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Un
episodio mesmérico
Con la viva sensación
de que tiene frente a sí una novela nacida a partir de "ese
tema hallado
como sin querer mientras se pasea por las avenidas de un libro",
Rafael Castillo Zapata transita
las páginas de Monsieur Pain, de Roberto Bolaño.
Una aventura "dinamizada por acontecimientos históricos
verídicos" cuyo origen imagina el ensayista se encuentra
en "ese pequeño detalle sacado al vuelo leyendo (
)
los recuerdos de Georgette Vallejo", al que Bolaño imprime
una atmósfera enigmática y macabra salpicada de humor

Foto: Gisèle
Freund
Calle Saint-Julien-le-Pauvre, París, 1933
En un texto conmemorativo
de la muerte de Walter Benjamin, Theodor Adorno recordó
lo "micrológico y fragmentario" del peculiar método
de lectura del filósofo del aura. Atento a las minucias y
lo diminuto, capaz de capturar sentido en lo que, arruinado, muestra
un esplendor lleno de pátinas por culpa del tiempo, Benjamin
mismo defendió la tesis según la cual era posible
erigir complejas fábricas de comprensión del mundo
"sobre la base de minúsculos elementos constructivos,
recortados con limpieza y comprensión" -como en un collage
de Schwitters-, intentando descubrir "en el análisis
del pequeño momento singular el cristal del acontecimiento
completo". Y aunque nunca logró la mediación
imposible que uniera todos esos instantes, todas esas iluminaciones
o fulminaciones de la atención, y conducirlas a un orden
armónico en el que, por otra parte, no creía, gozó
a sus anchas con la experiencia de lo inconcluso. Su legado es ese
reguero de partículas para el que la posibilidad de constelarse
alguna vez es siempre una promesa diferida, pospuesta infinitamente
en su cumplimiento. De alguna manera, Derrida, acaso sin
saberlo, actúa de un modo parecido: comienza sus indagaciones
a partir de una grieta, una pestaña desapercibida en el enorme
friso del saber occidental y comienza a especular a partir de allí,
por una esquina, como cuando se explaya sobre Freud a partir
de una mención al paso de Nietzsche en la Autobiografía
del venerable histerista vienés. Podría dar
más ejemplos de esta actitud; pero sólo quería,
un poco por capricho, si es que puedo permitírmelo, hacer
un guiño a estos pensadores de lo marginal y de lo fragmentario
para introducir mi comentario del delicioso libro de Roberto
Bolaño titulado Monsieur Pain (Barcelona, Anagrama,
1999), y espero mostrar que tal guiño no es del todo, o no
es demasiado, impertinente.
En alguna ocasión,
Guillaume Apollinaire, el padre de todos los sobrerrealistas,
recomendó lo siguiente: "Cuando os sintáis secos,
escribid cualquier cosa, empezad cualquier frase y seguid adelante".
Esto, como todos saben, no sería sino la nuez muy clara de
lo que luego Breton y sus secuaces bautizaron como automatismo
psíquico. Y no es que Bolaño haya sido
presa de esta suerte de entrega a los poderes del azar y haya escrito
una descoyuntada transcripción telepática de sus propios
delirios. Para nada. Pero, de alguna manera, el motor de su relato,
el hipo de Vallejo, me pareció que tenía el
carácter de ese tema hallado como sin querer mientras se
pasea por las avenidas de un libro y se topa uno con una imagen
que desencadena luego una catarata de ideas; como si, en algunos
momentos de nuestra práctica, a los escritores se nos diera
sólo un grano de polen, como diría Novalis,
para hacerlo germinar a fuerza de hollar sobre él con paciencia
e impaciencia. A veces no hace falta más para escribir un
relato.
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Roberto
Bolaño
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De ese pequeño
detalle sacado al vuelo leyendo, me imagino, los recuerdos de Georgette
Vallejo, Bolaño con hábil mano de prestidigitador
injerta historias a partir de un punto focal inalcanzado: la cura
del hipo de Vallejo, asilado y asolado en un laberíntico
hospital parisino, intentada por el protagonista, el entrañable
Pierre Pain. La entrada de esta aventura imaginaria dinamizada por
acontecimientos históricos verídicos (el proceso de
la ciencia positiva y del Estado vigilante contra Franz Mesmer,
aquel atractivo "exorcista laico" que con la bella patraña
en la que creía pretendía curar a los enfermos de
los nervios haciendo él mismo de imán anímico
para los fluidos magnéticos que atravesaban los cuerpos desesperados
de los histéricos y los poseídos, como un pararrayos
diligente, compasivo antecedente del terapeuta de hoy en día;
o la muerte de Pierre Curie atropellado por un tranvía
de caballos; por nombrar sólo dos casos además del
de Vallejo mismo) está enmarcada por el epígrafe
que Bolaño saca de un texto casi providencial a sus
propósitos: "Revelación mesmérica",
de Poe. No en balde, Baudelaire eligió este
relato para iniciar su larga tarea de traducir al genial autor de
las Histoires extraordinaires. El cuento tiene todos los
elementos que sirven para escribir una historia enigmática:
la muerte, el trance hipnótico, la conversación con
un hombre que ha llegado ya quizás a las regiones del más
allá. Bolaño se sirve de este aliento: su historia
está impregnada de este aroma macabro, iluminada por un sentido
del humor que deja traslucir muy bien, y por tanto contagia, la
felicidad que proporciona jugar con un tema amado, haciendo cabriolas
sobre las lecturas que más nos han tocado (a) fondo, hondo.
Porque, me parece, lo que en realidad ha escrito Bolaño
es un homenaje al Dupin de Los crímenes de la calle Morgue
y a todos sus descendientes, a los poetas extraviados como Vallejo,
a los sabios inspirados como Mesmer, a la París ruinosa
que vivió Baudelaire bajo el Segundo Imperio y recorrieron
el campesino de Aragon o el narrador caviloso de Nadja.
Y todo ello a partir de un ataque de hipo, quién sabe si
hipotético, para curar el cual un increíble mesmerista
de entreguerras, Pierre Pain -que por algo me recuerda al emigrado
profesor Pnin, de Nabokov, o al voyeur calvo de Monsieur
Hire, la película- emprende una cruzada que es, en realidad,
un viaje iniciático en plena madurez. Escrito como una confesión,
Bolaño supo darle a su relato la atmósfera
acuática, submarina, que le venía bien a un tema mesmérico:
asunto de flujos y fluidos que unos seres un tanto caricaturescos
se transmiten entre ellos sin saber si sueñan, si han sido
hipnotizados o si están muertos.
Rafael
Castillo Zapata. Ensayista y poeta
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