ENRIQUETA ARVELO LARRIVA, TERESA DE LA PARRA Y ANA ENRIQUETA TERAN

La escritura del confinamiento

Cuando Ana Enriqueta Terán (1918) advierte, junto a su soledad, el "raro artificio"
que se desprende de ella "hacia la profecía" y que es ella misma recorriendo
el espacio comprendido entre su desamparo y las "mordeduras del clima",
pareciera hablar también en nombre de Enriqueta Arvelo Larriva (1886-1962)
y de Teresa de la Parra (1889-1936). Tres voces de diferente tesitura,
de distinto espesor, sin coincidencias, diríase, de orden estilístico,
mas solícitas y devotas amantes de la palabra que como piedra pulieron
desde los confines en los que habitaron, para contribuir a fundar, sembrar
los cimientos de la literatura venezolana, literatura que quiere
honrar Verbigracia al conmemorar su tercer aniversario.
Sucede que el paisaje dejó de ser sólo un glosario de especies exóticas, deslumbrantes, y las más diminutas semillas reventaron
sobre la superficie llana -como la tierra por la que vivió-
del alma y de las páginas caligrafiadas por Enriqueta Arvelo Larriva.
Se labró en silencio y abonó un destino para la poesía que habría de surgir
y que incluso ayer no había escuchado su nombre. Y el nombre
de Teresa de la Parra evoca el de Ifigenia, una novela cuya autora
se adelantó a los tiempos, toda vez que lo psicológico conforma
no la anécdota sino la materia del relato y en la que el dinero es, sí, conflicto,
conflicto psíquico y espejo de nuestra sociedad.
La obra de Ana Enriqueta Terán sigue, como ella, en pie, lanzada a lo más alto
y luminoso, porque "la poetisa cumple medida y riesgo de la piedra
de habla" y entre oficios, ritos y raptos, fiel al misterio de lo menudo
y próximo, reivindicando las formas clásicas y dándose toda en el verso libre,
ha enriquecido el horizonte poético de la lengua castellana


Ana Enriqueta Terán, la suplicante

La súplica, la oración, el ruego, el clamor atraviesan la voluminosa obra poética de Ana Enriqueta Terán, obra que Patricia Guzmán no puede definir sino al abrigo de algunos de los versos de su libro Casa de hablas: "abastecida de mitos, / lograda en luces y distorsiones del día, / señalada
por los más nuevos como lenguaje tutelar…". Lenguaje-cuenco-vasija del que emergen rimas, metros, ecos rítmicos con los que despierta a sus antepasados o calma a sus perros
o se entrega al "Místico Tráfico: acercar el ave a la sombra del corazón".
Y en ese camino no olvida bendecir, junto al ave majestuosa, a su suelo,
al cielo y a la raza que reivindica

Nunca ha tenido tablas de salvación, ni puentes para llegar, para partir, "el estallido sí el estallido sin lucidez adentro". A qué la lucidez, a qué la luz, a qué la claridad, si la morada debe estar oscura para acceder, para caer, postrarse, hincarse y besar con las rodillas el óvalo celeste en el que se gesta el pájaro, la rosa, el girasol y el verbo. El verbo que empuña para santiguarse y cuenta a cuenta -¿de un rosario, de los pétalos de un rosal, de un collar?- dictar su legado "Con humildad, creyendo, hablando de la rosa y su levitado sarcasmo (…) despojada de méritos frente a impávidos dioses".

Mas no frente a nosotros, impávidos seres que atisbamos el cielo o el infierno, el paso de los días, a través de la cuenca de sus ojos, donde se posa el águila "como anuncio de enrarecidas visiones". La visión del confín, del último y esquivo límite, de la línea que aletea para que un día amanezca y halla donde guarecerse de lo íngrimo, de lo agreste, y el ser dé con la palabra, y la palabra dé con ella, con Ana Enriqueta Terán.

Ella que ha abierto todas sus casas para recibirnos, ataviada con los tantos libros que ha escrito, obsequiosa, atenta, alerta, avisada de que "A veces la palabra incorpora persigue / otras la luz persigue incorpora un pelícano ardiente. Palabra: aceite, noche manando tropa de bisontes: / pozo negro rebasando los muslos".

Y es que haber sido elegida para oficiar la palabra no supone haber sido salvada, supone tener el corazón sembrado de temor y de temblor. Supone interrogar e interrogarse: "Pero quién asesinó a los ángeles. La culpa mía es otra. / Voy detrás del cortejo recogiendo guardando lo que cae".

Lo que cae entre sus manos sobrevivirá, será bordado con hilo de oro, será enhebrado entre las hojas del árbol más alto del patio de su infancia, será tallado en la corteza de su árbol genealógico -a la sombra del cual ha honrado a sus ancestros trujillanos, ha amado la tierra y ha sembrado junto a su hija Rosa Francisca semillas de girasoles, unos oscuros, otros incandescentes-. Porque ella lo ha confesado y no pocos lo han divulgado: "El pasado para mí es como un gran mural absolutamente vivo, dentro de un orden implacable, dentro de una lucidez aterradora. Mi pasado se forma con nombres propios de personas, animales, haciendas. Nombres entrañables de madres, primas hermanas, tías solteras… hermanas menores, sobrinas, mis sobrinas de hoy. Estas son las mujeres. Después vienen nombres de varones míticos…".

Nombres que resguarda bajo el techo de cada uno de los cielos en los que ha levantado una casa, tras la poesía y más, tras su aullido, su voz original. Por ello en su itinerario resuenan los nombres de tantos lugares, comenzando por su Valera natal, pasando por Barquisimeto, Puerto Cabello y Caracas -"refugios" que se vio obligada a tomar la familia como víctima de persecuciones políticas- hasta, luego de una ruta diplomática que la llevó del sur del continente, a París, La Entrada, Morrocoy, San Antonio de los Altos, La Asunción, Jajó, absolutos paisajes que sólo existen cuando ella se los lleva a la boca.

"Es extraordinario cómo el entorno hace tanto en mí, cómo me nutre sin yo proponérmelo. Decanto el paisaje y se convierte en intimidad".

