|
Tributo
HESNOR
RIVERA EN EXODO HACIA EL ENIGMA, DE VUELTA A SU CIUDAD NATIVA
El
Zulia, puente sobre el desvelo poético
La reciente aparición
de Maravillosa Venezuela, libro que reúne a destacadas figuras
de nuestras letras (editado por Carsten Todtmann y Fernando Wills),
se erige hoy en tributo
a una de sus grandes voces, Hesnor Rivera, quien desapareciera físicamente
el pasado
martes 17 de octubre. Esta suerte de fresco que muestra el país
a través de su geografía,
sus gentes y sus costumbres da testimonio de cómo el periodista
y poeta retratara su región,
el estado Zulia: escenario en el que se inventa la vida y la muerte.
Se entrega un fragmento
que traduce el espesor de su voz

Foto: Juan David Chacón
"La desaparición creciente de grandes
trozos del pasado reciente" de Maracaibo preocupaba a Hesnor
Rivera
Antes de que el petróleo
internacionalizara el nombre de Maracaibo y su lago, las andanzas
de bucaneros, corsarios y piratas del siglo XVII se habían
encargado de sembrarlo en la imaginación de poetas y narradores,
a través de cuyas obras la fantasía, con hambre de
aventuras, de muchos lectores en el mundo, lo seguiría manteniendo
como denominación más o menos asociada a la de cualquier
riesgo con visiones exóticas.
En realidad,
hoy por hoy, mencionar el nombre de Maracaibo y el del lago, en
cuya costa occidental la ciudad ha tejido su mundo, equivale a despertar
en la memoria del interlocutor de París, de Nueva York, de
Londres, Roma o Moscú, imágenes tan antiguas como
las de las sangrientas correrías de un Francisco L'Olonais
y un Henry Morgan, a comienzos de la segunda mitad del siglo XVII
-realzadas hasta el término de la heroicidad por la cinematografía
más o menos reciente-, o imágenes más cercanas
de esa otra forma de aventura, llena igualmente de enriquecimientos
súbitos, que ha sido y todavía es la explotación
del petróleo que mueve las economías del mundo moderno.
Esas imágenes,
inspiradas en hechos ocurridos hace ya más de cuatro siglos,
tienen, como denominador común, un escenario único:
el Lago de Maracaibo, esa inmensa masa de agua salobre -tal como
se regodean en decirlo geógrafos, geólogos, antropólogos
y turistas- con 13 mil kilómetros cuadrados de superficie,
distribuidos de sur a norte, en forma de guitarra o de bandola.
En tal escenario, además, el trópico tiene levantadas,
sin permiso de nadie, tal como corresponde a la naturaleza, algunas
de las más hermosas tiendas de sus grandes espectáculos.
Antes de que
Alexandre Exquemelin, cirujano-barbero de L'Olonais y de Morgan,
describiera en «Piratas de América», la temeraria
entrada en el lago y el asalto de la ciudad de Maracaibo y la de
Gibraltar al sur, llevadas a cabo por los dos piratas en 1667 y
1669, el lago mismo había sido el centro natural de un extraordinario
suceso emparentado con el mundo maravilloso, algunas veces terrible
del romance caballeresco medieval. En efecto, tras aquel 24 de agosto
-día de San Bartolomé- de 1499, en que Alonso de Ojeda
descubre el lago, y su ilustre acompañante Américo
Vespucio da el nombre de Venezuela -Pequeña Venecia- a la
población de palafitos indígenas vista en la costa,
mientras el cartógrafo Juan de la Cosa toma datos para el
primer mapa de la región que aparecerá impreso un
año más tarde, los descubridores decidieron llevarse
en sus naves a varias indias, como botín de su hazaña.
Entre ellas, estaba la que se llamaría Isabel, la muchacha
seguramente de la raza guajira, capaz de inducir a Alonso de Ojeda
a convertirla en su legítima esposa, 20 años antes
de que Hernán Cortés viviera la aventura, no poco
interesada, de sus amores con Marina en el país de los aztecas.
