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Libros, Lecturas y Lectores /
A propósito de la
IX Feria Internacional del Libro de Caracas
"SOÑADORES
DEL SUR", ASI EN LA TIERRA, EN EL HOMBRE Y EN UN LIBRO DE DOBLE
NACIONALIDAD
En
busca del país de la primera vez
En
busca de la oculta existencia que se escenifica en el sur real y
metafórico,
los franceses llegaron a América para fundirse con el paisaje.
Deslumbrados
como sus predecesores, algunos de los integrantes de esta eterna
expedición humana
tras la maravilla, se quedaron: Civrieux, Corradini, Lizot y Mattéi-Muller.
Tras su testimonio
y hasta los confines de la selva en la que han habitado, fue Luis
Alberto Crespo para bautizarlos como Soñadores del sur y
recolectar esas vivencias
en un libro de idéntico nombre, patrocinado por la Embajada
de Francia
***
Refiere el poeta
Luis Alberto Crespo la imagen de "la Arcadia ancestral del
hombre errante" a este inmenso boscaje llamado América.
Y de entre los errantes franceses aún hoy quedan huellas,
recogidas
en forma de relato, con tono de confesión, y a través
de fotografías
que se integran en una obra, cuidadosamente editada tanto en español
como en francés, de la que aquí pueden leerse unas
páginas
Entre
el ensimismado Colón y su no menos silenciosa bitácora
hubo una inteligencia que nunca nos será revelada. ¿Qué
lazo unía al navegante con el infinito, el otro, el que se
hallaba detrás del horizonte? No nos complace la noticia
-por más larga y exhaustiva que ésta sea- acerca de
su determinación de alcanzar el oriente por el poniente en
procura de la especiería. Su equívoco de Cipangos
y de Indias no hizo sino confirmar en su enigmática conducta
la persecución de cierto sur -por el que alcanzaríamos
la simbología borgiana del confín como insularidad-
en el cual se complicaba, acaso, una postura esotérica -si
no una elección metafórica- del mundo, al que ya llamaría,
apenas pruebe el agua del Orinoco en el golfo de Paria, tierra de
gracia, más aún, comarca del Paraíso bíblico.
O uno de los estuarios del Edén, poco antes de cambiar la
averiguación de la canela y la pimienta por la de la piedra
áurea, cuya crianza presintiera varia y bastante en la rocalla
y en los cauces de las Grandes Antillas. Así se lo avisaba
la pepita o la borona de oro en el pecho y las orejas de los taínos
y demás gente desnuda de estos mares calientes que le quemaran
los ojos y le agostaran su quimera dorada de factorías mineras.
Tal tierra
demoraba en un sur arcádico, al que pertenecía la
geografía imaginaria -¿hermética?- de su tiempo.
Persistió
en el Almirante ese entendimiento mítico -si no emblemático-
con las llamadas Indias, a las que apenas había recorrido
entre los peñascos del mar de las Antillas, o rozado su tierra
firme en Macuro, sin atreverse a incursionar por la boca del estuario
orinoquense por donde comenzaba aquel infinito cuyo nombre le arrebatara
un viajero de la Casa Médicis por un azar de mapas y croquis.
Hombre sortario, Vespucci sería también el apadrinador
del parecido de Venezuela con Venecia cuando, olisqueando las riberas
del lago de Maracaibo-Coquivacoa en compañía de Alonso
de Ojeda, se le antoje llamar remedo de la Serenísima a los
bohíos encaramados sobre zancos en las orillas de Sinamaica
y la paja enea.
El acercamiento
metafórico a la nueva realidad física y emocional
que tuviera su primer día en 1492 no se agotaría con
la extinción de Colón: sus cartas al Rey describiendo
una comarca en la que estuvo viendo pasar pájaros toda la
noche, su noticia de haber probado agua dulce en pleno mar y hallado
oro en las islas exasperarían, al contrario, la imaginación
de los siglos XVI y XVII a la que el dibujante De Bry poblaría
de leviatanes y dragones mientras escuchaba el relato de los viajeros
mitómanos de la estirpe de Sir Walter Raleigh y su
Guayana habitada por seres que hablaban y tragaban por el pecho,
y en la que sus reyes se empolvaban de oro o se duchaban en una
laguna de arenas áureas, a pocos pasos de las casas y los
palacios salvajes de una ciudad llamada Manoa.
