VICTORIA
CAMPS, ATENTA A LA REVOLUCION DE LA MUJER EN EL SIGLO XXI
¿Punto final del feminismo?
Mucho se ha hablado de los derechos
de la mujer y de la revolución femenina nacida
en el siglo XX. De allí el más reciente título
de la filósofa española Victoria Camps,
El siglo de las mujeres. El texto persigue, tal como revelase
la autora a María Ramírez Ribes,
una reflexión sobre el alcance del movimiento y los obstáculos
aún no superados: discriminación
en la vida privada y división del trabajo. "El acceso
masivo a la educación
y al mundo laboral es el primer paso hacia la igualdad", apunta
Camps

Foto: Archivo
Victoria Camps: "hay que valorar las cosas por lo que son y
no simplemente porque las hacen mujeres u hombres"
Victoria Camps
representa en España el equilibrio de lo que podría
ser el papel de una mujer hoy. Comprometida con la sociedad y con
la responsabilidad de pertenecer a una democracia participativa,
Victoria Camps, entre otras cosas formó parte del
cuerpo de la legislatura del Senado español. Preocupada
por la bioética trabajó también en una comisión
sobre los contenidos televisivos y ahora acaba de publicar un libro
sobre El siglo de las mujeres. En la sede de verano de la
Universidad Menéndez Pelayo en el Palacio de la Magdalena
en Santander tuvimos oportunidad de conversar con ella.
MRR: Acabas
de publicar un libro con el título El siglo de las mujeres,
¿por qué el siglo XX es el siglo de las mujeres?
VC: En el libro dejo ambiguo si me estoy refiriendo al siglo
XX o al siglo XXI. El siglo XX ha tenido uno de los hechos quizás
más importantes, la revolución de la mujer, pero es
una revolución inacabada que espero culmine en el siglo XXI.
Culminar la revolución de la mujer sería ponerle punto
final al feminismo; es decir, no tener que hablar del problema de
la mujer ni de la causa de la mujer porque implicaría que
esta situación estaría totalmente normalizada. Es
decir, la mujer tendría una igualdad real y no una igualdad
a medias, que es la que tenemos todavía.
-Tú
mencionas que Simone de Beauvoir dijo que la mujer se hace
y Hellen Fisher, años después, contestó
que la mujer nace. ¿La mujer nace o se hace?
-Yo no comparto la tesis de que la mujer nace con unas condiciones
que la determinan y que determinan una manera de ser diferente de
la del hombre. Yo quizá me siento más cercana de la
tesis de Simone de Beauvoir de que son las circunstancias
de la mujer las que configuran su manera de ser, pero sí
comparto la idea de Hellen Fisher, de que ha habido y hay,
como ella dice, en parte, una diferencia biológica, pero
también hay una diferencia cultural que hace que la mujer
tenga unas aptitudes y unas actitudes ante la vida distintas, y
eso hay que aprovecharlo. Esa idea a mí me gusta. Yo creo
que sí somos esencialmente distintos históricamente,
y somos distintos por cultura y por educación, y esa diferencia
no hay que verla sólo en sentido negativo, hay que superarla
e igualarse a lo que ha sido siempre al sexo que ha tenido poder
y que ha dominado. Hay que ver qué parte de lo que nosotras
hemos cultivado es aprovechable y se puede transmitir como valor
universal.
-Entre esos
elementos, ¿cuáles destacarías tú por
ejemplo?
-En la filosofía feminista a esos elementos se les está
dando un nombre que resume un poco todos esos valores femeninos
que es el valor del cuidar. Cuidar ha sido una función
que ha tenido que hacer la mujer por necesidad, yo creo que hay
que hacer de esa necesidad una virtud. No por el hecho de que el
cuidar haya sido una función desempeñada por personas
que han estado siempre en segundo lugar, que han tenido una dependencia
de otras y han sido sometidas, el cuidar deja de ser un valor importante
para la sociedad. Entonces lo que hay que pedir, lo que hay que
exigir es que ese valor sea reconocido, no que lo sigan ejerciendo
sólo las mujeres, eso es lo que hay que evitar, pero es un
valor que la sociedad necesita igual que necesita otras cosas.