A la más radical intimidad se consagra Ana Enriqueta Terán. Optó por el confinamiento. Arrastrada por esa pena aflictiva con la que vienen marcados aquellos a quienes les fue dado ver, o que osaron ver hasta donde el ojo humano es capaz de alcanzar; es decir, hasta el confín, hasta ese invisible-adelante también llamado horizonte, el horizonte sensible, ha sido condenada a sufrir el confinamiento.

iteralmente diríase que está obligada a residir en cierto lugar, en libertad pero bajo vigilancia. Bajo la vigilancia de algo, alguien a quien aun ella no alcanza a oír. O si lo oye, no recuerda qué dice, qué canta.
Pero nadie como ella misma para vigilarse, para escarbar entre los escombros del tiempo glorioso y del tiempo ungido de fatalidad. Ana Enriqueta entonces se perfila como una esfinge suplicante, una que bajó la cabeza, se descalzó de toda mundanalidad y buscó la soledad "a conciencia porque quise saber si era poeta o no y entonces busqué una circunstancia donde pudiera ver qué había de cierto en todo aquello que estaba escribiendo".

Ya corre el año 1961, París y el versolibrismo le han dado que beber -"el verso libre me solicita y voy a él con respeto y autenticidad"-, sin que llegue a dudar del gran Góngora, sin renunciar al rigor liberador que le deparan las formas clásicas. Reside en Morrocoy, donde "la palabra comienza a ser hueso y semilla pulida de trópico. Antes se nutría de entornos grandiosos, ahora, viviendo en Morrocoy, toma de gentes, paisajes, objetos, una delicada, reverencial, casi mística humildad".

Como los místicos, perderá peso y firmeza su cuerpo porque a más leve el andar, mayor capacidad para "sobrellevar cargas insostenibles de verbo ante la pureza de los objetos". También mayor será su entrega al grado cero del existir, el apetito de pan y pescado salado entre sus manos, el apetito por tejer y bordar, el apetito por dar carne de su carne, el goce ante la maternidad. He allí su reino, frente al mar abierto que la inicia en "el sortilegio de los oficios"; y así entre aguas, transpiraciones, humores, "el amor se convierte en prodigiosa materia de cantos" y nace el Libro de los oficios y engendra el Libro en cifra nueva para alabanza y confesión de islas.

Estos títulos llegaron precedidos de Al norte de la sangre -sangre de sus padres, de los suyos, con la que riega y cultiva la rosa oscura de su memoria- y Verdor secreto, con el que se alza para cruzar los espejos del universo y conmocionar a otros poetas y robar la atención de la desde entonces reconocida poeta uruguaya Juana de Ibarbourou, quien al prologar dicho libro advirtió la voz de Santa Teresa entre los versos de Ana Enriqueta Terán: "un eco (...) una raíz de la ardiente mujer de Avila, están en su acento y sus raíces que se ahondan para nutrir con jugos temerarios, la flor de granado de su poesía".

Y pasa a nombrarla como "una vestal poseída por el culto del dios", como una "sibila misteriosa". Y sucedió lo inevitable, y es que se encandiló Ibarbourou con ese halo de fuego que prefiguró el sino de Ana Enriqueta Terán: "En esa joven mujer que sufre su poesía y la realiza entre llamas, ya parece advertirse una luz curvándose en torno de la frente. Tiene el ímpetu y el olvido de todo, que cercan a los que traen una misión".

Cercada por lo absoluto, confinada a tomar nota de las pasiones del alma, exiliada del ruido y de las imposturas, inocente pero encarcelada en las redes de la belleza que le fuera concedida, Ana Enriqueta Terán ampara con su escritura a la poesía toda, a la poesía que exhala la gracia y la desgracia del estar aquí, en perpetuo tránsito. Ella no tiene edad. Nació marcada. Y llegado el día, hemos de ser capaces de decir, diáfanamente, cada uno de los versos que componen esa Autobiografía en tercetos -que se niega a publicar en vida- y que viene escribiendo aferrada a cada uno de sus sentidos, desde las estancias que la han habitado, desde el centro de la morada que sólo ella -que ignora su propia luz- ilumina para que lo innombrable sea escuchado.

Lo innombrable fue tarea pendiente siempre, aun cuando tan sólo por el intervalo de tiempo que viviese en la isla de Margarita. "En Margarita la palabra es piedra y sequía. El entorno insular me afecta de manera profunda, acaso en beneficio del poema.

El texto surge en carne viva, impúdico de tanta verdad (…): Secar rabias, fingimiento en torno a familias / desposadas con la locura. // Nadie con piso donde afirmar decencia / ni frente ratificada en lo oscuro".
Algunas heridas sanarán por virtud de lo alto, allá en Jajó. "La montaña me devuelve suficiente menudo para la evocación y cómo fueron mis ancestros, cómo las haciendas perdidas, cómo los cultivos de caña y café…". Diríase que la epifanía de la infancia se hizo posible una vez más para Ana Enriqueta Terán y que los dones para la poesía le fueron renovados: escribirá sonetos, pasará de Casa de hablas al Libro de Jajó y a la Casa de pasos. Y se volcará sobre los primeros tercetos de un periplo inédito, aunque tenga su nombre y su imagen de virgen y mártir coronada de palabras, que brillan en sus labios sin que ella se percate en demasía.

"Ni antes ni ahora he sabido de artes poéticas. No conozco nada de lo que se ha dicho sobre esto. En mí hablan intuición y 'conocimiento' ante el hecho-poema. Idea y lenguaje forman una misma esencia para ocasionar lo inmediato del verso. Una misma transparencia mezcla tiniebla y luz en latidos de lenguaje".

Latidos del lenguaje, latidos de sangre que (nos) dan aviso desde los confines del alma de Ana Enriqueta Terán, la suplicante del verbo, hecho carne en ella.

"No me quejo no os pido el arpa ni los números // ni contribución ni dádiva infinita. // Eso sí velad por lo poco y por lo mucho // no olvidéis que yo tengo inmensos cementerios/ de cal viva y sedienta".