No, no se borraría
ese "sur" colombino tras la muerte de su difusor primigenio.
La nación de Utopía alzaba de nuevo sus vetustos perfiles
platónicos. La aparición de estas costas en el catalejo
y en el trazo de los cartógrafos proliferaría en las
misivas y en las crónicas. Pocas veces la certidumbre del
testimonio, la fidelidad a la evidencia necesitó tanto de
la invención -o si no de la transmutación- para darle
consistencia a la realidad: la guacamaya y el grano de pimienta;
la anaconda y la pepita de oro; el colibrí y la vastedad
selvática; la hormiga y el caimán, no soportaban la
descripción escueta y desautorizaban el dibujo del naturalista.
Abultados volúmenes de escritura y de imágenes tratarían
de reproducir una naturaleza imposible de visualizar y narrar sin
el adorno insólito, sin el adjetivo fantasioso.
Los
soñadores del sur orinoquense
La ruta de la ambición del poder político y mercantil
que abrió la Europa del Renacimiento y la Reforma en los
mares ardientes de América trajo también en sus embarcaciones
al tañedor del laúd, al tallista del bosque, al poeta
y al prosista. Junto al recaudador de impuestos y al ujier, al mílite
y al prelado, se hallaba ese perseguidor de la Arcadia que venimos
diciendo, ese viandante del sur metafórico por la tierra
de la primera vez, ora como imaginero o como invencionero, ora como
testigo y partícipe de sus culturas.
¿Cuántos fueron ellos mismos, cuántos los transfigurados
en la obra de la fantasía y el pensamiento, en la diligencia
del oficio espiritual, en los trabajos del amor?
No tendremos
tiempo para esperarlos a todos en estas costas de relámpagos
y mediodías. La figura que sobresale en el horizonte poblado
de europeos de distinta intención es la de Bonpland. Viene
con Humboldt, vale decir con Goethe, con Europa sabia
y civil, no con el soldado y el banquero, no con el colonialista
y el minero. Viene con Francia reflexiva y sentimental. Pertenece
a aquella estirpe de perseguidores del Graal -de la libertad, la
inmensidad, el encantamiento, el éxtasis y lo sublime, la
sobrevivencia del hombre antiguo- quienes desviaron su destino o
fueron a su encuentro en la cuna de los ríos, en el pistilo
de epífita, en el vuelo del pájaro, en el rumor y
el grito de la bestia y en el ser colectivo de las sociedades humanas
selváticas donde las cosmogonías forman parte de la
vida práctica y se habla una lengua metafórica con
verbos y oraciones danzantes, adjetivos gestuales, sustantivos silenciosos.
De Francia
vendría ese humanismo a las islas y costas de Suramérica,
en el sueño de los bucaneros anarquistas del siglo XVII,
o más tarde, en el siglo XVIII, entre los viajeros de espada
y pólvora, como aquellos oficiales de alta cultura y títulos
de nobleza, futuras figuras de cercana Revolución francesa,
quienes aliviaron los rigores de cierta misión secreta de
la escuadra de Vaudreuil en la Venezuela de 1783 describiendo en
sus diarios el paisaje y los pueblos, los rasgos y costumbres de
los criollos, los indios y los esclavos que hallaron entre Puerto
Cabello y Caracas, al tiempo que difundían las noticias de
la guerra de independencia de Estados Unidos y las ideas libertarias
del abate Raynal de los Enciclopedistas, las cuales, años
después, servirían para avivar el movimiento independentista
que presidiera el Libertador Simón Bolívar.
