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Apuntes
Latinidad, lengua y belleza
Las fronteras
que separan las distintas lenguas se hacen transparentes cuando
de la comunidad latina se trata. De allí que la idea de "latinidad",
ya no asociada
al linaje o arraigo a un territorio sino a una lengua fundadora,
el latín, se convierta en símbolo de una "fraternidad
recobrada". De ello dará cuenta mañana Gerardo
Cavalcanti, en el castillo
de Chambord, Francia, dentro del marco de la celebración
del "Día de la latinidad" que ha proclamado la
Unión Latina
Cuando,
en la segunda mitad del siglo XIX, en medio de visiones poéticas,
utopías políticas e investigaciones filológicas,
la idea de latinidad comienza a concretizarse, se plantea el problema
de su definición y de los criterios de pertenencia. Si abandonamos,
rápida y definitivamente, la idea de una "raza"
latina, nos encontramos ante una respuesta a la vez amplia y precisa:
el sentimiento de pertenencia a una misma familia cuya especificidad
no encuentra sus fundamentos ni en el linaje ni en el arraigo a
un territorio, sino en una lengua común. Lengua que no es
siquiera hablada por los miembros de la familia, pero que es reconocida
como la fuente de todas las lenguas que ellos utilizan. El latín
es el héroe epónimo y fundador de la latinidad, héroe
reconocido y respetado, aunque a veces parezca un poco lejano. Todos
los parientes de la familia saben o sienten que las fronteras entre
sus lenguas respectivas, lejos de ser opacas, son transparentes,
saben que pueden cruzarlas en cualquier momento espontáneamente
y sin formalismos. Esta constatación da la tranquilizadora
certeza de que podríamos, al precio de algo de esfuerzo,
constancia e imaginación, encontrar de nuevo en su plenitud
esta comunidad fragmentada, pero siempre viva y presta a reconstituirse,
presente en los más pequeños recovecos de los mapas
donde se han insinuado los vocablos y los sonidos venidos de Roma.
La lengua, expresión a la vez individual y colectiva, es
la garante del sentimiento de la latinidad, rica por la diversidad
de sus lenguas mayores, español y francés, italiano,
portugués y rumano. Por ello la Unión Latina creó
el premio literario de Roma, símbolo y síntesis de
esta fraternidad recobrada.
Pero la fuerza
de este sentimiento de familia reside también en el mensaje
inagotable que los ancestros no cesan jamás de transmitir.
Es una lengua que habla del hombre. Probablemente nunca se habla
del hombre antes del cristianismo con tanta nobleza y familiaridad,
tanta grandeza y simplicidad, tanta mesura y sabiduría, como
en los textos que van de Cicerón a Séneca.
Pero este mensaje no es nunca una incitación a imitar, no
es jamás normativo, sino un llamado discretamente persuasivo
a la libertad y a la autonomía de la persona. En este sentido,
el lenguaje es fundador del humanismo del renacimiento del cual
somos herederos. A un amigo que le reprochaba haber pasado el tiempo
estudiando a los antiguos sin ser capaz de escribir como ellos,
el poeta Florentino respondía al final del siglo XV: "Yo
no soy Cicerón y precisamente por Cicerón
aprendí a ser yo mismo". Tal es la quintaesencia siempre
presente del tesoro de la latinidad.
El latín
es también una lengua que habla de la sociedad. Es la lengua
que expresó el derecho y le dio la fuerza de sus leyes inscritas
en el bronce. Al caos de las pulsiones, de las contradicciones,
de los intereses y de los excesos personales, el derecho opone el
rigor y la equidad de los códigos, fuente inagotable de comentarios
y de aplicaciones a las situaciones y tiempos más diversos.
Sin él jamas habrían podido transformarse en ciudadanos
los habitantes de un imperio inmenso y variopinto.
El latín es también una lengua que transmitió
en un mismo soplo los razonamientos de los filósofos y las
certezas de los padres de la Iglesia. Con la misma autoridad y la
misma convicción, el latín se comprometió a
servir a la razón y a la fe.
El
hombre, el derecho, el saber profano y el saber sagrado: he ahí
el tesoro que el latín ha legado a la latinidad, acompañado,
eso sí, de un sello indeleble que lo ha hecho sensible y
accesible a todos los hombres: la belleza, cantada por los poetas
y los arquitectos, reflejada por las palabras que nunca han podido
asirla, pero que la restituyen en su viva plenitud a todos aquellos
que no cesan de soñar con ella: mesura y proporción,
simetría y armonía, equilibrio y claridad, las mismas
palabras que dan cuenta de las reglas que rigen la organización
y el funcionamiento del cosmos. El edificio del saber se cubre,
pues, de belleza y la intuición de la belleza es un logro
del espíritu. Inseparable de la verdad, revelación
de la perfección que sobrepasa el entendimiento, la belleza
es la única aproximación a las realidades supremas
y universales ante las cuales el lenguaje debe reconocer sus límites.
Por ello la
belleza es la búsqueda perpetua y la inalterable aspiración
de una civilización cuyo lenguaje persigue las utopías
vitales: el conocimiento del hombre, el equilibrio de la sociedad,
la adecuación de la palabra al pensamiento. La belleza es
la respiración misma del espíritu latino en los templos
de los dioses y en los palacios de los príncipes, en todos
los miembros del cuerpo urbano; es ese reflejo del universo sobre
las representaciones de la trascendencia y del poder, así
como sobre las innumerables imágenes por las cuales el hombre,
con algunas porciones de materia, trata de arrancar a lo efímero
su emoción o su angustia, su deslumbramiento y gratitud ante
el espectáculo fascinante del mundo, encontrando de nuevo,
bajo el velo del caos, la forma pura oculta en el fondo de su alma.
Traducción:
Carlos Leáñez / Representante de la Unión
Latina en Venezuela.
Gerardo
Cavalcanti. Secretario General de la Unión Latina
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