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La noche boca de lobo
de Sergio Chejfec
Tomando para
sí el espacio que le brinda el texto, el narrador de la más reciente
novela
de Sergio Chejfec, Boca de lobo, "se funde al personaje"
y transita por el territorio de lo político
y de lo femenino, apropiándose de la "doncella" para calmar su sed
de poder. Es así
que la narradora y ensayista chilena Diamela Eltit, en sus palabras
de presentación de la edición
en Buenos Aires, revela haber encontrado en el relato al legendario
y mítico conde Drácula,
quien "necesita de la sangre del pueblo para sobrevivir"
Mientras leía
Boca de lobo de Sergio Chejfec (Alfaguara, Buenos
Aires, 2000) pensé de manera recurrente en la figura ya clásica
del conde Drácula, el vampiro solapadamente senil, cuyo alcance
mítico se acrecienta. Crece porque su consistencia es tan
aguda, tan radicalmente metafórica, que cubre con su vuelo
contaminante tanto las relaciones amorosas como el convulsionado
espectáculo de las fuerzas productivas. Y también
está presto a interceptar el curso de la pasión política.
El vampirismo es una forma, una costumbre, una condición,
un suceso, una marca en la que se sostiene una posibilidad implacablemente
cruel y clasista de sobrevivencia. El vampiro, oscuro sujeto de
la noche más reflexiva, cautivo de su propia catástrofe,
ya se ha instalado en la cultura para recordarnos la experiencia
de la sangre o la seducción negativa de la noche o las perturbadoras
operaciones de la extenuación al cuerpo que ocasiona el poder.
El vampiro y
la sangre, el vampiro y la noche y la sangre se han consolidado
como formas o como tecnologías en las que sucede el hábito
de la suprema potestad. Me refiero a su lado más maldito
y legendario, a una práctica de poder insensible que no puede
ser controlada ni menos administrada porque la sed -esa urgencia
insoslayable, incontrolable- rige todo el espectro, corrompe cualquier
institución, atraviesa las más elaboradas compuertas.
Drácula es la máxima perversión. Su presencia
aristocrática hiere la ciudad moderna y aterra al pueblo
entregado a su propia serialidad, a la fiesta incomprensible que
le dicta su aglomerado anonimato. Drácula está allí,
listo para intervenir sobre la masa popular para extraerle sus cuerpos
vírgenes y vaciarlos y convertirlos en sus acólitos,
perdidos para siempre de sus dioses y de la ley.
Drácula
necesita de la sangre del pueblo para sobrevivir, requiere del terror
y del odio impotente de los habitantes. Necesita estar bajo la mira
de la religión que cautela los placeres del cuerpo, que señala
como diabólicas las eróticas y pretende así
poner freno al avance draculesco en el interior del tramado social.
Su presencia enfermiza, ostentosamente pálida, se mantiene
gracias a un equilibrio cuestionable; quiero decir que se mantiene
desequilibrando a la masa, inoculando en la masa social una servil
erótica letal, carente de destino.
Drácula,
estrepitosamente literario, cita programada de un maléfico
residuo aristocratizante, nos permite, a menudo, leer ciertos textos
o entender producciones directamente sociales por cuyos bordes transita
el goce y el vaciamiento. Nos permite leer el deseo complejo de
una fracción de la clase dominante. Quiero decir, el agudo
deseo de posesión a través de la introyección
del propio deseo en el cuerpo que se necesita subyugar.
Porque Drácula
es la figura del puro deseo de dominación, la forma caótica
de un deseo absoluto que atraviesa cualquier límite, que
vulnera las enseñanzas, que rompe las tradiciones. Que corrompe
al pueblo mismo luego de haber profanado, con un éxtasis
reprobable, a sus cuerpos más sagrados y exclusivos: las
doncellas.
La doncella,
ajada, desatada de su propia cultura, entregada al perturbador oficio
de satisfacer para siempre los apetitos inclasificables del noble
inmortal, sólo se convierte en la marca de una mordida lasciva.
Perdida para el pueblo, la memoria de la antigua lesionada pureza,
estigmatiza a los habitantes, los demarca como sometidos, como incapaces
de custodiar el honor de los cuerpos valiosos y amenazados de sus
doncellas.
El cuerpo de
la doncella está en disputa. La transversalidad del vampiro
necesita de esos cuerpos jóvenes para pervertirlos y perforar
así la cultura en la que busca organizarse una ciudadanía.
La mujer joven es el arma, el instrumento que Drácula, entregado
a la más extrema irreverencia, utiliza políticamente
para controlar las noches sobresaltadas de los monótonos
trabajadores de las ciudades.
"Descubrir que era obrera, aunque me sorprendiera, fue decisivo
para enamorarme de ella. Sin exagerar era la marca que la distinguía
del género humano, y la condición que la señalaba
entre todas las mujeres. Yo pensaba: 'ella, y obrera
', asignándole
una doble densidad".
Quiero enfatizar
que el narrador de la novela Boca de lobo se apropia íntegramente
del espacio textual. La novela se articula en y desde su narrador.