Patricia Guzmán. Periodista y poeta

 


 

"IFIGENIA" DE TERESA DE LA PARRA

Murmullo y eco de lo histórico en la vida

Dinamizado por el dinero y el amor, el mundo de Ifigenia, de Teresa de la Parra, se erige en paradigma del acontecer histórico de nuestro país. La joven que regresa
a su tierra y se ve envuelta en un enredo familiar por un "asunto de herencia", pareciera encarnar
al sujeto venezolano, a tal punto que María Fernanda Palacios descubre en ella a "la señorita
bien que está en todos nosotros y la que yace en la historia de Venezuela". ¿Y es que acaso no está nuestra historia llena de equívocos en los que, al igual que la protagonista de la novela, se tejen "fantasías de potentado"? La autora -dice la poeta y ensayista- "se mete quizá en una de las zonas
de más difícil reflexión" en nuestra conciencia colectiva. Ella tiene "el don de estarse
a solas con el mundo y dejar que el mundo se haga en ella"


Un apetito insaciable de gloria lleva a los hombres
al sacrificio y a la muerte, pero un instinto innato
los lleva al ahorro y a la vida. La nación que descuida
una de esas fuerzas, muere. Hay que guiarlas juntas, cual
la pareja de caballos de un carruaje.
Y esa es la razón de las desgracias de los países
sudamericanos: la fuerza de la pasión ha sido allí
hasta hoy más grande que la fuerza del interés.
Se desprecia el dinero: se adora la idea.

José Martí

Esta mañana me roban la herencia
y ahora me arrebatan la gloria.

María Eugenia Alonso

Creo que toda materia novelesca proviene de dos grandes vetas: la aventura y la familia. La Ilíada y La Odisea narran las aventuras de los héroes, pero todas ellas se tejen sobre cuentos de familia: siempre hay una herencia rodando a través de las generaciones o empaquetada al fondo de la casa que convierte la aventura en enredo; eso que la psicología llama complejos. Y la casa del enredo es siempre la familia. Ifigenia, hasta por el título, es una novela de enredo familiar y tiene como eje dramático un asunto de herencia. Este y no la aventura sentimental de María Eugenia es el verdadero núcleo de la historia: lo que ata y desata los cabos, lo que fecunda, reúne e irradia los hechos. Lo que hace de María Eugenia una Ifigenia es el asunto de su herencia. Y herencia es otra manera de decir familia. Ifigenia nos dice que el lugar para leer nuestra herencia es la casa y que el momento para hacerlo es cuando estamos de regreso; sólo entonces, sólo allí, podremos reconocerla y, con suerte, sobrellevarla. Creo que en eso que prudentemente llamamos "asuntos de familia" puede leerse la historia profunda de un país. Leer, por ejemplo, el paso del orden colonial al caos de la modernidad. Teresa de la Parra supo intuir ese vínculo cuando afirmó que "en el fondo, para casi todos los caraqueños la Independencia era una historia de familia". Cuando estamos de regreso se siente el peso de la herencia. Ella es el fardo que hemos arrastrado por el mundo y el oscuro paquete que nos espera a la vuelta. Esta solidaridad entre destino y herencia forma la trama de la vida de esta señorita criolla, así como su perfil novelesco. Ifigenia habla de una herencia que le corta las alas en el mismo momento en que se disponía a volar. Cuenta cómo la herencia familiar "mutila" las alas de la doncella e interrumpe para siempre su vuelo, convirtiéndola en una víctima trágica. Cuando María Eugenia regresa y cae en la casa, cae en la cuenta de que no tiene nada en la cuenta: como el albatros, sus alas de gigante no la dejan andar. Pero en lugar de afrontar el ridículo baudeleriano, Abuelita se las poda piadosamente, dejando intactos sus sueños: su vuelo de gigante. Seguramente, verdades como éstas son las que hicieron decir a Martí que nuestros pueblos "tienen una cabeza de gigante y un corazón de héroe en un cuerpo de hormiga loca"1; puesto que la cabeza "vuela" mientras el cuerpo cae y enloquece. El drama de María Eugenia se desarrolla a partir de una herencia inexistente, con toda su secuela de despilfarro, traiciones, delirios, resentimientos y asentimientos. Ella encarna irónicamente un destino colectivo: la muchacha de sociedad es a la vez el símbolo de una "sociedad-muchacha". Su historia, sin duda, ilustra algo más que la decepción de una señorita bien. Quizá esta novela nos descubra la señorita bien que está en todos nosotros y la que yace en la historia de Venezuela, al fondo de todos nuestros sacrificios y fracasos colectivos. Buena parte de nuestro vivir histórico ha estado presidido por una sensación de naufragio, por un vivenciar lo nuestro, la propia casa y el momento del regreso, como un desastre. Un desastre que, con suerte, podría despertar en nosotros un sentimiento de orfandad. ¿No será que nuestra moderna Venezuela, al igual que María Eugenia, vino de un vuelo muy fugaz, de una correría parisina disfrazada de libertad, de una escapada que llamamos pomposamente Independencia, una rebeldía de palabra y una ilustración tan altiva y discursiva como las de esta criollísima muchacha? Y quizá, al igual que ella, hemos levantado nuestra vida moderna y democrática sobre una ignorancia: la inconsciencia de nuestra pobreza esencial. Porque, viéndolo bien, como nación, nos educamos, crecimos y nos independizamos igual que ella, divididos entre un internado de "sagrado corazón" y una correría parisina. Edificamos un futuro, ignorantes de esa herencia de traiciones y despojos familiares, falsamente amparados en la supuesta riqueza de un patrimonio que nosotros mismos descuidamos, gastamos y nos llevamos por delante. Es posible que dentro de esa casa pobre que es la Venezuela del regreso, en los cimientos de esa pobreza, esté enterrado el oro; sólo que para hallarlo el venezolano se apresura a tumbar la casa. O ya la tumbamos y no nos dimos cuenta. Quizá hemos destruido un mundo donde estaban nuestras formas más incipientes, la posibilidad de hacer alma y ciudad -de darle alma a la ciudad y de tener un alma ciudadana. Teresa de la Parra nos deja ver cómo los mansos rituales de la vida familiar han servido también para ocultar nuestra pobreza; para hacerla más inconsciente; para enterrarla, junto con el oro, en los cimientos de la casa. La pobreza como una herencia que no se conoce y que no queremos, que nadie reclama, o no tenemos con qué reclamarla o recibirla. Una herencia "enterrada" de la que perdimos la llave o el mapa, y carecemos de formas para hacerla visible; quizá porque las pocas que tuvimos se las llevó por delante la historia, como se llevó las casas, los patios, la decencia y los corrales.

