Castilla.
Breton nunca mencionó a Machado en sus escritos.
Pero esta actitud fue prolongada y extremada por sus seguidores
en todo el mundo. En Latinoamérica, alguien que una vez fue
vanguardista y siempre sordo, diría una vez: "No sabía
que Machado tenía un hermano poeta".
Recuerdo que
la primera discusión literaria en la que me vi involucrado
fue sobre Antonio Machado. Hacia 1968, me encontraba con
algunos poetas amigos en el recordado, así sea por ingrato,
Bar- restaurante "Camillo", en Sabana Grande. En un momento
de la conversación, se me ocurrió recordar las bondades
de la poesía de Machado y la conveniencia de releerlo.
La respuesta no se hizo esperar. Mis compañeros de mesa se
habían distinguido, a comienzos de la década de los
sesenta, por la beligerancia con la que habían defendido
la vanguardia en nuestro país, después de diez años
de silencios y oscuridades. No les parecía pertinente mencionar
en aquel momento a alguien tan "anticuado". Hay que leer
a Rimbaud y Lautréamont, sentenció uno
de ellos, como si ese fuera el remedio a todos mis males. Ni siquiera
una palabra de solidaridad por parte de los que sentía más
próximos a mí en términos de amistad. No parecía
fácil estar de acuerdo con alguien que se distraía
con la lectura de los poemas de Machado. "Hay que leer
a Rimbaud y Lautréamont". Amén.
Machado
en Inglaterra
De todos los poetas ingleses del siglo XX, tal vez haya sido Thomas
Hardy el que más coincidencias ofrezca con Machado.
Poetas de "provincias", que nunca abandonaron los metros
tradicionales. Profundamente reflexivos ambos, sin mayores razones
para ser optimistas y admiradores incondicionales de Virgilio.
Como Machado, Hardy fue preterido por el entusiasmo
moderno. W.B. Yeats era el modelo, el más grande poeta
de la lengua inglesa. Tal como supuestamente lo era Juan Ramón
Jiménez de la castellana. Apartados en la "paz de
sus desiertos", Machado y Hardy vieron cómo
pasaba este siglo "deshonesto", con sus histerias y genocidios.
Se ocuparon de los "grandes temas" a través de
sus expresiones más modestas. Siempre he leído a Machado
cuando leo estos versos de Hardy:
Algo yace
en el campo, en algún sitio,
confiada a la tierra ciega y olvidadiza,
algo que estimuló en un poeta la profecía,
un poco de polvo invisible y abandonado.
El polvo de la alondra que escuchó Shelley
y que inmortalizó desde entonces,
aunque sólo vivió como los otros pájaros
sin saber que sería inmortal;
vivió su mansa vida y un día cayó,
una pequeña bola de plumas y huesos:
y cómo murió, cómo cantó cuando
se despedía, nadie lo sabe.
Sólo,
en la provincia silenciosa, se le puede ocurrir a un poeta dedicarle
unos versos a un pájaro que, cien años antes, fuera
celebrado por otro poeta. Machado, desde sus soledades de
Soria, cantó con igual compasión a los locos, las
moscas, trenes, encinas y olivares. Siete meses después de
la muerte de Machado en su exilio de Collioure, Auden escribe
su memorable elegía, no al español, sino al irlandés
W.B. Yeats, que moría también ese año.
Algunos de sus versos, sin embargo, parecen pensados para el viejo
poeta de Los complementarios:
En esta pesadilla
de la sombra,
todos los perros de Europa ladran,
y las naciones vivientes acechan
secuestradas en sus odios:
la vergüenza
intelectual
nos mira desde cada rostro humano
y los mares de la piedad
se hielan en todos los ojos.
Sigue, poeta,
sigue derecho
hacia el fondo de la noche,
con tu voz que nunca ordena
persuádenos de ser alegres.
