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Artes
Plásticas
Gego:
ese ir y venir entre la idea y la forma
La "libertad
como hecho", no como idea o derecho, vista en las obras de
la venezolana nacida en Alemania Gertrud Goldschmidt / Gego (1912-1994),
se traduce en "acción
de vida". De este modo María Elena Ramos destaca, en
texto que acompaña la muestra
Gego 1955-1990 -desde el próximo 16 de noviembre en
las salas del MBA-,
su visión del trabajo -para ella "en tránsito
permanente"- de la artista: "obra multidimensional,
abierta a las sensaciones, a la percepción, al goce y a la
lucidez"
Foto: Isidro
Núñez (detalle) / cortesía MBA
Gertrud Goldschmidt (Gego)
Cuando una obra está
viva para un observador, por muy plenamente que lo esté no
puede él estar seguro aún de que tenga tal intensidad
también para muchos otros. Pero cuando conocemos una obra
a la que ya tantos se refieren con regocijo, empezamos a sentir
que ella está intensamente viva más allá de
lo que fue su espacio inicial y que, posiblemente, lo estará
mucho más allá del tiempo de vida del artista. Y es
que uno de los modos de constatarse vitalidad en una obra es la
múltiple atención que ella es capaz de atraer de tantos
seres, pero sobre todo, los múltiples modos en que ella puede
llamar, y seguir llamando, a cada uno. Está así el
acercamiento del público, que es tocado conmovedoramente
por la obra, y por otra parte está la aproximación
por vía de análisis y juicios críticos, y así
los muy diversos textos que la obra propicia, amplísimos
en sus posibilidades de penetración e interpretación.
Mucho se ha
escrito sobre el arte de Gego. Pero, tratándose precisamente
de una obra multidimensional, abierta a las sensaciones, a la percepción,
al goce y a la lucidez, también puede decirse que es mucho
aún lo que podría agregarse, sin, posiblemente, terminar
nunca de decir. Eso sucede sólo algunas veces, cuando la
teoría y la crítica se aproximan a un objeto que se
intuye como infinito, ese que es la buena y verdadera obra, la que
además, como en este caso, no es ubicable en una sola categoría
epocal, lingüística o estética.
Queremos mencionar
la palabra alegría, al referirnos a uno de los modos en que
aproximamos a Gego. Ya Marta Traba había señalado
ideas como serenidad, felicidad, belleza, en relación a lo
que su trabajo moviliza, a lo que se siente ante él. Valores,
por cierto, no siempre bien vistos por las teorías y las
críticas del siglo XX y, sin embargo, cuán acertados
y orientadores en relación a esta obra. Pero otras razones
sustentan también su vitalidad. Por una parte, es necesario
señalar su enorme fuerza plástica. Para quienes conocimos
personalmente a la artista, esto parece connatural con el don de
la vivacidad que iluminaba a su persona.
Pero la idea
de vida e intensidad del arte de Gego puede seguirse también
en otro tipo de equilibrio, ya al interior de sus realizaciones.
Por ahora contrapongamos su trabajo, y sólo como un ejercicio
intelectual momentáneo, a la idea de "muerte del arte"
en Hegel (no importa cuán discutible pueda ser esta
tesis en otros ámbitos). Para Hegel el arte corría
el peligro de morir cuando se iba produciendo un desbalance entre
la interioridad y la exterioridad de la obra; un desbalance que
él nota desde el arte cristiano y en los siglos subsiguientes,
y que existe cuando el arte privilegia a la idea, el concepto, el
contenido, por encima de las determinaciones de la forma, la materia
y la realización. La creación de Gego está
muy lejos de este tipo de "muerte", precisamente -y es
esto lo que queremos acentuar- porque logra el espléndido
equilibrio del mejor arte vivo: aquel en que podemos intuir y percibir
la compenetración de espíritu y corporeidad; aquel
donde lo interno y lo externo, subjetividad y objetividad están
en permanente pero sutil equilibrio.
Esto adquiere
particular relevancia en una época, el siglo XX, en la cual
se dieron posiciones tan radicales en uno u otro sentido. Artes
figurativas de fuerte componente político que actuaron desde
un pensamiento contenidista y comprometido; artes abstractas que
acentuaron la preeminencia de la forma y la materia artística,
desligando explícitamente su objeto de la objetualidad mundana,
a la que consideraron anecdótica y narrativa; artes conceptuales
que enarbolaron la idea de que "el arte es idea" más
que cuerpo, concepto más que forma, proyecto más que
realización.
La obra de
Gego parece existir y sostenerse por encima de cualquiera
de estas, u otras, radicalidades explícitas. Como esos seres
que parecen levitar unos centímetros sobre la aspereza del
suelo porque en realidad están siempre un poco más
allá de la inmediatez de las cosas, Gego y su obra,
la una con su vivacidad, la otra con su vitalidad, las dos y cada
una a su manera, nos llevan a la extraña comarca del arte
sin ataduras, a un espacio que sólo puede existir lejano
a los enunciados cortantes, a las convicciones absolutas, a los
extremos radicales, e incluso a las posiciones rupturales consideradas
como más libertarias.