En este capítulo, la lectura de Ifigenia parte de las inquietudes y fantasías que rodean el complejo o la herida de esta herencia, adentrándonos ahora en la sombra de lo familiar a través de la lucha silenciosa entre los Alonso y los Aguirre: la ironía de tío Pancho, la medianía de Mercedes Galindo y la autoridad de Abuelita.

Dinero e independencia:
el paquete de María Eugenia

El miedo a entrar en la pobreza es el miedo a entrar
en la verdad; el miedo, también, a perder la fulguración
de la verdad por la costumbre.

Cintio Vitier

Dice Joseph Brodsky que "junto con el aire, la tierra, el agua y el fuego, el dinero es la quinta fuerza natural con la que un ser humano tiene que contar con mayor frecuencia", y convengo con él en que de la manera como un novelista se acerca a esta fuerza se puede inferir su relación con la vida. Pareciera que la materia novelesca, lo novelable de la vida, pasa forzosamente por ese elemento. El dinero y el amor, pilares inseparables del opus balzaciano, son también los que articulan el mundo de Ifigenia.

uizá la ironía novelesca nace de esa tensión entre la idealización romántica y las bajas realidades de la vida. Hasta Dulcinea, "por estar en una gran necesidad", aparece en Montesinos pidiéndole media docena de reales a su señor Don Quijote: "…créame vuesa merced, señor Don Quijote de la Mancha, que esta que llaman necesidad, adondequiera se usa y por todo se extiende y a todos alcanza, y aun hasta a los encantados no perdona". Y si a Teresa de la Parra se le hacía muy difícil acercarse a los terrenos indignos y oscuros de la vida (sabemos de su rechazo a las formas del Barroco, a la "vulgaridad" de La montaña mágica, a las emociones crudas y avasalladoras), si tendía a espiritualizar las vivencias y confesó su afinidad con los ideales franciscanos, los asuntos de dinero, no obstante, siempre ocuparon su interés 2. Creo que gracias a esto nunca perdió la conexión con esos estados de necesidad que movilizan la conciencia. Cuando hay que contar y pagar, allí donde ronda Penuria y reina Ananké, donde hay algo necesitado, el alma aparece.

Ya muy enferma, Teresa escribe a Clemencia Miró desde el sanatorio y le dice: "soy la señorita que no necesita nada". Y lo dice con un sentimiento muy ambiguo de nostalgia y serenidad. Una autosuficiencia, un estado de ataraxia, impasible, que la sitúa fuera de la vida. Por el contrario, estar necesitados es estar vivos. La necesidad nos conecta con el mundo y, a la vez, nos ciñe por el cuello, como un yugo 3. Ya lo dijimos: el drama de María Eugenia arranca, justamente, cuando se sabe pobre y se siente necesitada. La historia turbia de los negocios familiares: un tío ladrón y otro jugador, un padre despilfarrador, una "madrina" arruinada y un galán oportunista que se casa por interés, le dan a esta novela un asiento de realidad más firme que cualquier tesis. A través de las "grandes expectativas" y las "ilusiones perdidas" de una señorita, asistimos a la "educación sentimental" de una sociedad. Apartándose por igual del lirismo sentimental y del realismo convencional, Ifigenia consigue novelar la tensión existente entre los sentimientos y estas realidades. A la mirada que puede moverse en esa tensión suele llamarse "psicológica". Por eso creo que Ifigenia es de las poquísimas novelas venezolanas (por no decir la única) donde lo psicológico conforma la materia del relato, y quizá sea también la única en abordar los complejos de dinero en su dimensión psíquica. Corriendo el riesgo de exagerar, digamos que lo que hace psicológica su mirada es ese pie en lo torcido de los bajos intereses materiales. Unas medias de sesenta francos bastan para darnos la justa proporción del feminismo de María Eugenia, un Packard y una curul marcan el límite a los prejuicios aristocráticos de los Aguirre. Ifigenia deja ver cómo se entretejen el valor de las cosas, los principios y los afectos. Así, el olfato de Pancho rastrea lo que mueve el súbito patriotismo de Gabriel: "-¡Muy gobiernista te veo!… y eso Gabriel: ¡me huele a Petróleo! ¡Ah! ¡deben andar muy bien los contratos con Monasterios!" (p. 153); y en la infelicidad de Mercedes Galindo, su desamor por Alberto pesa tanto como la vida de "limitaciones" que sobrellevan; tan es así, que un cargo diplomático borra de un plumazo toda su desgracia. Pancho tiene razón: "no hay nada más convincente que la elocuencia callada de las cosas, y unas medias de a sesenta francos pueden llegar a dominar magistralmente las leyes de la dialéctica y de la oratoria" (p. 97).

Si alguna novela se aparta de la nube de idealismo con que solemos velar lo que atañe a los intereses materiales es ésta. La carga inconsciente que se deposita en los asuntos de dinero queda al descubierto desde las primeras páginas de Ifigenia: "…ante aquellos inesperados veintemil francos, mis negros pensamientos del tren se marcharon volando uno tras otro como bandadas de golondrinas, porque me juzgué feliz y potentada" (p. 34-35). Desde entonces entra en la novela la puntada del destino propiciando malentendidos: para una muchacha del "Sagrado Corazón", veintemil francos es una fortuna. Sólo que ésta no sabe que era "toda" su fortuna. Con esa suma nadie podía vivir con la independencia y abundancia a la que ella aspiraba; sin embargo, como dice Abuelita: "sería algo", …alguito. Pero a María Eugenia no le basta: su patrimonio no está a la altura de sus sueños y por lo tanto es mejor "echárselo encima" que vivir "limitada": "Y es que yo no concibo el raso ¿sabes? si no es charmeuse de a treinta bolívares en adelante el metro. ¡Y lo mismo las medias!…" (p. 92). Este gesto altanero y malcriado de la muchacha dice mucho de su falta de realidad terrena. Como se ve, el binomio amor y dinero aparece en el relato mucho antes de que Gabriel Olmedo postule su celebrada "Trinidad" de éxito, amor y dinero.