La fortuna de
estos dos incómodos, Hardy y Machado, cambiaría
de manera notable a finales del siglo XX. El autor de Jude iba a
ser reconocido como el verdadero maestro de la lírica británica
contemporánea por talentos como Philip Larkin y Donald
Davie. Machado, por su parte, comenzó a ser leído
y comentado dentro y fuera de España. En Inglaterra, en 1983,
apareció una antología de sus textos, Landscapes
of Ilexs (Campos de encinares), al cuidado de Charles
Tomlinson. Pero habría que esperar hasta el último
año de esa centuria ingrata para que se publicara, también
al otro lado del canal, el mejor homenaje que se le ha hecho a Antonio
Machado en otra lengua: The Eyes, de Don Paterson
(Faber, 1999).
"En Los
ojos, Don Paterson ha utilizado la obra del gran poeta
español Antonio Machado para crear lo que se puede
llamar un retrato espiritual". Sólo nos enteramos al
leer la portadilla, donde se nos dice que se trata de una "Versión
de Antonio Machado", puesto que la carátula de
Faber se limita a exponer: Don Paterson, The Eyes.
Sólo en un país con la más ilustre de las tradiciones
poéticas se puede hacer algo semejante. En una oportunidad,
Goethe confesó que su fortuna era no haber nacido
inglés. Con tantos y tan excelentes poetas detrás
de él no habría podido llevar a cabo su proceso fundador.
En otras latitudes, la española en primer lugar, lo de Paterson
se hubiese considerado un vergonzoso plagio. En Inglaterra, y esta
es una de las razones que explican la calidad de su lírica,
la traducción creativa debería ser una de las prácticas
más envidiadas. En la edición definitiva de las Obras
completas de Chaucer, la del profesor F.N. Robinson
para la Universidad de Oxford, se incluye The Romaunt of the Rose.
Sólo en la introducción al texto se nos revela que
se trata de una versión al inglés de Le Roman de
la rose. En el ilustre siglo XVIII, después de haber
publicado su traducción de la Odisea, Alexander
Pope fue saludado por uno de sus lectores en la calle: "Bello
libro Mr. Pope, pero no diga que es de Homero".
En
el siglo XX, este ejercicio fue legitimado de manera brillante,
no por un inglés, sino por el norteamericano Ezra Pound.
Su Homenaje a Sexto Propercio es uno de los mejores poemas
de la lengua. No obstante, es poco lo que, "literalmente"
en el texto, no sea de Propercio. Aun así, pocas obras
más poundianas que el Homenaje. Con este soberbio
antecedente, los poetas de habla inglesa de nuestro tiempo se han
dedicado a prolongar el modelo de Pound. Sería insensato
recordarlos a todos. Nos debería bastar con Robert Lowell,
cuyas Imitations, uno de sus volúmenes que creo más
permanente, son una selección de sus traducciones, desde
Horacio a Pasternak. Pero incluso más lejos
llegaría Lowell en la práctica de la "imitación".
En la edición de Notebook, 1970, encontramos unos
versos que deben resultarnos familiares: "The dark swallows
will doubtless come back
/ but those that stopped in flight
to see your beauty / and my good fortune
/ as if they knew
our names / they will not come back". El título del
poema, "Volverán", no dice nada a los lectores
anglosajones. El gran poema de Bécquer fue "utilizado"
por el norteamericano para escribir uno de sus textos más
preciosos. En ediciones posteriores al soneto de Lowell corresponderá
otro nombre, "Will not come back". Nada de Bécquer
por ninguna parte.
El caso de
Paterson es distinto. Más ambicioso, más devoto.
Y más respetuoso. Al final de Los ojos, el poeta de
origen irlandés, nacido en 1963, incorpora un epílogo
donde se extiende sobre los objetivos de su empresa. Se nos dice
que los "poemas son versiones, no traducciones". Y se
hace bien cuando se recomiendan las traducciones de Alan Trueblood,
las cuales, si bien "no son poesía", al menos dan
una buena idea de la poesía de Machado en su "superficie".
