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Ensayo
PERVERSIONES
PARTICULARES DEL MUNDO CONTEMPORANEO
¿Nuevos
autoritarismos?
Viejas oposiciones
Al rozar las
páginas de la historia, Verónica Jaffé palpa
la gravedad
de un asunto de repercusión mundial que impregna "nuestra
propia actualidad política": "los autoritarismos
-subraya la ensayista- no son, por desgracia,
problemas del pasado", y le basta con citar a Tocqueville y
"la llamada tiranía
de la mayoría", a más de referir que "los
nuevos autoritarismos de hoy
no son por lo común expresión de un golpe militar,
de una represión sangrienta,
de una dictadura simple y llana, son producto del voto de la mayoría"

Piranesi
/ Cárceles de invención
Los signos de interrogación
proponen un programa, un método que podría ser interesante
seguir. Interrogarnos sobre la palabra autoritarismo nos conduce
al centro de la discusión política porque presupone
de inmediato su contrario, un antiautoritarismo que puede asociarse
tanto con el concepto de democracia, el gobierno no de uno sino
de muchos o al vasto campo de los diversos liberalismos que han
servido para contrarrestar los efectos de un autoritarismo abusivo,
irrespetuoso de las diferentes libertades promovidas en muchos países
como asunto fundamental, al menos desde los tiempos de la Revolución
Francesa. Despejar un poco el panorama confuso que se abre al hablar
de autoritarismos podría ser de utilidad también para
reflexionar sobre el adjetivo: ¿son nuevos estos autoritarismos,
son viejos, son una constante en la historia política de
la humanidad? ¿O no? ¿Son perversiones particulares
y circunstanciales del mundo contemporáneo? ¿O son
respuestas viejas y manidas a eternos problemas sociales, políticos
y económicos, casi algo como una ley natural, una repetición
inevitable de la historia?
En un trabajo
de Fareed Zakaria, editor de la revista Foreign Affairs,
de diciembre del 97, se dan algunas cifras que aunque quizás
estén hoy día un poco alteradas, creo que siguen mostrando
grosso modo la situación actual. Se dice allí
por ejemplo que de 193 países 118 son llamadas democracias,
representando así a un 54,8 % de la población mundial.
Sin embargo, estas democracias se califican de iliberales, no liberales,
autoritarias porque (en el 97 eran un 50%) su prontuario en el irrespeto
de las libertades civiles era bastante mayor que sus violaciones
de las libertades políticas, quiere decir, se trataba de
gobiernos electos por mayorías que procedían a recortar
las libertades individuales de sus ciudadanos de forma más
o menos escandalosa. La cifra nos ayuda al menos a reconocer la
gravedad del asunto, y no sólo para nuestra propia actualidad
política. Creo que es pertinente entonces el tema y la pregunta:
en efecto, a pesar del alto número de las democracias nominales,
los autoritarismos no son, por desgracia, problemas del pasado.
La distinción
entre democracias liberales o no liberales de Zakaria podría
ser útil para reflexionar en un primer momento sobre el adjetivo
del sustantivo que nos ocupa aquí. Zakaria propone
que son estas democracias iliberales la versión 'nueva' y
contemporánea de los viejos autoritarismos. Si aceptamos
por un momento esta tesis tendríamos que concluir al menos
una cosa: estos nuevos autoritarismos que se presentan en vestimenta
democrática y realizan de vez en cuando unas elecciones generales
aceptablemente limpias y decentes serían expresión
de un aspecto político definitivamente nuevo. Quiero decir
que la necesidad de la máscara apunta hacia una mala conciencia
que obliga a la conservación al menos de unas formas que
son venia ante una opinión pública internacional que
impone estas apariencias. El disimulo democrático sería
la respuesta a un cambio moderno en la conciencia política
de nuestros días: nadie podrá argumentar hoy con campañas
de salvación y rescate al estilo nazi, fascista, franquista-caudillista
de las antiguas dictaduras latinoamericanas, nadie justificará
bárbaras tiranías sólo con enfrentamientos
religiosos o ideológicos fundamentalistas, el muro de Berlín
ha caído ya hace tiempo. La influencia, aun cuando débil
y apenas perceptible en algunos casos, de una conciencia liberal
más universal marca una distancia y una distinción
con respecto a los autoritarismos de vieja data. Los nuevos autoritarismos
de hoy no son por lo común expresión de un golpe militar,
de una represión sangrienta, de una dictadura simple y llana,
sino producto del voto de la mayoría, resultado de las preferencias
del electorado, representación de los deseos de las masas
y, como tal, legítima expresión de la voluntad popular
de la mayoría.