Años más tarde, en 1510, durante la batalla en que
muere flechado Juan de la Cosa por los indios de Cartagena, resulta
herido Ojeda y el capitán descubridor del Lago de Maracaibo
se va a Santo Domingo, donde terminará sus días al
lado de su esposa, la india Isabel, y los dos pequeños hijos
del matrimonio.
También
la independencia de Venezuela iba a ver, en el inmenso teatro de
agua del lago, representada la proeza final que le permitió
convertirse en realidad política ante el mundo. En las aguas
del lago, el 24 de julio de 1823, colombianos y venezolanos identificados
entonces como un solo pueblo, libraron la batalla naval que acabó
con la hegemonía española sobre el territorio de Venezuela.
En la segunda
y en la tercera décadas de este siglo, desde los alrededores
y desde la entraña misma de ese monumental escenario líquido,
salta ante los ojos del mundo el protagonista de una nueva epopeya:
el petróleo, ese verdadero El Dorado sobre cuya amplitud
caerían la voracidad y la avidez que dominan al planeta.
Físicamente
hablando, el lago de Maracaibo, ese emporio de belleza del trópico
visto por primera vez por Alonso de Ojeda; cruzado, como por meteoros
infernales, por las naves de sangre y fuego de piratas y corsarios;
atronado por los cantos de victoria colombo-venezolanos de la batalla
naval, y lacerado por el taladro de perforación petrolera,
hasta convertir buena parte de su costado sur-oriental en un bosque
erizado de torres metálicas que llegaron a ser, en un momento
dado, hasta una decena de millar, conforma una hoya hidrográfica
que tiene alrededor de sesenta y tres mil kilómetros cuadrados,
incluidos los trece mil kilómetros de agua del lago mismo.
(
)
El lago, esa
«guitarra hombruna» que decía un poeta, está
unido por su cuello, al norte, con el golfo de Venezuela y, a través
de éste, con el mar Caribe. En esa parte norte, en la estrechísima
boca de unión con el mar, el lago muestra las pocas islas
con que cuenta: la de Providencia, poblada de vistosos cocoteros
y convertida desde el siglo XIX en leprocomio; el islote de Pájaros,
isla de Toas, la isla de San Carlos, asiento del castillo fuerte
que se construyó para defender de los piratas la entrada
al lago, vieja construcción colonial sometida hace poco a
una remodelación infame, y la Isla de Zapara, a cuya altura
las aguas son tan bajas que hicieron del sitio -desde antaño
denominado El Tablazo- la zona más propicia para los naufragios,
hasta que durante los años cincuenta se abrió un canal
de navegación en la barra del lago, para facilitar los movimientos
de entrada y de salida de los tanqueros petroleros y los barcos
mercantes. El Golfo de Venezuela, antes de abrirse al mar, tiene
a su derecha, es decir, al este, la Península de Paraguaná
-del vecino estado Falcón-, con su perfil de cabeza que mantiene
alborotados los pensamientos de sus médanos por la fuerza
del viento que sopla desde las islas de enfrente: las antillas holandesas
de Curazao, Aruba y Bonaire. A la izquierda, es decir, al oeste,
la Península de la Guajira, compartida con Colombia, y el
archipiélago venezolano de Los Monjes.
Desde allí,
desde su estrecha boca, hasta el fondo, el lago es como una gran
esmeralda que se prolonga en las tierras bajas de sus alrededores,
aprisionada en un estuche de nevadas sierras por el sur, los elevados
picos y páramos de la Cordillera de los Andes, en los estados
Mérida, Trujillo y Táchira; de empinadas montañas
al oeste, las de Perijá y Montes de Oca, lindantes con Colombia;
de feraces montes al este, los de Ziruma y El Empalado, que colindan
con los estados Lara y Falcón. (
)
De la vida
colonial en la ciudad, quedan pocas noticias. De las construcciones
de aquel remoto pasado, quedan pocas reliquias. Apenas, la ermita
de Santa Ana que data del siglo XVI y está ubicada al lado
del Hospital Central, sobre la avenida del Milagro; la casa Morales
o de la Capitulación, por haber sido allí donde se
firmó, en 1824, el fin del dominio español sobre Venezuela.