Pero, cuántas veces en la historia de Venezuela no se ha repetido el equívoco de María Eugenia. Cuántas veces no hemos espantado las oscuridades de la vida con fantasías de potentado. Cuánta infatuación de señorita bien no hay debajo de nuestras pretensiones de riqueza. Quizá otros novelistas han abordado con mayor insistencia las cuestiones económicas del país, pero dudo que alguno haya mostrado como ella la carga y la dinámica inconsciente que subyace en nuestra relación con el dinero y en el ámbito de la diosa fortuna. Al introducir: herencia, robo, despilfarro, despojo, intereses materiales, valor de los objetos, anhelos de riqueza, Teresa de la Parra se mete quizá en una de las zonas de más difícil reflexión en la conciencia colectiva del venezolano. No basta decir que el dinero ha sido fuertemente reprimido por la moral católica en nuestra cultura. La herencia hispánica parece haber agregado a la tendencia culpabilizadora una nota de estoico y aristocrático desprecio por la fortuna, que dificulta aún más la conciencia de estas realidades y coloca en lejanías insalvables el oro plutónico del Hades.

Ifigenia deja ver la distancia que existe entre la riqueza y la pobreza literales y su dimensión psíquica. Así, María Eugenia reprime sistemáticamente las emociones dolorosas y perturbadoras: la sensación de desamparo que sintió al salir del colegio después de la muerte de su padre, cesa y cede ante la sensación de riqueza que le dio el famoso cheque; luego, al enterarse de que ha perdido su patrimonio, aquel sentimiento de orfandad vuelve, pero queda encallado en lo circunstancial de su pobreza. Sin embargo, ese "robo", que deja a su "yo" en estado de indigencia, la enriquece al abrirle la puerta de una vida interior "animada", abundante en imágenes y valoraciones afectivas.

Sus primeras fantasías de independencia revolotean en torno a una imaginería carísima, francesa y algo decadente; y cuando Pancho le explica que, para las mujeres, el hombre es un dios omnipotente porque paga sus gastos en la tierra, María Eugenia replica:
Según… -dije yo reflexionando con mucha gravedad-, si las cosas que paga son elegantes y finas, si se tiene un buen automóvil limousine, y se vive además en una casa chic donde haya por ejemplo varios baños con agua caliente, y un saloncito oriental, con tapices, pebeteros y su gran diván negro lleno de cojines: ¡sí! estoy de acuerdo. Pero de lo contrario… ¿Crees tú, tío Pancho, que yo agradecería mucho que me pagaran un vestido de raso, como el que tenía puesto antier tía Clara, todo verdoso y con el talle montado en las narices?… ¡Ah! ¡no, no, no! No lo agradecería nada, al revés, si estuviera obligada a ponérmelo, maldeciría con toda mi alma la mano que me lo hubiera pagado… (p. 92).

Convengamos, pues, en que el dinero ocupa un lugar importante en la novela y se ensambla en la trama como una fuerza que subyace a la anécdota y articula el paradigma mayor del relato: casándose con Leal la penuria desaparece, mientras que, en otro plano, se abre dentro de María Eugenia un vacío incolmable. Ifigenia parece concluir con una imagen disociada: por un lado, el reino libre y sin trabas de lo espiritual, y por otro, el mundo material, seguro y opresivo, que le garantiza el matrimonio; entre ambos no hay puentes, sino la peligrosa laguna de la resignación, que se irá llenando de odio, resentimiento y sacrificios.

Desde que sale del colegio hasta que pasa a manos de Leal, María Eugenia es un "paquete" cuyas vicisitudes comenzaron cuando llegó en París a la casa de los Ramírez, "entre cuyas manos, definitivamente facturada, debía venir hasta la Guayra" (p. 38): "Hasta entonces me había considerado algo así como un objeto que las personas se pasan, se prestan o se venden unas a otras…, bueno, es ¡lo que he vuelto a ser ahora y lo que somos en general y desgraciadamente las señoritas 'bien'!" (p. 35). La fantasía de sentirse "paquete" sugiere la carga inconsciente con que el personaje entra en el escenario de la vida. ¡Qué paquete!, exclama el venezolano cuando siente que está frente a una situación que lo afecta, que no puede resolver y de la que tampoco puede escapar. Esta expresión nos da una imagen de lo que la psicología llama "complejos": un conjunto de nudos afectivos tan trabados a través de la historia, que se presentan, una y otra vez, como un "paquete". Y esa es la forma en que la tragedia se presenta: un bulto del destino que recibimos tapado y envuelto, a veces, con lazo y todo. La imagen alude también a todo cuanto viaja con nosotros a lo largo de la vida, como equipaje. Hasta que un día llegamos a casa y lo "desempaquetamos"4. Casa, entonces, es ese lugar donde abrimos el paquete de los complejos familiares: los "regalitos" que desatan esas tormentas de salón; los rayos y centellas que caen sobre María Eugenia cuando descubre que gastó su fortuna en frivolidades.

El motivo del paquete tiene a lo largo de la novela una larga trayectoria. Se repite en el episodio de la hacienda, cuando llega el ansiado paquete de Mercedes, con los tomitos de Shakespeare y sin la carta, anunciando oracularmente la noticia fatal del matrimonio de Gabriel. Luego, preludiando el final, otro envío de Mercedes arrastra a María Eugenia hasta su destino: el ansiado paquete del trousseau que ella tratará de empaquetar en aquella fatídica maleta que la hizo tropezar con la tía Clara, frustrando, definitivamente, su fuga. Por último, la misma Clara será quien extienda sobre la cama, el paquete definitivo de su traje de novia.