La obra de
Gego parece estar penetrada en todas sus dimensiones por
la libertad, pero por la libertad como un hecho, como algo que se
va haciendo y viviendo, que se va respirando cada vez como el aire,
con su capacidad de ser tanto aire cotidiano, como aire inaprehensible,
como aire imprescindible. Y digo la libertad como hecho -vivida
y gozada- y no digo la libertad como un derecho y ni siquiera la
libertad como una idea. Pues vamos viendo que ni Gego ni su obra
enuncian o proclaman, defienden o definen. No marcan un terreno
ni mucho menos se gozan en proclamar el fin de lo preexistente.
Ni enarbolan poderes ni gritan liberaciones. No hay proclama, sólo
forma del arte como acción de vida.
Creemos ver
en Gego a una de esas personas que intuyeron pronto que la
gracia es un don que se tiene sólo hasta que empieza a hacerse
consciente, a actuarse o a defenderse. Es como si a la gracia hubiera
que mirarla con el rabillo del ojo para que no escapara, como si
nunca pudiese ser mirada de frente, ni rozada con los dedos, porque
la conciencia que la pusiese en evidencia la desvanecería
al mismo instante con su toque.
Así,
con la gracia -de hecho- en ella, experta en saberes de las manos,
con una educación que valora la formación conceptual
y el peso de las ideas, afín a la vía autodespojadora
de la abstracción, Gego está en todos estos
terrenos un tanto elusivamente, y en ese su estar elusivo va creando
una obra que es a la vez armada con las manos y con la idea; desde
la seriedad y desde el juego; con una forma abstracta que no evade
al mundo; con las líneas de la abstracción pero con
la permanente transformación y quiebre de esas líneas;
con unas estructuras afines a las de la naturaleza pero que no se
parecen directamente a lo visible en ella; pero, sobre todo, con
ese ser tan plena y vitalmente una artista y, a la vez, con ese
negar que se haya estudiado para artista, con ese sentir que ella
puede ser muchas otras cosas pero no tan definida o necesariamente
"una artista".
Algo podría
definir también esta obra como un peculiar hacer: un modo
personalísimo de ir y venir. Un ir a la constitución
idealista de las formas -construir el mundo nuevo desde la idea-,
y un venir a las cosas del mundo, a los modos en que la naturaleza
hace crecer cristales minerales, redes de araña, panales
de abejas y otras formas orgánicas. Gego va a lo abstracto,
al aproximar lo esencial e interior de esas formas naturales, para
un venir nuevo a estos modos de construir el arte, en los que abstracción
y naturaleza se tejen por las manos de la artista. Un ir y venir
permanentemente...
Acaso el arte
de Gego tenga mucho de la armonía, la precisión
y la libertad que genera ese poder vivir en las zonas medias, como
en camino entre lo uno y lo otro (donde hay muchos tipos de "unos"
y "otros" extremos) tránsito en el que sólo
cierto tipo de talantes pueden gozarse y demorarse, pareciendo confirmar
la idea de que la sabiduría está en el centro, como
se intuía de antiguo. Pero no quiere esto decir que Gego
fuese ajena a la pasión que generan las tomas de posición
o las rupturas de límites. Me refiero más bien al
ser una persona -y una obra- en tránsito permanente (y en
permanente goce de tal tránsito), lo que, por otra parte,
le da la posibilidad de habitar posiciones opuestas sin instalarse
en ninguna de ellas, y sin que la contradicción parezca invadirla
pues, en rigor, Gego no está del todo quieta en ningún
lugar: se mueve suavemente, entre racionalidad, mano, y otra vez
racionalidad
; entre esencias y cosas
; entre la permanente
concreción del punto que gracias a un canutillo vulgar concentra
y expande las formas y, por otra parte, el ideal de un espacio potencialmente
infinito, más allá de toda red que aún sea
visible. Gego se mueve en fin, todo el tiempo, entre universo, fragmento
y universo
La obra de
Gego parecería haber asistido a una doble ruptura
de las formas. Primeramente, ella es afín a la tradición
abstracta del siglo, la que ha producido algunos quiebres con el
objeto de mundo y la que, más plásticamente, ha producido
la ruptura de la forma continua o de la forma de bulto, permeándolas,
fragilizándolas, haciéndolas más afines a lo
inmaterial, mostrándolas en sus estructuras. Pero mientras
los abstractos, constructivos y cinéticos producen obras
abiertas en las que aún se mantienen -más visibles
o más virtuales y sugeridos- los grandes modelos: el cuadrado,
la esfera, el cubo, la repetición de líneas iguales
para la constitución de planos "aireados", Gego
va más allá y produce una ruptura a la ruptura
de los abstractos: además de abierta, espacial y permeada
por el aire, su obra va a dar la bienvenida a la ruptura por lo
irregular. Pero esta "doble ruptura" en Gego -la
del objeto y la de la geometría- no va a profundizar el camino
de la negación sino que más bien, en su doble negación,
parece asumir la fuerza de un hacer positivo.