Con una solvencia extremadamente rigurosa y precisa, este narrador
se funde al personaje que es y emprende un viaje prolijo y maníaco
que se va a sostener infatigable a lo largo de sus complejas páginas.
Su voz omnisciente
copa el relato, lo envuelve en una versión absorta, lo acapara.
Es tal su vocación por cubrir la totalidad de su trama que
termina por descubrirse a sí mismo; quiero decir, por describirse.
Su pasión analítica permite la irrupción de
un otro análisis que no es más que el asedio a la
curiosidad en la que enmarca su voluntad de posesión.
Este narrador
está preso en la materialidad de la escritura. Sabe que más
abajo yace amenazadora la página en blanco, un blanco cegador
que podría arrastrarlo hacia el silencio. Un silencio fúnebre.
Ante el riesgo de develar su propia ausencia, su extenso blanco,
su próxima muerte, se resguarda en la singularidad de su
artificio que es dotarse de escritura. La extrema, la fuerza, y
busca establecer desesperadamente un relato en el que incluirse
para sobrevivir. Como si rehiciera a su manera el modelo del flâneur
que refirió brillantemente Walter Benjamin, este narrador
deambula por los portales de la industria, de lo femenino, de la
ficción, de lo político, arrastrando su tedio antiguo.
Un tedio propio de las viejas aristocracias, que buscan en el paisaje
social un escenario humano tras el que guarecerse en los momentos
en que las subjetividades selectas están ya definitivamente
agotadas.
Porque su propósito
desquiciador es entrar, penetrar en realidad, la estética
obrerista a través del ser y del cuerpo de la obrera Delia.
A la manera del conde Drácula, el narrador revolotea como
un pájaro de mal agüero en torno a las claves en que
se mueve la condición asalariada. Se alimenta, se nutre de
los saberes que Delia le entrega para dotarlo de un mundo y atravesar
así su espantoso ocio improductivo. El narrador se prende
del cuello de Delia y directamente la bebe; quiero decir, sorbe
su mundo, sus códigos, sus rituales y se entera del peso
y de la composición de la maquinaria, de la intensidad cotidiana
que alcanza el trabajo fabril.
El cuerpo del
narrador sobrevuela la condición obrera y la transforma en
espectáculo mórbido, en un síntoma que requiere
ser dilucidado. Apelando a una observación que se ejerce
con un carácter científico, este narrador evade su
propio lugar, se resta de una mención biográfica porque
su biografía es irreproducible o, dicho de otra manera, su
historia huérfana -el narrador se solaza en este nombre,
en la calle de los huérfanos que recorre-, su historia, digo,
luego de la pérdida, sólo puede articularse desde
la captura del otro para establecer un relato. Su ser parasitario,
sólo puede adquirir vitalidad cuando se encuentra con lo
otro, con la organización monstruosamente opaca del proletariado
entregado a su condición trabajadora.
El minimalismo
de la condición obrera exalta al narrador y le permite solazarse
en el detalle, ponerlo bajo la mira microscópica de su análisis.
Esta pasión por capturar el detalle y ampliarlo bajo su lente
obsesivo se constituye en su pausado alimento. Una alimentación
dosificada al máximo a través del goteo de imágenes
que va administrando con una lentitud que da cuenta de la dimensión
de la carencia que lo habita.
"Debo
decir que apenas fijé mi atención en ella, supe que
Delia me prestaría vida".
La situación de préstamo es una de las claves en las
que se organiza la novela. El préstamo recorre la obra estableciendo
en este acto su máxima tensión. El préstamo
como práctica vital, como forma cultural, como suplencia
se presenta decisivo en la composición de las fuerzas sociales.
Desde el simple
intercambio de vestimentas hasta la usura, el mundo obrero se sostiene
en los préstamos incesantes. Pero como todo préstamo
implica la instalación de una deuda. Cuerpos endeudados,
que empeñan sus arduos presentes en un pago que parece infinito.
La deuda como
automatismo es la condicionante neurótica de la clase obrera.
El trabajo es la entrada en el préstamo. El cuerpo obrero
está entregado a un doble pago que los extenúa con
sus antiguos procedimientos. El préstamo es una metáfora
más del vampirismo, una herencia de las viejas organizaciones.
Pero también transita por los cuerpos como solidaridad. Delia
usa las ropas de su amiga, se visten una de la otra, se travisten
de obrera en obrera.
Ya sabemos
que el narrador vive una vida prestada, una vida que le otorga Delia;
o dicho de otra manera, vive la vida de Delia, vive en Delia, y
ese vivir llega hasta sus últimas consecuencias, hasta la
fecundación del hijo, el abandonado histórico, y sólo
entonces consigue, a través de la sangre de su sangre, inestabilizar
aún más el mundo obrero. Luego de extenuar ese universo,
lo abandona, se fuga, cumple con su cometido clásico después
de dotarse de un relato y de otorgarse una memoria.
Cuando terminaba la lectura de esta contundente obra, pensé:
estoy metida en una verdadera boca de lobo. Tan oscura, tan fascinante.
Diamela
Eltit. Narradora y ensayista chilena
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