El paquete de María Eugenia se nos muestra, consistentemente, como "francés", asociado al ámbito del pecaminoso París de los hermanos Alonso. Su carga de modernismos, de dudosa moral y costumbres liberadas activa las defensas coloniales de la casa. Cuanto llega de "allá" aparece como un capricho peligroso y corruptor. Así, Teresa de la Parra no necesitó enfrascarse en debates ideológicos: en Ifigenia las "ideas nuevas" aparecen encarnadas en objetos: unas medias de seda, un sombrerito negro, el lápiz labial de Guerlain, la boquilla de Mercedes, combaten silenciosamente con la cadena de oro de los impertinentes de la Abuela; las coquetas y frívolas muñecas sirven de "abat-jour" para abatir el gusto inmaculado de Clara; los voluminosos tomitos del teatro de Shakespeare insinúan lo teatral y libresco de los amores de María Eugenia; las "indecencias" de las novelas y el diccionario de Voltaire se verán reemplazadas por la juiciosa chipolata; y aun cuando las esmeraldas de la bisabuela fueron cruelmente cambiadas por unas cuantas piezas de frívola lingerie, ya María Eugenia había trocado la seda por el percal, y en lugar de charmeuse de a treinta bolívares, aprende a usar combinaciones de milanesa. Finalmente, en la hora de la renuncia, el retrato del abuelo y el Nazareno en su redoma, le asestan la estocada definitiva, rematando el trabajo silencioso que habían iniciado los regalos de Leal. Es decir, aquí los complejos se ofrecen, como en las buenas novelas, desparramados en una atmósfera, un escenario, un humor. Allí está el realismo de Teresa de la Parra, un realismo puramente novelesco y muy español, que crece y se asienta a medida que lo heroico pierde pie. Como dice María Zambrano: "…se ve mejor refulgir este materialismo amante de las cosas, a medida que lo histórico baja de tono y se desvanece, a medida que lo heroico desaparece. Entonces quedan las cosas solas, entonces se muestra que con cosas, con nada más que cosas, brilla un universo en el que hay la huella del hombre, huella que es posible por esa cercanía o entrañamiento en que el hombre ha vivido con ellas"5.

Desocuparnos para que entre el mundo es la actitud novelesca por excelencia. Desde Homero hasta Kafka, novelar tiene que ver con ese encarnar la vida. No es cuestión de realismos doctrinarios ni "tecniquerías", como diría Borges. Es asunto de quedarse a solas con el mundo, de entrañarlo, de estarse como en casa, rodeado de objetos, en plan de "bodegón" con la vida, para atraparla allí, detenida en una instantánea quieta y fugaz; y valorándola: poniéndole a cada objeto su valor, su luz y su sombra, su distancia y su silencio. Quizá por esto creo que el arte de Velázquez es novelesco y que Cézanne escribió, junto con Flaubert, la gran novela realista de este siglo.

Teresa de la Parra tiene esa sensibilidad novelesca para la vida, el don de estarse a solas con el mundo y dejar que el mundo se haga en ella, domésticamente: domesticado a través de los objetos. Nada heroico: para Teresa, lo histórico, ese fastidioso "banquete de hombres solos", está lleno de palabras, de símbolos, de retórica vacía. La novela, por el contrario, pasea una mirada distraída por la sala, escucha el café que gotea como la conversación, recoge "la gentil maledicencia de los zócalos" y atrapa de ese modo, la enorme riqueza oculta e indivisa que forman nuestros "complejos". Porque la "tela de la vida" que todo novelista persigue tejer, el tapiz que todos quieren bordar, al igual que aquella "maraña de la que están hechos nuestros sueños", salen del hilo enredado de nuestros complejos todos: familiares, históricos, culturales y personales.

"Fue Ramírez con los veintemil francos, y el permiso para salir sola, quien me reveló de golpe esta sensación deliciosa de la libertad" (p. 35): entonces, la "independencia" de María Eugenia, ese paquete comprado en París, al igual que la otra, con mayúsculas, la histórica, no es vista como ideología, sino como complejo, como una realidad psíquica que entra en conflicto con los cimientos coloniales de la casa y el solar criollos. Y Teresa de la Parra intuye que ese paquete lo compra la inconsciencia y la inmadurez de una muchacha recién salida de un internado de monjas.

Es decir, cuando enfocamos la Independencia desde un ángulo distinto al del héroe, y dejamos que sea el ánima quien nos guíe, se hace visible la peligrosa carga de ingenuidad y fanatismo virginal que pudo haber en nuestra tragedia histórica. Ni la tesis de Vallenilla, ni la tesis de Gil Fortoul: Teresa habla de una intrahistoria, de la trama psíquica que conforma nuestra conciencia colectiva. Y lo hace novelescamente, de la única forma en que, por lo visto, los complejos se hacen visibles. Como dice Lezama Lima, siguiendo a Toynbee (a través de Curtius), "una técnica de la ficción tendrá que ser imprescindible cuando la técnica histórica no pueda establecer el dominio de sus precisiones"6. Lo heroico se apega a lo histórico con una visión hasta cierto punto unilateral; y desde allí no sólo hemos leído la historia (lo que estaría dentro de la naturaleza misma de lo histórico) sino, lo que es peor, es con esa visión que hemos tratado de hacer novela. Lo cual ya es un disparate. ¿El resultado? novelas sin esa novelesca visión fruitiva del mundo: su dimensión doméstica. De allí deriva la singularidad de Teresa de la Parra: no haber tenido "preocupaciones históricas" sino imaginaciones para el murmullo y el eco de lo histórico en la vida.