"En muchos casos, precisamente, a estos visitantes les tocaría
ser los grandes visionarios de nuestra independencia", anota
el historiador Carlos F. Duarte en el libro Misión
secreta en Puerto Cabello y viaje a Caracas en 1783 (Caracas:
Fundación Pampero, 1991).
Este sentimiento
humanista francés se agudizará aún más
cuando el Orinoco abra el camino a los naturalistas, los antropólogos,
los etnólogos y los etnógrafos que vendrán,
como Jules Crevaux, en busca del sur primigenio: el sur geográfico
y el sur humano, el de la Amazonia y el de su metáfora. Uno
de ellos, Jean Chaffanjon, se adentraría en 1885 en
las selvas del Caura y del Erebato. Al año siguiente se atreverá
a enfrentarse a los raudales de los guaharibos en el alto Orinoco,
creyendo erróneamente que había llegado a las fuentes
del río. Los pormenores de tal aventura servirán a
Jules Verne para inventar El soberbio Orinoco.
No andaba solo
Chaffanjon; lo acompañaba otro francés: el
pintor Auguste Morisot. Su diario Un pintor en el Orinoco,
espera aún por su publicación. Su valioso manuscrito
permaneció largo tiempo en la Biblioteca Nacional de Caracas.
La pasión
por el río que desvelara a Chaffanjon y a los exploradores
venezolanos de entonces, lejos de desmayar proliferaría:
hacia 1951 una expedición francesa intentó hacer una
exploración a las fuentes del Orinoco. Otra iniciativa uniría
a franceses y venezolanos en la histórica expedición
de 1951 que llegaría, finalmente, a la cuna del río
en un lecho de musgo y barro de las serranías de Taperapecó
y Unturán, en el sur absoluto de la selva amazónica
venezolana.
De nuevo el
destino intervendría en la existencia de dos hombres de la
ciencia y de la selva. Ambos vinieron de Francia por distintos caminos
y otros azares tras la persecución de la arcádica
tierra de la primera vez. Uno de ellos, René Lichy,
dejaría para siempre vivo en Venezuela su desvelo por la
naturaleza y por la cultura de los pueblos aborígenes. Su
muerte no ha hecho sino acrecentar su presencia entre nosotros.
Su compañero, Jean-Marc de Civrieux, le sobrevive.
El preside el grupo de humanistas franceses contemporáneos
convocados en este libro.
Civrieux
llegó a Venezuela con la adolescencia y amó tanto
la tierra, que eligió la Geología para frecuentarla
por dentro. Pero su pasión por las culturas arcaicas fue
mayor. Convivió con los ye'kuana del río Cunucunuma,
un tributario del Orinoco, y transcribió -o transfiguró-
al castellano su universo cosmogónico, enriqueciéndolo
mediante una simbología que roza el esoterismo o los arcanos.
Esos "soñadores
del sur" como los hemos llamado, hicieron de la Orinoquia una
elección existencial, una regla de vida, una averiguación
del saber y del espíritu. Los trae la guerra o el horizonte,
la estela, la nube o cierto presentimiento en el pálpito
y en el aliento, la amistad con los bosques y con el hombre arcaico
o el ansia de ir a ver qué hay más allá de
sí mismo o el golpe de dados del azar.
Después
de Civrieux tocaría la tierra venezolana Henry
E. Corradini, más tarde Jacques Lizot y Marie-Claude
Mattéi-Muller. A todos los une el conocimiento y la defensa
de las culturas aborígenes del sur orinoquense.
Corradini surge
de la guerra y del arte, del horror y del encantamiento. No en vano
es marsellés: el mar lo invitaba a la errancia. Quería
ir al sur, a la Amazonia. No descansó hasta lograrlo. Todavía
está allí, entre los indígenas panare y su
mirada de fotógrafo y de etnógrafo.