-En relación
a la familia, ¿cómo incide la transformación
de la reivindicación de la mujer en la familia? Por ejemplo,
tengo entendido que en España el crecimiento demográfico
es cero, casi no nacen niños. ¿Qué va a pasar
ahí? ¿Por qué no nacen niños? ¿Cómo
va a incidir eso en el desarrollo político, social, económico?
-Sí, sin duda en pocos años España ha pasado
de ser el país donde nacían más niños
europeos a ser el país donde menos niños nacen en
Europa. En España somos muy pendulares, pasamos de un extremo
a otro muy rápidamente. No hay duda de que un cambio como
el que se está produciendo en la vida de las mujeres afecta
a toda la sociedad, porque, por una parte, es cierto que las mujeres
renuncian a tener hijos porque reconocen que hay otras cosas que
no quieren perderse, pero, por otra parte, yo creo que también
se da lo contrario, las mujeres se sienten culpables por no tener
hijos, se sienten culpables por no poder cuidarlos, no sólo
porque lo consideran como una carga, sino porque ven ahí
un valor que los hombres no comparten. Eso hace también que
las mujeres, pese a renunciar a tener los hijos que antes tenían,
no accedan del todo a puestos de responsabilidad o a trabajos que
les absorben, porque no quieren sacrificar ese otro aspecto de su
vida al que también le dan un valor. Eso es lo que yo creo
que habría que compartir y que habría que repartir.
-Por otro
lado, en países, como el caso de Venezuela que tú
conoces tan bien, ocurre prácticamente lo contrario, se tienen
hijos a veces sin pensar, indiscriminadamente y sin saber quién
es el padre.
-El acceso de la mujer al mundo laboral y a la educación
es una forma de desarrollo y eso es lo que hace que haya una reflexión
y que haya un control sobre el control de natalidad y que la mujer
lo piense antes de tener hijos. En España, por ejemplo, yo
fui una de las pocas mujeres, chicas de mi generación, del
curso académico que estudié una carrera universitaria;
el porcentaje entonces era bajísimo. Hoy no hay ninguna niña
a la que le preguntes qué quieres ser cuando seas mayor que
te diga: "quiero ser mamá", cosa que era totalmente
habitual en nuestra época. Hoy todas las niñas piensan
ser "algo", ser arquitectas, ser abogadas, ser peluqueras.
Eso en primer lugar. Ese es un cambio fundamental que ha ocurrido
en España y que quizá en Venezuela todavía
no se ha producido. El acceso masivo a la educación y al
mundo laboral es el primer paso hacia la igualdad.
-¿Cómo
lograr un equilibrio entre valores masculinos y femeninos en un
mundo caracterizado hoy más bien por el predominio de lo
masculino?
-Sí, el problema es cómo hacerlo, pero yo creo que
hemos dado ya un paso, ahora hay que ponerle voluntad. En primer
lugar, no es una cuestión sólo de cambiar leyes, de
transformar instituciones, eso consigue ciertas cosas pero no consigue
cambiar las mentalidades. Si empezamos las mujeres, -por eso me
parece que incluir esto dentro del discurso feminista es importante-
a reconocer que hay una serie de valores que han sido exclusivos
nuestros y que deberían ser valores de todos, ese ya es un
paso. Otro paso sería convencer a la otra parte de que eso
es así. Qué medidas se pueden establecer, qué
estrategias, ahí las políticas pueden ayudar. Antes
hablábamos de la familia, es evidente que hoy la familia
tiene que ser un objeto de reflexión política y de
política activa porque hay que ayudarla para que pueda seguir
desempeñándose independientemente de la forma que
tenga, en eso no me meto, pero la familia es necesaria como una
figura de afecto, de calidez, de intimidad, tiene que existir, pero
tiene que tener una ayuda política. Es decir, hay que ayudar
a la mujer para que tenga hijos. No se puede tolerar, por ejemplo,
ahora que hay un cambio del concepto de trabajo y que se ha establecido
en Europa el trabajo a tiempo parcial, que se piense que es muy
bueno sólo para las mujeres y que sean las mismas mujeres
las que acepten ese trabajo como algo que les permite a ellas compaginar
las obligaciones de la vida familiar con un trabajo fuera de casa.