Notas:
1 José Martí. "Un viaje a Venezuela", en: Nuestra América. Caracas. Biblioteca Ayacucho, p. 227.
2 Su correspondencia deja ver que siempre estuvo muy consciente de estas realidades de la vida, que nunca dejó de sacar bien sus cuentas. Además, en su romance con Zaldumbide, lejos de dejarse llevar por ensueños románticos, las razones económicas pesaron tanto como los prejuicios familiares y sus resistencias artemisales. (…) Y la leyenda según la cual ella habría renunciado a casarse para dedicarse plenamente a su vocación de escritora, sólo confirma hasta qué punto el romanticismo del venezolano potencia nuestro anacrónico "desprecio" (culpa) al dinero.
3 En la etimología de Ananké entra la imagen del yugo de los bueyes y de la soga al cuello de los esclavos.
4 También Agamenón cuando regresa desempaqueta a Casandra: emblema viviente de su propio destino.
5 Pensamiento y poesía en la vida española. (Obras Reunidas. Madrid: Aguilar, p. 286-87).
6 "Mito y cansancio clásico". (Obras Completas, I, México: Aguilar, p. 284-85).

* Todas las citas de Ifigenia remiten a la Obra Escogida de Teresa de la Parra (prólogo, notas y edición al cuidado de María Fernanda Palacios). 2 tomos. México: Fondo de Cultura Económica / Caracas: Monte Avila Latinoamericana, 1992.

De: "La herencia de María Eugenia Alonso", 3er. capítulo de Mitología de la casa: primera parte del libro Ifigenia: mitología de la doncella criolla (a ser publicado por Angria Ediciones en fecha próxima).

María Fernanda Palacios. Ensayista y poeta

 


 

ENRIQUETA ARVELO LARRIVA

"La aislada no es mi voz, soy yo"

El destino arregló que fuese sola por la literatura venezolana,
que se labrase en soledad profunda "en una época en que las mujeres
no escribían poesía". De allí que Sonia González descubra en esa
"voz aislada" que confiesa su poesía no "una simple imagen literaria sino una verdad dura y seca, difícil de comprender en estos tiempos"

El confinamiento real
"Ahora, en rezagos de tierra, / yo misma me labro. / Todas las mañanas".

Como le confesara Enriqueta Arvelo Larriva a Julián Padrón en su carta de 1939 antes de la publicación de su libro Voz aislada, estos versos la retratan sin excesos de imaginación: "Cualquiera puede pensar en lo jactancioso y falso al leer estos versos. ¡Y cuánta dura realidad hay en ellos!".

Esta enigmática mujer se hizo sola como el nombre de su segundo libro. Sola en Barinitas, su ciudad natal. Aislada en un territorio de hombres, en una época en donde las mujeres no escribían poesía, ni estudiaban en la universidad, ni viajaban sin compañía. Tampoco se casó, y vivió en la casa de su padre cuidando de él hasta su muerte. Tuvo efectivamente que labrarse, sola, todas las mañanas, para seguir sus estudios de manera autodidacta leyendo cuanto caía en sus manos y hacerse de esta extraña manera "poeta en las hendijas".

Nacida en 1886, Enriqueta Arvelo Larriva vivió fuera de su tiempo en un pequeño pueblo enclavado al final del Llano y al principio de los Andes. De Barinitas a Barinas, la ciudad más cercana, los 25 kilómetros debían hacerse a pie durante ocho horas, o tres a caballo -si se contaba con un caballo y la posibilidad de montarlo, tarea que no estaba tampoco muy destinada a las mujeres de ese entonces-. Para llegar a Mérida se necesitaban en cambio muchos días más. Por lo tanto, cuando hablamos de confinamiento en ella, de "voz aislada", no es una simple imagen literaria sino una verdad dura y seca, difícil de comprender en estos tiempos.

Leyendo sus primeros poemas se puede percibir cómo la autora estaba extrañamente adelantada a su época, guiada por esa necesidad de seguir su propia música. Nunca pudo tampoco sentirse parte de una generación de escritores (¿del 18?, ¿del 28?). "Se me preguntaría a cuál generación poética pienso pertenecer y -¡ay, Dios mío!- tendré que contestar sincera: creo que a ninguna, exactamente. Es lo honrado. Y no es que me guste ir sola por la literatura venezolana, sino que así lo arregló el destino". Por lo que, verdaderamente, Enriqueta Arvelo Larriva vivió confinada en ese pequeñísimo pueblo de provincia hasta 1948, fecha en la que se trasladó a Caracas, de donde tampoco se movió más que para morir, catorce años después.

La simplicidad de lo solo
"Estreno profundidad sin lastre. / Voy sólo con mi ritmo y mi estambre y mi aguja. / Y me apoyo en el aire".

Desde que Luis Alberto Crespo me regaló hace unos cuantos años esa Antología de ella, toda subrayada y con anotaciones al margen -un libro, digamos, vivido en los cantos y los bordes de las hojas -, la autora me ha acompañado a diario con su ímpetu asfixiado desde el estante de mi biblioteca, hermanada por alguna razón a mis más profundas alegrías y mis más profundas miserias.

Su poema del viento sonando en los alambres, y ella montada de alguna manera en él, guiada por la nada y asombrada de seguirlo, me sigue conmoviendo cada vez que lo leo, desde la primera vez que tomara este libro entre mis manos y lo escuchara de Luis Alberto con voz honda y sentida hace ya varios años. Desde entonces este poema simple y vital me acompaña de manera fiel y le debo a su lectura varios instantes de plena felicidad:

"Toda la mañana ha hablado el viento / una lengua extraordinaria // He ido hoy en el viento. / Estremecí los árboles. / Hice pliegues en el río. / Alboroté la arena. / Entré por las más finas rendijas. / Y soné largamente en los alambres // Antes -¿recuerdas?- / pasaba pálida por la orilla del viento. Y aplaudías".
Y qué decir de su poema «Colmena»: "¿Llamó la soledad a las abejas? / ¿Por qué escogieron esta oscura horquilla? / ¿Pidió el retiro zumbadora masa? / El espeso murmullo no responde / Es murmullo acoplado a la tarea", o su poema «Tú, el minúsculo» que cuenta la muerte de un pequeño pájaro en su mano: "Confunde ver la muerte / entrar toda en un mínimo cuerpo (…) Caído en mi mano, / con sudario de luz de tarde, / crecías ante mis ojos abiertos y mudos. / Crecías en la nada / como si fueses por lo eterno".

