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Tributo
Kitsch
Cabrujas
"Un impasse
entre lo ridículo y lo irónico, la ficción
y la realidad, lo moderno
y lo posmoderno" particularizaría, para Diego Casasnovas,
la actitud discursiva de José Ignacio Cabrujas. Al cumplirse
un año más de su muerte -y a manera de tributo-
el joven ensayista penetra en la propuesta cabrujiana hasta develar
una confrontación con "los valores hegemónicos
de la modernidad", que el "maestro" volcase en escena
"a través de la hiperrealidad iconográfica del
kitsch", indeleble sello de su imaginería
Foto: Vasco Szinetar
(detalle)
José Ignacio Cabrujas
Se
retira la historia universal
y el drama comienza
José Ignacio Cabrujas
Profundo
(1971), Acto cultural (1976) y El día que me quieras
(1979), aunque funcionan perfectamente bien en forma individual,
perfilan en conjunto la actitud discursiva más característica
de Cabrujas, cerrada muy rápidamente a causa de aquel
intolerante ataque cardíaco que lo mató en seco mientras
descansaba flotando en una piscina en la isla de Margarita. Actitud
que dialoga con el impasse posmoderno, en el sentido de que
va más allá de la modernidad, pero sin abandonarla,
sin descartar todo el aparato conceptual con el que precisamente
define los límites. Un impasse entre lo ridículo
y lo irónico, la ficción y la realidad, lo moderno
y los posmoderno, que abarca no sólo sus obras de teatro,
sino sus telenovelas, sus crónicas periodísticas,
su actividad como director de teatro.
En su trilogía
de los setenta, Cabrujas no abandona la actitud moderna,
heredada seguramente de Salustio González y Víctor
Manuel Rivas, inmersa dentro de su genial tono sainetero, dándole
un severo matiz melodramático: que no sólo se vuelve
imagen en sus piezas de teatro, sino que está contenido en
su propio lenguaje; pero a la par de este barniz sainetero se va
concentrando un ligero y punzante sabor amargo, como su propia muerte
montada en un flotador sobre una piscina repitiendo, quizá,
ciertas palabras de Pío Miranda: "No me esperes... ¡No
hay nada! ¡Mentí!.. ¡Esa es la palabra esperada,
la palabra profética!.. ¡Mentí! ¡No hay
Roman Rolland! ¡Nunca le escribí a Roman Rolland!..
¡Me importa un coño Roman Rolland, y la paz y la amistad
de los pueblos! ¡Se terminó! ¡No hay regreso!
¡Se terminó! Gracias por el almuerzo
el perro
me espera
y debo explicar por qué va a amanecer mañana...
Adiós. Perdón. Adiós".
La escogencia
simbólica en Profundo: el entierro custodiado por
el ánima del padre Olegario albergado en la casa de los Alamos;
en Acto cultural: la celebración del quincuagésimo
aniversario de la Sociedad Louis Pasteur, antes Sociedad Heredia
para el fomento de las Artes y las Ciencias de San Rafael de Ejido,
por medio de una obra de teatro representada por los miembros de
su Junta Directiva, o sea, ellos mismos; o la llegada, cierta y
melodramática de Carlos Gardel a Caracas en 1936,
y de aquí a la casa pastoreña de los modernísimos
Ancízar, de El día que me quieras, me permite
asomar una línea discursiva que se confronta con los valores
hegemónicos de la modernidad, les hace una mueca a través
del juego teatral dentro de la misma obra teatral: el ritual para
el ánima del padre Olegario, incluyendo el cuadro vivo del
nacimiento de Cristo; la obra de Amadeo Mier, la llegada de Gardel
en el fin del primer acto de El día que me quieras, un doble
gesto escénico elaborado a través de la hiperrealidad
iconográfica del kitsch.