Se trata de una hermosa mansión, hoy debidamente restaurada,
situada en la esquina noroeste de la plaza Bolívar, punto
de referencia central de toda la ciudad. Hasta 1956, existió,
al lado del convento San Francisco, en la plaza Baralt - otro centro
esencial de referencia-, un viejo monasterio que sirvió de
sede, a fines del siglo pasado, a la Universidad del Zulia. En el
año mencionado, dicha construcción colonial fue demolida
para convertir el sitio en
¡un estacionamiento! (
)
El panorama
general del Lago de Maracaibo, su región y sus poblaciones,
pone de relieve un hecho evidente: la ausencia casi total de rastros
cotidianamente humanos del remoto pasado colonial, y la desaparición
creciente de grandes trozos del pasado reciente, afectando a barrios
de profunda tradicionalidad maracaibera, como es el de El Saladillo,
que creció en torno de la basílica de Chiquinquirá,
y el barrio de El Empedrao, nacido entre Bella Vista y El Milagro,
alrededor de la iglesia de Santa Lucía, venerada por los
habitantes de esa antigua parroquia. A esa desaparición progresiva,
provocada por la modernización, comprensible desde todo punto
de vista, a pesar de sus alocadas decisiones, debe obedecer el tono
de nostálgica protesta de las canciones populares que se
componen y se cantan en la región por estos tiempos. Sin
embargo, dentro del estado Zulia y, naturalmente, dentro de Maracaibo,
existen dos como suertes de reliquias vivientes y dinámicas
de las épocas pretéritas más lejanas, y un
recurso natural no renovable, el petróleo, sobre cuya existencia
mantiene puesta la vista toda la nación venezolana, y en
torno al cual se ha desarrollado la historia moderna de la región.
Aquellas reliquias son de un hondo significado sociocultural, y
están representadas por el habla coloquial del zuliano, y
por las grandes tribus de indios guajiros que, en buena parte, viven
en las tierras ancestrales del norte, las desérticas llanuras
de la península guajira, mientras otra porción de
ese conglomerado aborigen se ha incorporado a las poblaciones de
la zona. (
)
La otra reliquia
viviente y activa del pasado más remoto, los indios guajiros,
son los descendientes de aquellos aborígenes vistos por Ojeda,
Vespucio y Juan de la Cosa, cuando descubrieron el lago en 1499.
Hay que acercarse a ellos, a las tierras que ocupan, en condiciones
casi infrahumanas, en todo el norte del estado Zulia. En poblaciones
y lugares, como Paraguaipoa, Sinamaica -la de los palafitos asentados
sobre las aguas de la laguna del mismo nombre-, Cojoro, Castillete,
Guana, Paraguachón, Guarero, Laguna del Pájaro, etcétera,
viven los guajiros observando las rigurosas reglas de organización
heredadas de sus antepasados, reglas que los agrupan en tribus,
clanes y estirpes, todo ello regido por un férreo matriarcado.
Allí se dedican al pastoreo de ganado bovino, a la cría
de caballos, cabras y ovejas, y al trabajo artesanal de vistosos
y sorprendentes tapices, hamacas, bolsas y adornos diversos, fabricados
de lana y coloreados con enorme habilidad mediante un manejo magistral
de los tintes. Confeccionan también calzados con borlas de
colores, igualmente de lana, y mantas de sencillo y primoroso diseño
que son la indumentaria típica de la bella mujer guajira.
Las normas que observan frente al matrimonio, frente a la muerte
de parientes y amigos -complejo rito de llantos y fiestas colectivas-
y frente a la justicia, son los mismos que los gobiernan desde sus
orígenes. (
)
Hesnor
Rivera. Periodista y poeta
|
|
N°
4 Año IV
Caracas, sábado 28 de octubre de 2000
|
| |
 |
|
|
| |
 |
|
|
|
|
 |
|
|
|
|
 |
|
|
| |
 |
|
|
| |
| |
|
|
|