Sin embargo,
podríamos coincidir con Zakaria, y no sólo
con él, en que las elecciones no son por sí mismas
garantía de mucho. Y cita un ejemplo: "Consideremos
las palabras de Alexandr Lukashenko después de ser elegido
presidente de Bielorrusia con una mayoría impresionante en
unas elecciones libres realizadas en 1994, pronunciadas cuando se
le preguntó sobre los límites de sus poderes: 'no
habrá dictadura. Yo vengo del pueblo y estaré siempre
a favor del pueblo'" (Foreign Affairs, vol. 76, No 6,
p. 30). Palabras más palabras menos, tal argumento es esgrimido
por muchos presidentes o cancilleres elegidos por el voto popular,
tal argumento se lo hemos escuchado, por traer a colación
casos más cercanos, al presidente Fujimori o al presidente
Chávez, ambos elegidos en el pasado reciente por mayorías
considerables. (
)
Pero antes
de profundizar en esto, habría que recordar algunos argumentos
nada nuevos y sí muy clásicos en contra de esta concepción
de la democracia. La llamada tiranía de la mayoría,
una expresión harto citada de Tocqueville, y el peligro político
para las minorías que tal situación produce casi de
forma automática ha sido descrita ya en la teoría
política de Kant hace casi tres siglos y es parte
hoy como antes de las graves preocupaciones de los estudiosos, pues
representa una de las contradicciones clásicas del pensamiento
político occidental.
Así,
para aclarar rápidamente este concepto, habría que
retornar al sustantivo del título de esta reflexión
y no tanto a su adjetivo, habría que recoger algunos pensamientos
de la vieja teoría política del liberalismo tal como
se ha ido construyendo en los últimos 400 años (
).
La diferencia a veces irreconciliable entre las ideas de democracia,
justicia, gobernabilidad por una parte y libertad por otra ha sido
ampliamente discutida, pero lo ha sido sobre todo por un historiador
notable: (
) Isaiah Berlin, brillante historiador de
las ideas y filósofo político inglés que murió
hace apenas tres años.
Permítanme
retomar aquí sólo algunos pocos de sus pensamientos.
(
) Es parte de los cuatro ensayos sobre libertad que Berlin
publicara en 1969. Y sin embargo, creo que el panorama histórico
no parece anacrónico y superado. Intentaré demostrarlo.
(
)
Berlin
ve en un evento ocurrido en 1903 el fatídico comienzo de
esta nueva conciencia política. Cuenta la historia de una
conferencia del partido socialdemócrata ruso que comenzó
en Bruselas y terminó en Londres y donde un delegado llamado
Mandelberg, alias Posadovsky, propuso la eliminación de todo
"principio democrático" que pudiera interferir
con las necesidades del partido, incluyendo el principio de inviolabilidad
de la persona. Tal propuesta fue aceptada por uno de los fundadores
del marxismo ruso, Plekhanov y posteriormente adoptada por Lenin.
Con ello la visión sobre el ser humano había cambiado
en forma radical, y muy moderna. Berlin lo resume de la forma
siguiente: "el ser humano no busca felicidad o libertad o justicia
sino sobre todo y ante todo seguridad
". (
) La característica
de nuestros tiempos, concluye Berlin, no es el conflicto
de ideas, más bien es la hostilidad manifiesta contra toda
idea, por ser fuente impredecible de conflictos, agitaciones e inseguridades.
Las sociedades verdaderamente modernas no serían analizables
en función de los valores y deseos y sentidos morales de
sus miembros, sino como consecuencia de alguna hipótesis
o dogma metafísico en relación con la historia, o
la raza, o el carácter nacional, y los seres humanos pueden
ser explicados ahora "científicamente" como productos
simples de una estructura social o de un inconsciente colectivo
o de un origen racial o de unas raíces sociales o biológicas
o de cualquier otro determinante exterior, irracional y en última
instancia inhumano. Esta modernidad es la del Gran Inquisidor de
Dostoievsky que, nos recuerda Berlin, explicaba en
detalle el asunto. Los seres humanos le tienen miedo, terror, a
la libertad, al libre albedrío, a la posibilidad y más
aún necesidad de tener que escoger entre varias, múltiples
alternativas. Tanto la ciencia moderna en sus posiciones deterministas
más radicales como los pesimistas autócratas de toda
especie concuerdan hoy en día con él. Y por fin, la
concepción profundamente hostil y negativa que soporta ambas
posiciones niega la posibilidad del desarrollo de los seres humanos
como seres creativos, capaces de tomar sus propias decisiones.
Y de tal estirpe,
creo, son los llamados nuevos autoritarismos. Por lo cual, creo,
podemos poner en duda el adjetivo propuesto y justificar los signos
de interrogación en el título. Como ejemplo, no uno,
dos botones.