A Jacques
Lizot la selva lo llamaba desde el desierto marroquí
-adonde lo condujera su interés por el orientalismo- sin
que apenas él se diera cuenta. La selva es para Lizot
la vasta nación yanomami, uno de los pueblos más arcaicos
que se conozcan, en la que vive desde hace 20 años. Hoy es
un francés yanomami. En su obra maestra, El círculo
de los fuegos, escuchamos vivir a los hombres desnudos del alto
Orinoco así en la selva como en los sueños.
La juventud
de Marie-Claude Mattéi-Muller conoció el acoso
y la muerte de la guerra de Argelia. La Universidad y París
formaron sus dones académicos y el amor y el enigma dirigieron
sus pasos a Venezuela. Como los demás soñadores del
sur, miró hacia el Orinoco y en sus riberas guayanesas halló
en los indios panare su destino de lingüista y de etnóloga.
Ha escuchado a los chamanes, experiencia que dio como resultado
Yoroco: confidencias de un chamán panare; es autora
de un Diccionario ilustrado panare-español / español-panare;
de un libro sobre la cestería titulado Wapa, y de
Los tamanaku: su lengua, su vida (en coautoría con
Paul Henley). A estas horas concluye otro donde, al igual que
sus vecinos en la ciencia y en el destino, se cumple la alianza
de la razón y la emoción, el punto de encuentro de
la exactitud y la desmesura, el sur en la tierra y en el hombre.
De: Soñadores
del sur (Atlántica) / Concepción de la obra: Marianela
Balbi y Jean-Marie Lemogodeuc
/ Diseño gráfico: Marisela Balbi Ochoa
/ Fotografías de portada y portadillas:
Román Rangel, Vladimir Sersa, Alejandro Bemporad y
Jacques Lizot.
Luis
Alberto Crespo. Poeta y periodista

Hoy,
Jean-Marc de Civrieux vive en permanente estado de encantamiento.
Habla mirándonos, pero regresa con frecuencia de su "conuco
celestial" y nos dice que "todo está bien allá
arriba".
Una tarde de 1999 le oí exclamar unas frases chamánicas
en su biblioteca de La Mucuy Baja, ese musgoso jardín del
aledaño merideño: "¡El paují,
el paují! Uno siente, entiende y comprende el espíritu".
Era la voz de quien habita muy alto, allá, en el sur de
un Orinoco estelar, donde se eternizan los hombres de la casa
cósmica.

Tanta intimidad con los pueblos
aborígenes de la selva le permite hoy afirmar, cuando mira
hacia atrás su historia, una historia que empezó
un día de su infancia marsellesa en que hojeaba el periódico
donde leyó el nombre de Venezuela, que "si volviera
a nacer desearía ser el indígena más primitivo,
el más arcaico". La lección del chamán
Najtü le hizo comprender que el espíritu nos enseña
a volar por dentro. Y el pequeño loro "picofeo",
que habita sobre su hombro, que somos un árbol, lo más
cercano al cielo, la selva continua.

"
Durante cierta
época estuve al borde del trastorno mental. No sabía
dónde me hallaba. Pero luego todo terminó por resolverse
A partir de ese momento logré asumir mi diferencia. Uno
no se convierte en indio, así, por un milagro. Para serlo
hay que nacer indio o haber sido educado por ellos desde muy joven.
(
) Hubo un momento en que estuve a punto de perder el hilo
de mis orígenes. Por fortuna, tuve la intuición
del inmenso peligro que corría y puse toda mi energía
en dar marcha atrás. Con todo, debo a los yanomami una
otra manera de ser. Ellos me cambiaron".

Veinticinco años de
amistad con una nación de más de 3.000 personas
y cuyo territorio mide alrededor de 20.000 kilómetros cuadrados,
han honrado a Marie-Claude con el sobrenombre de suegra, esposa,
hermana mayor o menor. Así le expresan su afecto, su contentamiento
de saberla entre ellos. Los propios panare le piden a menudo que
les refiera algún mito, esta o aquella leyenda, olvidados
o borrados de su memoria por la acción evangelizadora y
el asedio de la sociedad industrializada.
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N°
4 Aņo IV
Caracas, sábado 28 de octubre de 2000
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