Esta cercanía, este "abastecimiento" de lo natural, este culto que la poeta rinde a lo breve, a lo solo, a lo perecedero, a lo pequeño, hacen de estos poemas tesoros inmediatos. Tal vez lo que más me conmueva de Enriqueta Arvelo Larriva sea su forma de tocar el mundo a través de lo simple con esa certeza infinita de caminar un camino conocido, con paso a la vez templado y silencioso. Sin embargo, la firmeza y la temperancia en su poesía no contrastan con esta especie de "levedad", sino que, muy por el contrario, unifican aún más su voz. Era el "misterio de las cosas sencillas" lo que daba un sentido a su existir, y era justamente ese misterio el que plasmaba en toda su poesía.

Esta sea quizás una virtud de muchos poetas, pero en Enriqueta Arvelo Larriva su sigilo y su ímpetu eran mucho más que una virtud: eran sus únicas verdades: "y me dejaron ahí / bebiéndome el agua esencial de un mundo estremecido. (…) / Ahora voy indemne entre las gentes".

Una mujer sola en un Llano ciego
La soledad puede convertirse así en una fiel compañera y el lugar se amalgama, por duro que sea, a la piel. "Este no es el Llano, sino un Llano peor que los otros o que está en peores condiciones. Los otros tienen su respiradero. Este está ciego".

El lugar apartó a Enriqueta Arvelo Larriva de toda grandeza. La secó para esculpirla. La labró. La cerró y la abrió: "…mi otoño no es tierra muerta, tierra sin curiosidad, sin comprensión, sin inquietud. Aún alcanzo cosas (sin soñar ya), detrás de las cosas, dentro de las cosas. Y lanzo mi voz aunque no haya oídos". Nada tenía, aparte de su grandeza de desheredada.

Y la Enriqueta mujer, la que tuvo que cultivar su inteligencia porque sus hermanas tenían la gracia, la Enriqueta tosca y poco acostumbrada a refinamientos, estaba también confinada en ese Llano lleno de sed. "¿Habré de ir, / sin música, sin gloria, / leal, fatal, / nublando cuadros lindos?".

¿Cómo no imaginarla en las ventanas, esperando una voz de hombre que cantase para ella? ¿Cómo no suponer alguna forma de frustración, hecha de agujas en los manteles, de cojines en la sala, de pasillos para quitar el polvo y grandes cuartos para ordenar en calma? A veces leo entre líneas y encuentro su deseo contenido, mantenido a pulso para ejercer su papel (madre de Aura, su hermana más pequeña, madre de su padre, prisionera de su hermano preso, huérfana de ella misma, y finalmente, benefactora pública de todos en ese Llano ciego: a veces enfermera, asistente social, secretaria de analfabetas pobres, consultora jurídica, etcétera, etcétera). Tal vez no quedó en ella lugar para el amor y el deseo, y toda su inmensa pasión, su ímpetu y su fuerza se volcaron en la literatura.

Así, la vida le supo sonreír siempre pese a todas las dificultades, porque con poco le bastaba y con poco era feliz. La austeridad le enseñó a ser pobre de palabras y a nombrar solamente lo que muere en la mano de puro fuego. Quizás aprendiera, por costumbre, a no soñar despierta.

El confinamiento voluntario
"Soy espontáneamente feliz: me molesta tener que estar triste cuando no puedo hacer otra cosa que estarlo. Reacciona mi alma de toda pena, con valentía, sin cooperación, y el más pequeño bien es una fuente de gozo".

Por último, toda imagen de soledad causa asombro, misterio y una especie de constreñimiento (mezcla de amor y pena). Un único árbol al filo de una montaña, un pájaro matutino que llega a la ventana, un anciano que pide limosna en una esquina, un niño, un objeto en una habitación, un pez solo en una pecera circular… ¿son seres que perdieron algo?, ¿que quedaron desamparados?, ¿que sustentan su fragilidad?, ¿que reclaman alguna compañía?

Sin embargo, Enriqueta Arvelo Larriva, que podía transmutarse en todo eso (ella misma era imagen de su confinamiento), no nos transmite la fragilidad que ostentan los seres aislados. Por el contrario, en ella las posibilidades de "hacer" una felicidad con poco en un único espacio, eran una increíble y envidiable virtud. "Recuerda que no pedí nada / para la hora presente, / que hilé dulce mi serenidad / sobre el carecimiento que agita. / Sin tu bien, optimismo, / se oxidaría mi quimera / y mi corazón se haría intransportable".

Por eso su corazón que transportó indemne entre las gentes, lo hundió en la casa de Barinitas hasta crear su propio respiradero, su hendija y su hogar. Porque no habría podido con otra cosa. No habría podido con la gente. No habría podido con la ciudad. No habría podido con los círculos literarios. No habría podido con la mañana sin lo verde. Y así, cuando el confinamiento se hace voluntario, deja de ser una delimitación física, y lugar, cosa o ser humano que permanecieron delimitados pasan a un estado ideal de libertad. "Señor, no me des ya la dicha. / No sabría manejarla / y con ella iría cohibida / como una nueva rica (…) Ya no sé aprender nada / y no quiero perder / mi gracia y mi aplomo de desheredada".

La Enriqueta Arvelo Larriva que sostengo, gracias a su poesía, es una mujer increíble que supo encontrar en vida el encanto de las miles de tonalidades grises que tiene la felicidad. Pocas personas alcanzan esta forma de sabiduría, que permite entablar con el día que se vive una relación armoniosa y pacífica, sin perder por ello la fuerza de un corazón impetuoso. "Si viniese un día bueno, ¿lo cifraría mi gesto? / ¿Mi voz sonaría húmeda, con alas, con luces? // Un día ileso. / Bajo azul, sobre verde. / Entre las gentes".

Rezo por ello hoy. Por adquirir el preciado beneficio de ser feliz con poco como ella, y poder hacer de todo Llano un reino, gracias a la fe.

Sonia González. Poeta


N° 1 Aņo IV
Caracas, sábado 07 de octubre de 2000
 
 
 
 
 

 
 

 

 
 

 

 
 

 

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