En el caso más
cercano, quiero decir, en el nuestro, sólo me referiré
rápidamente a algunas observaciones que hace Teodoro Petkoff
en un libro que recién se publicó en estos días
y que recoge una conversación mantenida en enero y febrero
de este año. Petkoff habla, casi como para corroborar
el análisis de Berlin hace 50 años, del carácter
antipolítico del chavismo, de su antipatía por el
ámbito público y sus preferencias por los aspectos
privados y heroicos de la vida pública, habla del escenario
actual como de una expresión predemocrática que privilegia
la configuración del líder junto a la masa, habla
de una cultura democrática difusa por disponer sólo
de una perspectiva "un tanto elemental e igualitaria"
que incluye "pretensiones autoritarias" irrealizables
por culpa de las presiones internacionales y habla de la oposición
liberal a esta cultura autoritaria en forma, creo yo, harto ligera
e irresponsable, cito sólo en parte: "nuestra muy venezolana
y preciosa norma del derecho a hablar p
pistoladas".
La trivialidad de esta concepción de oposición antiautoritaria
puede leerse, propongo, como parte de nuestros problemas políticos
actuales. Algo que se ve claramente cuando comparamos esta comprensión
del chavismo con la óptica presentada por periodistas europeos
frente al autoritarismo de un Jörg Haider. Un autoritarismo
bastante más directo y descarnado que se muestra violentamente
agresivo frente a la prensa, frente a los intelectuales, frente
a las artes y las letras, frente a la disidencia digamos inteligente,
pero con nombre y apellido y en grandes vallas publicitarias. Algo
equivalente sería una valla en Caracas que dijera, por ejemplo,
algo así como: "Muera Uslar Pietri, que vivan
el cuatro y las maracas". Al descalificar sistemáticamente
a escritores y artistas de renombre, Haider lleva a sus consecuencias
más obvias este autoritarismo digamos 'posmoderno': descalifica
lo individual, lo heterogéneo, lo plural y pregona la única
y homogénea cultura nacional. La xenofobia se convierte en
defensa de lo propio y cultural y contra el demos arremete
con el etnos, contra la nación de ciudadanos defiende los
derechos de la cultura nacional. Cito una frase de Haider que me
parece el resumen de este autoritarismo: "Si la política
no se construye sobre principios étnicos la humanidad no
tiene futuro". Y así llegamos otra vez a esas democracias
de tiránicas mayorías y con desagradables tendencias
etnonacionalistas en el peor estilo Milosevic.
La irracionalidad
tan posmoderna del discurso intelectual de los últimos años
se enfrenta ahora con sus propios monstruos: Le Pen, Milosevic,
Kabila o Chávez salen de sus tumbas nacionalistas con ancestrales
argumentos étnicos y xenófobos, montados cómodamente
sobre los hombros de las mayorías. La autodestrucción
política que el pensamiento occidental ha celebrado alegremente
como irracionalidad y deconstrucción, o neoizquierda o antiimperialismo,
no tiene una voz suficientemente clara y transparente como para
contrarrestar los gritos primarios de esas viejas insinuaciones.
La perversa hostilidad a la idea, a la imagen, a la palabra se oculta
tras todas estas posiciones. El peso de los años y de las
tradiciones le presta una peligrosidad amenazante a estos "nuevos"
autoritarismos.
Sin embargo,
viejo es también este conflicto. Para finalizar quiero recordar
una historia contada hace unos 2.500 años, recordar el destino
de Antígona y de su enfrentamiento con su tío y soberano
Creonte. Quizás su voz aún sea lo suficientemente
fuerte como para ser leída y entendida como contrapeso. Antígona
se opone al decreto de Creonte que prohíbe enterrar el cadáver
de su hermano Polinices, caído en el combate fratricida por
la ciudad de Tebas. El decreto de Creonte parece racional: nada
de gestos humanos para el enemigo. Antígona, al violar la
ley de la ciudad, incurre en grave falta y es castigada con la muerte.
Y sin embargo. La obra de Sófocles ha sido leída
por siglos como una trágica defensa de los derechos individuales,
de los sentimientos personales, contra los derechos políticos,
los de la polis, los de la ciudad de Tebas. Una defensa, en última
instancia, de la muy frágil, muy precaria, muy humilde, muy
mortal condición humana. La piedad de Antígona es
el reconocimiento explícito de esta condición y su
propia debilidad e indefensión es contrincante válido
y valiente de la segura y ordenada y privilegiada posición
del poder. Habrá muchos nuevos Creontes que esgriman todo
tipo de razonamientos en defensa de su polis; también, quizás,
habrá algunas Antígonas que alcen su voz en contra
de ellos.
Verónica
Jaffé. Ensayista y poeta

Foto:
Miguel Angel, Caída del condenado (fragmento del
Juicio Final)
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