Es en esta mueca
kitsch, en esta puesta en sospecha de la modernidad, que
se encuentra el tono emblemático de la propuesta cabrujiana,
tratada por medio de esa doble representación y toda la imaginería
con la cual dispone: los accesorios católicos de los Alamos
para desenterrar el tesoro, el acartonado vestuario utilizado por
la Junta Directiva de la Sociedad Louis Pasteur para la obra de
Amadeo Mier, los trajes de fiesta para el concierto de Carlos
Gardel en el Teatro Principal. Juego de la representación
que en su tránsito por cada una de las piezas se va tornando
más sutil e irónico: desde las tradicionales túnicas
cristianas en Profundo para darle poder a la excavación,
hasta la puesta en escena de la llegada de Lepera y Gardel
a casa de los Ancízar, capaz de hacer tambalear toda la iconografía
comunista (Ucrania, URSS, Kolkojs, Rolland, rublos, Stalin
)
de Pío Miranda cerrando estupendamente la pieza con la frondosa
bandera roja de la hoz y el martillo cubriendo una de las sillas
del salón de estar de los Ancízar. Excentricidades
utilizadas como una manera de problematizar los vínculos
equívocos y serenos del proyecto moderno.
Señalaba
Cabrujas en una de sus tantas crónicas escritas en
la década de los noventa: "Latinoamérica es ahora
la cultura 'Carmen': místicos errabundos del Gran Sertao,
locos lectores de La Ilíada, comerciantes de hielo,
once catastróficas páginas del tedioso Ciro Alegría,
para describir a un aldeano picado de serpiente, doncellas milagrosas
que desafían la gravedad y bugambilias de tías frustradas
que recuerdan estados de soltería. Cuando no, putas errantes,
Bolívar atrapado en un infierno de cuarenta grados,
y oye que te cuento", y su crítica mordaz a ese empecinado
proyecto moderno nacionalista y folclórico, su visión
perturbadora y excéntrica de la modernidad es llevado a escena
tal como realizaba casi dos décadas atrás, a través
del kitsch, un fenómeno de la contemporaneidad en
donde se mezcla primer y tercer mundo, en donde se entrecruzan los
valores de lo culto, lo popular y lo masivo, un fenómeno
cultural que le inyecta a su iconografía una intensa carga
emocional e irónica, un fenómeno, en fin, engendrado
en estas latitudes, escindido entre una imaginería que hurga
en otros tiempos, rebusca en las manifestaciones culturales más
intrínsecas del espectador o lector. Una imaginería
que hoy día se encuentra, sobre todo, en las calles más
transitadas de Caracas, atestadas de mesas improvisadas donde se
mezclan bluyines de seis mil bolívares -o cuatro mil
según sea el caso-, mentol chino, pinturas de labios, imagen
del Papa, clones de los aromas más sofisticados del mercado,
fotos de Chávez colocadas al lado de la Virgen con las tres
rosas en el pecho. Toda una puesta en escena donde se reconoce una
iconografía espontánea, religiosa y pagana, que juega
con el mercado de la economía liberal, con un toque mágico
y chillón de variadas emociones.
Es en este
llamado a la emoción donde el kitsch hace su aparición
en las piezas cabrujianas: en los cuadros vivos como punto álgido
de la representación de "Colón, Cristóbal,
el Genovés Alucinado" de Acto cultural, en la
estampa hiperrealista de Carlos Gardel y su entrada triunfal
al final del primer acto de El día que me quieras,
en los continuos ritos ofrecidos al ánima del padre Olegario
en Profundo, imagen fetiche que invisiblemente colma cada
escena de esta espléndida obra de teatro.
Conocido como
el dominio del "mal gusto", el kitsch es presentado
como un proyecto artístico fallido: la propia obra de Amadeo
Mier, montada para un público ausente, dentro de un pueblo
ausente, en un país ausente; la excavación frustrada
dentro de la vivienda de los Alamos para toparse con las propias
bajezas del ser humano; la llegada del ídolo de masa a casa
de los Ancízar, derrumbando los íconos socialistas
más sagrados de Pío Miranda. El propio Pío
Miranda es, incluso, la imagen más kitsch de El día
que me quieras, al igual que el Cosme Paraima de Acto cultural,
o el Manganzón de Profundo, ellos, como una de esas figuras
emblemáticas de los altares construidos dentro de las autobusetas
caraqueñas, mezclan creencias religiosas y esotéricas
con fantasías de poder y justicia, entrelazan el melodrama
con la historia, lo público con lo privado.
Al asumir su
poderoso acto creativo a través de un discurso que mantiene
estrechas relaciones con lo kitsch, José Ignacio
Cabrujas reactualiza en cada lectura, en cada puesta en escena,
su trascendencia.
Diego
Casasnovas. Ensayista
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