No se aclara si el autor de la nota, el mismo Don Paterson,
avala la opinión de Robert Frost, lapidaria, cuando
señalaba que "poesía es todo lo que queda fuera
en la traducción". Recuerdo a Frost porque, más
adelante, en su epílogo, Paterson afirma que "un
poema es tan traducible como una pieza musical". En una ocasión,
hablando de lo mismo, un alumno me decía que las suyas no
debían ser consideradas como traducciones sino como arreglos
musicales. De acuerdo con Paterson, las traducciones literales
"son instantáneas en blanco y negro del original. Pero
una 'versión' -no importa cuán subjetiva- se impone
restaurar la luz, el color y la perspectiva". Paterson
trata de ilustrar su búsqueda con una imagen ingeniosa: "El
castellano de Machado no es inglés, por esa razón
estos poemas son algo así como transcripciones para piano
de música para guitarra". Arreglos, se podría
decir.
Los poemas
de Paterson son versiones de Machado que han sido
consideradas, en inglés, como "poesía original".
Las razones son, o deberían ser, claras. Nunca, en el idioma
de Chaucer y Shakespeare, las palabras habían
sido dispuestas, para bien o para mal, de esa manera. Su musicalidad
es nueva, como lo son muchas de las imágenes que se incorporan
a los textos de Machado. Paterson reconoce que comparte con
el sevillano una misma visión del mundo, de la poesía
y la religión. Son "parentescos y afinidades",
como diría el autor de Fausto. En sus mejores momentos,
y no son pocos, Paterson es Machado en una calle de
Picadilly o de cualquier ciudad inglesa. Y detrás de las
notas que se escuchan del piano, adivinamos el cordaje de la guitarra
y el duro sol de los campos de Castilla. En "Los ojos",
el texto que da título al libro de Machado, en la
tercera estrofa, un heptasílabo y cinco endecasílabos,
dice:
Salió
a la calle un día
de primavera, y paseó en silencio
su doble luto, el corazón cerrado
De una ventana en el sombrío hueco
vio unos ojos brillar. Bajó los suyos,
y siguió su camino
¡Como esos!
Uno recuerda
que el protagonista del poema, un hombre sólo parecido a
Machado, luego de muerta la amada, promete encerrarse para
siempre en una vieja mansión, "Mas pasado el primer
aniversario", el hombre ha olvidado cómo eran los ojos
de la mujer que amó. Es aquí donde comienzan los magníficos
versos de la tercera estrofa. Una traducción al castellano
de la "versión" de Paterson diría
así:
Una mañana
de primavera algo despertó en él.
Y cargando su doble dolor sobre los hombros,
como una cruz, salió a la calle, cerró la puerta,
y apenas había caminado diez metros, cuando en una oscura
ventana, captó unos ojos. Bajó el ala del sombrero
y caminó
Sí eran como esos, como esos.
La "situación"
es la misma. No obstante, el poema no lo es. Es distinto. La imagen
central, la del hombre solitario que captura una mirada femenina
en la oscuridad de una ventana, permanece. Pero el protagonista
es otro, Machado ha dejado el poema y Paterson ha
tomado su lugar. El español, en el texto, disimula su religiosidad.
El británico, por su parte, siente que lo que le ha ocurrido,
la muerte de la amada, el olvido de sus ojos, es algo tan doloroso
como la Pasión: es su Pasión. Y, en un gesto impensable
en el tímido Machado, baja el ala del sombrero, como
un personaje de una película de Jean Renoir. Machado
es un hijo del siglo XIX, Paterson lo es del que pasó,
del impúdico siglo XX. Entre ambos, cantidad de afinidades
y coincidencias. El resultado es uno de los volúmenes más
notables de la reciente poesía anglosajona.
En nuestro
tiempo de indecisiones y revisiones, cuando el "heroísmo"
de la modernidad comienza a oler como la Dinamarca de Hamlet,
la poesía de Machado no parece menos permanente que
cuando fue escrita. Entre los méritos de Paterson,
tenemos que reconocer la agudeza de su mirada. Difícilmente
un título más adecuado que Los ojos para su
homenaje a la grandeza, aún incipiente, de un poeta que el
siglo pasado no quiso entender.
Alejandro
Oliveros. Ensayista y poeta
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