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"LA VERSION DE ISMENA" DE VERONICA JAFFE

Palabras (des)ajenas

¿Versión o traducción? En el caso de La versión de Ismena de Verónica Jaffé
se trata más bien -a juicio de Rafael Castillo Zapata- de una "arriesgada apropiación"
o "expropiación" de un texto -la Antígona- que ya antes, desde Sófocles hasta Brecht, había sido expropiado. Y es que Jaffé toma la versión que de dicho texto hiciese Hölderlin
e injerta allí su propio discurso, estableciendo un diálogo fragmentado, sin pretensión
de verosimilitud, "en cuyo paisaje tanto Ismena como Antígona encarnan las figuras
de una experiencia contemporánea"


Máscara de Antígona (mosaico romano)

Cuando uno, que no conoce el griego antiguo y tampoco el alemán actual, acostumbrado como está a leer en español versiones de la Antígona de Sófocles o de la Antígona de Brecht, lee la versión de la Antígona de Hölderlin que ofrece Verónica Jaffé en La versión de Ismena (Caracas, Angria, 2000), le parece estar frente al despliegue del idioma taciturno de alguien lento pero rabioso que habla a empellones, en dolorosas parataxis cortantes, más cercanas a la exclamación o al improperio que a la frase sosegada, hilvanada con la atención puesta en la caída y la cadencia, en la respiración y la medida, en la escandida disposición de la secuencia. Los versos que Jaffé roba de Hölderlin son como máximas, consignas, gritos: dentelladas dadas al lenguaje de Sófocles hablado a través de Hölderlin que sólo traen de la primera carne un nervio, una hilacha viva, que sangra; dentelladas que en la trayectoria de un mordisco fulminante dejan, pues, sobre la página, la sustancia esencial de todo un período, de todo un arco de prolongado canto. No querría decir esto, sin embargo, que se trate de un discurso sintético: nada de resumen aquí, nada de extracto, microcosmos de otro cosmos pleno. Aquí se escarba; se arranca un pedazo y se derrama, visceralmente, como bajo el efecto de una cirugía despiadada, por no decir cínica, del texto. Pues lo que se ha propuesto Jaffé con la Antígona de Hölderlin no es, en realidad, una "traducción"; la palabra "versión" es apenas un irónico eufemismo. Se trata más bien de una arriesgada apropiación (o, diría mejor, expropiación) de un texto que ya ha sido expropiado y expoliado ardientemente, fehacientemente desde el propio Sófocles -que ya expolia el mito- hasta Anouilh y Brecht, hasta Jaffé, otra vez.

En el prólogo que abre camino a su versión, Jaffé recuerda la alabanza que Wolfgang Schedewaldt hace de la versión de Hölderlin que tanta hilaridad le produjera a Schiller; en los supuestos errores de Hölderlin no habría que ver otra cosa que la expresión de una fidelidad desgarrada, extrema: el poeta alemán habría inventado otra lengua en su lengua para poder injertar en ella la sangre del griego que hablan los personajes de Sófocles. Y es a esa suerte de "fidelidad traicionera", como la llama la propia Jaffé, a lo que debemos atribuir, tal vez, el efecto de trastabilleo prosódico, de dicción acuchillada que emana del español que ha encontrado para pasar de un cauce a otro las palabras. En cualquier caso, traicionar para ser fiel parece ser el único modo que la traducción tiene para situarse en el interminable trasvase de todos los discursos. Y, no obstante, ni traición ni fidelidad cuentan para nada a la hora de determinar el acto de canibalismo en que consiste, a fin de cuentas, toda escritura. Como dice el epígrafe de Andreas Kolb que sabiamente Jaffé antepone como báculo o baliza para la lectura: "lo original en poesía no existe, sólo una larga cadena de formas y tonos donde los poetas anteriores les hablan a los posteriores".

Es lo que, sin duda, ocurre en este peculiar y difícil poemario. Optando por la voz y el punto de vista de Ismena, la voz disminuida que en el texto de Sófocles, apocada, es relegada hacia los márgenes, a la sombra de la magnífica imponencia de los coros, por ejemplo, o de las palabras de Tiresias sentenciosas, a la sombra de la luz enorme de su hermana, Jaffé encuentra el modo de injertar su propio discurso en el discurso de Hölderlin bajo la forma de un aparente comentario a pie de página que redobla a su modo el texto comentado sin repetirlo, sin especularlo demasiado. Se trata, en realidad, de un crudo diálogo: un diálogo para nada complaciente en el que dos voces se encuentran esforzándose por reconocerse aunque sin poder superar los abismantes obstáculos de la diferencia. En su primer poemario, El largo viaje a casa (Caracas, Fundarte, 1994), Jaffé había ensayado releer a algunas poetas norteamericanas, escribiendo poemas en los cuales un texto de Adrienne Rich, por ejemplo, o de Elly Waard, es, primeramente, traducido, en el sentido más literal y habitual del término, y, luego, perforado, glosado, intercalado con desarrollos que lo cruzan de diversas maneras (enmarcándolo, atravesándolo, anticipándolo, retrocediéndolo). En este primer experimento, el diálogo entre voces resulta menos riesgoso, menos tortuoso: hablar por el otro o como el otro después del otro, frente al otro, puede resultar una acto de reconocimiento mutuo en el que cada cual se inventa "la vida a través de otros ojos", utilizando las palabras ajenas. En La versión de Ismena, la estrategia del comentario muestra claramente que el diálogo está cortado por esa frontera que la propia página expone como blanco capaz de separar dos territorios que no llegan a encontrarse sino por espasmos. Aquí el injerto no funciona como una empresa capaz de integrar fragmentos en un nuevo cuerpo. Aquí los fragmentos, los pedazos arrancados con furia (y uno no puede dejar de experimentar la inquietante sensación de que Jaffé escribe como a regañadientes, venciendo una resistencia que ella misma parece reconocer y, al mismo tiempo, abominar) permanecen desconectados: tanto en la traducción del texto hölderliniano como en los poemas que al pie de la página se despliegan aparentemente para comentarlo. Jaffé arma sobre este bastidor quebrado una escritura de su propia fantasmagoría femenina en cuyo paisaje tanto Ismena como Antígona encarnan las figuras de una experiencia contemporánea, específicamente caraqueña, con inesperados rasgos de anclaje coloquial, que no responden a ninguna pretensión filológica, ni a ningún amago de mesurada verosimilitud. Por eso digo que es mejor hablar de apropiación y expropiación plenas: en el largo avatar textofágico que constituye la historia de las versiones, reversiones, conversiones y transversiones del mito antigonal, La versión de Ismena es una apuesta radical, más arriesgada y, por eso, más precaria, amenazada, que muchas de sus prestigiadas, canónicas antecesoras.

Rafael Castillo Zapata. Ensayista y poeta

N° 4 Aņo IV
Caracas, sábado 28 de octubre de 2000
 
 

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