Gego
así, con su irregularidad, se vuelve a acercar -si bien ahora
de otro modo- al mundo original, a la naturaleza, aquella de la
que se alejaba explícitamente la abstracción "dura".
Y se acerca entonces a las formas microscópicas de los cuerpos
naturales, a las estructuras internas de una piedra o una hoja,
visibles sólo al científico en el laboratorio; a una
especie de alfabeto irregular, predecible en lo general e impredecible
en sus particularidades y cambios, alfabeto a través del
cual la naturaleza parecería comunicarse con sus creaturas,
desplegando en mundo sus estructuras fundamentales.
Nada más
adecuado a un espíritu que goza de las zonas intermedias
entre distintas objetualidades (y capaz de demorarse en los tránsitos
sutilmente dinámicos entre un uno y un otro) que el uso de
los materiales más flexibles o, para decirlo más apropiadamente,
de los materiales más inmateriales. En las estéticas
de la transición, en la valoración del espacio como
una continuidad y despliegue entre extremos, la materia más
inmaterial es a la vez un buen medio y un buen mediador. El arte
moderno, en su intento de permear tanto las imágenes del
mundo que el arte de otros siglos recreaba como las formas y estructuras
del lenguaje mismo, hizo suyos desde el plexiglass transparente
o translúcido hasta los hilos de nylon o las varillas
de acero inoxidable, llegando incluso a desafiar, en su juego, a
lo que para la física había sido un imposible, pasando
así de la materia, "impenetrable" por naturaleza
y definición, a "lo penetrable" como una de las
características centrales de un arte inmaterial.
Con materiales
como alambres de acero inoxidable, Gego reúne las
líneas metálicas en el punto, unidad del acto de tejedura,
punto que se construye con el canutillo y los cilindros de bronce
que dan encuentro y a la vez proyección a esos finos metales
lineales, articulando triángulos y otras formas geométricas.
Gego va pasando así, por ejemplo, del punto y la línea
al triángulo, del triángulo a la red, tejiendo una
obra frágil y fuerte con los leves pero resistentes materiales
de la industria del siglo. Naturalmente aquí el triunfo no
es el de los materiales sino el del espacio, que se libera y se
expande gracias a aquella ligereza material, pero, sobre todo, gracias
a aquella otra levedad: la del alma y las manos que le dan existencia.
Ese
ser de Gego un personaje que va y viene entre las ideas y
las formas se observa además en su tránsito entre
los lenguajes, pues ella ha ido produciendo una cierta ruptura de
límites entre uno y otro -entre dibujo y escultura, o entre
dibujo y pintura en la acuarela, entre tejeduras y grabados, entre
escultura y proyectos de investigación para la arquitectura-,
si bien esta ruptura es más, y como siempre en ella, la consecuencia
de un necesitar hacer (y un "hacer visible") que la consecuencia
de algún querer romper, a la manera de las explícitas
posiciones rupturalistas y transgresoras del siglo XX. Es como si
Gego actuara desde el sentimiento de que no hace falta en
rigor romper, pues ya el buen hacer rompe -de modo gradual y necesario-
con todo lo innecesario.
Así
la obra de Gego no es inmaterial porque quiera explícitamente
negar la materia sino que su inmaterialidad es una de las consecuencias
de su hacer positivo: la creación de formas leves en espacios
libres, formas y espacios afines con ciertas estructuras de la naturaleza
y con zonas y condiciones que sabemos que existen, para nuestra
alegría, en la interioridad de algunos seres.
Por último
hay que señalar que otra razón de vitalidad del arte,
y no la menos significativa, es el potencial de apertura que una
obra moviliza en el espacio y en el tiempo. Apertura fuera del espacio
original en que se dio a conocer (y así entonces su vocación
de universalidad) y apertura más allá del tiempo de
vida del artista (y, así, su vocación de trascendencia).
La obra de Gego hoy, en el año 2000, a siete años
de la muerte de la artista, parece sugerir una vitalidad en expansión
en el espacio internacional del arte -pues ya centros artísticos
de varios continentes se interesan en ella y la solicitan para diversas
exposiciones-; y, sobre todo, parece sugerir una gran vitalidad
hacia el tiempo futuro.
Y a todo aquel
conjunto de cualidades propias que hacen de la creación de
Gego una obra viva, agregaré finalmente algunas cualidades
que tienen que ver con la existencia de una obra -como ésta
aún siempre nueva- al llegar al nuevo siglo. Para ello tomaré
unas pocas condiciones esenciales que Italo Calvino subrayó
en sus propuestas para abordar el nuevo milenio desde la literatura
y la cultura. De uno u otro modo ya hemos ido viendo que la obra
de Gego las tiene, y con ellas parece que nos seguirá
conmoviendo. Ellas son levedad, exactitud, visibilidad, multiplicidad
y consistencia.
Fragmento del
prólogo al libro que acompaña la exposición
Gego 1955-1990 (a ser editado por la Fundación Cisneros en
fecha próxima).
María
Elena Ramos. Crítico de arte
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N°
5 Aņo IV
Caracas, sábado 04 de noviembre
de 2000
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