Esto tiene que equilibrarse, son hombres y mujeres los que deberían
compaginar las dos cosas. ¿Qué medidas adoptar? Medidas
políticas pero también medidas educativas para el
hombre y para la mujer.
-Por un
lado entiendo a las feministas, entiendo que hay que reivindicar
la igualdad de salario para la mujer y para el hombre. Pero, ¿qué
piensas tú, por ejemplo, de esas reivindicaciones feministas
en donde lo que cuenta es más el hecho de ser mujer que cualquier
otra cosa?
-A mí me parece que eso roza el ridículo y la estupidez
muchas veces. Que te inviten porque eres mujer, yo me he sentido
invitada muchas veces porque soy mujer y yo creo que eso hay que
aprovecharlo, hay que decir que las mujeres todavía no estamos
suficientemente reconocidas por falta de costumbre y porque los
hombres se están dando cuenta de que están perdiendo
cuotas de poder y por lo tanto se resisten explícita o implícitamente,
hay que aprovechar entonces esa oportunidad que hace que las mujeres
muchas veces seamos la garantía democrática de una
mesa redonda o de unas listas electorales y que estemos ahí
sólo por el hecho de ser mujer. Yo no diría que esto
es extremo. A mí lo que me parece extremo es una reivindicación
de lo políticamente correcto, creo que ahí hay que
ser un poco más inteligentes y valorar las cosas por lo que
son y no simplemente porque las hacen mujeres u hombres.
-¿Cómo
piensas tú que está incidiendo la revolución
femenina en la actitud del hombre hacia la mujer? A mí me
da la impresión a veces de que de repente la mujer se está
quedando sola porque el hombre le tiene miedo.
-Es preocupante y ha habido distintas etapas. La primera fue de
rechazo o de desprecio del hombre hacia la causa de la mujer; luego
se pensó: bueno esto es inevitable, aquí tenemos que
ser feministas todos, hombres y mujeres, no podemos decir que no
lo somos; pero ahora haría falta una tercera etapa en la
que el hombre estuviera tan interesado por lo que hacen las mujeres
de sí mismas como las mismas mujeres, que no ocurriera, por
ejemplo, lo que me ocurrió en la conferencia de esta mañana,
que los hombres desaparecen y no asisten porque piensan que aquello,
o todavía no va con ellos o les plantea una situación
incómoda de inseguridad, de no saber qué decir, de
tener miedo a meter la pata digan lo que digan. Y esa inseguridad
yo creo que viene de un cierto analfabetismo de los hombres con
respecto a todo lo que ha ido produciendo la mujer sobre este tema.
Sí,
es verdad, y eso hoy no lo discute casi nadie, que la revolución
de la mujer ha sido uno de los hechos más importantes del
siglo XX, bueno, pues todo lo que ha aportado la mujer a esa revolución
es algo con lo que hay que contar históricamente, filosóficamente,
culturalmente, ignorarlo no es la actitud. Entonces, lo que deben
hacer los hombres es interesarse por esta cuestión como se
interesan por cualquier otra.
-¿Y
qué pueden hacer las mujeres para que los hombres se interesen?
-Bueno, pues quizás, usar estrategias indirectas
-¿Femeninas?
-Femeninas sí, pero no con librerías de mujeres, editoriales
de mujeres, etcétera, eso repele al otro sector, eso quizá
hay que superarlo.
-¿Cómo
se sitúa el sujeto kantiano en relación a las diferencias?
-Cuando Kant habla del sujeto, que para él es el sujeto universal,
el sujeto del imperativo categórico, habla muy en abstracto.
Ahora, cuando, por ejemplo, en La metafísica de las costumbres,
intenta decir cuáles son las virtudes necesarias, ahí
se nota que él es un cristiano de su época que habla
de las virtudes del cristianismo, y esa es una diferencia. No todos
los valores en todas las religiones han sido exactamente los mismos.
Si queremos convertir eso que en abstracto son unos principios,
unos valores éticos fundamentales en actuaciones de tipo
político o de tipo moral, es decir, convertirlos en las reglas
de una moral concreta, tenemos que pensarlo desde la diferencia.
¿Qué significa hoy para nosotros la libertad y no
sólo la libertad en general, la libertad de asociación,
la libertad de expresión? ¿Qué significa no
discriminar hoy frente al problema migratorio? ¿Qué
significa no discriminar a un islámico? Pues significa interesarse
por algo que nunca nos había interesado, ese es el sentido
que yo doy a las diferencias. Todos estamos de acuerdo en que no
hay que discriminar, eso ya está aceptado, pero en abstracto,
¿qué significa en concreto hoy?
-¿Dónde
establecer el límite en el que termina el respeto a la tradición
y empieza el límite de lo que no se puede tolerar? Yo creo
que hay que ser tolerante y a la vez poner límites. ¿Cómo
establecer ese límite?
-Tenemos unos criterios que son los Derechos Humanos y, aunque siguen
siendo bastante abstractos, nos permiten decidir cuándo hay
algo que realmente no encaja dentro de la Declaración de
los Derechos Humanos, porque es un acoso total a la libertad del
individuo o es una mutilación de la persona o es algo que
no puede recibir otro nombre, sino que hay que darle ese nombre.
Había un filósofo de la moral que decía: "el
problema no es decir que el asesinato es malo, el problema es decidir
qué es un asesinato". Aquí en España hoy,
el problema mayor que tenemos es el problema del terrorismo vasco,
los terroristas no se llaman a sí mismos terroristas, hablan
de banda armada y no hablan de asesinatos, para ellos asesino es
el Estado, entonces ese trasvase de nombres no es tolerable. Para
que podamos entendernos hay unos mínimos que debemos compartir
y esos mínimos son los Derechos Humanos.
-¿Cómo
van a incidir las migraciones en las legislaciones europeas?
-Hay muchos problemas. En lo que se refiere a la enseñanza
de la religión, por ejemplo, España era un país
oficialmente católico, ahora ha pasado a ser un país
laico con una preponderancia de la religión católica,
pero se está empezando a pedir que en las escuelas haya también
enseñanza de otras religiones que ya no son tan minoritarias.
En España hay ya muchas mezquitas. Habrá que aceptar
diferencias culturales en las escuelas como, por ejemplo, padres
musulmanes que no quieren que sus hijas aprendan danza o vayan a
colonias de verano con otros niños. Con todo esto habrá
que tener una cierta flexibilidad, pero una flexibilidad con unos
límites muy claros; es decir, bueno, hasta cierto punto hay
cosas que se pueden aceptar y tenemos que ser maleables, tenemos
que ser flexibles, pero hay cosas que aquí ya no podemos
aceptar, que no podemos retroceder hasta el punto de decir: todo
está permitido.
-Para terminar,
una última pregunta un poco irreverente. Pensando en América
Latina, ¿qué responsabilidad ha tenido la Iglesia
en la educación de la mujer en relación al control
de la natalidad?
-No ha hecho nada. La Iglesia ahí tiene una doctrina muy
clara, ha dicho que el objetivo fundamental del matrimonio, lo que
justifica la relación sexual es la maternidad o la paternidad,
es la reproducción. En ese sentido ha ido aceptando, pero
muy lentamente, métodos de limitación de la natalidad,
pero no lo ha asumido casi por fundamentalismo, por mantener una
doctrina rígida que no admite el adaptarse a los tiempos
y a las situaciones. En uno de los últimos congresos sobre
la mujer, me parece que fue en Pekín, ese fue el tema fundamental
por el mensaje del Vaticano contra la reivindicación del
aborto y la reivindicación de un control de la natalidad
por parte de las mujeres del Tercer Mundo, que es el que más
necesita de ese control.
María
Ramírez Ribes. Ensayista
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N°
5 Aņo IV
Caracas, sábado 04 de noviembre
de 2000
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